lunes 6 febrero 2023

Argelia: entre el Hirak, la Constitución, Francia, el terrorismo islámico y los bereberes

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Por Luis Domenianni

Tras una guerra de liberación particularmente cruenta, la República Argelina Democrática y Popular –tal su nombre oficial- inició su vida independiente en 1962. Transcurrieron 68 años que no alcanzaron para superar una historia signada por el colonialismo, el tercermundismo, el autoritarismo y la violencia. Argelia aun busca su destino.

Fue el 16 de febrero de 2019 cuando, en la pequeña ciudad de Kherrata, provincia de Bujía, en la región de Kabylia ubicada sobre la sección oriental de la costa mediterránea argelina, la población salió a las calles para reclamar la renuncia del presidente Abdelaziz Buteflika a presentarse para un quinto mandato.

Tan solo una semana después, redes sociales mediante, la convocatoria a la protesta pasó a extenderse por todo el país. Fueron las protestas más numerosas desde las movilizaciones de la guerra civil argelina de 1999.

El presidente Buteflika –enfermo y postrado, con largos períodos de internación en Europa- no aguantó el golpe. Menos de un mes después, en marzo, renunció a su candidatura para el quinto mandato. Poco después, cambió el gabinete. Pero no alcanzó para paralizar la movilización en las calles. El 2 de abril del 2019, el presidente Buteflika renunció al cargo.

Tampoco la renuncia calmó los ánimos. Las movilizaciones continuaron. Ya no se trataba de cambiar uno o varios personajes. Ahora, el Hirak –nombre que adquirió el movimiento y que se traduce del árabe, precisamente, como “movimiento”- reclamaba y aún reclama el cambio de régimen.

En la materialización de las aspiraciones del Hirak, sin líderes ni partidos políticos, está un cambio constitucional y un alejamiento de toda una clase política a la que catalogan de corrupta y culpan por la situación económica y social del país.

Para algunos observadores, el Hirak argelino es una aparición tardía de la llamada “Primavera Árabe” de 2010/2012, cuando las sociedades de distintos países reclamaron democracia y participación.

Las guerras civiles libia, siria y yemenita; el golpe de Estado en Egipto; la represión en Bareín, entre otros hechos, acabaron con aquellas aspiraciones de libertad. Solo Túnez logró, no sin contratiempos, poner en práctica una democracia, en alguna medida, equiparable a las occidentales.


No es que Argelia haya quedado al margen de aquellas movilizaciones. Las hubo y fueron numerosas. Pero languidecieron cuando el gobierno del mismo presidente Buteflika se comprometió a derogar el Estado de Emergencia que regía desde hacía 19 años y que constituía la herramienta “legal” para perseguir cualquier atisbo opositor no tolerado.

A diferencia de entonces el Hirak no persigue una mayor tolerancia por parte del régimen, sino el fin del régimen mismo.

¿Cuál régimen? El que sobreviene del Frente de Liberación Nacional (FLN) que encabezó la lucha por la independencia de Francia entre 1954 y 1962.

A poco de alcanzar la independencia, las dos tendencias que convivían en el FLN –moderados y socialistas- rompieron lanzas y un golpe de Estado protagonizado por el coronel Huari Boumedienne aseguró el poder para los socialistas –muy cercanos a la Rusia soviética y a la Cuba castrista- bajo el mando de Ahmed Ben Bella.

Bel Bella desarrolló veleidades de jefatura tercermundista en política internacional, mientras que en el plano interno reprimió cualquier intento de disenso y generó las condiciones para la salida de cerca de un millón de europeos que dejaron al nuevo país prácticamente sin técnicos, ni profesionales.

A la dictadura (1962-1965) de Ben Bella, golpe de estado mediante, siguió la extensa dictadura del propio Boumedienne (1965-1978). Fue el turno del estatismo nacionalista y autoritario que fracasó por corrupción e ineficiencia.

A la muerte de Boumedienne, la reacción pro libre mercado provino de su sucesor, otro militar, el general Chadli Bendjedid. Junto a la mayor libertad económica, Benjedid introdujo una mayor libertad política.

Así en 1990, tuvieron lugar unas elecciones provinciales y municipales, en las que el Frente Islámico de Salvación (FIS) venció al FLN. Para las elecciones legislativas de 1991, las nuevas leyes electorales vallaron un eventual nuevo triunfo del islamista FIS que, no obstante, ganó en primera vuelta.

El Ejército interrumpió entonces el devenir democrático y la respuesta fue la guerra civil. Una guerra civil que duró diez años y que fue tan sucia como la guerra de la independencia cuando Francia instauró el terrorismo de Estado y la respuesta independentista fueron los atentados contra la población civil europea.

