"Un año que no termina", marcado por la convalecencia de Cristina
Nación - Conviene poner las cosas en su lugar. La presidente de la República padece un cáncer y eso no es bueno para ella, para su familia, ni para la Argentina. Su salud es, por supuesto, un problema para ella y los suyos, pero también es un problema de Estado.
Como siempre ocurre y ocurrirá, aquí y en cualquier parte del mundo, cuando un jefe de Estado o de gobierno padece alguna dolencia que no puede ser catalogada de rutinaria.
Por tanto, no es correcto, ni conveniente mezclar afectos o antipatías. Cada uno de nosotros podrá sentir por Cristina Kirchner cuanto su corazón o su razón le dicten. Estarán y serán muchos quienes se sentirán conmovidos. Los habrá quienes emitirán sentencias negativas en función de su desacuerdo con la política o los métodos K.
Todos estarán en lo cierto, a condición de ser auténticos. Quienes valoran la entereza de la gobernante y quienes la consideran, una vez más, sobreactuando. Quienes se solidarizan con su viudez y su padecimiento. Y quienes no aceptan resignarse frente a la liturgia kirchnerista.
No es el punto pues determinar una valoración, positiva o negativa, frente al cáncer presidencial. La cuestión reside en si los riesgos que toda cuestión de Estado acarrea fueron o no sopesados correctamente. Si la gravedad del asunto es tenida en cuenta. Si el transitorio –ojalá así sea- período de delegación modifica o no el panorama político.
El anuncio
Que la presidente haya decidido hacer pública su dolencia en el momento y las circunstancias que ella eligió es inobjetable. De por sí y dadas las circunstancias de tiempo.
Nadie puede, con algo de raciocinio, suponer que la dolencia fue recién detectada. Resulta harto más probable que la detección haya ocurrido hace algún tiempo. Rige aquí el concepto de interés de Estado.
Salvo una urgencia, Cristina Kirchner no podía, ni debía traspasar el poder a Julio Cobos. El riesgo de caos hubiese sido alto. No por Julio Cobos, claro. Sino porque dentro del esquema K con que se mueve el oficialismo, el vicepresidente no opinaba distinto sino que era el “enemigo”.
En el esquema de la democracia plebiscitaria, las instituciones poseen solo un valor relativo. Son las personas quienes cuentan. En concreto, una persona. Y la lealtad hacia ella, se convierte en el valor supremo. Es la unidad de medida de conductas y actitudes.
Una sola vez, Julio Cobos dijo no. Y aunque su no, para muchos, evitó una situación de violencia política que nadie quiere salvo, de palabra, los alabadores del setentismo, para Néstor y Cristina Kirchner fue una traición.
Luego, el ex vicepresidente observó una conducta ejemplar aún desde la óptica K. Muchas veces ejerció la titularidad del Poder Ejecutivo ante cada ausencia por viajes al exterior pero nunca pisó la Casa Rosada y nunca promulgó una ley, ni firmó un decreto.
De poco importó. El mote de traidor le fue marcado a fuego. Y hasta con un dejo de mal gusto, en la actual circunstancia fue la propia Cristina quien hizo referencia a Cobos con una especie de bienvenida a la mala noticia “porque no ocurrió antes”. Gratuito.
Aún así, es su derecho decidir la fecha del anuncio y de la intervención quirúrgica. En cuanto al post-operatorio, solo el destino indicará su duración.
Precisamente, es el post-operatorio el problema a tener en cuenta. Mejor si son veinte días y aún mejor si se reducen. Pero ¿Qué representan? ¿Serán veinte días con gobierno o sin él? ¿Amado Boudou será presidente o solo ocupará el sillón? ¿Tiene poder de decisión? ¿Qué instrucciones reciben, por estos días, los ultra cristinistas? ¿Guillermo Moreno, Ricardo Echegaray y la Cámpora acatarán una directiva del presidente interino?
Es probable que Boudou se avenga a representar solo un papel decorativo ¿Y si las circunstancias lo obligan a actuar?
