sábado 25 junio 2022

“Dilema Moral”, se enfrenta al Covid-19 con conductas medievales

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«Es posible no someterse, y la virtud moral puede convertirse en acto político” (1)

El mundo, ese mundo que crece a razón de 220.000 habitantes por día, ha empezado a entender que no todo puede resolverse con voluntad y buenas intenciones, aún si las hubiera.

La investigación científica ha probado ser la única arma que se tiene contra las crisis biológicas, y de repente la humanidad entera, o al menos los incluidos en el sistema social, han comprendido su importancia y están pendientes de ella, bajo la forma de una vacuna.

Sin embargo, no se le asigna presupuesto adecuado, ni se la fomenta, ni se valora a los científicos como modelos sociales, a juzgar por su patética paga en relación a deportistas, figuras de los medios, empresarios o políticos.

La accesibilidad a los sistemas de salud, la estrategia real para que los productos de ese desarrollo científico lleguen efectivamente a la gente, también ha sido descuidada en la agenda pública, responsabilidad que le cabe en primer lugar a los políticos, pero inmediatamente, también al resto de la sociedad consumista.

La física cuántica ha probado que la mirada puede modificar la percepción de la realidad, lo que debería llevarnos a posarla sobre las cosas esencialmente importantes.

Pero sólo los efectos sanitarios de la pandemia nos tienen ocupados por el momento. Es justo decir que el inapropiado manejo de la comunicación ha generado en la sociedad un efecto aterrador que hace las veces de un “síndrome de Estocolmo”. Nos somete y nos atrae.

Ese terror genera un stress que debilita el sistema inmunológico, provocando no sólo angustia y depresión, de por sí suficientemente graves, sino la liberación de citoquinas proinflamatorias que desencadenan eventos cardiovasculares, mayor depresión o agravamiento de enfermedades preexistentes como diabetes, hipertensión e hipercolesterolemia.

En Estados Unidos, el CDC y el Census Bureau iniciaron en abril una encuesta semanal de síntomas de ansiedad y depresión. Es impactante advertir cómo el porcentaje se incrementa semanalmente: trepó del 30,8% en abril al 36,1% al 21 de julio, triplicando el 11% registrado en 2019. Ellos lo miden. ¿Creemos acaso estar exentos?

El bombardeo mediático es incesante. Con puntillosidad cronométrica cada programa se inicia y desarrolla refiriéndose a contagios y muertes.

En Argentina, según cifras del Ministerio de Salud, 4.411 personas han fallecido al 7 de agosto: son el 1,87 % de los 235.877 oficialmente confirmados. Es razonable afirmar, basados en estudios epidemiológicos rigurosos, que esa cantidad de casos es en realidad la quinta o incluso la décima parte de los realmente contagiados, lo que bajaría la tasa de letalidad a 0,2 a 0,4%. (Con 17.500 test por millón de habitantes, nuestro tasa de testeo figura 21°, detrás de Iraq, Irán y Colombia)

Pese a ello, la estrategia comunicacional apunta a atemorizar, paralizando la economía, la educación y los vínculos familiares.

Debe decirse que, hasta el día de hoy, no faltó en Argentina ni una cama ni un respirador; quienes han fallecido fueron aquellos a quienes lamentablemente les tocó morir, sea por su vulnerabilidad previa o su reacción a una virosis altamente contagiosa, aunque poco letal.

Sería más apropiado informar con una perspectiva realista, que se espera una carga de mortalidad superior a 10 mil fallecidos. O sea, 1/3 de los muertos por gripe estacional en 2018. Y también decir que esas 10 mil vidas inestimables, mayormente de ancianos queridos pero aislados, serán una minoría dentro de los de su edad.

Porque se repite todo el tiempo que más del 80% de las muertes en todo el mundo corresponden al grupo de ancianos y con enfermedades severas previas. Es real. Pero en cambio no se insiste tanto, no se entiende por qué, en que más del 80% de los mayores de 70 años van a sobrevivir, incluso si contraen COVID 19.

Adviértase la diferencia del mensaje: de un modo que aterra a quienes pertenecen a ese grupo de riesgo. Del otro modo, brinda esperanza y estimula el cuidado con medidas de protección.

Las vidas son todas valiosas. En 2018, como cada año, cuatro enfermedades asociadas a la pobreza, la desigualdad o la inacción, se llevaron 2.518 vidas: Tuberculosis, Chagas, Hepatitis y VIH/SIDA. Las cito entre otras porque son evitables a un costo abordable: vida saludable, vivienda digna, vacuna o preservativos. Y aún más: habiéndolas contraído, el 80% de esos enfermos son recuperables a bajo costo. ¿Alguien fue acaso capaz de ponerlas en una tapa de un matutino o parar 1 día la economía, aunque sea en señal de duelo?

Cada año, también al igual que este, cerca del 80% de las muertes de todo el mundo corresponden a ancianos. Sin embargo, este año están partiendo en soledad, encerrados por una medieval estrategia sanitaria que además de ineficaz, ha demostrado ser cruel.

