Desde la verdad hay que plantear "Otro enfoque sobre Malvinas"
Nación - Los tiempos cambian. En todos los planos. A ritmo vertiginoso en materia de ciencia y de tecnología. Algo más lento, en el plano de lo económico. Bastante más despacio, en la cuestión social. Y, decididamente, arrastrando los pies en el terreno de la política. Indudablemente, frente a las nuevas realidades, las respuestas deben ser diferentes.
Ser capaz de adecuar ideas, actitudes y conductas ante las transformaciones imparables es el desafío que enfrentan cotidianamente la totalidad de los habitantes del planeta. Más aún aquellos que ocupan posiciones de decisión. Cuanto era válido hace algunas décadas, dejó de serlo hoy.
Quizás las diferencias en el grado de avance en cada uno de los campos mencionados se deban a la “especialización”. Lo particular prevalece sobre lo general. Nada parece detener el avance científico así como nada parece impulsar el pensamiento filosófico. Es una especie de un “sé mucho de algo y no conozco nada del resto”.
Alguna vez, desde estas columnas, dijimos que la “globalización” es un fenómeno de velocidades disímiles. Mientras la información y las finanzas circulan casi sin freno, los productos sufren barreras que traban el comercio y las personas casi parecen quedar atadas al lugar –al menos al país- en el que nacieron.
Indudablemente, la globalización –a la corta o a la larga- echará por tierra la vigencia de los Estados nacionales. Esa creación decimonónica que supuso, en su momento, un fuerte avance sobre lo conocido pero que hoy día entra en tela de juicio ante la necesidad de ampliar mercados y de vivir en un mundo donde la libertad y los derechos humanos constituyan valores supra nacionales.
Ya nadie puede aducir soberanía para violar derechos humanos o para suprimir libertades. Esas rémoras del pasado caen una a una como se observa por estos tiempos en los países árabes del Oriente Medio. En algún caso, como en Túnez o en Egipto por la acción única de sus poblaciones. En otras, por la intervención de organizaciones foráneas –la OTAN- junto a los rebeldes, como en Libia y en Afganistan.
La lección a extraer es que los principios de las relaciones internacionales también cambian. Y que dichos cambios obligan a encontrar perspectivas distintas, a tal punto que pueden modificar el objetivo.
Malvinas uno
Convaleciente la presidente de la República y, como consecuencia de ello y del verano, cuasi paralizado el gobierno, la cuestión Malvinas adquirió relevancia al menos desde el punto informativo.
A todo el mundo le viene bien acordarse de la cuestión. Al gobierno argentino para reemplazar al ajuste como eje del acontecer nacional. Al gobierno británico, para alejar temas también conflictivos como la situación económica y la eventual independencia de Escocia. Después de todo, el primer ministro es David Cameron, un conservador perteneciente al mismo partido de Margareth Thatcher, la ganadora de aquella guerra de las Malvinas iniciada por la ceguera y la ambición de perpetuidad de la última dictadura militar argentina.
Pero, más allá, de la “cháchara”, el conflicto persiste congelado, sin que ninguna de las partes logre, a partir de la creatividad, encarrilarlo.
Sin dudas, la persistencia diplomática argentina constituye un camino racional para enfrentar el tema. La aventura militar, no solo terminó como terminó, sino que demostró el grado secundario de la Argentina en la escala de alianzas de los Estados Unidos y arrojó –aunque superada ya por la vigencia de la democracia en estas tierras- otro manto de sospecha sobre la confiabilidad argentina.
Sí, es un camino racional pero no parece ser adecuado. Nada se logra y nada parece posible de ser logrado. Ni los británicos parecen dispuestos a rever la cuestión. Ni los “kelpers” siquiera atisban la posibilidad de convertirse en ciudadanos argentinos.
Así encarado, el camino diplomático es una vía muerta. Los apoyos –votaciones mediante- en el Comité de Descolonización y en la Asamblea General de Naciones Unidas de poco y nada sirven. Otro tanto, ocurre con las resoluciones de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del sinnúmero de organizaciones sudamericanas y latino americanas que suelen pulular por estas épocas. También con los agrupamientos de naciones en desarrollo como el Grupo de los 77 que, actualmente, la Argentina preside.