Vuelve aquí a ser necesario comprender la naturaleza del régimen. Si bien Boudou, como Cobos en su momento y Daniel Scioli en el anterior, fueron votados por tantos argentinos como Néstor y Cristina Kirchner, la “democracia plebiscitaria” no les asigna rol institucional. Casi ni voz y mucho menos voto.
El ex ministro de Economía volvió a enterarse en un acto público qué le deparaba el destino. Así fue nominado candidato a la vicepresidencia y así supo de su interinato. La “democracia plebiscitaria” es un ejército de tropa y jefe. Cuando mucho, suboficiales. La oficialidad no existe.
Por “si las moscas”, Cristina lo retó por adelantado y en público. Fue una especie de “guarda con lo que hacés” a lo que agregó “y no es una bromita” para congelar la sonrisa de los asistentes, en particular la del destinatario.
El estilo no puede sorprender a nadie. Mucho menos a quienes forman parte del kirchnerismo. Deben acatar las reglas de juego que conocen de antemano. Aún si ello implica agachar la cabeza. Daniel Scioli, de esto, sabe demasiado.
No caben duda pues que Boudou será “monitoreado” a lo largo de su suplencia. Pero ¿Monitoreado por quién? Por Moreno y la Cámpora, puede ser. En ese caso, será un seguimiento con resultados a posteriori de la reasunción de Cristina. No sirve, aún si la advertencia en público buscó la auto censura del vicepresidente quien fue elegido por voto popular y no debe ser confundido con un ministro.
Es probable que sea la propia Cristina quien siga de cerca los movimientos de su nuevo número dos. Ya le encargó a Carlos Zannini que demore cualquier firma de cuestiones importantes hasta su restablecimiento. Y al titular de la SIDE, Héctor Icazuriaga que siga de cerca -¿Espíe?- los movimientos de Boudou.
Y aquí es donde el riesgo se acrecienta. Un post operatorio que no sigue al pie de la letra las instrucciones puede prolongarse en demasía o generar recaídas no deseadas.
Si así ocurre, el interinato puede alargarse o repetirse más adelante. Y entonces afloran los interrogantes que hacen desear, con afecto o sin él, la pronta y total recuperación de la presidente. ¿Puede Boudou dirigir los destinos del país? ¿Se lo permitirá el kirchnerismo?
La realidad
El marco elegido por la propia Cristina para referirse a su dolencia, luego del anuncio oficial de su vocero, fue un acto con diecisiete gobernadores de provincias endeudadas. Para beneplácito de sus oídos, el cobro de sus acreencias por parte del Estado nacional fue postergado nuevamente, esta vez con dos años de gracia.
Casi pasó inadvertida, pero se trata de una cuestión de fondo. Nuevamente la Argentina K consagra la teoría de la poca importancia de una correcta administración. Fue música para los oídos de los endeudados y fue mortal silencio para quienes administraron con prudencia. Más aún, para el ex gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, quién no solo no debe, sino que desde el gobierno federal le deben a su provincia.
Pero, más allá del principio general, los dos años de gracia no constituyen un detalle menor. El próximo vencimiento será en el 2013, justo después de las elecciones legislativas de mitad de período. Casi como una invitación a continuar con la fiesta de gasto público y nombramientos electoralistas. No obstante, la propia situación financiera del país será un dique de contención para las tentaciones populistas.
La presidente reclamó a los deudores un listado con la nómina completa de personal provincial y municipal. Fue un “hasta aquí está bien, pero no sigan con ésto”.
Es correcto, pero es tardío y, además, es hipócrita.
El gobierno K gastó a mano suelta hasta octubre pasado para asegurarse el triunfo electoral. Su ejemplo fue un mal ejemplo.
Peor aún. Para liquidar cualquier atisbo de independencia de los gobernadores, los sometió –y aceptaron- a una reducción progresiva de sus recursos genuinos mediante la creación o el incremento de alícuotas de impuestos no coparticipables.
