lunes 19 abril 2021

Etiopía: una apuesta al desarrollo para evitar la implosión étnica

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Por Luis Domenianni

El 30 de noviembre de 2020, el primer ministro de Etiopía y Premio Nobel de la Paz, Abyi Ahmed (44 años), proclamó la victoria militar de la Fuerza Nacional de Defensa Etíope sobre la Fuerza Especial de la Región del Tigray, tras la conquista de la ciudad de Mekele, capital de la región del Tigray, territorio ubicado al extremo norte de Etiopía.

La victoria militar no asegura la paz en el Tigray, dado que ni el presidente depuesto de la región, Debretsion Gebremichael (61 años), ni la conducción política y militar del Frente de Liberación Popular del Tigray (FLPT), depusieron las armas.

Por el contrario, pasaron a la clandestinidad desde donde apuntan a desarrollar acciones de guerrilla contra las tropas del gobierno etíope y el Ejército de la vecina República de Eritrea que cruzó la frontera para combatir al FLPT y que controla parte del territorio.

El conflicto del Tigray no reconoce similitudes con la casi totalidad de los que acontecen en muchos países africanos. Ni históricas, ni políticas aunque sí étnicas.

A diferencia de sus vecinos eritreos que nunca formaron parte por decisión propia del Imperio Etíope y que llevaron a cabo una larga guerra de liberación que culminó con la independencia de Eritrea en 1993, los Tigray no reclaman –no hasta ahora- la independencia de su región.

En todo caso, el disenso del Frente Popular de Liberación del Tigray con el gobierno central debe buscarse en la cuota de poder que el Frente perdió como consecuencia de su salida de la coalición de gobierno del primer ministro Ahmed, tras el desacuerdo con la formación de la agrupación oficialista multiétnica Partido de la Prosperidad.

La cuestión de fondo pasa por la intención de Ahmed de “derribar” el federalismo étnico y reemplazarlo por organizaciones nacionales. De allí, la conversión del oficialista Frente Democrático Revolucionario en el oficialista Partido de la Prosperidad. De Frente a Partido. De la diversidad a la unidad. Algo que los Tigray no están dispuestos a aceptar.

El origen inmediato del reciente conflicto armado fue, precisamente, una “pulseada” entre el primer ministro Ahmed y el presidente de la región Tigray Gebremichael. El detonante fue la postergación de las elecciones nacionales con el argumento del COVID. El gobierno de Tigray no aceptó dicha postergación y convocó a elecciones regionales que ganó el FPLT.

La realización de las elecciones en el Tigray, en setiembre del 2020, fue un signo inequívoco de la rebelión frente al gobierno central que derivó en acciones armadas, ataques aéreos e ingreso de tropas eritreas.

De la desobediencia, el conflicto pasó al combate militar solo dos meses después, en noviembre 2020. Artillería pesada, Fuerza Aérea, bombardeos sobre ciudades dio a la contienda carácter de guerra civil. La intervención del Ejército eritreo, su internacionalización.

Hoy, las ciudades principales de la región están bajo dominio directo del ejército etíope mientras que las áreas rurales se dividen entre las que responden a las fuerzas del Tigray y las ocupadas por tropas eritreas que comenzaron su retirada, relevadas por contingentes etíopes.

La última palabra no está dicha en el conflicto del Tigray. Los rebeldes propusieron ocho condiciones para negociar que significan un retorno a fojas cero. Es decir, recuperación del gobierno regional, retirada de todas las tropas etíopes –también eritreas- y mediación internacional.

Se trata de condiciones de máxima. Sobre todo la demanda de una mediación internacional que, de ser aceptada, pone en igualdad de condiciones a ambos bandos. Algo deseable para el Frente Popular, pero inaceptable para el gobierno etíope.

Al momento, la preocupación principal pasa por la situación social en la zona. Organizaciones humanitarias temen una hambruna generalizada agravada por los obstáculos que el gobierno pone para la llegada de ayuda a la región rebelde.

Otro tanto ocurre con el periodismo. Nadie está autorizado para ingresar al área en conflicto. Recientemente tres corresponsales de etnia Tigray que trabajan para grandes medios internacionales fueron detenidos.

Para entender tales conductas reticentes del gobierno, una explicación es la posible verificación de crímenes de guerra tal como inquieta a las Naciones Unidas, denunciados por Michele Bachelet, la ex presidente chilena actual Alto Comisionado de la ONU para los derechos humanos.

Preventivamente, la Unión Europea, por su parte, suspendió la financiación para algunos programas en Etiopía por un valor de 90 millones de euros.

Una historia accidentada
La historia de la Etiopía moderna comienza en 1941 con la derrota a manos anglo-etíopes del Ejército del dictador italiano Benito Mussolini en la batalla de Gondar. Las tropas italianas habían invadido el país en 1935. El emperador Haile Selassie, que fue coronado en 1931, recobró entonces el gobierno.