Debatida favorablemente en muchos foros, la cuestión Malvinas jamás fue tratada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, salvo en ocasión de la invasión militar. Es que allí se sientan, con carácter permanente, los grandes. Y entre esos cinco grandes figuran Gran Bretaña y los Estados Unidos.
Parece haber llegado la hora de cambiar.
Doctrinas
En materia de relaciones internacionales, dos concepciones son las que actualmente están en vigencia y conforman objeto de debate. Por un lado, la intangibilidad de las fronteras. Por el otro, la libre determinación de los pueblos.
La creación en el siglo XIX de los estados nacionales fue una respuesta –un cambio- a las pretensiones monárquicas de soberanías fundamentadas en las casas reinantes.
Es que mientras en las monarquías absolutistas el poder se basaba en el derecho divino “el rey era rey por la voluntad de Dios”, en las incipientes repúblicas –o en la transformación de las monarquías en parlamentarias- la soberanía quedó en manos del pueblo. Así, hasburgos, borbones y romanoffs, por citar solo tres ejemplos, debieron ceder ante el avance de las ideas de las revoluciones francesa y norteamericana.
Europa y América presenciaron entonces el comienzo del final de los grandes imperios reemplazados por estados nacionales.
El toque de gracia fue la Primera Guerra Mundial. El Imperio Austro-Húngaro fue reemplazado por las repúblicas soberanas de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. Polonia recuperó su calidad de Estado. Finlandia dejó de ser rusa o sueca.
Pero dicho toque de gracia no sobrevino solo como consecuencia del resultado bélico. El Tratado de Versalles y otros tratados similares fueron los instrumentos legales que consagraron los cambios impulsados por el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson. El principal de ellos: el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Sin dudas, el pensamiento y la acción de Wilson depararon el principio del fin del colonialismo. Pero, a su vez, antepusieron la autodeterminación por encima de la intangibilidad de las fronteras, ese viejo concepto al que se aferraron, sin éxito final, las casas reinantes.
Vaivenes
Claro que todo tiene sus vueltas. La descolonización debió aguardar hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La India –y Pakistan-, el norte de Africa y Medio Oriente hicieron punta en los cuarenta y los cincuenta. Pero, la ola independentista sobrevino en la década del sesenta, cuando la casi totalidad del Africa negra –con la excepción de las colonias portuguesas- rompió con las metrópolis coloniales.
Muchos estados nacieron entonces pero, salvo excepción, no fueron estados nacionales. Conservaron, por decisión de los colonialistas, las fronteras de la etapa previa. Diferentes pueblos –es decir, diferentes naciones- convivían, la mayor de las veces contra su voluntad, con otros pueblos. Y, como era de esperar, unos impusieron su dominio sobre los otros.
Con todo, el impulso descolonizador fue tal que posibilitó discutir soberanía por doquier. Así, la Argentina del gobierno radical y democrático de don Arturo Illia presentó, por primera vez en su historia, la cuestión malvinense ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.
Fue un avance, sin dudas. Hasta ese momento, la reivindicación solo se llevaba a cabo a través de algún acto público, en los textos escolares y en los escritos de algunos ensayistas nacionalistas. Fue pasar de la declamación a la acción. Desde entonces, año a año, las votaciones apoyan la reclamación argentina –en realidad, comprometen a Gran Bretaña a un diálogo sobre la soberanía- pero, como se dijo, no se traducen en el terreno práctico.
Es que, a diferencia, de cuanto ocurrió –aunque malinterpretado- en gran parte del mundo, la voluntad de autodeterminación no estaba presente. Ningún kelper quiso, ni quiere ser argentino.
Pero, además, en los vaivenes de la política internacional, los valores han vuelto a cambiar. Si la descolonización hizo renacer el concepto de la intangibilidad de las fronteras, ante los riesgos de guerras y matanzas que presuponía la doctrina de la autodeterminación, esta última fue abriéndose paso nuevamente.