De casi un 45 por ciento del total recaudado que recibían las provincias hace ocho años, hoy el guarismo repartible no alcanza al 26 por ciento.
Junto al mal ejemplo, les redujeron los ingresos. Los hicieron casi totalmente dependientes y ahora los retan y les exigen buena letra.
Cierto es que la refinanciación achica la deuda. Los dos años de gracia implican no pagar intereses. Intereses que son, de por sí, mucho más bajos que los de plaza. Ergo, parte de la deuda quedará licuada.
Aún así, la buena noticia solo es considerada como tal por los menos endeudados. Para Daniel Scioli, sirve pero no mucho. La situación financiera de Buenos Aires es altamente preocupante, a tal punto que resulta temerario afirmar que estará en condiciones de hacer frente a las obligaciones sin auxilio adicional por parte de la Nación.
Lectura: días aciagos para Scioli y probable acrecentamiento del poder del vicegobernador, el ultra K Gabriel Mariotto.
Contradicciones
Tal vez, la presidente utilice su período de convalecencia para meditar sobre el futuro. Sería muy conveniente que solo se dedicara a ello. Por su salud, claro, y por la necesidad de definir un rumbo.
Su eufemismo de “sintonía fina” dista mucho de ser una definición. Nadie sabe aún si es ajuste o no lo es. O mejor dicho, hasta donde llega dicho ajuste.
La refinanciación de las deudas provinciales y el incremento de partidas para varios ministerios que ocurrieron esta semana, son señales contradictorias. Salvo que por ajuste, la presidente entienda reducir los ingresos de los trabajadores y, eventualmente, los de los empresarios, mientras el Estado nacional queda al margen de cualquier disminución de gastos.
De momento, la “sintonía fin” abarca algunos y soslaya a otros. Junto a la dureza de los números de Santa Cruz, donde el gobierno K elevó la planta de empleados públicos de 20.000 a 60.000, y donde los incidentes se llevan puestos a ministros, conviven subsidios interminables para, por ejemplo, Aerolíneas Argentinas.
Desde que la Cámpora se hizo cargo de la compañía privada que solo administra el Estado, los argentinos debimos solventar, con nuestros impuestos o con inflación, 3.143 millones de pesos para esta más que dudosa experiencia de los “niños bien” al decir de Hugo Moyano.
Hoy, toda clase de sospechas se abaten sobre este ejemplo de mala administración. Desde sueldos directivos que envidiaría un gerente de banco hasta sobreprecios en la compra de aviones. Desde la inexistencia de controles y de aplicación de normas que rigen a las empresas estatales hasta la diversidad del material adquirido, que provoca la imposibilidad de entrenamiento adecuado para el personal de mantenimiento y de operaciones. Desde el fomento de otrora a la conflictividad gremial a la pretensión actual de un disciplinamiento ya imposible. Todo un combo que provocará mañana un reclamo judicial por parte de los aún dueños españoles de la empresa que, como siempre, deberemos solventar los contribuyentes argentinos.
Sí, el kirchnerismo es selectivo. Exige a unos lo que no exige a otros. Tanta contradicción solo sirve para alejar inversores o para que los argentinos fuguen divisas, aún con Moreno en el rol de guardián de las reservas.
Conflictos
Acallada la oposición, sosegado el campo, resignada la industria, imaginar un escenario de paz y armonía resultaría posible. No en la Argentina K. Porque en la Argentina K, la política es lucha por el poder. Lucha sin cuartel. Como lo marcan los manuales que recuerdan las épocas setentistas.
Claro que hay cosas que cambiaron. Por aquellos años, hablaban las bombas y las ametralladoras. Ahora, habla el poder del dinero. Es mucho menos heroico, aunque el relato oficial se empecine en decir lo contrario. Pero, al menos es mucho más civilizado. Los jóvenes militantes ponen en riesgo sus buenos ingresos. No sus vidas.
Con otras características, pero la historia comienza a ser repetida. Es duro decirlo, pero la Argentina no aprende de sus fracasos, aún cuando costaron carísimos.
