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"Ya pasó un año" llegó el momento de la reflexión para la administración Macri

1331 asume macri dic 2010VFN - El gobierno del presidente Mauricio Macri acaba de cumplir un año de vida. Obtuvo algunos logros y no menos fracasos. Macri se autocalificó con un ocho. Para buena parte de los argentinos oscila en un cinco. Obvio: promedio entre éxitos y fracasos. ¿Cuál es la razón para que un gobierno, que a duras penas equipar las cargas, mantenga un importante caudal de adherentes?

La respuesta parece dividirse en dos. Por un lado, la necesidad y el deseo de no perder la esperanza. Por el otro, y como alimento de lo primero, el contraste entre la delincuencia generalizada del gobierno anterior y la honestidad del actual.

No es poca cosa. Nadie puede predecir que alcance para ganar la elección de finales del 2017. Pero tampoco nadie puede asegurar lo contrario.

Resultado general: el gobierno emerge airoso de un año extremadamente difícil –producto inevitable del desatino y la corrupción anterior-, pero deberá mostrar algún éxito mayor a la hora del balance electoral.

Por lo general, las llamadas elecciones de medio tiempo –a mitad de mandato presidencial- suelen ser consideradas como un test sobre el humor político y social de la población.

Suelen dar aire a quién las gana y restárselo a quién las pierde. Claro que ello es verificable cuando de gobiernos peronistas se trata. No parece ser igual cuando quienes gobiernan provienen de otro signo político.

Cuando el presidente Raúl Alfonsín perdió la elección de 1987 –en aquella época el mandato duraba seis años y las elecciones de medio tiempo eran dos-, el peronismo vio llegado el momento de lanzarse sobre el poder.

Declaraciones, saqueos a supermercados, ingobernabilidad fueron las armas utilizadas para que el presidente Alfonsín debiese abandonar prematuramente el poder.

Más grave aún fue el caso del presidente Fernando de la Rúa. Más allá de los méritos que el propio gobernante acumuló en su contra, lo cierto es que un diciembre de caos liquidó a medio mandato su administración.

Seguramente, todos esos recuerdos hayan bastado para que el actual gobierno decidiese aceptar cualquier demanda a la hora de evitar un diciembre parecido. Se impuso el temor por sobre el ejercicio de la autoridad y eso nunca es bueno.

En mucho se parece a la extorsión. Algo así como “o me das lo que yo quiero, o te hago la vida imposible”.

Estado de situación

¿Qué dicen las encuestas a un año del gobierno de Cambiemos? Que el principal problema de la Argentina es la corrupción. En segundo lugar, pero bastante alejado, viene la pobreza.

¿Atribuible al actual gobierno? Desde ya que no. El nivel de aprobación del gobierno nacional supera el 50 por ciento.

Ocurre, entonces, que la corrupción es un capítulo abierto sobre el que el gobierno actúa poco y el Poder Judicial, salvo excepciones, nada.

Sobre este punto, buena parte de quienes votaron a Cambiemos comienzan a sentir una frustración. Cristina Kirchner, Amado Boudou, Julio De Vido por citar solo los más emblemáticos, están libres y nada indica que van a dejar de estarlo en lo inmediato.

Aunque parezca difícil de creer, los votantes de Cambiemos y algunos que no lo votaron, compensan la frustración anterior con la esperanza puesta sobre la economía.

Dos argentinos sobre tres consideran que la situación económica mejorará a lo largo del 2017. Es un dato “inmenso”. Sobre todo si se tiene en cuenta que la inflación cedió algo, pero no lo suficiente; que la recesión se prolonga más allá de lo esperado –y difundido-; y que el boom inversionista no se verificó.

En síntesis, un gobierno que no perdió el crédito pese a que arrastra el problema de la corrupción pasada y que no muestra avances en materia económica en cuanto a resultados se refiere.

Política

Sin embargo, los últimos días de la administración Macri mostraron una sucesión de errores que deberían llamar a la reflexión.