La guerra finalizó por agotamiento, materializado con una ley de clemencia para los terroristas islámicos que depusieran las armas, ya con Abdelaziz Buteflika en el gobierno. El nuevo presidente ejerció el poder ejecutivo –de manera autoritaria- durante veinte años, desde 1999 al 2019, hasta su renuncia arrancada por el Hirak.

Que nada cambie
El post Buteflika desembocó inevitablemente a una elección presidencial, donde triunfó el candidato oficialista Abdelmajid Tebboune (75 años), miembro civil del FLN, diplomado en la Escuela de Administración de Argel, quien ganó en primera vuelta pero con una abstención record, para el país, que totalizó el 60,1 por ciento del padrón electoral.

Desde entonces y de palabra, el presidente Tebboune saluda y halaga al Hirak. En los hechos, los militantes son encarcelados, en particular, aquellos que ejercen el periodismo como profesión.

En paralelo, el Hirak se debilita. En alguna medida, por la rutina de las movilizaciones, pero sobre todo por la aparición de la pandemia del COVID-19 y las medidas de confinamiento que obligan a la población a permanecer en sus domicilios.

La situación sanitaria fue aprovechada por el gobierno para convocar a una reforma constitucional a la que califica como respuesta válida para los reclamos del Hirak.

¿Qué ofrece la nueva ley suprema, además de citar al Hirak “original” en su preámbulo? Que limita a dos el número de mandatos presidenciales; que facilita la creación de asociaciones de todo tipo; que garantiza el derecho de reunión y de manifestación; y que legisla sobre una eventual “cohabitación” si el legislativo y el ejecutivo responden a signos políticos diferentes.

Pero, para el Hirak, la reforma constitucional es insuficiente. Es que no limita los poderes extendidos del presidente de la República. No genera equilibrio.

A saber, el presidente continúa siendo el único que puede lanzar una reforma constitucional; puede vetar leyes; puede gobernar por decreto, sin revisión, en los períodos de receso del Parlamento; puede nombrar “walis” –prefectos- en las provincias y generales de las Fuerzas Armadas; puede disolver el Parlamento que, a su vez, no puede destituirlo.

En cuanto a la defensa, las Fuerzas Armadas quedan autorizadas a intervenir fuera de las fronteras del país. Tema particularmente sensible dadas las guerras civiles en los países vecinos de Libia y Mali.

Para los múltiples voceros del Hirak, la reforma es “gatopardista”, porque no desplaza a la elite gobernante. Para algunos sectores políticos opositores es una oportunidad para reformar el sistema desde adentro, en lugar de pagar los costos por su reemplazo. Para los islamistas, una posibilidad de adquirir visibilidad mediante el rechazo.

La votación, que tuvo lugar el 02 de noviembre del 2011, arrojó una amplia mayoría -66,8%- a favor del sí a la nueva Constitución. Pero el puesto de honor se lo llevó la abstención con un 77 por ciento de argelinos en condiciones de votar que no concurrieron a los comicios.

Seguramente, la pandemia influenció. Pero la ausencia de tres cuartas partes del electorado no puede justificarse solo por razones sanitarias. Para el Hirak modernista fue un triunfo. Pero, para los islamistas conservadores, también.

¿Cómo sigue? Nadie lo sabe. El Hirak ganó el derecho como interlocutor del gobierno, pero su negativa a institucionalizar el movimiento deja todo en aguas de borrajas. Para los islamistas, el éxito fue debilitar al gobierno. Para las reivindicaciones étnicas bereberes, quedó abierta una posibilidad de avanzar.

La situación es algo así como “que se vayan todos” aunque nadie sabe con quién reemplazarlos.

Geopolítica complicada
A la situación política interna hay que agregar una política exterior particularmente compleja compuesta de dos factores: Francia y la vecindad.

Francia es la antigua potencia colonial. Francia representa la guerra sucia de las luchas por la independencia. El empleo del francés es motivo de disputa como lengua frente al árabe. Francia domina buena parte de la vida económica argelina.

Pero también Francia es el espejo donde se mira gran parte de los sectores medios. Y Francia es un destino ambicionado por parte de quienes provienen de hogares populares y sueñan con una vida mejor.

Aunque en disminución, la inmigración argelina a Francia totaliza alrededor de 35 mil personas por año. En Francia, viven actualmente 700 mil personas de nacionalidad argelina, sin contar hijos y nietos que poseen nacionalidad francesa pero que conservan lazos estrechos con la tierra de sus padres y abuelos.

Para Francia, Argelia fue cuanto fue la India para los británicos. Fue la tierra de los “Pieds-Noirs”, los europeos –la mayoría franceses, aunque también españoles, italianos, alemanes, suizos y anglo-malteses- que vivieron y trabajaron en Argelia durante la colonización francesa (1930-1962).