Hoy, el país asiste, tras haber plebiscitado a la presidente K, como convidado de piedra a una lucha que recién se inicia. Una lucha interna entre los propios triunfadores de hace solo dos meses.
La Cámpora parece dispuesta a llevarse por delante al propio peronismo. Como lo demuestra el “golpe de Estado” en ciernes que se teje en la provincia de Buenos Aires y el que está a punto de ocurrir en el feudo K, Santra Cruz, donde el abandono del gobierno por parte de los “niños bien” sacude la institucionalidad.
Subsiste allí, en Santa Cruz, un interrogante: el descarnado ajuste que promueve el gobernador Daniel Peralta motivó la salida de la Cámpora por desacuerdo o porque resulta la excusa ideal para voltear al gobernador.
Santa Cruz está al borde del estallido porque es la demostración más contundente de la irresponsabilidad K en el manejo de la cosa pública. Es la provincia que más dinero recibe del gobierno nacional. Cuenta con las regalías petroleras que Carlos Menem le obsequió al entonces gobernador Néstor Kirchner. Cuenta con adelantos transitorios del Tesoro Nacional como ninguna otra jurisdicción, medidos por habitante. Cuenta hasta con una porción del Fondo Sojero conformado por una parte de las retenciones a la soja aunque no produce un gramo de la oleaginosa. Y hasta cuenta con un subsidio a la energía que pagamos todos los habitantes del país cuando recibimos nuestra factura de electricidad, comercial o domiciliaria.
Pero, el gasto público es tal que nada alcanza. Como se dijo, más arriba, pasó de 20.000 a 60.000 empleados públicos en ocho años.
Semejante despilfarro fue avalado por el gobernador Peralta, por la Cámpora y por Rudy Ulloa, el ex chofer de Néstor Kirchner devenido en zar de las comunicaciones.
Hace una semana, todos, absolutamente todos ellos se pusieron de acuerdo en la necesidad del ajuste. Siete días después, Peralta se quedó solo.
¿Es ajena Cristina Kirchner a la “voltereta” de Máximo y de Ulloa? Improbable. Por estos días, la presidente recibió a varios santacruceños en Olivos. No recibió al gobernador, ni a ninguno de los políticos que le responde. A buen entendedor, pocas palabras.
¿Es Santa Cruz un episodio aislado? Si no lo es ¿Qué objetivo persigue la presidente? ¿Busca el poder total a través de la creación de una dinastía cuyo príncipe heredero lleva como nombre Máximo?
Moreno
Guillermo Moreno no trepida en llevarse puesto al gabinete ministerial. Disciplinó a Mercedes Marcó del Pont que lleva adelante la política monetaria y cambiaria que el “super secretario” le ordena. Desaira ante sus interlocutores empresariales a Hernán Lorenzino a quién no asigna rol alguno. Dejó casi sin funciones a Debora Giorgi. Y ahora va, por Julio De Vido, a quién enrostra –con razón- una política energética fundamentada exclusivamente en las importaciones.
Moreno se hace cargo de todo. Del “apriete” a los bancos y empresas por la cuestión cambiaria. Del comercio exterior con su subida o bajada de pulgar ante cada exportación o importación. De la cuestión energética con su plan de incrementar la imposición a las petroleras.
“Se acabó la joda” es su frase predilecta para marcar su renovado e incrementado poder. Una frase que no se limita a anunciar su predominio, sino que desliza su superioridad moral y que obliga al resto a limitar la resistencia. Es que, hasta el momento, nadie puede poner en duda su honorabilidad en materia de corrupción. Beneficio del que los demás no gozan. Y Moreno, se los recuerda cada vez que se presenta la oportunidad.
Guillermo Moreno es un “rara avis” dentro del kirchnerismo. No solo trabaja por el sueldo, sino que demuestra, a su manera, una eficiencia total en materia de encuadramiento vertical.
Claro que su honestidad y su eficiencia de nada sirven a la hora de contabilizar fracasos como el INDEK, la inflación, la destrucción del stock ganadero, las trabas al comercio exterior, el alejamiento de inversiones. Fracasos que no son sus fracasos, sino los fracasos de un régimen.
