lunes 30 enero 2023

La búsqueda de un acuerdo con el FMI es el nudo coyuntural de la política argentina

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La renegociación de la deuda y la política exterior: danzando alocadamente en la boca del volcán

Por Juan Battaleme y Adolfo Rossi

Hans Morghentau en su obra seminal “Política entre las Naciones”, de mediados del Siglo XX, señala la necesaria separación que debe realizar un líder político de los asuntos de política exterior de aquellos de índole doméstica si desea ser considerado prudente y realista en relación a aquello que esta en juego y que defiende, esos lideres entran en la categoría de estrategas.

Más cercano en el tiempo y en la geografía, Carlos Escudé en su libro “Realismo Periférico” nos recuerda que un líder prudente de un país periférico no puede realizar políticas de poder sin poder, ya que de hacerlo las consecuencias, por lo general funestas, son sentidas por sus gobernados.  

Ambas reflexiones son claves por dos razones: la primera es la ponderación que hacen acerca de los costos que determinadas decisiones implican para la suerte del Estado como unidad política; mientras que la segunda es que en el plano internacional la resultante política de estar gobernados por las tensiones y contradicciones domésticas -minoritarias o mayoritarias- son sinónimo de fracaso.  La historia no suele ser grata con aquellos lideres que derivan su accionar de estar atrapado de los vaivenes internos.   

Prisioneros de las pasiones domésticas y con tiempos que se acortan, la renegociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional aparece como una encrucijada a los decisores de política Argentina, con la potencialidad de ser un nuevo y peligroso “momento Malvinas” de su política exterior.

La búsqueda de un acuerdo con el FMI es el nudo coyuntural de la política argentina como muestra las idas y vueltas entre oficialismo y oposición. Todas las partes involucradas son conscientes de las consecuencias de no alcanzar un acuerdo antes del mes de marzo del presente año. Sin embargo difieren en los costos que están dispuestos a asumir ya que asumen que los efectos negativos de no acordar serán sentidos con distinta intensidad en el corto plazo en la sociedad por lo tanto serán “manejables” en el mundo de la calle.

Sabemos que un acuerdo con el FMI supone ordenar variables macroeconómicas que generarán ajustes inmediatos, sin embargo, la discusión transcurre acerca de cuales son los costos que  soportaremos, quien debe ser quien los pague y no sobre que ajustes llevar a cabo. 

El discurso de “la palabra ajuste esta desterrada de la discusión con el FMI” se contrapone con una sociedad viene pagándolos desde 2011 tal como lo demuestra la degradación general del bienestar de la población. Un 45% de pobres que no pueden revertir en lo inmediato dicha situación un sueldo promedio que ronda los U$S 450 es un buen ejemplo de la degradación sufrida por todos en conjunto

En este contexto hay un costo simbólico que la administración Fernández no quiere pagar y que se encuentra directamente vinculado al 20% de su base electoral. El de tener que ceder a un organismo sindicado como el eje de todos los males y promotor del liberalismo. Pero la cuestiones no es solo acerca de como “salvar la cara”, lo cual podría ser negociable por ambas partes.

El problema esta en que para acordar se necesita un plan económico viable que suponga un acuerdo extendido entre oficialismo y oposición que no este sujeto a cambio. Situación que hasta el momento parece imposible de lograr.

En este sentido tres escenarios se configuran a partir de la información pública disponible, dado que la negociación tiene un componente de sana reserva que es difícil de conocer para un observador externo

.El primer escenario es el de llegar a un Acuerdo razonable para ambas partes. Esto supone que la prioridad es evitar los costos del incumplimiento, acomodar las variables de una economía cada vez más contradictoria y limitante durante el período restante de la actual administración. El ajuste de las cuentas públicas que comenzaría a dejar la casa ordenada y que debería ser continuado por quien sea el sucesor.

 Los apoyos se negociarían juntando la posición gubernamental con una agenda de DD.HH. liberales en detrimento de autocracias como Nicaragua y Venezuela sumando alguna frialdad con China. Lamentablemente este escenario es incompatible con la idea de “crecer para pagar”, el sesgo “autonomista” de la coalición gobernante, y abandonar aliados tradicionales de la coalición gobernante lo cual es difícil de digerir.

Si bien este escenario parece estar descartado de plano por el gobierno, todavía hay voces que claman por el mismo, y ven la reunión Blinken- Cafiero como una luz de esperanza, que se encoje con el paso de los días.

Un segundo escenario es el de presionar hasta imponer la voluntad del Frente de Todos. Este es el camino que estamos transitando y la apuesta fuerte del gobierno. Lo prioritario es utilizar el resultado del acuerdo para hacer pagar costos – como únicos culpables- a la oposición y en simultáneo obtener concesiones diversas (acuerdo a 20 años, menor tasa, etc.) que permitan fortalecer su posicionamiento doméstico de cara al 2023.