Por supuesto que el principal fue incorporar el tema del Impuesto a las Ganancias de los asalariados a la discusión parlamentaria sin haberse asegurado una mayoría previa para su tratamiento.

Pero no fue el único. Acumuló la “desaprobación” de la reforma política –voto electrónico, incluido- y la votación de una incumplible ley de emergencia económica que determinaba la creación por arte de magia de 1,2 millones de empleo.

Y tampoco todo quedó reducido al ámbito interno.

En el plano internacional, determinadas negligencias llevaron a un voto negativo para la Argentina en materia de derechos humanos por el caso de Milagro Sala.

Sin dudas el gobierno –con la canciller Susana Malcorra- durmió la siesta cuando debió estar bien despierto. Sobreabundan los testimonios de personas golpeadas, maltratadas y aterrorizadas por la “líder social” jujeña. Otro tanto, con la fortuna que acumuló desviando dineros públicos.

La Organización de Estados Americanos salió a defender a una mafiosa y el gobierno no lo pudo anticipar. Resultado: ahora es Lázaro Báez quién recurre a la OEA por sus… derechos humanos vulnerados.

Pero, además de lo económico y lo internacional, está lo “social”.

Los argentinos –y extranjeros- que pagamos impuestos ahora debemos presenciar atónitos como el “piquete” se transforma en un “trabajo” remunerado, con obra social, aguinaldo y vacaciones (esto último debería causar hilaridad) a cambio de… nada.

Porque ni siquiera pagamos para que estos muchachos poco afectos al trabajo –alguna vez hay que decirlo-, al menos, no corten la circulación en las grandes ciudades. Nada de eso, pagamos para que… vaya a saber uno para qué.

Con sindicato, con obra social, con salario, con aguinaldo, con vacaciones, los “muchachos” igual tomaron la calle. Claro, fueron otros, fueron los no beneficiados. Que son… dieciocho en un piquete, 25 en el otro, 33 cuando juntan una multitud…

¿Y el protocolo de Patricia Bullrich? Bien gracias. El jefe de gobierno de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, dice que es inaplicable y que la nueva policía de la ciudad no está preparada para ello. Un lavado de manos que sonrojaría a Poncio Pilato.

Circula por ahí una carta abierta que advierte al presidente Macri de un intento para voltearlo a través de un juego de pinza que compone la deliberada irresponsabilidad parlamentaria opositora en alianza con la ocupación de las calles.

No es imposible. El peronismo siempre se observa a sí mismo como el poder. Nunca aceptó el rol de opositor al que la sociedad lo obliga como en este caso. Las buenas maneras duran poco. Y nada cuando se avecina un momento electoral.

El presidente Macri debería tomar nota. Y reaccionar…

Oposición

Sergio Massa cruzó el Rubicón. Para él la suerte está echada. Su “buena letra” sirvió para mantenerse a la expectativa. No podía hacer lo contrario luego de su discreto tercer lugar en la elección presidencial.

Pero el tiempo se acaba. Es que salvo una oposición dura, el gobierno cuenta con la ventaja ya citada de la esperanza.

Una esperanza que no solo se compone de un deseo sino que va aparejada de la mano de un crecimiento casi inevitable si se computa la recuperación del sector agropecuario y con la puesta en marcha del demorado –por desconocimiento de los procedimientos- plan de obras públicas.

Seguramente no se producirá el boom de inversiones privadas en el que creyó, ingenuamente, el gobierno en su comienzo. Pero agro y obras públicas determinarán un crecimiento del Producto Bruto que ningún economista, aun enrolado en la oposición, niega.

Massa imaginó que su jugada del Impuesto a las Ganancias pavimentaría el camino para convertirse en el jefe del peronismo.

No parece haber salido bien. Cierto que metió al gobierno en un brete. Del que probablemente, los gobernadores y los senadores no lo salvarán. Posiblemente, al presidente Macri no le quede otra alternativa que vetar.