Hoy, Naciones Unidas abandonó, prácticamente, el criterio de la intangibilidad para dar paso, nuevamente, a la libre determinación, siempre y cuando esta última se lleve a cabo de manera legal y, sobre todo, comprobable.
Desde la desintegración del imperio soviético, Rusia debió ver como recuperaban soberanía y renacían distintos estados. Lituania, Letonia y Estonia en el Mar Báltico. Belarus, Ucrania y Moldavia en su frontera occidental. Azerbaiyan, Georgia y Armenia en el Cáucaso. Uzbekistan, Kazajstan, Tadjikistan, Kirguistan y Turkmenistan en el Asia Central.
Checoslovaquia no es más Checoslovaquia, sino dos entidades: la República Checa y Eslovaquia. Yugoslavia dejó de ser cuanto su nombre indica –unión de los eslavos del sur- para dividirse entre Serbia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Eslovenia, Macedonia y Kosovo.
Hasta el Africa, vio nacer nuevos estados, de la división de otros. Hace años, un intento de secesión de Biafra de Nigeria terminó con una cruenta guerra civil. También con guerra civil –interétnica, debería decirse- ahora adquirieron independencia Eritrea de Etiopía y no hace aún un año, Sudan Sur de Sudán.
En todos los casos, se trata de naciones-pueblos diferentes que se separan para seguir cada una su propio destino. Y seguramente, la cuestión continuará. ¿Qué pasará con Irak? ¿Los kurdos lograrán su Kurdistán independiente? ¿Tibet y el Sinkiang musulmán seguirán bajo el imperio chino? ¿El Cáucaso ruso –Chechenia, por ejemplo- cambiará? ¿Vascos, catalanes, bretones, corsos, walones y flamencos belgas, escoceses, galeses?
Exitos
Claro que no toda voluntad de autodeterminación conduce necesariamente a una independencia.
El Canadá ya superó dos referéndums sobre la independencia del Quebec. Dos referéndums que significaron reconocer una realidad y buscarle solución en la propia autodeterminación y no en la peligrosa imposición que siempre da espacio para una lucha armada. Hoy, conviven en Canadá el derecho y la lengua francesa en Quebec, el inglés en el resto del territorio y hasta el esquimal en el Nunavut –nuestra tierra-, la provincia recientemente creada.
Puerto Rico y otras posesiones de Estados Unidos lo solucionaron con la figura del Estado Libre Asociado.
Guatemala y Venezuela resolvieron diferendos mediante el abandono de la reivindicación. Ambos casos, frente a dependencias británicas que fueron descolonizadas a través de la independencia: la Honduras británica hoy convertida en la República de Belice y gran parte de la ex Guayana británica, hoy parte integrante de la República de Guyana.
China inventó el concepto de “un país, dos sistemas”, para integrar a Hong Kong y Macao con libertades políticas dentro de un estado autoritario.
Sin dudas, y aunque es temprano para afirmarlo, la propia Bolivia de Evo Morales mitigó sus tendencias centrípetas con la creación constitucional del Estado Plurinacional que no es otra cosa que un reconocimiento práctico de las diferencias para evitar un desmembramiento. Hoy un quechua boliviano tiene derecho a enseñanza en su idioma, a redactar documentos públicos válidos en su lengua, a ser juzgado según el derecho de su pueblo. Lo mismo un aymara, un blanco, un guaraní o un integrante de las otras etnias existentes.
En todos los casos, prevalece el sentido de la autodeterminación que no implica necesariamente la independencia, pero sí el reconocimiento amplio, lo más amplio posible, de las particularidades.
Malvinas dos
La Argentina debe necesariamente cambiar su visión política sobre la cuestión Malvinas. La etapa de la discusión anticolonial quedó superada. La autodeterminación se impone nuevamente sobre cualquier argumento histórico de fronteras.
Si no se cambia dicha visión solo quedan la vía muerta del reclamo diplomático o un nuevo intento irracional militar. Casi con absoluta certeza, ambas anticipan fracasos.
No significa lo antedicho abandonar la reclamación. Significa explorar otras formas. Otras ideas que permitan una conclusión aceptable. Obviamente, ello representa moderar pretensiones. Hacer concesiones. Reconocer realidades. Decir la verdad.