Luis Domenianni.
Como siempre ocurre y ocurrirá, aquí y en cualquier parte del mundo, cuando un jefe de Estado o de gobierno padece alguna dolencia que no puede ser catalogada de rutinaria.
Por tanto, no es correcto, ni conveniente mezclar afectos o antipatías. Cada uno de nosotros podrá sentir por Cristina Kirchner cuanto su corazón o su razón le dicten. Estarán y serán muchos quienes se sentirán conmovidos. Los habrá quienes emitirán sentencias negativas en función de su desacuerdo con la política o los métodos K.
Todos estarán en lo cierto, a condición de ser auténticos. Quienes valoran la entereza de la gobernante y quienes la consideran, una vez más, sobreactuando. Quienes se solidarizan con su viudez y su padecimiento. Y quienes no aceptan resignarse frente a la liturgia kirchnerista.
No es el punto pues determinar una valoración, positiva o negativa, frente al cáncer presidencial. La cuestión reside en si los riesgos que toda cuestión de Estado acarrea fueron o no sopesados correctamente. Si la gravedad del asunto es tenida en cuenta. Si el transitorio –ojalá así sea- período de delegación modifica o no el panorama político.
El anuncio
Que la presidente haya decidido hacer pública su dolencia en el momento y las circunstancias que ella eligió es inobjetable. De por sí y dadas las circunstancias de tiempo.
Nadie puede, con algo de raciocinio, suponer que la dolencia fue recién detectada. Resulta harto más probable que la detección haya ocurrido hace algún tiempo. Rige aquí el concepto de interés de Estado.
Salvo una urgencia, Cristina Kirchner no podía, ni debía traspasar el poder a Julio Cobos. El riesgo de caos hubiese sido alto. No por Julio Cobos, claro. Sino porque dentro del esquema K con que se mueve el oficialismo, el vicepresidente no opinaba distinto sino que era el “enemigo”.
En el esquema de la democracia plebiscitaria, las instituciones poseen solo un valor relativo. Son las personas quienes cuentan. En concreto, una persona. Y la lealtad hacia ella, se convierte en el valor supremo. Es la unidad de medida de conductas y actitudes.
Una sola vez, Julio Cobos dijo no. Y aunque su no, para muchos, evitó una situación de violencia política que nadie quiere salvo, de palabra, los alabadores del setentismo, para Néstor y Cristina Kirchner fue una traición.
Luego, el ex vicepresidente observó una conducta ejemplar aún desde la óptica K. Muchas veces ejerció la titularidad del Poder Ejecutivo ante cada ausencia por viajes al exterior pero nunca pisó la Casa Rosada y nunca promulgó una ley, ni firmó un decreto.
De poco importó. El mote de traidor le fue marcado a fuego. Y hasta con un dejo de mal gusto, en la actual circunstancia fue la propia Cristina quien hizo referencia a Cobos con una especie de bienvenida a la mala noticia “porque no ocurrió antes”. Gratuito.
Aún así, es su derecho decidir la fecha del anuncio y de la intervención quirúrgica. En cuanto al post-operatorio, solo el destino indicará su duración.
Precisamente, es el post-operatorio el problema a tener en cuenta. Mejor si son veinte días y aún mejor si se reducen. Pero ¿Qué representan? ¿Serán veinte días con gobierno o sin él? ¿Amado Boudou será presidente o solo ocupará el sillón? ¿Tiene poder de decisión? ¿Qué instrucciones reciben, por estos días, los ultra cristinistas? ¿Guillermo Moreno, Ricardo Echegaray y la Cámpora acatarán una directiva del presidente interino?
Es probable que Boudou se avenga a representar solo un papel decorativo ¿Y si las circunstancias lo obligan a actuar?
