martes 21 septiembre 2021

Cuaderno de Opiniones: “Estados Unidos: del coronavirus a la presidencial”

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El 27 de agosto del 2020 sesionará en Jacksonville, Florida, la Convención Nacional del Partido Republicano que nominará oficialmente como candidato a su propia sucesión al presidente Donald Trump. Pero, la campaña electoral propiamente dicha, que culminará en las elecciones de noviembre, arrancó el 19 de junio con un “meeting” en Tulsa, Oklahoma. Seguirán otrosb tres ya programados en Florida, Arizona y Carolina del Norte.

Dos particularidades: la Convención debió cambiar de sede dadas las medidas de confinamiento en vigencia por el coronavirus en Carolina del Norte donde estaba planificada y los asistentes a cualquiera de los “meetings” –se llevan a cabo en lugares cerrados- deberán previamente firmar una absolución de responsabilidades al equipo de campaña del presidente, en caso de contagio del coronavirus.

Como siempre en los Estados Unidos, será el voto independiente quién decidirá la elección. Si hasta el inicio de la pandemia del coronavirus, el triunfo del presidente Trump se daba por descontado en virtud de los resultados económicos de su gestión, en la actualidad dicho triunfo no solo no está asegurado sino que las encuestas marcan una caída de su popularidad.

No obstante, no es su rival, el ex vicepresidente Joe Biden, quién parece tener, al menos por ahora, una identidad suficiente para desalojar al ocupante actual de la Casa Blanca.

Los demócratas eligieron a Biden como su candidato por su moderación. Pero, generalmente, moderación y liderazgo no suelen ir de la mano, con honrosas excepciones, por supuesto.

Es así que la suerte de Biden parece estar ligada a la suerte del presidente. Tras el “impeachment” fallido de enero-febrero del 2020 y la derrota del “izquierdista” Bernie Sanders en la carrera para la nominación, los demócratas comprendieron y aceptaron su rol de convidados a una elección que pueden ganar… solamente si el presidente Trump, la pierde.

Cuando el propio Joe Biden acepta que no trasladará la embajada en Israel de Jerusalén a su sede habitual, pre Trump, de Tel Aviv, no hace sino reconocer que la dicotomía no es Biden o Trump, sino “sí a Trump” o “no a Trump”.

Economía y sanidad
Y dicha dicotomía se resuelve en la marcha de la economía del país. Por supuesto, nadie imputa al presidente la actual recesión producto de la pandemia. Por el contrario, la variante radica en el apuro por salir de dicha recesión.

En tal sentido, los datos de mayo resultaron alentadores para el presidente. La actividad económica mejoró y la desocupación bajó respecto del mes anterior. Aún sin lograr los muy buenos guarismos previos al coronavirus, si la tendencia a la recuperación resulta sostenida desde mayo a noviembre, las probabilidades de la reelección se agrandarán.

Sí, claro, en frente se ubica una nada desdeñable porción de la sociedad que reclama por la “desatención” presidencial sobre las medidas nacionales destinadas a combatir la pandemia, a la que ahora se suma la militancia anti racista.

Para el presidente conforman el enemigo a vencer. No porque el presidente Trump sea racista –no olvidar que forma parte del partido de Abraham Lincoln-, ni porque exhiba una insensibilidad que gran parte de sus adversarios le endosan.

Son el enemigo a vencer, sencillamente porque resulta imposible satisfacerlos sin correr el riesgo del enojo de la propia tropa. Y la propia tropa son, claro, los sectores del capital y del trabajo –los obreros industriales, no así los sindicatos-, la religiosidad, los productores agrícolas y petroleros, y la Asociación Nacional del Rifle.

¿Alcanza para ganar? Sí, si del lado de enfrente, solo quedan los intelectuales, las profesiones liberales, los estudiantes y las minorías. Estas últimas votan poco en un país donde el voto no es obligatorio. Aunque todo cambia, claro, si la economía no evoluciona.