La idea de todo o nada ya se tornó insensata por imposible. Pretender una negociación mano a mano con Gran Bretaña sin tener en cuenta la autodeterminación de los kelpers es absurdo. Insistir en ello es la mejor garantía para que nada cambie.
Más aún cuando la pesca y, en cualquier momento, el petróleo garantizan a los habitantes de las islas un bienestar presente y futuro como jamás habían soñado. Por otra parte ¿Qué hará Argentina cuando se instale la primera plataforma petrolera en las adyacencias del archipiélago? ¿Enviará su alicaída flota de guerra? ¿Hará un mero reclamo formal ante organismos internacionales?
Decir la verdad es decir que no está en condiciones de hacer nada salvo algún “cacareo” de esos que se hacen para que a uno le digan que “tiene razón, pero marche preso”.
No. La Argentina debe explorar otras formas. Lo intentó durante la cancillería de Guido di Tella con Carlos Menem, presidente. Solo que lo hizo sin un objetivo claro. Cambió métodos, pero nada más. La idea de seducir a los kelpers se asemejó demasiado a los espejitos de colores de los conquistadores españoles. Fue un “te facilito algunas cosas a cambio de la soberanía” y eso es imposible, al menos sin capacidad militar.
Otras formas son un estado libre asociado, o un país, dos sistemas, o hasta un reconocimiento de independencia con una profunda asociación económica. Nótese que, en cualquiera de estos casos, el colonialismo queda atrás.
Hay mucho para ofrecer. Desde las concesiones que hacía di Tella hasta la consideración de una plena recaudación para los malvinenses de los derechos sobre la pesca y el petróleo.
En todo caso, tres cosas deben quedar claras. El reclamo de soberanía plena es inútil y contradice la autodeterminación. Las represalias y/o dificultades afectan a los malvinenses y no a los británicos con lo que endurecen la resistencia en la islas a “lo argentino”. Las negociaciones hay que hacerlas con ellos –vía canales informales, claro- porque su interés debe prevalecer sobre cualquier otro. Aún sobre el nuestro, pero sobre todo por encima del británico.
Otra cosa es… pura cháchara.
Luis Domenianni
Ser capaz de adecuar ideas, actitudes y conductas ante las transformaciones imparables es el desafío que enfrentan cotidianamente la totalidad de los habitantes del planeta. Más aún aquellos que ocupan posiciones de decisión. Cuanto era válido hace algunas décadas, dejó de serlo hoy.
Quizás las diferencias en el grado de avance en cada uno de los campos mencionados se deban a la “especialización”. Lo particular prevalece sobre lo general. Nada parece detener el avance científico así como nada parece impulsar el pensamiento filosófico. Es una especie de un “sé mucho de algo y no conozco nada del resto”.
Alguna vez, desde estas columnas, dijimos que la “globalización” es un fenómeno de velocidades disímiles. Mientras la información y las finanzas circulan casi sin freno, los productos sufren barreras que traban el comercio y las personas casi parecen quedar atadas al lugar –al menos al país- en el que nacieron.
Indudablemente, la globalización –a la corta o a la larga- echará por tierra la vigencia de los Estados nacionales. Esa creación decimonónica que supuso, en su momento, un fuerte avance sobre lo conocido pero que hoy día entra en tela de juicio ante la necesidad de ampliar mercados y de vivir en un mundo donde la libertad y los derechos humanos constituyan valores supra nacionales.
Ya nadie puede aducir soberanía para violar derechos humanos o para suprimir libertades. Esas rémoras del pasado caen una a una como se observa por estos tiempos en los países árabes del Oriente Medio. En algún caso, como en Túnez o en Egipto por la acción única de sus poblaciones. En otras, por la intervención de organizaciones foráneas –la OTAN- junto a los rebeldes, como en Libia y en Afganistan.
La lección a extraer es que los principios de las relaciones internacionales también cambian. Y que dichos cambios obligan a encontrar perspectivas distintas, a tal punto que pueden modificar el objetivo.