En este sentido la acción se orienta a ejercer presión tanto al FMI como a EEUU con diferentes argumentos. Ejemplo de ello es la reciente declaración del ministro de economía Guzmán por la cual “El FMI perdería legitimidad si empuja a la Argentina a la inestabilidad”. Este escenario, óptimo para el gobierno, tiene un problema, quienes lideran la negociación entre ellos David Lipton no lo considera viable, ya que como antecedente sería muy malo para la organización y quienes están involucrados en la misma.  

El tercero supone seguir haciendo lo mismo con la negociación durante la pandemia: “seguir tirando”. Esto supone alcanzar algún respiro que permita llegar al 2023 y después veremos. La lógica es evitar el incumplimiento haciendo algún pago mínimo que quede plasmado un acuerdo limitado que no implique mayores reformas estructurales, preservando una política de buena relación con las autocracias amigas de la región, cerrados en materia de comercio con el mundo, cepos que restrinjan los movimientos de bienes y personas y una pobreza estable del 50%. La idea de “queremos acordar” pero todo el mundo sabe que no podemos pagar abona este escenario.

Esto tampoco parece viable a los ojos del FMI, por que supone aceptar la ausencia de plan.

La mirada del gobierno se nutre de dos expectativas que permite jugar con aquello que se conoce como la “política del borde del abismo” (brinkmanship).

La primera es que el ala política de EE.UU. representada por el Departamento de Estado se impondrá considerando la sombra regional de China y Rusia, y que no dejará que se sume otro país al desorden económico regional, quedando vulnerable a las políticas de captura económica de China. De ahí que se cree que el apoyo norteamericano a un acuerdo laxo, llegará en algún momento. 

la segunda expectativa es que China actuará como reaseguro ya que le conviene posicionarse como un líder “compasivo” de los países del tercer mundo en su búsqueda de legitimadores y aliados internacionales. Esto explica el viaje presidencial a Beijing, apoyo económico contra alineamiento político y concesiones de interés para China .Esta apuesta a la coyuntura internacional tiene sus riesgos.

Primero, el problema de la deuda de Argentina es único en tanto específico y repetido en secuencia. No podemos ajustarnos a un plan de ordenamiento de cuentas fiscales de largo plazo por las limitantes internas. El FMI lo sabe perfectamente y por lo tanto pide reaseguros de todo tipo. 

Segundo, China es un accionista del sistema financiero internacional siendo la arquitectura  de esta organización funcional a sus intereses,  por lo tanto le interesan reglas de juego claras. De todas las peleas que tiene con Occidente, permítasenos dudar sobre la voluntad de pelea de ese país por un actor díscolo como Argentina, que justamente cuestiona reglas que a Beijing le interesa mantener.

 A ello se suma una administración Xi Jimping más prudente en el otorgamiento de préstamos contra infraestructura -como se observa en el continente africano- por la volatilidad política y el existente escrutinio internacional sobre las claúsulas de los acuerdos haciendo que esta opción sea menos atractiva para Beijing.

Por su parte EE.UU. tiene dos crisis en curso: una con Rusia y otra con China más complejas y sensibles para su futuro que una crisis económica en Argentina. A ello se suma una administración que además debe lidiar con las consecuencias de un partido Republicano donde Trump ejerce una influencia importante, una pandemia que no termina y una controversial ley de infraestructura.

Si nos guiamos por la historia, el país puede ser victima nuevamente del “déficit de atención” que aquejo a la administración Bush en el 2001 con las consecuencias funestas que ello tuvo. Buenos deseos muchos, acciones concretas posiblemente pocas.  

Si bien no puede descartarse de plano el éxito de alguna de estas expectativas, existen evidencias que -al igual de lo que le pasó a Galtieri, si se nos permite el paralelismo-, el optimismo exagerado sobre lo que se puede lograr es una mala guía para moverse cuando nos encontramos al borde del precipicio.

De no cerrar el acuerdo, queda la opción movilizar a la gente a la plaza, algún cronista amigo señalará que “hacia mucho tiempo que no veíamos a los argentinos unidos de esta manera: todos con un objetivo común, la defensa de nuestra soberanía”, con las alegres estrofas acerca de que el pueblo unido jamás será vencido, mientras se escucha al liderazgo nacional señalar que se ha “interpretado el sentimiento del pueblo Argentino”.

Entrampados en las contradicciones internas y sin una clara lectura del escenario internacional el futuro de quienes habitamos el suelo argentino aparece cada vez más incierto con consecuencias difíciles de prever para la propia institucionalidad del sistema político.

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