Una visión política, “La Social Democracia, en su laberinto”
Nación - La presencia de Hermes Binner y Ricardo Alfonsín en la reunión en Costa Rica del Consejo Ejecutivo de la Internacional Socialista expresa su decisión de introducir una fuerte impronta doctrinal a la búsqueda de una identidad común para la oposición.
Las razones de este empeño común por parte de los dos principales candidatos opositores en las pasadas elecciones son claras, aunque sea todavía muy difícil aventurar sus posibilidades de éxito.
La opción social demócrata esta en los genes del alfonsismo. Si bien Ricardo Alfonsín suele subrayar el carácter personal y no de partido de la iniciativa, no deja de recordar que su padre lo intentó en el 83, 87 y 89, además de incorporar en su momento al Partido a la IS y de participar muy activamente en su vida interna, sobre todo después de su paso por la presidencia. Por el lado de PSP santafecino, las razones son más obvias, sobre todo en el nuevo contexto de imperativos institucionales que le plantea la consolidación hacia el futuro del Frente Amplio Progresista.
Las mayores incógnitas se plantean sin embargo, por el lado de la propia realidad actual de las socialdemocracias europeas y latinoamericanas. Desde su llegada a la cumbre de San José de Costa Rica, Binner y Alfonsín apreciaran de un modo directo el clima de “crisis de época” que parece haber arrasado con casi todos los partidos de la internacional socialista. Baste decir que la Asamblea es presidida nada menos que por el ex primer ministro griego Papandreou.
La visión social demócrata afronta, ante todo, cambios fundamentales en los presupuestos básicos de su visión tradicional del papel del Estado en la sociedad y ello condiciona su propia capacidad para entender los profundos cambios geopolíticos y sociales que llevaron en su momento a la implosión del socialismo “real”.
Tampoco parecen haber entendido los partidos socialdemócratas algunas transformaciones extraordinarias en las capacidades de intervención social del Estado, los cambios en los mercados de trabajo asociados a la deslocalización, la desmaterialización de la propiedad privada, la desaparición de la clase obrera tradicional, la emergencia de un nuevo proletariado de servicios, las nuevas estructuras familiares, las tensiones del multiculturalismo y sobre todo los nuevos tipos de desigualdades sociales, jamás previstos en la tradición clásica del socialismo e inmunes a toda herramienta de predistribución.
La pérdida de atributos del Estado protector, las nuevas formas de clientelismo y la territorializacion de la política han destruido a su vez las chances electorales de la “coalición obrera” en que se apoyaron los partidos socialdemócratas hasta finales del siglo pasado. De allí acaso el sesgo acentuadamente conservador de sus respuestas a la crisis global y el consiguiente castigo electoral de sociedades dispuestas a vomitar electoralmente a los tibios, cualquiera sea su signo político.
En este nuevo contexto, quienes parecerían lograr ventajas son fuerzas políticas de nuevo cuño y de naturaleza muy diferente, orientadas más por la ética de las necesidades sociales que por la ética de las convicciones ideológicas personales de sus dirigentes.
Se equivocan, en efecto, quienes anuncian un retorno del Estado. Los que retornan, en todo el mundo, son más bien los gobiernos, fortalecidos por un componente de personalización, discrecionalidad y cinismo institucional que refuerza su hegemonía política y protagonismo social.
Las nuevas organizaciones políticas se imponen porque logran convencer a la sociedad de que sus dirigentes son los únicos con ambición real de poder y decisión de hacerse cargo de los problemas tales como vienen. Los nuevos dirigentes no pretenden ser padres fundadores ni constructores de consensos. Son más bien gestores, feroces y pragmáticos, valorados más por su voluntad de “hacerse cargo” de lo que les ha tocado en suerte que por sus resultados. Buscan, ante todo, cambiar la política, sincerarla consigo misma, más allá de los estilos que la expresen. Las formas y las ideas son lo de menos, desde una derecha pragmática como la de Alemania, España, Francia, Grecia o gran parte de la Unión Europea hasta populismos modernizadores como los de Europa Oriental o América Latina.
En un debatido ensayo reciente, Joan Romero destaca dos fenómenos que explican la crisis de las formaciones socialdemócratas tradicionales. En primer lugar, el aumento de la apatía, el desapego y las expresiones de cinismo político; en segundo lugar, el apoyo explícito o implícito a opciones políticas extremas, de izquierda o de derecha, lo cual se traduce en una mayor facilidad para la emergencia de partidos de una sola cuestión (single issue parties) o de partidos minoritarios de izquierda o de extrema derecha a costa, básicamente de la mayoría silenciosa en que se apoyaron los gobiernos socialdemócratas.
El gran imperativo de las fuerzas de oposición es el de superar las trampas y laberintos de los debates y definiciones ideológicas y de recrear la capacidad de reconstruir nuevas alternativas, sensibles ante la realidad y las expectativas de una sociedad escéptica y vacunada contra las ortodoxias políticas y económicas.
Lo difícil es pensar que, más allá de la loable intención de los protagonistas de buscar consensos por la positiva, esta capacidad de recrear ideas para gobernar pueda tener algo que ver con una lectura auto-referencial de recetas fracasadas en otros lugares del mundo, sin pasar antes por una lectura autocrítica y profunda de los cambios experimentados por nuestra propia sociedad.
La ventaja extraordinaria del Gobierno respecto de la oposición “medible al menos en parte en los 40 puntos que separan a la Presidenta Kirchner del resto de sus oponentes” ha residido hasta ahora en su superior capacidad para enmendar errores y entender que la calidad de la política no está tanto en la claridad de sus definiciones ideológicas, cuanto en su capacidad para concentrar todas las energías sociales en nuevas estrategias de innovación y esfuerzo productivo hacia el futuro. Toda una señal de orientación hacia la salida del laberinto.