Malvinas uno
Convaleciente la presidente de la República y, como consecuencia de ello y del verano, cuasi paralizado el gobierno, la cuestión Malvinas adquirió relevancia al menos desde el punto informativo.
A todo el mundo le viene bien acordarse de la cuestión. Al gobierno argentino para reemplazar al ajuste como eje del acontecer nacional. Al gobierno británico, para alejar temas también conflictivos como la situación económica y la eventual independencia de Escocia. Después de todo, el primer ministro es David Cameron, un conservador perteneciente al mismo partido de Margareth Thatcher, la ganadora de aquella guerra de las Malvinas iniciada por la ceguera y la ambición de perpetuidad de la última dictadura militar argentina.
Pero, más allá, de la “cháchara”, el conflicto persiste congelado, sin que ninguna de las partes logre, a partir de la creatividad, encarrilarlo.
Sin dudas, la persistencia diplomática argentina constituye un camino racional para enfrentar el tema. La aventura militar, no solo terminó como terminó, sino que demostró el grado secundario de la Argentina en la escala de alianzas de los Estados Unidos y arrojó –aunque superada ya por la vigencia de la democracia en estas tierras- otro manto de sospecha sobre la confiabilidad argentina.
Sí, es un camino racional pero no parece ser adecuado. Nada se logra y nada parece posible de ser logrado. Ni los británicos parecen dispuestos a rever la cuestión. Ni los “kelpers” siquiera atisban la posibilidad de convertirse en ciudadanos argentinos.
Así encarado, el camino diplomático es una vía muerta. Los apoyos –votaciones mediante- en el Comité de Descolonización y en la Asamblea General de Naciones Unidas de poco y nada sirven. Otro tanto, ocurre con las resoluciones de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del sinnúmero de organizaciones sudamericanas y latino americanas que suelen pulular por estas épocas. También con los agrupamientos de naciones en desarrollo como el Grupo de los 77 que, actualmente, la Argentina preside.
Debatida favorablemente en muchos foros, la cuestión Malvinas jamás fue tratada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, salvo en ocasión de la invasión militar. Es que allí se sientan, con carácter permanente, los grandes. Y entre esos cinco grandes figuran Gran Bretaña y los Estados Unidos.
Parece haber llegado la hora de cambiar.
Doctrinas
En materia de relaciones internacionales, dos concepciones son las que actualmente están en vigencia y conforman objeto de debate. Por un lado, la intangibilidad de las fronteras. Por el otro, la libre determinación de los pueblos.
La creación en el siglo XIX de los estados nacionales fue una respuesta –un cambio- a las pretensiones monárquicas de soberanías fundamentadas en las casas reinantes.
Es que mientras en las monarquías absolutistas el poder se basaba en el derecho divino “el rey era rey por la voluntad de Dios”, en las incipientes repúblicas –o en la transformación de las monarquías en parlamentarias- la soberanía quedó en manos del pueblo. Así, hasburgos, borbones y romanoffs, por citar solo tres ejemplos, debieron ceder ante el avance de las ideas de las revoluciones francesa y norteamericana.
Europa y América presenciaron entonces el comienzo del final de los grandes imperios reemplazados por estados nacionales.
El toque de gracia fue la Primera Guerra Mundial. El Imperio Austro-Húngaro fue reemplazado por las repúblicas soberanas de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. Polonia recuperó su calidad de Estado. Finlandia dejó de ser rusa o sueca.
Pero dicho toque de gracia no sobrevino solo como consecuencia del resultado bélico. El Tratado de Versalles y otros tratados similares fueron los instrumentos legales que consagraron los cambios impulsados por el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson. El principal de ellos: el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Sin dudas, el pensamiento y la acción de Wilson depararon el principio del fin del colonialismo. Pero, a su vez, antepusieron la autodeterminación por encima de la intangibilidad de las fronteras, ese viejo concepto al que se aferraron, sin éxito final, las casas reinantes.
