El esclavo negro: entre la sumisión y la libertad
En el Río de la Plata, los esclavos negros aparecen al poco tiempo de la segunda fundación de Buenos Aires, hacia 1586. En Buenos Aires, se desempeñaron sobre todo en casas de familia y en distintos oficios. Los últimos representantes de su raza desaparecieron hacia principios del siglo XX, por eso hoy nos resulta un grupo curioso y relativamente novedoso. Dentro de nuestra composición social han resurgido, fruto de las nuevas oleadas inmigratorias procedentes del continente africano.
El TRATO SEGÚN VIAJEROS
A principios del 1800 era frecuente encontrar opiniones de viajeros extranjeros, que manifestaban su admiración hacia la forma en que era tratado el esclavo negro por estas latitudes. A pesar de su situación servil, en general, recibían un muy buen trato por parte de sus amos. Y solían comportarse, a modo de respuesta, muy educadamente. Es cierto que existieron casos contrarios, pero fueron más bien excepcionales. Lo común fue siempre un trato de cortesía y respeto mutuo.
Son mencionados con curiosidad la intimidad que desarrollaban las esclavas negras con sus amas. Eran sus confidentes, adquirían sus maneras y costumbres, además de ser su auxilio para el envío de mensajes a sus enamorados. Refuerzan aún esta idea los casos comentados de libertos que eligieron permanecer con sus antiguos amos en situación de amistad. Por otra parte, el esclavo que no estaba conforme con el trato de su amo, podía solicitar su “papel de venta” y buscar un nuevo amo, que se hiciera cargo de él.
EL VESTIRLa vestimenta del negro era muy pobre y era común verlo con ropa de descarte provista por sus amos, que pocas veces le quedaba bien. Algo estrechas, holgadas, cortas o largas en las mangas, viejas, descosidas, rotas, zurcidas y gastadas, las prendas más parecían los restos de un desastre militar antes que un atuendo de vestir.
Chaquetas, chaquetones, camisas y pantalones, además de sombreros eran lucidos por los hombres, mientras que las mujeres podían vestir falda y camisa o vestido y rebozo para salir, que era una especie de manto abrigado. El hombre, además, podía vestir chiripá en lugar de pantalón y era costumbre verlos descalzos, o usar un miserable calzado conocido como tamangos. Eran éstos, algo similar a las ojotas, aunque hechas de cuero de animal vacuno o carnero. Antes de calzarlas requerían de envolver los pies en tela o en trapos.
Algunas casas acomodadas vestían a sus esclavos como blancos, es decir, acentuaban su ser en el parecer de sus sirvientes. Entonces se los vestía y educaba muy bien para compañía de la familia. De esta manera, el status del servicio de algunas casas era superior al de otras. Y ya sea por necesidad material o de compañía, en ambos casos los negros compartían mucho de la vida de sus amos. También heredaban sus apellidos y así se podían encontrar negros con apellidos ilustres tales como Rosas o Escalada.
TRABAJO
Muchos esclavos obtuvieron su libertad gracias a sus servicios a la patria y otros, gracias a sus amos. Una posibilidad era obtener la libertad a su muerte, aunque también podían hacerlo en vida mediante la compra de su manumisión. Para ello se les permitía tener oficio que realizaban en su tiempo libre o confeccionaban artículos que daban a la venta a otros libertos.
Cocineros, mucamos, cocheros y profesores de piano en casas de familia eran las profesiones más comunes. Pero también eran changadores de todo tipo: elaboraban y vendían pasteles, velas, escobas y hasta elementos que nos resultan tan curiosos como los “secadores” (armazón de arcos de madera, semejantes al miriñaque, pero que, puestos sobre un brasero, servían para secar las ropas). Mientras que las negras eran reconocidas por sus servicios como amas de leche.
Curiosamente y en forma contraria a lo que ha sucedido en los países americanos originados por la conquista anglosajona o portuguesa, el esclavo negro en el Río de la Plata, ha gozado de una libertad “privilegiada” más allá de su condición.
Toda misión que le encomendara su amo era fielmente cumplida por el esclavo como parte de la amistad que le profesaba. El amo por su parte, correspondía a la sumisión de su esclavo, haciéndolo su amigo, confidente, consejero y compañero. Su laboriosidad, capacidad, resistencia, docilidad y buen humor hicieron del negro un personaje insustituible de la sociedad criolla.
Claudia L. Ferreira
BIBLIOGRAFÍA
CÁNEPA; Luis; El Buenos Aires de antaño. En el cuarto centenario de su fundación 1536-1936. Buenos Aires, Talleres Gráficos Linari, 1936.
MELLAFE, Rolando; La esclavitud en Hispanoamérica. 4ed., Buenos Aires, Eudeba, 1987.
WILDE http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/91371064210248273022202/index.htm
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