En 1974, el emperador fue derrocado como consecuencia de las hambrunas en las provincias de Wolo y de Tigray, y de las derrotas del Ejército en sus enfrentamientos con los guerrilleros eritreos que combatían por la independencia de su región, asimilada al Imperio por los británicos desde la derrota italiana.

La caída de Haile Selassie fue obra de algunos cuadros militares de baja graduación y de grupos políticos de izquierda. Asumió el poder una junta militar, auto denominada Derg. Tres años después, el Derg pasó a ser controlado por el teniente coronel Mengitsu Haile Mariam, oficial marxista-leninista, quien instauró una dictadura pro soviética, conocida como el “terror rojo”.

Marian recibió apoyo de contingentes militares cubanos enviados por el dictador Fidel Castro para combatir las guerrillas independentistas eritreas y para repeler la invasión somalí del Ogadén, al este del país, en apoyo de los secesionistas de esa región.

La caída de la Unión Soviética determinó, por falta de financiamiento, el retiro de los militares cubanos. A su vez, en 1989, la oposición, también inicialmente marxista, logró formar el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, encabezado por el guerrillero Menes Zenawi, apoyado por los eritreos con armas y dinero.

En 1991, las guerrillas de Zenawi capturaron la capital Addis Abeba y pusieron fin al gobierno del Derg. A su vez, experimentaron un cambio de 180 grados tras acordar con el Fondo Monetario Internacional, adoptar una política de neto corte liberal en lo económico y recibir el apoyo de Estados Unidos.

Durante casi tres décadas, desde el derrocamiento del gobierno pro soviético en 1991, Etiopía fue gobernada por una coalición multiétnica.

Incluidos dentro de dicha coalición, los Tigray fueron determinantes y prácticamente dominaron el gobierno etíope, de la mano del propio Zenawi, él mismo un Tigray nacido en Adua. Consecuencia de ello, fue la adopción de un federalismo que dividió al país en regiones étnicas, aún en vigencia.

Menes Zenawi gobernó hasta su muerte ocurrida en 2012. Lo sucedió el ingeniero Hailemarian Desalegne, del grupo étnico Wolayta, mayoritario en una región del sur del país. En 2018, el poder pasó a manos Aby Ahmed, de etnia oromo.

En 2019, el primer ministro Abiy Ahmed fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su trabajo y dedicación para finalizar el conflicto con la vecina Eritrea, una guerra de liberación que duró dos años (1998-2000) pero que se prolongó como conflicto por dos décadas más.

Un año después fue, cuanto menos, paradójico ver como un Premio Nobel de la Paz desencadenaba acciones armadas en el Tigray cuyas consecuencias se calculan en más de un millar de muertos, 61 mil refugiados en la vecina Sudán y 2,5 millones de desplazados internos.

El mosaico étnico
El primer ministro es el primer miembro de la etnia Oromo en gobernar el país. No son pocos quienes lo acusan de reemplazar la influencia Tigray por la influencia Oromo. Su visión superadora de lo étnico se debe, posiblemente, a su carácter mestizo: Oromo por parte de padre, pero Amhara por parte de madre.

Ahmed pretende abandonar el “federalismo étnico” y reemplazarlo por un unitarismo que favorezca la creación de partidos multiétnicos. Difícil de lograr. Muy difícil. El conflicto del Tigray es muestra de ello.

Es que la población etíope, como ocurre en la mayoría de los países africanos no es homogénea, ni se le acerca. Por el contrario, es quizás el país con mayor diversidad de población autóctona. De allí, la recurrencia a un emperador –no son pocos quienes hoy añoran un retorno al régimen monárquico- que unifique en su figura esa diversidad étnica.

Etiopía contabiliza un total de más de 80 grupos étnicos, algunos de los cuales solo cuentan con una decena de miles de individuos. El federalismo étnico constitucional consta de diez regiones, denominadas “kililoch”.

Casi el 35 por ciento de los casi 100 millones de etíopes se reconocen como pertenecientes a la etnia Oromo, presentes en el centro sur del país, alrededor de la capital Addis Abeba. Hablan oromo, lengua cusita y se dividen por mitades entre musulmanes y cristianos, subdivididos a su vez en dos tercios de ortodoxos y un tercio de protestantes.

Los Amhara constituyen el segundo grupo por población con 27 millones de individuos. Ocupan parte del centro y del noroeste del país. Hablan el amhárico, lengua semítica y practican el cristianismo ortodoxo (81%) y el islam (18%).

El tercer grupo étnico por número de individuos es el somalí con casi 7 millones de individuos. Se dividen en clanes y se distribuyen por todo el Cuerno de África: Somalia, Etiopía, Yemen, Yibuti y Kenia. La totalidad se reconoce musulmana. Hablan somalí, lengua cusita.

Los Tigray conforman la cuarta etnia de Etiopía, por población, con 7 millones de miembros. Son cristianos ortodoxos de la Iglesia Copta etíope. Hablan la lengua tigrinya de origen semita. Según la tradición, descienden el rey Menelik, hijo de la Reina de Saba y del Rey Salomón de Israel.

