Relatos de ficción: Conversación entre esclavos negros
Cultura y Arte - Al llamar a la puerta, la morena Marcela se encontró cara a cara con el profesional que estaban esperando. Otro moreno, conocido como Pastor, acudía al llamado que le habían hecho, conforme conocían su hábil disposición para la tarea que le iban a encomendar.
El negro, muy pícaro, miró de reojo a Marcela y le regaló su mejor sonrisa. La negra se acomodaba delicadamente las enaguas de bayeta azul, mientras lo invitaba a pasar directamente donde su amo. Caminaba con pequeños pasos rápidos, tal como lo había visto hacer a su amita, dejando entrever unas preciosas “zapatillitas” blancas. Todo sin decir una palabra ni devolver una sonrisa, porque pensaba la negrita presumida: “habráse visto semejante insolencia, que este negro sinvergüenza me estuviera mirando de esa forma…!”
Pastor, llevaba un chaquetón de bayetón algo ajustado en el torso, un tanto raído y un pantalón gastado con roturas en las rodillas. Su mínima elegancia se disolvía en la ausencia total de calzado, lo que no le impedía comportarse correctamente delante del amo. Se deshizo en reverencias al saludarlo y lo alabó por la prudente decisión de llamarlo: “porque sabrá su mercé que esto es trabajo difícil y por eso estoy acá, pa´podé ayudarlo y darle tranquilidá.”
Conforme el amo le explicaba el problema, el moreno lo miraba con ojos comprensivos y prestando gran atención a cada palabra. Lo tranquilizaba entonces con explicaciones rebuscadas y se daba grandes aires de suficiencia: “porque verá su mercé que lo que le digo es la pura verdá. Es un trabajo difícil, pero este negro servidor de su mercé está acá pa´ remediarlo todo. Ya va a ver, ya va a ver…”
El amo, lo miraba entonces con cara de desconsuelo y hasta volcaba sus pesares en él, a lo que el moreno más se apuraba en presumirle sus cualidades y asegurarle que él era un verdadero especialista en la materia. No se había equivocado en llamarlo, era el indicado.
El moreno se desplazaba por el terreno observándolo todo con mucha atención. Con los brazos cruzados a la espalda, daba largos pasos recorriendo el patio y analizaba la situación: las marcas de los reiterados ataques se multiplicaban por todo el patio. Se arrodilló cerca del aljibe y poco faltó para que perdiera el pudor con sus gigantescos pantalones.
Con gravedad, observaba el piso de la galería y movía la cabeza negativamente dando largos suspiros. Se levantó de un salto y se acercó al amo para decirle que las circunstancias hacían necesaria una consulta con un colega. Después de todo, no era cosa de precipitarse y permitir que el problema aumentase. Dada la situación, se hacía imprescindible la presencia del negro Domingo Barcala, pues “… como entenderá su mercé, la manera en que quedó el lugar hacen necesaria la ciencia del negro Domingo. Son muchos años de experiencia los que tiene, como sabrá su mercé. Y es importante consultarlo.”
El negro Domingo, un octogenario de enorme experiencia en el rubro, tuvo que ser mandado a llamar por un negrito de la casa. Ni bien se hizo presente, se hizo largo el discurrir de ambos negros. Discutían acaloradamente, inclinándose por distintas hipótesis: que si la situación de la hoya, que si la extensión de los conductos… Casi se trataba de una cátedra universitaria.
No había caso, en una tarea casi titánica, cuando se juntaban dos negros hormiguereros, siempre hallaban la solución al problema de las hormigas.
Claudia Lorena Ferreira
Cultura / Arte
El negro, muy pícaro, miró de reojo a Marcela y le regaló su mejor sonrisa. La negra se acomodaba delicadamente las enaguas de bayeta azul, mientras lo invitaba a pasar directamente donde su amo. Caminaba con pequeños pasos rápidos, tal como lo había visto hacer a su amita, dejando entrever unas preciosas “zapatillitas” blancas. Todo sin decir una palabra ni devolver una sonrisa, porque pensaba la negrita presumida: “habráse visto semejante insolencia, que este negro sinvergüenza me estuviera mirando de esa forma…!”
Pastor, llevaba un chaquetón de bayetón algo ajustado en el torso, un tanto raído y un pantalón gastado con roturas en las rodillas. Su mínima elegancia se disolvía en la ausencia total de calzado, lo que no le impedía comportarse correctamente delante del amo. Se deshizo en reverencias al saludarlo y lo alabó por la prudente decisión de llamarlo: “porque sabrá su mercé que esto es trabajo difícil y por eso estoy acá, pa´podé ayudarlo y darle tranquilidá.”
Conforme el amo le explicaba el problema, el moreno lo miraba con ojos comprensivos y prestando gran atención a cada palabra. Lo tranquilizaba entonces con explicaciones rebuscadas y se daba grandes aires de suficiencia: “porque verá su mercé que lo que le digo es la pura verdá. Es un trabajo difícil, pero este negro servidor de su mercé está acá pa´ remediarlo todo. Ya va a ver, ya va a ver…”
El amo, lo miraba entonces con cara de desconsuelo y hasta volcaba sus pesares en él, a lo que el moreno más se apuraba en presumirle sus cualidades y asegurarle que él era un verdadero especialista en la materia. No se había equivocado en llamarlo, era el indicado.
El moreno se desplazaba por el terreno observándolo todo con mucha atención. Con los brazos cruzados a la espalda, daba largos pasos recorriendo el patio y analizaba la situación: las marcas de los reiterados ataques se multiplicaban por todo el patio. Se arrodilló cerca del aljibe y poco faltó para que perdiera el pudor con sus gigantescos pantalones.
Con gravedad, observaba el piso de la galería y movía la cabeza negativamente dando largos suspiros. Se levantó de un salto y se acercó al amo para decirle que las circunstancias hacían necesaria una consulta con un colega. Después de todo, no era cosa de precipitarse y permitir que el problema aumentase. Dada la situación, se hacía imprescindible la presencia del negro Domingo Barcala, pues “… como entenderá su mercé, la manera en que quedó el lugar hacen necesaria la ciencia del negro Domingo. Son muchos años de experiencia los que tiene, como sabrá su mercé. Y es importante consultarlo.”
El negro Domingo, un octogenario de enorme experiencia en el rubro, tuvo que ser mandado a llamar por un negrito de la casa. Ni bien se hizo presente, se hizo largo el discurrir de ambos negros. Discutían acaloradamente, inclinándose por distintas hipótesis: que si la situación de la hoya, que si la extensión de los conductos… Casi se trataba de una cátedra universitaria.
No había caso, en una tarea casi titánica, cuando se juntaban dos negros hormiguereros, siempre hallaban la solución al problema de las hormigas.
Claudia Lorena Ferreira
Cono Sur
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