No alcanza, si la pandemia registra un rebrote de proporciones. Hoy por hoy, Estados Unidos cuenta con el mayor número de muertes en bruto. Sin embargo, la situación cambia, cuando se las mide por millón de habitantes.

En esa cuenta, Bélgica, el Reino Unido, España, Italia, Suecia, Francia, Países Bajos e Irlanda, anteceden en ese orden, a la fecha, a Estados Unidos. El resultado belga es de 845 muertos por millón de habitantes, mientras que el de Estados Unidos es de 351.

De momento, ningún gobierno cayó como consecuencia de la pandemia. Así como están las cosas, tampoco el presidente Trump parece correr riesgos.

Racismo y empleo
En cuanto a los excesos policiales, solo la protesta pacífica y dentro de la ley puede amenazar al gobierno. Por el contrario, la violencia callejera o las manifestaciones anti policiales –no confundir con la violencia policial injustificada- permiten al presidente erigirse en campeón de la ley y el orden, algo no menor en un país con una gran clase media.

Con todo, los desafíos y ataques contra algunas redes sociales y contra el New York Times, por citar solo dos ejemplos evidencian, más allá del carácter pendenciero del presidente y de su desdén por la libertad de expresión, un nerviosismo creciente ante la caída no muy pronunciada, pero tampoco menor, en las encuestas.

Por supuesto que, desde ahora hasta noviembre, la política migratoria no sufrirá ningún cambio. Por el contrario, si todo marcha como previsto, deberá afianzarse, con la liberación parcial de fondos por parte de la justicia para la construcción del muro en la frontera con México y con los acuerdos con el presidente “izquierdista” de ese país, Andrés Manuel López Obrador, para impedir el ingreso de centro americanos a México.

Es que dicha política conforma una de las claves del discurso electoral “trumpiniano”: la protección del trabajo norteamericano, algo que, además, se liga con la relocalización de empresas estadounidenses en territorio nacional y la “guerra comercial”, básicamente con China, para evitar el dumping en las importaciones. El todo, música para los oídos de la clase trabajadora formal.

Unilateralismo
Si de algo el presidente Trump descree es del multilateralismo, tan en boga desde el final de la “Guerra Fría” simbolizado en la caída del Muro de Berlín. Lo ciñe y le molesta. Es que pone en igualdad de condiciones a quienes no contraen las mismas obligaciones.

En lo que va del año, el presidente –junto a su secretario de Estado catalogado de halcón- mostró su apoyo al Brexit británico de la Unión Europea; autorizó a las Fuerzas Armadas a emplear minas antipersonales y derogó así una moratoria de hecho; y denunció el tratado de “Cielos Abiertos” del 2002 que autoriza vuelos no armados de reconocimiento sobre el territorio de los firmantes, Rusia y Estados Unidos, entre ellos.

Además, retiró al país de la Organización Mundial de la Salud; organiza con tal desdén la próxima reunión del G7 en territorio norteamericano, los países más industrializados que la canciller federal Angela Merkel ya anunció que no será de la partida; y amenaza con sanciones a los integrantes de la Corte Penal Internacional si pretenden llevar adelante una investigación sobre cuanto ocurrió en Afganistán.

Más allá de las definiciones ideológicas sobre la cuestión, el presidente cuenta con algunos éxitos. Su intransigencia y su vocación del mano a mano le permitieron revisar y modificar el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México con sensible mejoría para Estados Unidos.

También le posibilitaron llegar, a principios de año, a un primer capítulo de un acuerdo comercial con China que debió aceptar algunas de las reclamaciones norteamericanas sobre transparencia y patentes. Luego todo se complicó con la pandemia y sus orígenes no dilucidados.

O aguantar, y dar vuelta, las maniobras petroleras de Rusia y la OPEP para sacar del medio a los petroleros de Texas y de Oklahoma grandes productores de petróleo de esquisto –de explotación más costosa que la convencional- que terminó en la necesidad de los confabulados de limitar la producción para que los precios en lugar de bajar, suban.

