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Perdidas en el museo: las mujeres en la historia del arte

Por Eleonora Jaureguiberry

“The more the merrier (cuanto más mejor)”, sonreía Flavia Frigeri, curadora de The National Portrait Gallery de Londres, en un IG en vivo esta semana. Se refería a la proliferación de muestras, catálogos y espacios de reflexión que tratan de subsanar lo poco y mal que están representadas las mujeres artistas en los acervos de los museos y las colecciones privadas.

Reframing narratives: women in portraiture (Reencuadrando narrativas: mujeres en retratos) es un proyecto de investigación y exhibición que pretende ir más allá de repensar su colección. El “trabajo de detective” que la curadora y su equipo llevaron a cabo concluye que no sólo hay pocas mujeres artistas en su catálogo: además hay pocas mujeres retratadas. 17.000 retratos de mujeres, 54.000 retratos de hombres. Para Frigeri esto es grave, ya que “aunque coleccione arte, The National Portrait Gallery es un museo histórico en el cual cada retratado es un protagonista de la historia británica”.

Los números son elocuentes. Para enmendarlos el museo puso en marcha un plan de adquisiciones de obras de mujeres artistas con el objetivo de “completar lo que falta” y está comisionando retratos de mujeres vivas. Artistas, filósofas, exploradoras, políticas, científicas y damas de otros perfiles reclamarán su lugar bajo el sol (y en la pared) al lado de reyes, almirantes y dandis de toda especie. La muestra abrirá en 2023 y será digna de ver.

Nuestra escena no es ajena a esta tendencia internacional. El tema ronda museos y galerías; la muestra que inaugura el martes 23 el Museo Nacional de Bellas Artes, El canon accidental, con curaduría de Georgina Gluzman, es un intento de ir más allá de la indignación para bucear en las causas por las cuales las mujeres fueron relegadas en el mundo del arte.

Gluzman investigó durante años las colecciones de los museos argentinos. El guión se basa en su tesis doctoral y en investigaciones posteriores, pero es también el resultado de una exploración institucional del MNBA liderada por su directora artística, Mariana Marchesi. La muestra incluye obras del acervo del museo que no fueron exhibidas por más de 80 años, y otras en préstamo de museos del interior. La acompaña un extenso catálogo en producción que agrega información y densidad teórica.

Gluzman sostiene que las mujeres artistas produjeron obra importante de todos los géneros entre fines del siglo XIX y la mitad del siglo XX. No comparte la mirada del sentido común que indica que fueron pocas y excepcionales; sostiene en cambio que hubo muchas “trabajadoras del arte”, y que su trabajo se invisibilizó.

Su tesis es que el trabajo de esas mujeres no se profesionalizó, en algunos casos por venir de entornos privilegiados que no les requerían vender obra; en otros, por no dar con el perfil de hombre blanco que trabaja tiempo completo. Especialmente interesante es el análisis de la participación de mujeres en el primer Salón Nacional y de la cantidad de obra comprada entonces por MNBA, el espacio máximo de consagración.

La curadora Andrea Giunta es otra de las pioneras. En proyectos internacionales como Radical Women, curada junto a Cecilia Fajardo Hill en el Hammer Museum, o en muestras locales como Pensar todo de nuevo en la galería Rolf, Giunta pone en valor a artistas mujeres y su trabajo vanguardista y radical.

En la muestra recientemente inaugurada en el CCK, Cuando cambia el mundo. Preguntas sobre arte y feminismo, pretende ir un paso más allá argumentando que la pandemia, que transformó de manera extrema la vida que conocíamos, es mejor interpretada por la matriz crítica que propone el feminismo.

“El feminismo…borró fronteras etarias, raciales y sociales… pensó anticipadamente las domesticidades y sus peligros…. También reveló el sentido múltiple de la domesticidad. Se visibilizaron las economías de cuidado y se descalzaron roles…. (el feminismo) propone volver a pensar las formas en las que conocimos el mundo”, dice Giunta en el texto curatorial. Para probarlo eligió obras de Aline Motta, Sebastián Calfuqueo, Joiri Minaya y la artista vasca Esther Ferrer. Aunque fueron realizadas antes de la pandemia, valen “como expresión del pensamiento paralelo, desnormativizado y alterno”.

La videoinstalación de Aline Motta (Niterói, 1974), resuelta en tres capítulos proyectados alternativamente en seis pantallas, es una larga indagación sobre la identidad: la propia y la de millones de afrodescendientes en la diáspora americana.

La obra resume una investigación que la llevó durante años a revisar archivos y otras formas de la memoria, a viajar por su país y por Portugal indagando en el pasado de su madre negra y su padre blanco, y finalmente a África: “Blanca en Nigeria, negra en Brasil. Yo los reconozco, ellos no me reconocen. Yo me veo en ellos, ellos no se ven en mí”. En el medio, real y metafóricamente, el mar.

La obra de Jori Minaya (Santo Domingo, 1990) es un festival de estereotipos: el producto de la búsqueda en Google de las palabras “mujeres dominicanas”. La artista cuelga en medio de la sala distintas partes del cuerpo fragmentadas, objetivadas y sexualizadas.

En el mismo espacio una pantalla exhibe el video Siboney, que es el registro de una performance en donde la artista pinta en una pared un cliché de telas hawaianas como otro modo de condensar una identidad estereotipada. Luego de terminar la obra y contemplarla reclinada como una Venus, la borra con el cuerpo sin ninguna sutileza.

El plato fuerte de la muestra es sin dudas Autorretrato en el tiempo de Esther Ferrer (San Sebastián, 1937). Sin vanidad alguna la artista se retrata a sí misma a través del tiempo, registrando de manera minuciosa los estragos de la edad en su rostro. Cada retrato es un golpe a los estereotipos de juventud y belleza: una verdadera invitación a pensar todo de nuevo.

En el registro de la performance Íntimo y personal se desnuda y mide su cuerpo y los de otros. Los desnudos de mujeres mayores o de cuerpos que no encajan en el canon no son comunes; al verlos respirar dignidad, humanidad y poesía entendemos aquello del pensamiento desnormativizado y alterno.

Se me ocurre una palabra para describir este derrotero: necesario. Es importante revisar el canon, accidental o no, es importante comprender y remediar las razones por las cuales hay pocas mujeres retratadas, es importante pensar el arte y el discurso feminista como herramientas para expandir nuestra comprensión del mundo. Es importante pensar si existe un arte de mujeres, si hay una realidad que sólo puede comprenderse y sintetizarse a través de su mirada. Y para eso, como dice Flavia Frigeri, “no hay mejor momento que éste”.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/BN/CC/rp.

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