Vuelve aquí a ser necesario comprender la naturaleza del régimen. Si bien Boudou, como Cobos en su momento y Daniel Scioli en el anterior, fueron votados por tantos argentinos como Néstor y Cristina Kirchner, la “democracia plebiscitaria” no les asigna rol institucional. Casi ni voz y mucho menos voto.
El ex ministro de Economía volvió a enterarse en un acto público qué le deparaba el destino. Así fue nominado candidato a la vicepresidencia y así supo de su interinato. La “democracia plebiscitaria” es un ejército de tropa y jefe. Cuando mucho, suboficiales. La oficialidad no existe.
Por “si las moscas”, Cristina lo retó por adelantado y en público. Fue una especie de “guarda con lo que hacés” a lo que agregó “y no es una bromita” para congelar la sonrisa de los asistentes, en particular la del destinatario.
El estilo no puede sorprender a nadie. Mucho menos a quienes forman parte del kirchnerismo. Deben acatar las reglas de juego que conocen de antemano. Aún si ello implica agachar la cabeza. Daniel Scioli, de esto, sabe demasiado.
No caben duda pues que Boudou será “monitoreado” a lo largo de su suplencia. Pero ¿Monitoreado por quién? Por Moreno y la Cámpora, puede ser. En ese caso, será un seguimiento con resultados a posteriori de la reasunción de Cristina. No sirve, aún si la advertencia en público buscó la auto censura del vicepresidente quien fue elegido por voto popular y no debe ser confundido con un ministro.
Es probable que sea la propia Cristina quien siga de cerca los movimientos de su nuevo número dos. Ya le encargó a Carlos Zannini que demore cualquier firma de cuestiones importantes hasta su restablecimiento. Y al titular de la SIDE, Héctor Icazuriaga que siga de cerca -¿Espíe?- los movimientos de Boudou.
Y aquí es donde el riesgo se acrecienta. Un post operatorio que no sigue al pie de la letra las instrucciones puede prolongarse en demasía o generar recaídas no deseadas.
Si así ocurre, el interinato puede alargarse o repetirse más adelante. Y entonces afloran los interrogantes que hacen desear, con afecto o sin él, la pronta y total recuperación de la presidente. ¿Puede Boudou dirigir los destinos del país? ¿Se lo permitirá el kirchnerismo?
La realidad
El marco elegido por la propia Cristina para referirse a su dolencia, luego del anuncio oficial de su vocero, fue un acto con diecisiete gobernadores de provincias endeudadas. Para beneplácito de sus oídos, el cobro de sus acreencias por parte del Estado nacional fue postergado nuevamente, esta vez con dos años de gracia.
Casi pasó inadvertida, pero se trata de una cuestión de fondo. Nuevamente la Argentina K consagra la teoría de la poca importancia de una correcta administración. Fue música para los oídos de los endeudados y fue mortal silencio para quienes administraron con prudencia. Más aún, para el ex gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, quién no solo no debe, sino que desde el gobierno federal le deben a su provincia.
Pero, más allá del principio general, los dos años de gracia no constituyen un detalle menor. El próximo vencimiento será en el 2013, justo después de las elecciones legislativas de mitad de período. Casi como una invitación a continuar con la fiesta de gasto público y nombramientos electoralistas. No obstante, la propia situación financiera del país será un dique de contención para las tentaciones populistas.
La presidente reclamó a los deudores un listado con la nómina completa de personal provincial y municipal. Fue un “hasta aquí está bien, pero no sigan con ésto”.
Es correcto, pero es tardío y, además, es hipócrita.
El gobierno K gastó a mano suelta hasta octubre pasado para asegurarse el triunfo electoral. Su ejemplo fue un mal ejemplo.
Peor aún. Para liquidar cualquier atisbo de independencia de los gobernadores, los sometió –y aceptaron- a una reducción progresiva de sus recursos genuinos mediante la creación o el incremento de alícuotas de impuestos no coparticipables.
De casi un 45 por ciento del total recaudado que recibían las provincias hace ocho años, hoy el guarismo repartible no alcanza al 26 por ciento.
