viernes 23 octubre 2020

Francia: «separatismo, política exterior e independencia», los ejes de la política de Macron

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Por Luis Domenianni

Quizás por la aparición de la llamada segunda ola del Covid-19, tal vez porque la economía no está en vías de recuperación, seguramente porque el humor social parece al borde del agotamiento, o por la suma de todos estos factores, el presidente francés Emmanuel Macron direccionó sus acciones hacia la política exterior.

Es que luego de una “hiperactividad” que lo llevó a plantear reformas, no siempre coronadas con éxito aunque tampoco calificables de fracaso, tales como la política previsional o el calentamiento climático, el presidente puso el acento sobre sus relaciones con el resto del mundo.

No obstante, un nuevo tema surgió en política interior al retorno de las vacaciones –bastante frustradas por cierto debido al coronavirus- de verano: la lucha contra el “separatismo”. Un asunto que, aunque interno, no deja de exhibir vinculaciones externas.

El presidente aprovechó la solemnidad de la celebración de la instauración definitiva de la República, ocurrida el 04 de setiembre de 1870, tras la derrota del emperador Napoleon III capturado por las tropas prusianas durante la batalla de Sedan, para lanzar, desde el Panteón de Paris, su combate contra el “separatismo”.

¿Qué representa el separatismo en Francia? ¿Quiénes son sus dirigentes, militantes y simpatizantes? La respuesta es el islam radicalizado. Se trata, pues, de un separatismo social y confesional más que político. Una segregación auto impuesta por un colectivo que reniega de las leyes de la República en la que vive.

Hasta las definiciones presidenciales del Panteón era factible imaginar aspiraciones nacionales entre los habitantes originarios –los “kanacks”- de Nueva Caledonia en el Océano Pacífico, colectividad francesa de ultramar, eufemismo moderno utilizado para designar a una colonia. Cuestión que trataremos en otro subtítulo.

También, aunque, con bastante menor relevancia, en las Antillas francesas, en particular en Guadalupe y Martinica, ambas departamentos de ultramar. Aún menos, en la sudamericana Guayana, capital Cayena, o en la Isla de la Reunión, en el Océano Índico sur. Algunas, quizás, en la Polinesia francesa.

Con la excepción de Nueva Caledonia, las otras colonias –departamentos o territorios de ultramar- no parecen predispuestos a separarse de la metrópoli. Seguramente en ello, mucho tienen que ver las subvenciones de la metrópoli y el asentamiento de una población francesa europea, en algunos casos y familias, de larga data.

Si se trata del llamado territorio metropolitano, existen sí, aspiraciones nacionales en la isla de Córcega –la tierra natal de Napoleón Bonaparte-, con idioma propio, el corso, y con una organización –en su momento, militar- el Fronte di Liberazione Naziunale Corsu (FLNC), hoy en decadencia, reemplazada por partidos nacionalistas y autonomistas legales que dominan actualmente el Parlamento corso.

También en Bretaña, aunque con muchísima menor amplitud que en Córcega, los partidos regionalistas –no corresponde hablar de independentismo, aunque resulte deseable para un 4,6 por ciento de la población- logran consagrar legisladores regionales y consejeros municipales.

Sí, en cambio, y según la misma encuesta, poco más de la mitad de los bretones pretende mayores poderes para el gobierno regional, a expensas del gobierno central francés. Al igual que los corsos, los bretones cuentan con un idioma propio, aunque la mayoría se expresa en francés.

Por último, nadie habla de un “separatismo” vasco en Francia, aunque tampoco nadie se aventura a imaginar que ocurriría si algún día el nacionalismo vasco del lado español de la frontera alcanzase la independencia.

No son pocos los vascos que adhieren a la idea histórica de las siete provincias vascongadas. A saber: las cuatro que componen el País Vasco español –en idioma vasco- Bizkaia, Gipuzcoa, Araba y Nafarroa en España; Lapurdi, Behe Nafarroa y Zuberoa, las tres de Francia.

Yihad islámica
Las definiciones a las que fue arribando el presidente tras su discurso del Panteón fueron delineando su pensamiento en la materia.

En el Panteón, el presidente Macron anunció un pronto envío a la Asamblea Nacional de un proyecto de ley de lucha contra los separatismos. Para pasar luego, durante su alocución, de definición en definición.

“Ser francés es amar con pasión la libertad”. “La libertad en nuestra República en un bloc”. La libertad de conciencia y el laicismo “garantizan la libertad de creer o no creer” “que no es separable de una libertad de expresión que incluye hasta el derecho a la blasfemia”, fueron algunas de sus expresiones.

Precisó: “no habrá jamás lugar en Francia para aquellos que, en general, en nombre de un Dios pretenden imponer la ley de un grupo”. Y remató: “la República porque es indivisible no admite ninguna aventura separatista”.