Resonantes casos de abandono de ancianos en todo el mundo, incluyendo “países modelo”, muestran el fracaso de la estrategia sanitaria. Canadá, Estados Unidos, España, Francia, Suecia, México, han descripto situaciones de abandono en asilos como “estragos” o desgarradoras”

Pero además, para “cuidar a los ancianos vulnerables”, se los aisló de un modo grotesco. Nada de visitas. Nada de salidas. Nada de familia. Permanecer encerrados.

¡¡¿¿Pero qué es eso??!! Quienes atravesaron la situación de internar a una anciana o anciano con COVID pueden relatar una experiencia propia de una prisión esteparia. Despedirlos sin más, sabiendo que no volverán a verlos, a tocarlos, hasta el momento del alta, en aras de una protección que ellos no eligieron.

Hay países en los que se elige al menos a un miembro de la familia para el contacto diario.

¿Alguien ha preguntado a personas mayores si tuvieron oportunidad de elegir si querían “cuidarse” así, hundidos en la soledad?

Me sorprendería mucho que lo fueran a elegir. Se saben cerca del final. Sus vidas, mal o bien, han sido vividas con la inocencia de la infancia, la determinación de la juventud, la responsabilidad de la adultez y la serenidad de la vejez. Más frágiles, dependientes y vulnerables, conservan sin embargo la hidalguía de sus firmes convicciones, incluso de su tozudez, que es el último reducto de su venerabilidad.

Absolutamente dependientes de los vínculos, las sonrisas, la charla y la caricia de quienes son parte de sus historias y los mantienen vinculados al espacio – tiempo, ingresan inexorablemente en un laberinto si se los priva de ellos. No es un personal administrativo o sanitario para quien tienen sentido sus recurrentes recuerdos. Perciben de ellos una entrega y unos cuidados valorables. Pero no han sido parte de esas historias, por lo que no pueden proyectarlas con ellos en su fugaz presente.

Es posible que, si les preguntaran, eligieran seguir vinculados a sus familias, aún a riesgo de contraer la enfermedad y encajar en el 15% de los que deben partir un poco antes.

Hay que reconocerlo: es evidente que aislarlos no ha sido efectivo. Tampoco ha sido afectivo.

Aislados, descuidados, abandonados, encerrados. La estrategia ha sido cruel e inútil.

Según los últimos datos disponibles, los decesos en residencias de mayores han supuesto el 35% del total en Alemania, el 50% en Francia, el 55% en Bélgica y el 40% en Portugal. En algunos países se comprobó que las autoridades restringieron el acceso de este tipo de pacientes a centros hospitalarios. En España, según el último informe de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica del Instituto de Salud Carlos III, de entre los mayores de 80 años, solo el 44 % de los pacientes con COVID llegaron a pisar un hospital.

En Gran Bretaña el 80% de las muertes, antes y después del COVID, fueron mayores de 70 años. Pero sólo el 5% de los COVID murieron en su hogar. El otro 95% murió aislado, en hospitales o en asilos, sin caricias, sin palabras…

Circula estos días en change.org una petición que invito a firmar: “Humanizar el protocolo COVID 19 en pacientes con necesidades especiales”, lanzada por una hija privada de la libertad de acariciar a su madre y de recibir sus sonrisas hasta que partió.

El mundo entero, se dijo, eligió una medieval herramienta y paralizó la economía, destruyendo millones de empleos y condenando a la pobreza inmediata a decenas de millones de niños, robándoles el futuro por una pandemia que, tras 7 meses de incidencia, registra un total de muertes algo menor que 1 por cada 10.000 de sus habitantes.

Con estos valores, todavía seríamos una colonia hispana y Hitler se hubiera adueñado de Europa: en la Guerra de la Independencia murió el 2,5% de la población de entonces y en la 2da Guerra Mundial murieron 55 millones de personas, de nuevo el 2,5% de la población.

Se abordó desde el paternalismo y la discriminación el riesgo de las personas mayores silenciando sus demandas. Hasta se les quiso imponer una suerte de prisión domiciliaria, debiendo pedir autorización para salir, prejuzgando su incomprensión y anulando su autonomía.

En el mundo antiguo, ser anciano era sinónimo de venerable. Se los debía consultar incluso antes de decidir la guerra. Se valoraba culturalmente la pausa de sus movimientos y sus pensamientos: los silencios eran sinónimo de sabiduría, no de decadencia.

Estamos necesitando una nueva moral, incluso para enfrentar lo que viene, que será más duro. No debe confundirse cuidar a los padres con un paternalismo que anule su decisión.
(1)Tzvetan Todorov en Insumisos, acerca de Boris Pasternak, disidente soviético y Premio Nobel de Literatura
Dr. Gabriel Montero
Médico Pediatra
Especialista en Salud Pública (UBA)
Docente en el Departamento de Salud Pública
P/BN/CC/rp.

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