Vaivenes
Claro que todo tiene sus vueltas. La descolonización debió aguardar hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La India –y Pakistan-, el norte de Africa y Medio Oriente hicieron punta en los cuarenta y los cincuenta. Pero, la ola independentista sobrevino en la década del sesenta, cuando la casi totalidad del Africa negra –con la excepción de las colonias portuguesas- rompió con las metrópolis coloniales.
Muchos estados nacieron entonces pero, salvo excepción, no fueron estados nacionales. Conservaron, por decisión de los colonialistas, las fronteras de la etapa previa. Diferentes pueblos –es decir, diferentes naciones- convivían, la mayor de las veces contra su voluntad, con otros pueblos. Y, como era de esperar, unos impusieron su dominio sobre los otros.
Con todo, el impulso descolonizador fue tal que posibilitó discutir soberanía por doquier. Así, la Argentina del gobierno radical y democrático de don Arturo Illia presentó, por primera vez en su historia, la cuestión malvinense ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.
Fue un avance, sin dudas. Hasta ese momento, la reivindicación solo se llevaba a cabo a través de algún acto público, en los textos escolares y en los escritos de algunos ensayistas nacionalistas. Fue pasar de la declamación a la acción. Desde entonces, año a año, las votaciones apoyan la reclamación argentina –en realidad, comprometen a Gran Bretaña a un diálogo sobre la soberanía- pero, como se dijo, no se traducen en el terreno práctico.
Es que, a diferencia, de cuanto ocurrió –aunque malinterpretado- en gran parte del mundo, la voluntad de autodeterminación no estaba presente. Ningún kelper quiso, ni quiere ser argentino.
Pero, además, en los vaivenes de la política internacional, los valores han vuelto a cambiar. Si la descolonización hizo renacer el concepto de la intangibilidad de las fronteras, ante los riesgos de guerras y matanzas que presuponía la doctrina de la autodeterminación, esta última fue abriéndose paso nuevamente.
Hoy, Naciones Unidas abandonó, prácticamente, el criterio de la intangibilidad para dar paso, nuevamente, a la libre determinación, siempre y cuando esta última se lleve a cabo de manera legal y, sobre todo, comprobable.
Desde la desintegración del imperio soviético, Rusia debió ver como recuperaban soberanía y renacían distintos estados. Lituania, Letonia y Estonia en el Mar Báltico. Belarus, Ucrania y Moldavia en su frontera occidental. Azerbaiyan, Georgia y Armenia en el Cáucaso. Uzbekistan, Kazajstan, Tadjikistan, Kirguistan y Turkmenistan en el Asia Central.
Checoslovaquia no es más Checoslovaquia, sino dos entidades: la República Checa y Eslovaquia. Yugoslavia dejó de ser cuanto su nombre indica –unión de los eslavos del sur- para dividirse entre Serbia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Eslovenia, Macedonia y Kosovo.
Hasta el Africa, vio nacer nuevos estados, de la división de otros. Hace años, un intento de secesión de Biafra de Nigeria terminó con una cruenta guerra civil. También con guerra civil –interétnica, debería decirse- ahora adquirieron independencia Eritrea de Etiopía y no hace aún un año, Sudan Sur de Sudán.
En todos los casos, se trata de naciones-pueblos diferentes que se separan para seguir cada una su propio destino. Y seguramente, la cuestión continuará. ¿Qué pasará con Irak? ¿Los kurdos lograrán su Kurdistán independiente? ¿Tibet y el Sinkiang musulmán seguirán bajo el imperio chino? ¿El Cáucaso ruso –Chechenia, por ejemplo- cambiará? ¿Vascos, catalanes, bretones, corsos, walones y flamencos belgas, escoceses, galeses?
Exitos
Claro que no toda voluntad de autodeterminación conduce necesariamente a una independencia.
El Canadá ya superó dos referéndums sobre la independencia del Quebec. Dos referéndums que significaron reconocer una realidad y buscarle solución en la propia autodeterminación y no en la peligrosa imposición que siempre da espacio para una lucha armada. Hoy, conviven en Canadá el derecho y la lengua francesa en Quebec, el inglés en el resto del territorio y hasta el esquimal en el Nunavut –nuestra tierra-, la provincia recientemente creada.