Junto al mal ejemplo, les redujeron los ingresos. Los hicieron casi totalmente dependientes y ahora los retan y les exigen buena letra.
Cierto es que la refinanciación achica la deuda. Los dos años de gracia implican no pagar intereses. Intereses que son, de por sí, mucho más bajos que los de plaza. Ergo, parte de la deuda quedará licuada.
Aún así, la buena noticia solo es considerada como tal por los menos endeudados. Para Daniel Scioli, sirve pero no mucho. La situación financiera de Buenos Aires es altamente preocupante, a tal punto que resulta temerario afirmar que estará en condiciones de hacer frente a las obligaciones sin auxilio adicional por parte de la Nación.
Lectura: días aciagos para Scioli y probable acrecentamiento del poder del vicegobernador, el ultra K Gabriel Mariotto.
Contradicciones
Tal vez, la presidente utilice su período de convalecencia para meditar sobre el futuro. Sería muy conveniente que solo se dedicara a ello. Por su salud, claro, y por la necesidad de definir un rumbo.
Su eufemismo de “sintonía fina” dista mucho de ser una definición. Nadie sabe aún si es ajuste o no lo es. O mejor dicho, hasta donde llega dicho ajuste.
La refinanciación de las deudas provinciales y el incremento de partidas para varios ministerios que ocurrieron esta semana, son señales contradictorias. Salvo que por ajuste, la presidente entienda reducir los ingresos de los trabajadores y, eventualmente, los de los empresarios, mientras el Estado nacional queda al margen de cualquier disminución de gastos.
De momento, la “sintonía fin” abarca algunos y soslaya a otros. Junto a la dureza de los números de Santa Cruz, donde el gobierno K elevó la planta de empleados públicos de 20.000 a 60.000, y donde los incidentes se llevan puestos a ministros, conviven subsidios interminables para, por ejemplo, Aerolíneas Argentinas.
Desde que la Cámpora se hizo cargo de la compañía privada que solo administra el Estado, los argentinos debimos solventar, con nuestros impuestos o con inflación, 3.143 millones de pesos para esta más que dudosa experiencia de los “niños bien” al decir de Hugo Moyano.
Hoy, toda clase de sospechas se abaten sobre este ejemplo de mala administración. Desde sueldos directivos que envidiaría un gerente de banco hasta sobreprecios en la compra de aviones. Desde la inexistencia de controles y de aplicación de normas que rigen a las empresas estatales hasta la diversidad del material adquirido, que provoca la imposibilidad de entrenamiento adecuado para el personal de mantenimiento y de operaciones. Desde el fomento de otrora a la conflictividad gremial a la pretensión actual de un disciplinamiento ya imposible. Todo un combo que provocará mañana un reclamo judicial por parte de los aún dueños españoles de la empresa que, como siempre, deberemos solventar los contribuyentes argentinos.
Sí, el kirchnerismo es selectivo. Exige a unos lo que no exige a otros. Tanta contradicción solo sirve para alejar inversores o para que los argentinos fuguen divisas, aún con Moreno en el rol de guardián de las reservas.
Conflictos
Acallada la oposición, sosegado el campo, resignada la industria, imaginar un escenario de paz y armonía resultaría posible. No en la Argentina K. Porque en la Argentina K, la política es lucha por el poder. Lucha sin cuartel. Como lo marcan los manuales que recuerdan las épocas setentistas.
Claro que hay cosas que cambiaron. Por aquellos años, hablaban las bombas y las ametralladoras. Ahora, habla el poder del dinero. Es mucho menos heroico, aunque el relato oficial se empecine en decir lo contrario. Pero, al menos es mucho más civilizado. Los jóvenes militantes ponen en riesgo sus buenos ingresos. No sus vidas.
Con otras características, pero la historia comienza a ser repetida. Es duro decirlo, pero la Argentina no aprende de sus fracasos, aún cuando costaron carísimos.
Hoy, el país asiste, tras haber plebiscitado a la presidente K, como convidado de piedra a una lucha que recién se inicia. Una lucha interna entre los propios triunfadores de hace solo dos meses.
