lunes 20 septiembre 2021

Francia: año electoral, definiciones islámicas y revisionismo histórico en la agenda oficial

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Por Luis Domenianni

La atención de la opinión pública francesa –como la de la mayor parte del mundo- se centra, en la actualidad, sobre el coronavirus. O mejor dicho, sobre la estrategia del gobierno del presidente Emmanuel Macron (43 años) para neutralizar el nuevo avance de la pandemia.

Nadie sabe muy bien cuál es exactamente la influencia que las decisiones de gobierno en materia sanitaria ejercen sobre el electorado. Es casi imposible determinar con certeza si un confinamiento estricto para frenar las nuevas olas de COVID es, o no, popular y, por tanto, si contribuye para ganar una elección, o lo contrario.

Otro tanto, ocurre con la política opuesta, aunque ya ningún gobierno la pone en práctica: aquella de ignorar la pandemia y continuar con la vida normal como si nada ocurriese.

No obstante, es posible catalogar a la política oficial de cada país como más o menos próxima a uno de los dos extremos.

Con el cambio de gobierno, Estados Unidos abandonó su proximidad con la laxitud sanitaria y pasó a militar la postura opuesta. Brasil, por el contrario, mantiene su actitud de libertad mientras que la africana Tanzania continúa su negativa a reconocer la existencia de la enfermedad en su territorio.

Aunque, como siempre, no son pocos quienes intentan otorgar a ambas posturas –y sus variaciones- categorías ideológicas, lo cierto es que las decisiones gubernamentales residen básicamente sobre una cuestión práctica, a saber: ¿es prioritaria la economía sobre la salud o viceversa?

Queda claro que la estrategia universal contra la continuidad de la pandemia radica en la vacunación. Nadie se opone a ella, ni siquiera Tanzania, en términos de gobierno. El escepticismo extremo es monopolio exclusivo de grupos más o menos politizados o religiosos que niegan desde la eficacia de las vacunas hasta la existencia de la propia enfermedad.

Llegado el caso de necesidad, resulta menos problemático tomar resoluciones drásticas cuando de países con regímenes autoritarios se trata. Lo contrario, para los gobiernos que cumplen con las prescripciones de la plena vigencia del estado de derecho. Francia como la casi totalidad de los gobiernos europeos, se encuentra comprendida en esta última categoría.

A la “dificultad” Institucional, los europeos agregan la necesidad de coordinar políticas en la lucha contra la pandemia. Cuestión sobre la que, al menos hasta ahora, la Unión Europea (UE) no muestra, precisamente, la eficiencia que logra Estados Unidos o, lo que es peor, el recientemente separado Reino Unido, en lo que a vacunación se refiere

Es bajo este marco que el presidente Macron postula su tercera vía que consiste en un poco de confinamiento y otro poco de libertad, a repartir según el momento por zonas, a considerar en otros momentos en todo el territorio, de acuerdo con la acumulación de casos y su distribución geográfica.

Francia no puede desatender su cuasi sacrosanta alianza con Alemania, como pilares de una Unión Europea de 27 integrantes unida en un todo, aunque la realidad relativice el dogma unitario. A nadie escapa que países, como Hungría y Eslovaquia compran y administran vacunas rusa y china, sin aprobación por parte de la UE.

Como problema sanitario, para el presidente Macron, la pandemia implica el desolador conteo de casi 97 mil muertos. Es decir 1.446 muertos por millón de habitantes que representa, para el país, ocupar el lugar 25 por mayor número de fallecidos entre los 177 que aportan datos a la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Problema sanitario que se acrecienta con una vacunación que, si bien se aceleró recientemente, avanza a un ritmo del 0,25 por ciento diario y totaliza, desde el 27 diciembre de 2020 a la fecha, un 13,7 por ciento de población inmunizada con primera dosis y un 4,6 por ciento con segunda. Lejos aún, muy lejos, de la “inmunidad de rebaño”.

El arrastre a la política
Como ocurre en otros países, el problema sanitario de la pandemia salta a la categoría de problema socio-económico y repercute en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Aunque las previsiones del Fondo Monetario (FMI) resulten optimistas respecto de una recuperación, no son pocos los sectores afectados que tardarán en alcanzar niveles pre pandemia.

Pero, en Francia, al igual que en los estados donde las próximas elecciones se llevarán a cabo durante los siguientes doce meses, el problema socio-económico amenaza con convertirse en un problema político.

La presidencial francesa, que otorgará o no un nuevo mandato al actual jefe del Estado, se llevará a cabo en abril del 2022, exactamente dentro de un año. Previamente, postergadas en marzo del 2021 a junio del mismo año, las elecciones regionales y departamentales, pueden servir como indicador, aunque no más que eso, del humor francés.

De los 17 consejos regionales franceses, la derecha cuenta con siete presidentes de sendas regiones; la izquierda, otro tanto; dos son regionalistas –Córcega y Martinica-; y uno centrista, Normandía.