Un mes después, el 02 de octubre, el presidente fue más claro: “aquello que debemos combatir es el separatismo islamista”; “se trata de un proyecto que se traduce por la constitución de una contra sociedad”.

Explicó “opera a través de la no escolarización de los niños y del desarrollo de prácticas deportivas y culturales comunitarias que sirven de pretexto para la enseñanza de principios no conformes a las leyes de la República”; “es el adoctrinamiento que lleva a la negación de nuestros principios como la igualdad entre hombres y mujeres, y como la dignidad humana”.

El presidente se cuidó muy bien de diferenciar la religión –el islam- y su práctica. Separó en todo momento la fe del fundamentalismo. Habló de la gangrena que representan las formas radicales para el propio islam. Finalmente atacó los “guetos” poblacionales, caldos de cultivo de la radicalización islámica, mediante una autocrítica sobre el abandono del Estado.

Traducido al terreno práctico, el combate contra el separatismo pretende, en primer lugar, liberar al Islam de Francia de influencias externas representadas por imanes extranjeros –actualmente, 150 turcos, 120 argelinos y 30 marroquíes-, pagados por sus países de origen.

En segundo término, el control por parte del Estado del financiamiento de las mezquitas con fondos originados en el exterior.

Por último, la formación de los imanes en el territorio francés. Los dos primeros objetivos estarán contenidos en el proyecto de ley que será elevado en diciembre 2020. Para cumplir con el restante, la responsabilidad recae sobre el Consejo Francés para el Culto Musulmán.

El Mediterráneo
Este encuadre del presidente francés sobre el separatismo islámico no cae, por razones obvias, del todo bien en el mundo islámico, interior y exterior. Es que pese a las aclaraciones presidenciales, las dudas subsisten. Al menos aquellas que, tal vez, solo se aclaren cuando se conozca el proyecto de ley y su alcance en materia de sanciones.

Pero si un algo de desconfianza es comprensible, distinto origen merecen las quejas formales sobre la materia llegadas desde el Mediterráneo Oriental. De Turquía, para hablar concretamente.

El gobierno turco del autoritario presidente Recep Tayyip Erdogan salió a criticar al presidente Macron por su defensa de la libertad de blasfemar.

Hoy, Turquía es gobernada por el llamado islam político que no es extremista pero sí hace gala de un nacionalismo no laico y muestra ambiciones –no muy realistas- de recuperar aquel viejo Imperio Otomano, dirigido por un sultán, que dejó de existir, en 1922, como consecuencia de la derrota en la Primera Guerra Mundial.

Esa ambición territorial del presidente Erdogan lo lleva a chocar con Francia en distintas zonas del Mediterráneo.

En Libia, por ejemplo, donde Francia apoya al jefe rebelde, el auto titulado mariscal Kalifa Haftar, en tanto que Turquía hace lo propio con el Gobierno de Unidad que encabeza Fayez Serraj y que es el reconocido por Naciones Unidas.

Francia no acepta y denuncia el aprovisionamiento de material bélico –en particular, drones- y la presencia de combatientes regulares turcos e irregulares sirios que Turquía envía a Libia.

Libia es un país petrolero y, por tanto, olor a petróleo es cuanto se huele en el diferendo franco-turco en dicho país. Diferendo que no está exento de alguna eventual acción armada entre navíos de guerra de ambos países, dada la fuerte presencia naval de ambos en el Mediterráneo.

Pero el conflicto con el gobierno turco reconoce un segundo escenario más hacia el este y hacia el norte de Libia. Se trata de la búsqueda por parte de Turquía de yacimientos gasíferos en el Mediterráneo Oriental, en aguas que son reivindicadas como de soberanía propia por parte de Grecia, en una zona, y de Chipre, en otra.

Tanto Grecia como Chipre, ambos países integrantes de la Unión Europea, apelaron al organismo supra nacional para detener a Turquía. Mientras actuaba la diplomacia, Francia desplegó navíos de guerra y aviones de combate en la zona que llegaron a estar frente a frente con las unidades turcas que custodiaban al buque sismógrafo de exploración.

El presidente Erdogan tampoco se privó de criticar a Francia por las acciones del presidente Macron en el Líbano, colonia francesa desde 1918 hasta 1946 cuando las últimas tropas francesas abandonaron el país. Durante esos años, Francia administró el Líbano como consecuencia del Tratado Sykes-Picot de reparto del Medio Oriente entre el país galo y el Reino Unido. Un Medio Oriente desmembrado que hasta 1918 formaba parte del Imperio Otomano.

La reacción turca fue consecuencia de la visita a Beirut del presidente Macron, acontecida luego de la terrible explosión de un depósito químico que provocó la muerte de 202 personas.

En aquella ocasión, el presidente francés hizo público un plazo de 15 días para que la clase política libanesa acuerde la formación de un gobierno aceptable para una población hastiada de clientelismo, prebendas, corrupción y reparto del poder según un esquema confesional que mantiene dividido al país de los cedros.