Quizás el máximo exceso de unilateralismo pasó en buena medida desapercibido. Ocurrió a principios de año cuando Estados Unidos ofreció a Dinamarca comprar el territorio autónomo danés de Groenlandia.

Sí, una operación similar a la acontecida en 1867 cuando Estados Unidos compró Alaska al “Zar de Todas las Rusias” Alejandro II por 7,2 millones de dólares. Solo que hace un siglo y medio con un mundo completamente diferente.

Política exterior, China
Más allá del abandono del multilateralismo y, por qué no, un retorno al aislacionismo de la doctrina Monroe –“América para los americanos”- aggiornada, la política exterior del presidente Trump reconoce varios objetivos de política interna, es decir, de corte electoralista.

En primer lugar, y ya se mencionó más arriba, la disputa comercial con China como contrapartida de la inversión, la producción y el trabajo norteamericano.

Claro que no se limita a lo estrictamente comercial. La cosa va más allá como consecuencia de esa disputa. Abarca los avances autoritarios chinos sobre la autonomía de Hongkong; la defensa de Taiwan, donde acaba de resultar reelecta por amplio margen la independentista Tsai Ing-wen sobre el candidato pro chino; el despliegue naval en el Mar de la China Meridional; y las violaciones a los derechos humanos sobre la minoría musulmana uigur en la provincia de Sinkiang, en el extremo noreste chino.

O cuando al Covid-19 se lo menciona como el virus de Wuhan en los ambientes gubernamentales estadounidenses, más aún cuando sus orígenes no están claros y la información suministrada por China deja que desear.

Más allá de China, los restantes conflictos de Estados Unidos tienden a “apagarse” o a caer en la “baja intensidad”. Es el caso de Corea del Norte que regresó a sus ensayos balísticos sin recibir más que algunas reconvenciones.

Política exterior, Medio Oriente
Si bien, siempre resultan posibles los rebrotes –como el convoy de petróleo a Venezuela- la situación con Irán tiende a estabilizarse luego del asesinato, mediante un dron, del jefe de los Guardianes de la Revolución iraní, general Qasem Soleimani, en Bagdad, Irak.

Las represalias iraníes, si superaron las palabras guerreras, quedaron limitadas a la explosión de algunos cohetes sobre una base militar norteamericana cercana a Bagdad y sobre la embajada de los Estados Unidos en esa ciudad. En ambos casos, sin bajas.

No sin riegos, la relación o la mala relación con Irán parece estabilizada, al punto que comenzaron las conversaciones, con anuncio público incluido, para el retiro de tropas de Estados Unidos del vecino Irak.

La idea es que vuelvan a casa, antes de fin de año, la mitad de los 5.800 militares de Estados Unidos acantonados en ese país. Para el presidente Trump es un argumento electoral y, por ello, su cumplimiento resulta creíble.

Otro tanto ocurre en Afganistán, donde la diplomacia norteamericana fue mucho más allá. Logró un acuerdo con los Talibán para, precisamente, el retiro de tropas de la OTAN y de los propios Estados Unidos.

La única marcha atrás posible resultaría de un reverdecer de Estado Islámico (ISIS), algo no imposible, pero bastante improbable, de dimensión comparable a cuando esa organización djihadista ocupó buena parte de Irak, con capital en Mosul, y de Siria, con capital en Rakka.

Para completar Medio Oriente, el Plan de Paz para Israel y los palestinos. Aquí también el interés primario es electoralista. No tanto por los votos de personas judías en Estados Unidos, favorables al presidente solo en cierta medida.

Sí, en cambio, por los varios millones de cristianos evangélicos de Estados Unidos quienes creen que la supervivencia del pueblo judío, tras progromos, matanzas, holocaustos y guerras, es un milagro de Dios y, por tanto, consideran al Gran Israel con Judea, Samaria y Galilea, como un deseo de Dios.

