Córdoba: Moda y distinción en el siglo XVIII

Moda y distinción
Se cuenta que en la Córdoba de mediados de 1700, cierta "mulatilla" de nombre
Eugenia, apareció un día en público ataviada como una Señora. Eugenia, casada con Juan Bruno -un vecino principal de la ciudad, que podía elegir y ser elegido para cargos municipales-, estaba convencida de que en su carácter de esposa de un presunto Cabildante, tenía abiertas las puertas de la sociedad.
Ataviada de seda y manto, al parecer, nuestra mulatilla tomó por costumbre asistir a
Misa acompañada por criadas. La Joven creyó ser intocable por estar bajo el amparo de ciertos protectores poderosos.
Las autoridades, queriendo evitar un escándalo, le avisaron que su vestuario y sus costumbres eran signo de "nobleza" y por lo tanto debía vestir como antes de su casamiento.
La sociedad de castas, regida por las Leyes de los Reinos de Indias - sancionadas por el Rey Carlos II en España en 1680- exponían todas las reglamentaciones concernientes a la vida en América. La mulata pertenecía a este sistema de clases sociales predominante en la época; sistema que fue formándose en el continente americano en las zonas del territorio de la Corona española. Con inicio en el siglo XVI, se consolidó en el siglo XVIII y persistió hasta principios del siglo XIX - con el inicio del proceso de independencia-.
Dentro del sistema de castas, las personas eran clasificadas en función de su nacimiento. Si tuviéramos que establecer un orden, podríamos decir que en la cúspide, se encontraban los blancos españoles y criollos; luego los indios y mestizos –producto de la unión entre blanco e indio-; y finalmente zambos -producto de la unión de indio y negro-, mulatos - o mula, producto de la unión de blanco y negro o caballo/yegua y burro/a- y negros.
El ascenso social era muy difícil, pero no imposible. Se lograba con el paso de las
generaciones cuando las uniones se realizaban con personas blancas. Con todo, el uso de artimañas tales como el testimonio de asientos parroquiales fraudulentos o alterados
(una abuela mulata, podía ser constada como mestiza) fue lo más común. El éxito, se lograba cuando se obtenía de algún juez, la sentencia de “que se tenga por blanco”.
Parece, que la "mulatilla", muy orgullosa y descarada, desoyó los consejos y las advertencias que también le habían hecho las señoras. Continuó luciéndose de la forma
habitual, a pesar de que sabía que no le correspondía.
Un día fue invitada a la casa de unas de las "gentiles señoras". La joven, al parecer, quedó convencida de su victoria sobre ellas y asistió con gran alegría al convite.
La reunión no tuvo un final agradable. En rol de justiciera, la señora de la casa
mandó a sus criadas que la desnudasen. Una vez logrado su cometido fue azotada y luego vestida con las ropas según su condición. Las prendas, que utilizaba hasta ese momento, fueron quemadas delante de sus ojos.
La pobre mulata, tras esta humillación, decidió retirarse de la vida pública para no caer nuevamente en vergüenza.
Don Calixto Bustamante Carlos Inga, fue quien nos transmitió esta historia. Conocido por su sobrenombre "Concolocorvo", y gracias a su libro de viajes hoy se tienen retratos de la vida americana en tiempos de la colonia.
Llegado a América como acompañante de Don Alonso Carrió de la Vandera -un funcionario de la Corona Española- nos dejó un registro de las experiencias
y observaciones realizadas en el viaje que emprendieron juntos por América del Sur en el período de 1771 a 1773.
Dentro del sistema de aquella época, la ropa era un elemento distintivo de la clase a la
que se pertenecía. La ausencia de casas de venta de ropa hacía que las señoras se desempeñaran como modistas de su propia familia, confeccionando y zurciendo las prendas.
Era posible encontrar blancos empobrecidos con sus trajes en muy mal estado, aunque no necesariamente por falta de dinero, también existieron caballeros de gran fortuna más amantes de la avaricia que de la moda. Con todo, seguían manteniendo su status en
relación a las gentes de castas.
Los negros, al final de la escala social, tenían prohibido los arreglos, las joyas y los géneros de calidad tales como la seda. Sin embargo, no se pudieron evitar acciones de circulación de los trajes de blancos hacia esclavos negros o libertos o a mestizos, a partir de las herencias testamentarias.
La prohibición no era caprichosa y se justificaba con razones de orden moral y aún estéticas. El color de la piel oscura vestida de ricas telas, a los ojos de los sectores más conservadores, resultaba muy sensual. A pesar de esto existían uniones de blancos y negros que desafiaban los prejuicios existentes para el siglo XVIII. Tal habrá sido el caso de Don Juan Bruno y la mulatilla Eugenia.
Concolocorvo refiere que esta anécdota curiosa sobre la mulatilla y la moda, se la
contaron en su paso por Córdoba. El episodio llegó a sus oídos en forma de chisme y no de noticia. Pero el caso fue confirmado al quedar registrado en las actas del Archivo
Municipal de Córdoba. Algunas de estas actas fueron utilizadas por la historiadora Ana María Martínez de Sanchez, en sus escritos sobre “Ser” y “Parecer” en la Córdoba del setecientos.
Claudia Lorena Ferreira
Ref:
www.artehistoria.jcyl.es/histesp/contextos/6698.htm www.mcu.es/museos/reddigital/busquedas/motorbusquedas/mainServletías
www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/07038405388069473132268/index.htm
www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/91371064210248273022202/index.htm
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