De las 18 regiones administrativas, 13 corresponden a la Francia metropolitana y 5 a la denominada Francia de ultramar: Guayana, Martinica, Guadalupe, en América; Mayotte y Reunión, en África.

Curiosamente, ni el presidente Macron, ni su principal rival para la presidencial del 2023, la candidata proveniente del Rassemblement National –extrema derecha- Marine Le Pen (52 años) cuentan, a la fecha, con ningún gobierno regional propio en Francia. Ergo, no tienen mucho para perder. No arriesgan nada.

Sí, en cambio –y aquí la pandemia mete la cola- en la eventual distribución del electorado con miras a la presidencial de abril 2022.

A mayor cantidad de restricciones, mayor aprobación recibe el presidente Macron de las personas de mayor edad. Todo lo contrario entre los jóvenes, donde el reclamo suele ser de mayor libertad, en particular, en cuanto se refiere a vida nocturna, vacaciones y deportes. Cuando sube en una franja etaria, baja en la otra.

No deja de ser paradójico. Quienes reclaman mayor libertad se confiesan, mayoritariamente, futuros votantes de una extrema derecha que suele ser tildada de autoritaria. Por el contrario, quienes requieren mayor presencia del Estado, descansan sobre un presidente próximo del liberalismo.

Pero, la política francesa muestra otras vueltas importantes a la hora de votar, además de una pandemia omnipresente y, posiblemente, decisiva. Esas vueltas son las sucesivas batallas que el gobierno Macron encaró y encara a lo largo de sus ya casi cuatro años de administración.

La ley jubilatoria, la rebelión de los “gillets jaunes” –chalecos amarillos-, el consenso medio ambiental ciudadano, y el proyecto de ley contra el separatismo (islámico), fueron o son etapas de un gobierno que persigue cambios y lo logra solo a medias.

El último jalón es la Ley de Seguridad Global que provoca una serie de movilizaciones de entidades vinculadas a los derechos humanos. En particular, porque legisla sobre la utilización de drones para vigilancia y porque penaliza la publicación de fotos o videos de agentes del orden con el objeto de “atentar contra su integridad física o psicológica”.

Cierto es que Francia, o mejor dicho buena parte de los franceses, practican la movilización callejera como una forma de protesta, ver de lucha, habitual. Por una causa u otra, siempre hay franceses que se movilizan. A veces, como en este caso, por reivindicaciones, demandas o rechazos concretos. En otros, como el de los “gilets jaunes”, como una actuación anti sistema.

El Islam
Para el presidente Macron y su gobierno, la principal carta anti sistema dejaron de ser los “gilets jaunes” reemplazados por el “separatismo” islámico, tras el anuncio, al respecto, de octubre del 2020.

Definir al “separatismo” islámico no resulta sencillo. Sin duda, el terrorismo islámico en mucho tiene que ver como razón de ser de dicho separatismo. Pero, no es lo único.

El propio presidente Macron teorizó sobre la cuestión al referirse a la “desescolarización” de los niños, o al desarrollo de prácticas deportivas, culturales y comunitarias como pretexto para la enseñanza de principios contrarios a las leyes de la República.

La reacción musulmana no se hizo esperar y fue, en gran medida, positiva. El 18 de enero de 2021, el Consejo Francés para el Culto Musulmán (CFCM) hizo pública una “Carta de Principios para el Islam de Francia”, destinada a servir como base normativa para un futuro Consejo Nacional de Imanes (CNI).
L
a iniciativa de la “Carta” no fue propia del CFCM. Se debió a la presión del gobierno. Presión asumida, íntegramente, por los redactores. No obstante, algunos párrafos resultan contradictorios como el que diferencia, por omisión, a la “comunidad nacional” con “todos los musulmanes que habitan el territorio de la República”.

Un cálculo, no del todo preciso, establece que los musulmanes de Francia representan entre el 8 y el 9 por ciento de la población total del “hexagone”, apelativo geométrico para Francia metropolitana. Se trata de casi 6 millones de personas, atendidos por alrededor de 2 mil mezquitas.

A su vez, nueve son las entidades islámicas nucleadas en el CFCM. Cinco de ellas adhieren por completo a la “Carta”, pero otras cuatro no lo hicieron. De ellas, tres amenazan con separarse y crear una entidad diferenciada del Consejo Francés para el Culto Musulmán, si la Carta no es objeto de una revisión con participación islámica.

Se trata de la Confederación Islámica Milli Görus-France, del Comité de Coordinación de los Musulmanes Turcos de Francia y de Fe y Práctica. Hete aquí que las dos primeras están muy vinculadas con Turquía. Con la Turquía del presidente Recep Tayyip Erdogan, casi un enemigo jurado del presidente Macron.