Algunos “pieds-noirs” fueron tan notables como el escritor Albert Camus (1913-1960), el filósofo Louis Althusser (1918-1990); el boxeador Marcel Cerdan (1916-1949); la actriz Edwige Fenech (1948); el mariscal Alphonse Juin (1888-1967) o el modisto Yves Saint-Laurent (1936-2008).

Francia también es Occidente y el cristianismo, frente a la tradición tercermundista –cada vez menos importante- por un lado, y al islamismo por el otro.
La relación franco-argelina es una materia sin solución a la vista, al punto tal que el actual presidente francés Emmanuel Macron, nacido casi dos décadas después de la independencia argelina, debió confiar al historiador Benjamin Stora el intento de producir una memoria que “contribuya a serenar los espíritus de uno y otro lado”.

Del otro lado, el presidente Tebboune recogió el guante y nombró al director de los Archivos Nacionales, Abdelmadjid Chikhi, como interlocutor del historiador Stora.

De momento, es un intento más luego de varios fracasos, particularmente el del ex presidente Jacques Chirac, para cerrar las heridas.

Complicada la historia, complicado el presente. En particular, de cara al reclutamiento de jóvenes de origen argelino que ingresan a las agrupaciones terroristas islámicas en Francia. O frente a la intolerancia yihadista islámica, traducida en atentados contra la libertad de expresión europea.

El terrorismo islámico juega un rol central, negativo claro, para la seguridad argelina. Los grupos yihadistas vinculados sea a Al Qaeda o a Estado Islámico que combaten principalmente del otro lado de la frontera sur de Argelia, en Mali, transitan por las soledades saharianas donde se refugian en sus santuarios en territorio argelino.

Mientras Francia combate –Operación Barkhane- en Mali, Argelia, debido a su peculiar relación con el país europeo, prefiere la colaboración con las fuerzas norteamericanas que operan contra el yihadismo en África.

Recientemente, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Esper, viajó al Maghreb –Marruecos, Argelia y Túnez- para reforzar el compromiso anti terrorista, mientras el jefe de la misión militar norteamericana AFRICOM para el África fue recibido por el presidente Tebboune para hablar sobre la colaboración anti terroristas.

¿Resultados concretos? El aniquilamiento del Estado Mayor itinerante de Al Qaeda en el Magreb en territorio argelino por parte del ejército de Argelia con inteligencia y localización suministrada por AFRICOM.

Idiomas y algo más
A la hora de nombrar contenciosos de los que Argelia participa o se ve envuelta, no se puede omitir la guerra civil en la vecina Libia o la pésima vecindad con Marruecos, en particular, en relación con el ex Sahara español anexado unilateralmente por el reino marroquí.

Argelia apoya y sostiene al Frente Polisario que proclama la República Árabe Saharaui Democrática y que rechaza la ocupación marroquí de dos tercios del citado territorio.

Pero el conflicto que más preocupa es interior y tiene que ver con la minoría bereber que, a su vez, es mayoritaria en la región argelina de la Cabilia, ubicada al este de la capital, Argel.

Se trata de un colectivo de entre 12 y 15 millones de personas solo en Argelia, que se reconocen étnicamente diferentes de los árabes; que hablan sus propias lenguas; que adhieren, en su mayoría, a la religión musulmana en su vertiente sunita, pero que los hay también cristianos y hasta judíos.

Con presencia en la región muy anterior al arribo de los árabes provenientes de la península Arábiga, los bereberes se identifican a sí mismo como “Imazhigen”, voz plural de “Amazigh” que significa “hombre libre”. De los numerosos grupos que se identifican en la etnia, posiblemente el más conocido resulte el de los Tuareg que habitan el Sahel.

Los bereberes de Argelia lograron, por el pasado, algunos éxitos sobre identidad: el reconocimiento del “tamazight”, como segunda lengua oficial en el país y, por ende, su posible empleo en la educación y en los documentos públicos y privados; o el feriado del Año Nuevo bereber.

No obstante, por su vinculación con el Hirak, muchos bereberes han sufrido particular persecución y condenas de prisión, sobre todo después de la aparición de la bandera “amazigh” en las movilizaciones.
La identidad bereber será una de las cuestiones que deberá resolver el Estado argelino, construido desde la independencia en torno al “arabismo”.

Nota Argelia:
Territorio: 2.381.741 km2, puesto 10 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 44.636.000 habitantes, puesto 33.
Densidad: 19 habitantes por km2, puesto 206.
Producto Bruto Interno: 684.649 millones de dólares, puesto 35 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 15.757 dólares anuales, puesto 81.
Índice de Desarrollo Humano: 0.759, puesto 82. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
IN/BN/rp.


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