domingo 7 marzo 2021

“Vender la Argentina” constituye no sólo un emblema sino, también, una convicción nacional mancomunada

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¿CÓMO VENDER LA ARGENTINA EN EL EXTERIOR?
Maximiliano Gregorio-Cernadas (*)


No ha existido en las últimas décadas ningún Gobierno que haya asumido la conducción de nuestro país, sin declamar enfáticamente que una de sus prioridades en materia de política exterior consistiría en salir a “vender la Argentina”, ni ninguno que lo haya logrado de manera acabada. En consecuencia, cabe preguntarse qué es lo que ha venido fallando sistemáticamente entre tamañas aspiraciones y tan magros resultados.

La cuestión resulta aún más paradójica si se reconoce que el capital para “salir a vender al exterior” del que dispone la Argentina, tanto concreto como humano e inmaterial, es riquísimo como pocos países cuentan, al punto que puede ser considerado como uno de los más de fáciles de vender en el mundo pues, siendo la “diversidad” la nota más distintiva de su identidad, no existe ámbito en el cual el país no descuelle en el exterior, con sus maravillosos atractivos turísticos, sus feraces recursos naturales, sus productos alimenticios de alta calidad, sus avanzadas tecnologías (nuclear, satelital, agropecuarias, etc.), su potencia cultural, su amistoso temperamento, sus éxitos deportivos, su sociedad plural y tolerante, que lideran de forma notoria casi cualquier actividad.

Fútbol, tango, Pampa, Malbec, litio, carne, “granero del mundo”, Patagonia, polo, gauchos, Tierra del Fuego, mate, mujeres hermosas y hombres elegantes, los Pumas, telenovelas, individuos creativos y seguros de sí mismos, Maradona, Messi, el Papa, Evita, el Che Guevara, la Reina Máxima, Borges, Piazzolla, Barenboim, Argerich, Schiffrin, entre una larga lista de otros, son temas que “se venden solos”, conforman una identidad única, despiertan la envidia de muchos diplomáticos extranjeros, abren cualquier puerta a la que se llame y confieren un áurea especial a cada argentino que sale al exterior. Como me dijo una vez un millonario húngaro aficionado al polo, aunque soy un jugador mediocre: “¡ustedes los argentinos nacen con hándicap!”. ¿Dónde radica entonces el problema?

Está difundida en la Argentina, tanto en el sector privado como en el político y los medios, la convicción de que si no se “vende” bien la Argentina en el exterior, se debe a fallas de las Embajadas y de los diplomáticos, pero el problema es más arduo.

En primer lugar, debe tomarse conciencia de que “vender la Argentina”, si bien ofrece muchas ventajas, resulta una cuestión compleja, no sólo porque se trata de un país con innumerables facetas, sino sobre todo, porque las Relaciones Internacionales y, por ende, las embajadas que las atienden, involucran TODO lo que interesa al ser humano, lo cual supera con creces lo estrictamente comercial, pero lo envuelve interactiva e indisolublemente.

Por eso, pretender reducir la tarea de “vender la Argentina” a lo exclusivamente comercial, no sólo implica desconocer la complejidad de las Relaciones Internacionales y, por ende, la naturaleza de las obligaciones de nuestras numerosas Representaciones en el exterior, sino que, además, priva de las formidables maneras en que los diversos elementos de esa multiplicidad pueden potenciarse entre sí.

Para tal fin, además de una estrategia consistente y sostenida en el tiempo y de acciones coherentes que plasmen sus lineamientos, se requiere de gente idónea para concebirlos e instrumentarlos.

Los impromptus de “nuevos planes” que proliferan, se repiten y compiten entre sí, como reflejo de luchas intestinas en los Gobiernos, muchas veces pergeñados e implementados por aficionados, voluntaristas y diletantes, han sido constantes, del mismo modo que lo ha sido menospreciar al Servicio Exterior Argentino que, con más de medio siglo de tradición, es el cuerpo profesional con mayor capacitación y exigencias de toda la administración pública argentina, y cuyos embajadores profesionales disponen de casi 40 años promedio de experiencia “vendiendo” los potenciales del país.

En cambio, cuando se designa ante países serios a embajadores sin experiencia en el exterior –a menudo sin hablar ningún idioma, más que el castellano-, por razones internas (alejarlos, retribuir favores o ganar el apoyo de su fracción), el efecto es el opuesto al buscado, pues el profesionalismo continúa siendo un valor esencial en la arena internacional.