Fue un gesto osado. Demasiado osado. En primer término porque dio lugar a críticas vinculadas con la arrogancia de quien se entromete en asuntos de otro país al extremo de hasta dar plazos perentorios. Todo ello, sin perjuicio del sentimiento de simpatía que recogió el presidente francés entre buena parte de la población libanesa dado lo expuesto en el párrafo anterior.

En segundo lugar, porque el plazo finalizó hace ya un mes, el Líbano continúa sin conformar gobierno y el presidente Macron quedó desairado.

Más allá del “Mare Nostrum”
Fuera del Mediterráneo, para la política exterior francesa es prioridad el Sahel subsahariano. Allí donde combate la fuerza Barkhane, conformada básicamente por el contingente militar francés junto a tropas de los países que integran la región: Burkina Faso, Mali, Mauritania, Níger y Chad, frente a los yihadistas que adhieren a Al Qaeda y a Estado Islámico.

El reciente golpe de Estado en Mali produjo y producirá necesariamente alteraciones más allá de la continuidad en superficie. Aunque a juzgar por las reacciones, el golpe militar en Malí alteró en poco o nada la presencia de Barkhane.

Sin embargo, la liberación de una mujer rehén francesa, de un turista y un sacerdote italianos y de un ex candidato a presidente de Mali, por parte de los yihadistas que responden a la red Al Qaeda, da para el análisis sobre un eventual pase del combate militar a la discusión política.

El otro punto de la política exterior francesa es la relación con Rusia.

Si al comienzo de su mandato, el presidente Macron jugó la carta del acercamiento, los gestos y sobre todo las acciones del presidente ruso Vladimir Putin colocaron en un terreno de ingenuidad las intenciones francesas.

El cambio legislativo para la reelección del mandatario ruso, los espionajes cibernéticos, el fomento del separatismo en Ucrania y la anexión ilegal de Crimea, la persecución de opositores –envenenamiento del dirigente Aleksei Navalny, incluido- y el apoyo más o menos explícito al autoritario presidente bielorruso Alexandr Lukachenko, fueron determinantes para el cambio de actitud francesa y europea.

Movedizo, tras la inmovilidad obligatoria de la primera ola del Covid-19, el presidente Macron no tardó en viajar a Letonia y Lituania, dos países bálticos otrora integrantes de la Unión Soviética, para demostrar la nueva actitud de firmeza.

La reunión, en Lituania, donde está asilada, con la candidata frustrada a la presidencia bielorrusa Svetlana Tijanovskaia, representó otro gesto en igual dirección. Gesto que se materializó con las recientes sanciones de la Unión Europea al autoritario presidente Lukachenko y al entorno del no menos autoritario presidente Putin.

El Pacífico Sur
Nueva Caledonia es una isla del Pacífico Sur bajo soberanía francesa desde 1853 que integra la lista de territorios no autónomos de las Naciones Unidas.

La población neo caledonia alcanza los 232 mil habitantes. Es de origen melanesio –los “kanaks” oriundos de la isla- en un 44 por ciento; el 34 por ciento es “caldoche”, apelativo con el que se designa a los franceses radicados; el resto provienen de otras islas del Pacifico y de naciones asiáticas.

Hace ya 35 años que comenzaron las demandas de independencia. Durante los primeros años, los independentistas del Front de Libération National Kanak Socialiste (FLNKS) optaron por la vía armada. Tras una toma de rehenes sangrienta en 1988, privilegiaron la vía negociadora.

Así fueron suscriptos los acuerdos de Matignon, sede de la jefatura de ministros en Paris en 1988, y de Numea –la capital isleña-, diez años después. Dichos acuerdos prevén la celebración de hasta tres referéndums sucesivos para consultar a la población sobre la independencia.

El primer referéndum previsto en los acuerdos tuvo lugar en el 2018 con un resultado favorable a la continuidad como colonia del 56,67 por ciento contra un 43,33 partidario de la independencia.

El segundo se llevó a cabo el 04 de octubre del 2020. Nuevamente triunfó el no, pero esta vez con solo un 53,26 por ciento contra un 46,74 por ciento. El crecimiento del sí dio nuevos bríos al independentismo que ya demandó la realización del tercer referéndum previsto para el 2022.

Como se puede ver, todo parece estar hecho para que Nueva Caledonia alcance la independencia o la rechace, a través del voto popular, kanaks, caldoches y otros incluidos. Allí, la lucha del presidente Macron contra el separatismo no está contemplada.

Nota Francia:
Territorio: 675.417 km2, puesto 43 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 64.962.000 habitantes, puesto 22.
Densidad: 119 habitantes por km2, puesto 96.
Producto Bruto Interno: 3 billones 54.599 millones de dólares, puesto 10 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 45.473 dólares anuales, puesto 25.
Índice de Desarrollo Humano: 0.891, puesto 26. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
IN/BN/rp.






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