Entre los Tigray de relevancia cabe mencionar a Ras Alula, quien venció a los italianos –durante la primera invasión- en la batalla de Adwa en 1871 y es considerado el más grande estratega militar africano; al doctor Tedros Adhanon Gebreyesus, actual director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y al fallecido ex primer ministro, Menes Zenawi.

Tras los cuatro grupos principales, cada uno de ellos con su correspondiente región federal, las seis divisiones restantes corresponden a las etnias Sidama, Afar, Benishangul-Gumuz, Gambela, Harari y la multiétnica Naciones del Sur.

La represa del desacuerdo
A río revuelto, ganancia de pescadores. El conflicto del Tigray despertó las ambiciones del vecino gobierno de Sudán, que envió su Ejército a recapturar el triángulo de Al Fasheda, una región, particularmente fértil, que se extiende a lo largo de la triple frontera entre los dos nombrados y Eritrea.

No se trata de una extensión considerable. Se trata solo de 250 kilómetros cuadrados. Pero, de un doble valor. Por un lado, su alta calificación agrícola. Por el otro, la reivindicación territorial nacional del nuevo gobierno sudanés que busca diferenciarse de aquel del derrocado dictador Omar al-Bashir quien nunca atendió el diferendo fronterizo.

En rigor, se trata de un clásico conflicto heredado del colonialismo europeo, en este caso británico. Es que los tratados de 1902 y 1907 entre el Reino Unido y el Imperio Etíope acordaron que el triángulo correspondía a Sudán, solo que desde hacía ya mucho tiempo los agricultores etíopes estaban instalados en la región.

Durante largo tiempo la solución provisoria de hecho funcionó. No se discutía ni la soberanía sudanesa, ni la presencia etíope. Mientras tanto, milicias amhara –etíopes- ocupaban el territorio. Con el conflicto del Tigray, Sudán aprovechó para recuperar militarmente el triángulo, no sin escaramuzas y pequeños combates.

La situación es de statu quo. La diplomacia de ambos países actúa. Pero el contencioso está presente.

Un contencioso que se suma a otro de mayor importancia con marcadas característica geopolíticas y con un potencial peligro de conflicto armado de envergadura. Se trata del desacuerdo que Sudán y Egipto, por un lado, y Etiopía por el otro, acerca de la represa sobre el Nilo Azul sobre territorio etíope.

La represa del Renacimiento, tal su nombre evocativo, representa para los etíopes la fuente de energía que posibilitará un desarrollo futuro. No es para menos, se trata de la mayor instalación hidroeléctrica de todo el continente africano.

Para Sudán, pero aún más para Egipto, países situados río abajo de la represa, la cuestión resulta de vida o muerte. El Nilo es la fuente, por excelencia, de provisión de agua potable y de riego desde la más remota antigüedad.

El conflicto no reside en la construcción de la represa, por otra parte ya terminada. Sino en el llenado del correspondiente embalse. Egipto y Sudán reclaman un acuerdo legal vinculante acerca del manejo del agua, mientras que Etiopía se muestra reticente.

Y es que el llenado tardará un mínimo de dos años pero con probabilidades de extenderse hasta cinco. Durante ese período, según los negociadores egipcios, no está claro que el caudal de agua, río abajo, no sufra una disminución significativa.

Etiopía se apresta, al menos hasta el conflicto del Tigray, a dar el gran salto para alcanzar un status de país de ingresos medios, algo que en los planes respectivos comienza con la citada represa.

Es que con la excepción del recesivo año 2003, la economía etíope no paró de crecer a tasas “chinas”. En los poco más de 20 años que lleva el siglo, el Producto Bruto Interno aumentó a un guarismo superior al 10 por ciento durante la mitad del tiempo y mayor del 7 por ciento en 18 años.

Continuar con semejante tasa de crecimiento solo es posible con un incremento de magnitud en la generación de energía. De allí, la importancia determinante de la represa del Renacimiento.

A su vez, y pese al fuerte incremento demográfico, el ingreso promedio de cada etíope pasó de 114 euros en 1999 a los actuales 740.

De su lado, la deuda del país que creció en los últimos años, se mantiene en niveles razonables en el orden del 57,6% del PBI anual. También el déficit fiscal, superior en solo medio punto al 2 por ciento del PBI recomendado internacionalmente.

En síntesis, Etiopía es un país cuyo gobierno persigue con dramatismo el objetivo del desarrollo económico que posibilite la unidad nacional del mosaico étnico de su población. Un desafío mayor cuyo riesgo es la disgregación a través de la secesión de sus regiones.
Nota Etiopía:
Territorio: 1.104.300 km2, puesto 26 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 102.176.000 habitantes, puesto 14.
Densidad: 96 habitantes por km2, puesto 117.
Producto Bruto Interno: 240.705 millones de dólares, puesto 62 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 2.360 dólares anuales, puesto 157.
Índice de Desarrollo Humano: 0.485, puesto 173. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
INT/BN/rp.

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