Opuestos en el Mediterráneo Oriental donde Francia apoya a Grecia en su disputa de soberanía con Turquía y en Libia, donde ambas apoyan a fracciones rivales, los gobiernos de los dos países participan de una escalada, por ahora verbal, de enfrentamiento entre ambos.

Así, la cuestión del islam en Francia sirvió de excusa para que el autoritario presidente turco tratara de auto proclamarse abanderado de los musulmanes franceses. Fue particularmente duro respecto del “separatismo” y de la libertad, defendida por el presidente Macron, relativa a la publicación de caricaturas de Mahoma.

El presidente Erdogan llegó hasta llamar al boicot contra los productos de origen francés mientras “tolera” que hackers turcos lleven a cabo acciones de piratería informática contra instituciones francesas. Además de las acciones de la fiscalía turca contra el semanario “Charlie Hebdo” por publicar caricaturas del propio mandatario turco.

Claro que los conflictos franceses con el islam en distintas regiones del mundo no terminan allí. Se extienden por el África, el Mediterráneo y el Medio Oriente. De allí que, el también autoritario presidente de Egipto, Abdelfatah El-Sisi, haya sido recibido por el presidente francés con todos los honores posibles. Obvio, El-Sisi es musulmán y enemigo de Erdogan.

Conflictos por el mundo
El principal teatro de guerra que enfrentan las Fuerzas Armadas de Francia es la región del Sahel, particularmente las repúblicas africanas de Mali, Níger y Burkina Faso, donde grupos armados que prestan obediencia a las internacionales de la yihad –guerra santa- islámica, Estado Islámico y Al Qaeda, a su vez enfrentadas entre sí, combaten a los ejércitos de dichos países.

Allí, la casi totalidad del contingente -5.100 efectivos de la Operación Barkhane- es de nacionalidad francesa. El resto de la fuerza de la Operación constituye una presencia casi simbólica con 95 militares estonios, 90 británicos, 70 daneses y 60 checos. En materia de bajas, Francia contabiliza 55 muertos en combate.


Desde hace 8 años, el Sahel es una encrucijada para Francia. Se trata de una guerra muy difícil de ganar pues se mezclan consideraciones religiosas, independentistas, étnicas y económicas. Pero es una guerra que no se puede abandonar si de mantener el prestigio de Francia en África se trata.

Un prestigio que se encuentra en baja y que el presidente Macron intenta revertir mediante un revisionismo histórico sobre el rol colonial francés en ese continente.

La revisión de la guerra de Argelia (1954-1962) es una de esas tareas. Confiada al “pied-noir” –francés nacido en Argelia- y ex inspector general de la Educación, Benjamin Stora, su informe consiste en una especie de memoria sobre la colonización y la guerra con el objeto de favorecer la reconciliación entre argelinos y franceses.

Una reconciliación cuando menos complicada. En particular, por la denominada “guerra sucia” que desarrollaron ambos contendientes, con la desaparición, tortura, atentados y muerte no solo de combatientes, sino de civiles. Con el agravante para Francia de ser el bando que detentaba la legalidad y empleaba métodos ilegales.

Otro informe, esta vez redactado por el historiador Vincent Duclert, revisa la actuación francesa durante el genocidio de los Tutsi por parte de los extremistas Hutu, en Ruanda durante el año 1994.

Tras dos años de trabajo con documentos desclasificados por parte del propio presidente Macron, el informe Duclert concluye que si bien no hubo complicidad francesa directa en las matanzas, sí hubo un acercamiento constante con el extremista gobierno Hutu de Ruanda que alentaba la “limpieza” étnica.

El informe asevera que “el gobierno francés cerró los ojos” ante la preparación previa del genocidio. Y responsabiliza al ex presidente socialista François Mitterand por su visión sesgada del conflicto ruandés que pretendía justificar hasta último momento a los genocidas Hutu del gobierno frente al Frente Patriótico del actual presidente ruandés Paul Kagame.

Al respecto, pese a mostrarse como muy distante de todo lo francés, el presidente Kagame, una suerte de déspota ilustrado que gobierna con mano firme un país cuyo crecimiento y modernización sorprende, saludó la aparición del informe Duclert. Quizás un comienzo.

La guerra de Argelia significó la desaparición física de alrededor de 230 mil personas entre combatientes, soldados y civiles. El genocidio Tutsi en Ruanda representó la muerte de al menos 800 mil personas.

Imposible de olvidar. Muy difícil de superar.

Nota Francia:
Territorio: 675.417 km2, puesto 43 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 65.305.000 habitantes, puesto 22.
Densidad: 120 habitantes por km2, puesto 99.
Producto Bruto Interno: 3 billones 54.599 millones de dólares, puesto 10 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 45.473 dólares anuales, puesto 25.
Índice de Desarrollo Humano: 0.901, puesto 26. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
INT/BN/rp.


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