Puerto Rico y otras posesiones de Estados Unidos lo solucionaron con la figura del Estado Libre Asociado.
Guatemala y Venezuela resolvieron diferendos mediante el abandono de la reivindicación. Ambos casos, frente a dependencias británicas que fueron descolonizadas a través de la independencia: la Honduras británica hoy convertida en la República de Belice y gran parte de la ex Guayana británica, hoy parte integrante de la República de Guyana.
China inventó el concepto de “un país, dos sistemas”, para integrar a Hong Kong y Macao con libertades políticas dentro de un estado autoritario.
Sin dudas, y aunque es temprano para afirmarlo, la propia Bolivia de Evo Morales mitigó sus tendencias centrípetas con la creación constitucional del Estado Plurinacional que no es otra cosa que un reconocimiento práctico de las diferencias para evitar un desmembramiento. Hoy un quechua boliviano tiene derecho a enseñanza en su idioma, a redactar documentos públicos válidos en su lengua, a ser juzgado según el derecho de su pueblo. Lo mismo un aymara, un blanco, un guaraní o un integrante de las otras etnias existentes.
En todos los casos, prevalece el sentido de la autodeterminación que no implica necesariamente la independencia, pero sí el reconocimiento amplio, lo más amplio posible, de las particularidades.
Malvinas dos
La Argentina debe necesariamente cambiar su visión política sobre la cuestión Malvinas. La etapa de la discusión anticolonial quedó superada. La autodeterminación se impone nuevamente sobre cualquier argumento histórico de fronteras.
Si no se cambia dicha visión solo quedan la vía muerta del reclamo diplomático o un nuevo intento irracional militar. Casi con absoluta certeza, ambas anticipan fracasos.
No significa lo antedicho abandonar la reclamación. Significa explorar otras formas. Otras ideas que permitan una conclusión aceptable. Obviamente, ello representa moderar pretensiones. Hacer concesiones. Reconocer realidades. Decir la verdad.
La idea de todo o nada ya se tornó insensata por imposible. Pretender una negociación mano a mano con Gran Bretaña sin tener en cuenta la autodeterminación de los kelpers es absurdo. Insistir en ello es la mejor garantía para que nada cambie.
Más aún cuando la pesca y, en cualquier momento, el petróleo garantizan a los habitantes de las islas un bienestar presente y futuro como jamás habían soñado. Por otra parte ¿Qué hará Argentina cuando se instale la primera plataforma petrolera en las adyacencias del archipiélago? ¿Enviará su alicaída flota de guerra? ¿Hará un mero reclamo formal ante organismos internacionales?
Decir la verdad es decir que no está en condiciones de hacer nada salvo algún “cacareo” de esos que se hacen para que a uno le digan que “tiene razón, pero marche preso”.
No. La Argentina debe explorar otras formas. Lo intentó durante la cancillería de Guido di Tella con Carlos Menem, presidente. Solo que lo hizo sin un objetivo claro. Cambió métodos, pero nada más. La idea de seducir a los kelpers se asemejó demasiado a los espejitos de colores de los conquistadores españoles. Fue un “te facilito algunas cosas a cambio de la soberanía” y eso es imposible, al menos sin capacidad militar.
Otras formas son un estado libre asociado, o un país, dos sistemas, o hasta un reconocimiento de independencia con una profunda asociación económica. Nótese que, en cualquiera de estos casos, el colonialismo queda atrás.
Hay mucho para ofrecer. Desde las concesiones que hacía di Tella hasta la consideración de una plena recaudación para los malvinenses de los derechos sobre la pesca y el petróleo.
En todo caso, tres cosas deben quedar claras. El reclamo de soberanía plena es inútil y contradice la autodeterminación. Las represalias y/o dificultades afectan a los malvinenses y no a los británicos con lo que endurecen la resistencia en la islas a “lo argentino”. Las negociaciones hay que hacerlas con ellos –vía canales informales, claro- porque su interés debe prevalecer sobre cualquier otro. Aún sobre el nuestro, pero sobre todo por encima del británico.
Otra cosa es… pura cháchara.
Luis Domenianni
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