Enrique Zuleta Puceiro
Las razones de este empeño común por parte de los dos principales candidatos opositores en las pasadas elecciones son claras, aunque sea todavía muy difícil aventurar sus posibilidades de éxito.
La opción social demócrata esta en los genes del alfonsismo. Si bien Ricardo Alfonsín suele subrayar el carácter personal y no de partido de la iniciativa, no deja de recordar que su padre lo intentó en el 83, 87 y 89, además de incorporar en su momento al Partido a la IS y de participar muy activamente en su vida interna, sobre todo después de su paso por la presidencia. Por el lado de PSP santafecino, las razones son más obvias, sobre todo en el nuevo contexto de imperativos institucionales que le plantea la consolidación hacia el futuro del Frente Amplio Progresista.
Las mayores incógnitas se plantean sin embargo, por el lado de la propia realidad actual de las socialdemocracias europeas y latinoamericanas. Desde su llegada a la cumbre de San José de Costa Rica, Binner y Alfonsín apreciaran de un modo directo el clima de “crisis de época” que parece haber arrasado con casi todos los partidos de la internacional socialista. Baste decir que la Asamblea es presidida nada menos que por el ex primer ministro griego Papandreou.
La visión social demócrata afronta, ante todo, cambios fundamentales en los presupuestos básicos de su visión tradicional del papel del Estado en la sociedad y ello condiciona su propia capacidad para entender los profundos cambios geopolíticos y sociales que llevaron en su momento a la implosión del socialismo “real”.
Tampoco parecen haber entendido los partidos socialdemócratas algunas transformaciones extraordinarias en las capacidades de intervención social del Estado, los cambios en los mercados de trabajo asociados a la deslocalización, la desmaterialización de la propiedad privada, la desaparición de la clase obrera tradicional, la emergencia de un nuevo proletariado de servicios, las nuevas estructuras familiares, las tensiones del multiculturalismo y sobre todo los nuevos tipos de desigualdades sociales, jamás previstos en la tradición clásica del socialismo e inmunes a toda herramienta de predistribución.
La pérdida de atributos del Estado protector, las nuevas formas de clientelismo y la territorializacion de la política han destruido a su vez las chances electorales de la “coalición obrera” en que se apoyaron los partidos socialdemócratas hasta finales del siglo pasado. De allí acaso el sesgo acentuadamente conservador de sus respuestas a la crisis global y el consiguiente castigo electoral de sociedades dispuestas a vomitar electoralmente a los tibios, cualquiera sea su signo político.
En este nuevo contexto, quienes parecerían lograr ventajas son fuerzas políticas de nuevo cuño y de naturaleza muy diferente, orientadas más por la ética de las necesidades sociales que por la ética de las convicciones ideológicas personales de sus dirigentes.
Se equivocan, en efecto, quienes anuncian un retorno del Estado. Los que retornan, en todo el mundo, son más bien los gobiernos, fortalecidos por un componente de personalización, discrecionalidad y cinismo institucional que refuerza su hegemonía política y protagonismo social.
Las nuevas organizaciones políticas se imponen porque logran convencer a la sociedad de que sus dirigentes son los únicos con ambición real de poder y decisión de hacerse cargo de los problemas tales como vienen. Los nuevos dirigentes no pretenden ser padres fundadores ni constructores de consensos. Son más bien gestores, feroces y pragmáticos, valorados más por su voluntad de “hacerse cargo” de lo que les ha tocado en suerte que por sus resultados. Buscan, ante todo, cambiar la política, sincerarla consigo misma, más allá de los estilos que la expresen. Las formas y las ideas son lo de menos, desde una derecha pragmática como la de Alemania, España, Francia, Grecia o gran parte de la Unión Europea hasta populismos modernizadores como los de Europa Oriental o América Latina.
En un debatido ensayo reciente, Joan Romero destaca dos fenómenos que explican la crisis de las formaciones socialdemócratas tradicionales. En primer lugar, el aumento de la apatía, el desapego y las expresiones de cinismo político; en segundo lugar, el apoyo explícito o implícito a opciones políticas extremas, de izquierda o de derecha, lo cual se traduce en una mayor facilidad para la emergencia de partidos de una sola cuestión (single issue parties) o de partidos minoritarios de izquierda o de extrema derecha a costa, básicamente de la mayoría silenciosa en que se apoyaron los gobiernos socialdemócratas.
El gran imperativo de las fuerzas de oposición es el de superar las trampas y laberintos de los debates y definiciones ideológicas y de recrear la capacidad de reconstruir nuevas alternativas, sensibles ante la realidad y las expectativas de una sociedad escéptica y vacunada contra las ortodoxias políticas y económicas.
Lo difícil es pensar que, más allá de la loable intención de los protagonistas de buscar consensos por la positiva, esta capacidad de recrear ideas para gobernar pueda tener algo que ver con una lectura auto-referencial de recetas fracasadas en otros lugares del mundo, sin pasar antes por una lectura autocrítica y profunda de los cambios experimentados por nuestra propia sociedad.
La ventaja extraordinaria del Gobierno respecto de la oposición “medible al menos en parte en los 40 puntos que separan a la Presidenta Kirchner del resto de sus oponentes” ha residido hasta ahora en su superior capacidad para enmendar errores y entender que la calidad de la política no está tanto en la claridad de sus definiciones ideológicas, cuanto en su capacidad para concentrar todas las energías sociales en nuevas estrategias de innovación y esfuerzo productivo hacia el futuro. Toda una señal de orientación hacia la salida del laberinto.
Enrique Zuleta Puceiro
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