Pero, además, ningún plan puede ser exitoso si no contempla las complejas articulaciones que se requieren entre los medios necesarios y los fines que se persiguen. Por el contrario, las Embajadas argentinas en el exterior se han ido convirtiendo en oficinas crecientemente desatendidas, en ocasiones dignas de la parodia de Osvaldo Soriano en su magistral novela “A sus plantas rendido un león”, en la que un diplomático argentino, olvidado en el medio del África tropical, iza la bandera todos los días con resignado patriotismo, escucha tangos y toma mate, aguardando a que el país recuerde que todavía está vivo.

No existen misterios en lo que nos ocurre. Lo extraño sería que, asignando a las Embajadas recursos humanos y materiales exiguos, se lograran obtener resultados distintos a los alcanzados. Se concreta así el fracaso anunciado, cuando al empujar al sistema hasta su mínima expresión, los críticos terminan preguntándose para qué sirven las embajadas en la era del Whatsapp, lo cual confirma la desconexión de nuestra clase dirigente con el mundo.

La respuesta la ofrecen las potencias exitosas, como los Estados Unidos, cuyas representaciones en el exterior comprenden a varios cientos de funcionarios altamente capacitados y recursos acordes a los sólidos planes que se les imponen.

Continuando con el mismo imprescindible principio de coherencia, existe otro elemento decisivo para lograr “vender” exitosamente a la Argentina en el exterior, y que refiere a lo que Hipólito Yrigoyen, con su florida pero vigente verba krausista, denominaba “Unidad de Concepto”, es decir, la indispensable correspondencia entre lo que se hace en la política interna y lo que se pretende en el ámbito internacional.

Tipo de cambio, costos de fletes internos, sistemas de transporte y almacenamiento, estructuras de costos, sistemas arancelarios y tributarios, infraestructura exportadora, trámites de exportación, financiación y garantías a la exportación, régimen laboral, etc., etc., componen una dimensión esencial que, aunque es completamente distinta a la labor en el exterior, es decisivo que mantengan coherencia entre sí. A no ser que se pretenda hacer del engaño y del autoengaño una política exterior, es imposible vender lo invendible.

Claramente sufrimos desde hace tiempo de severas incongruencias en esta materia. Aunque parece una verdad de Perogrullo, hasta ahora venimos siendo campeones mundiales de la incoherencia, entre la política interna y la externa, entre lo que se declama como pretensiosas posiciones estratégicas para consumo local y lo que luego debe resignarse a negociar afuera, entre los ambiciosos fines que se proclaman y los discretos medios que se asignan. Los altos costos de estas incoherencias de largo plazo, se abonan al contado mediante diarios fracasos.

Ojalá se tratara de un mal exclusivamente de la clase dirigente. Mis experiencias de más de 37 años en esta materia, me indican que, en rigor, como en toda otra área del país, este círculo vicioso no es más que un reflejo de una sociedad cuyo estado mental, sus angustias diarias ante crisis recurrentes, su escaso espíritu emprendedor y de riesgo, su desconfianza del expertise, el esfuerzo y la constancia, son valores y actitudes completamente opuestos a los de aquellos países más exitosos en la materia.

Hay, pues, también en este plano, una tarea central a largo plazo, que consiste en trabajar en la educación, concientización e incentivos, para lograr que toda la sociedad se reoriente a lanzarse al exterior, en cambio de “vivir con lo nuestro”, que es la filosofía impuesta y preponderante en nuestra idiosincrasia.

Sin embargo, aunque a buena parte de la clase dirigente argentina -con muy honrosas excepciones- no les interesa el mundo más que para hacer turismo o fugar sus capitales, la sociedad argentina, producto de su origen mayoritariamente inmigratorio, dispone de una innata vocación universal, ávida de proyectarse al mundo, como lo demuestran nuestra tradición cultural en su más amplio sentido y numerosos argentinos a quienes he visto destacarse individualmente en cualquier sector y lugar. Se trata, pues, de una paradoja que podría ser una fuente inspiradora para hallar una salida a tan arraigado problema.

En la base de estas consideraciones, subyace una condición sine qua non, que consiste en disponer de una convicción y de una voluntad política y privada genuina para resolver la cuestión, esto es, de una conciencia arraigada en el país.

Si se cree que con políticos corruptos movidos por intereses parroquiales, empresarios prebendarios expertos en “mercados regulados” y sindicalistas millonarios gracias a fletes y regímenes laborales ajenos al mundo, puede emprenderse semejante tarea, se está en un completo error.

La solución, en consecuencia, se halla en la coherencia de un vasto plan nacional, del cual “vender la Argentina” constituya no sólo un emblema sino, también, una convicción mancomunada, capaz de asignar concretamente una energía prioritaria hacia ese fin.
Maximiliano Gregorio-Cernadas
(*) Diplomático de carrera, miembro del Club Político Argentino y de la Fundación Alem
P/BN/cc.rp.

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