La Cámpora parece dispuesta a llevarse por delante al propio peronismo. Como lo demuestra el “golpe de Estado” en ciernes que se teje en la provincia de Buenos Aires y el que está a punto de ocurrir en el feudo K, Santra Cruz, donde el abandono del gobierno por parte de los “niños bien” sacude la institucionalidad.
Subsiste allí, en Santa Cruz, un interrogante: el descarnado ajuste que promueve el gobernador Daniel Peralta motivó la salida de la Cámpora por desacuerdo o porque resulta la excusa ideal para voltear al gobernador.
Santa Cruz está al borde del estallido porque es la demostración más contundente de la irresponsabilidad K en el manejo de la cosa pública. Es la provincia que más dinero recibe del gobierno nacional. Cuenta con las regalías petroleras que Carlos Menem le obsequió al entonces gobernador Néstor Kirchner. Cuenta con adelantos transitorios del Tesoro Nacional como ninguna otra jurisdicción, medidos por habitante. Cuenta hasta con una porción del Fondo Sojero conformado por una parte de las retenciones a la soja aunque no produce un gramo de la oleaginosa. Y hasta cuenta con un subsidio a la energía que pagamos todos los habitantes del país cuando recibimos nuestra factura de electricidad, comercial o domiciliaria.
Pero, el gasto público es tal que nada alcanza. Como se dijo, más arriba, pasó de 20.000 a 60.000 empleados públicos en ocho años.
Semejante despilfarro fue avalado por el gobernador Peralta, por la Cámpora y por Rudy Ulloa, el ex chofer de Néstor Kirchner devenido en zar de las comunicaciones.
Hace una semana, todos, absolutamente todos ellos se pusieron de acuerdo en la necesidad del ajuste. Siete días después, Peralta se quedó solo.
¿Es ajena Cristina Kirchner a la “voltereta” de Máximo y de Ulloa? Improbable. Por estos días, la presidente recibió a varios santacruceños en Olivos. No recibió al gobernador, ni a ninguno de los políticos que le responde. A buen entendedor, pocas palabras.
¿Es Santa Cruz un episodio aislado? Si no lo es ¿Qué objetivo persigue la presidente? ¿Busca el poder total a través de la creación de una dinastía cuyo príncipe heredero lleva como nombre Máximo?
Moreno
Guillermo Moreno no trepida en llevarse puesto al gabinete ministerial. Disciplinó a Mercedes Marcó del Pont que lleva adelante la política monetaria y cambiaria que el “super secretario” le ordena. Desaira ante sus interlocutores empresariales a Hernán Lorenzino a quién no asigna rol alguno. Dejó casi sin funciones a Debora Giorgi. Y ahora va, por Julio De Vido, a quién enrostra –con razón- una política energética fundamentada exclusivamente en las importaciones.
Moreno se hace cargo de todo. Del “apriete” a los bancos y empresas por la cuestión cambiaria. Del comercio exterior con su subida o bajada de pulgar ante cada exportación o importación. De la cuestión energética con su plan de incrementar la imposición a las petroleras.
“Se acabó la joda” es su frase predilecta para marcar su renovado e incrementado poder. Una frase que no se limita a anunciar su predominio, sino que desliza su superioridad moral y que obliga al resto a limitar la resistencia. Es que, hasta el momento, nadie puede poner en duda su honorabilidad en materia de corrupción. Beneficio del que los demás no gozan. Y Moreno, se los recuerda cada vez que se presenta la oportunidad.
Guillermo Moreno es un “rara avis” dentro del kirchnerismo. No solo trabaja por el sueldo, sino que demuestra, a su manera, una eficiencia total en materia de encuadramiento vertical.
Claro que su honestidad y su eficiencia de nada sirven a la hora de contabilizar fracasos como el INDEK, la inflación, la destrucción del stock ganadero, las trabas al comercio exterior, el alejamiento de inversiones. Fracasos que no son sus fracasos, sino los fracasos de un régimen.
Luis Domenianni.
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