Pero no menos cierto es que la sociedad observó la embestida de Massa como una consecuencia de una ambición extrema. Es que su especulación política lo llevó hasta unir fuerzas con el kirchnerismo.

Hizo, para ello, caso omiso de sus intentos diferenciadores que lo llevaron hasta ganar una elección de medio tiempo en 2013. Recordó a quién quisiera recordar, su década como funcionario de los Kirchner, desde patrón del ANSES hasta jefe de Gabinete. Obvió que la perversidad de la no actualización de los mínimos no imponibles se debió a la voracidad fiscal K cuyo paradigma resultó Axel Kicillof, ahora pomposamente sentado entre quienes presentaron el proyecto “reparador”.

Sí, claro, para algunos se trató de un intento de unificación del peronismo. No parece haber sido así. Ahí no estaban los gobernadores, ni los senadores, ni los intendentes. Ninguno de los que recibe la coparticipación por el Impuesto a las Ganancias.

Por aquello del peronismo como partido del poder, Massa se precipitó y salió mal parado.

Buenos Aires

Quizás una de las razones de los apuros de Massa debe buscarse en cuanto ocurre en la provincia de Buenos Aires.

Allí los pases a Cambiemos funcionan a pleno. Comenzaron con el intendente vecinalista de Coronel Pringles, Carlos Berterret. Luego continuaron con el intendente de Azul, el peronista Hernán Bertellys.

Siguen dos que se sumaron desde afuera, Mario Ishii de José C. Paz, y Alejandro Granados, de Ezeiza, ambos PJ.

A posteriori, con bombos y platillos, pasó sin escalas de la intendencia al gabinete como ministro de Producción, Joaquín de la Torre, y dejó como interino a Jaime Méndez, ambos ahora en Cambiemos.

Al mismo tiempo, se produjo la mudanza del justicialista Ismael Passaglia, intendente de San Nicolás.

La semana que acaba de concluir vio la concesión de la operación más resonante: el paso del intendente K de Castelli, Francisco Echarren, que recaló como subsecretario de Vivienda, Tierras y Habitat.

Los rumores hablan de más pases, el más espectacular en vías de concretarse es el del intendente de Merlo, Gustavo Menéndez.

La pregunta a formular es de qué se trata.

Difícilmente todo quede reducido a la búsqueda de un triunfo electoral en el 2017. Es poco cuanto puede aportar estos intendentes si la percepción social es de esperanza.

Más vale resulta imaginable una implantación territorial de la que el PRO, en particular, y en mucha menor medida, Cambiemos, carecen.

Si lo dicho vale para el Gran Buenos Aires, no es así para el interior. Tanto en Azul, como en Castelli y en San Nicolás, los pases o acercamiento producen crujidos en la estructura de Cambiemos, cuyo segundo socio es el radicalismo.

A tal punto, que desde las filas de la UCR insisten en lograr compensaciones, algo que también reclaman las bases del PRO, mucho menos numerosas en el interior de la provincia.

Sin embargo, es poco cuánto se puede hacer desde el centenario partido si se tiene en cuenta que la gobernadora bonaerense resulta la política –hombre o mujer- con mejor imagen en todo el país.

Seguramente esa buena imagen lleve a considerar un proyecto político presidencialista. A la expectativa de cuanto ocurra con Macri en el 2019 y sin tapujos, aunque con mucho adelanto, para el 2023.

De allí la explicación plausible de la incorporación de intendentes peronistas que no sirven de mucho en una elección de medio tiempo pero que son fundamentales en una presidencial.

Para los aliados fundadores de Cambiemos resta –en el caso de los radicales- un crecimiento territorial como objetivo de poder.

Se trata de una consolidación del retorno al gobierno luego de la casi extinción del partido tras el desastre de De la Rúa.

De allí que el objetivo a alcanzar será más concejales, más legisladores provinciales y más diputados nacionales. De lograrse será un retorno pausado pero firme.
Luis Domenianni

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