Los cristianos evangélicos son el grupo religioso más numeroso de Estados Unidos y, con ello, está todo dicho frente a una elección. Sin contar con que cristiano evangélico es el actual vicepresidente Mike Pence. En su conjunto, suman el 35 por ciento de la población norteamericana.

Así resulta que el Plan de Paz es un plan que torna inviable al futuro Estado Palestino sin otras fronteras que las israelíes y recortado por las ilegales, para los acuerdos de Oslo de 1993, colonias judías que lo cercenan por doquier. Pero sumamente viable para las aspiraciones reeleccionistas del presidente Trump.

Su aplicación, por parte de Israel, está prevista para julio del 2020. Los palestinos, como era obvio, la rechazan. Pero la mayoría de los Estados Árabes no son tan terminantes. Es que hoy, el enemigo principal dejó de ser Israel reemplazado por el Irán shiíta frente a las monarquías sunitas de la Península Arábiga.

Política exterior, el resto
Frente a Europa, la política exterior norteamericana busca compromiso. Ante todo, compromiso financiero. Es decir que la carga de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el tratado de defensa militar conjunta, se reparta de otra manera que la actual, donde Estados Unidos asume gran parte.

Hacia allí se dirige la decisión de limitar, hasta un 50 por ciento, los efectivos militares norteamericanos estacionados en Alemania, alrededor de 52.000. Además, de ahorrar dinero, el presidente busca castigar a la canciller federal Angela Merkel. Por eso, justifica la decisión en que Alemania debe mucho de sus aportes a la OTAN.

Luego, el reclamo mayor participación en las tareas militares con efectivos y equipos. Ya sea en los teatros de guerra como Medio Oriente o Sahel o en labores de inteligencia, a través de la propia OTAN, de la Unión Europea o de cada país individual.

En América, el conflicto está centrado en Venezuela con el régimen chavista del presidente Nicolás Maduro. La captura en Cabo Verde, por parte de Estados Unidos, del operador colombiano del presidente Maduro, vinculado a diversos negocios delictivos como el lavado de dinero y, sobre todo, el contrabando de oro usado para pagar el petróleo iraní, da cuenta de ello.

Si Venezuela, ocupa el primer lugar, Cuba y Nicaragua se ubican en los dos siguientes. Es que contrariamente a otras minorías, cubanos y nicaragüenses en el exilio suelen votar por los republicanos, en general, y por el presidente Trump, en particular.

Por último, también de África la administración pretende levantar la presencia militar, activa en el Sahel con instrucción, logística, inteligencia y drones, y en el Cuerno de África con personal militar no combatiente.

Recientemente la muerte de dos soldados norteamericanos en un ataque de los djihadistas somalíes, denominados Chabab, a una base militar en Kenia, refuerza la idea de abandonar África

Punto aparte merece la base de Yibuti dado que allí la presencia militar compite con la del “enemigo”, es decir la base militar china. Desde esa base en ese pequeño, pero estratégico, país del Cuerno de África, los Estados Unidos llevan a cabo acciones contra blancos escogidos como los mandos de Al Qaeda y de ISIS en Yemen.

Frente a tanto personalismo, la pregunta inevitable ¿El presidente Donald Trump tiene amigos? Sí, claro. Los tres principales: el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el primer ministro indio, Narendra Modi y el presidente brasileño, Jair Bolsonaro.

Nota: Estados Unidos se extiende sobre un territorio de 9.147.593 km2, puesto 4 en el mundo. Su población es de 330.641.000 habitantes, puesto 3. Su Producto Bruto Interno, a paridad de poder adquisitivo (PPA) es, según el Fondo Monetario Internacional, es de 21 billones 344.667 millones de dólares, puesto 2. El PPA per capital alcanza los 62.152 dólares anuales, puesto 10. Su Índice de Desarrollo Humano es, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, de 0,920 puesto 15.
IN/BN/Luis Domenianni
/rp1.


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