viernes 9 diciembre 2022

Níger: una democracia que resiste frene al yihadismo, el narcotráfico y el subdesarrollo

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Por Luis Domenianni

La incalificable invasión rusa sobre Ucrania y la heroica resistencia ucraniana resultan motivo más que suficiente para que los medios de comunicación del mundo prioricen crónicas y editoriales sobre el tema por sobre cualquier otro acontecimiento de la política internacional.

La demostrada excelencia comunicativa del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, la evacuación de civiles -particularmente, mujeres y niños-, la afluencia de combatientes extranjeros para pelear junto a las tropas ucranianas, los problemas energéticos, las sanciones a Rusia y el suministro de armas fundamentan dicha primacía informativa.

Pero, la agresión rusa sobre Ucrania no es el único conflicto armado que azota distintas regiones del mundo. Si bien el concepto de “guerras olvidadas” existe desde hace largo rato, en la actualidad incluye asuntos bélicos que hasta no hace mucho fueron titulares de primera plana en los principales medios del mundo.

Hoy, poco se habla de la guerra civil en Siria, de las operaciones de Estado Islámico en Irak, de la sempiterna tensión fronteriza entre la India y Pakistán, de la resistencia kurda en Turquía, de las operaciones del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de la disidencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en Colombia y Venezuela.

Lo poco que trasciende informativamente, descontada la guerra en Ucrania, proviene del África, un continente particularmente rico en materias primas y siempre convulsionado, al menos en varias de sus regiones.

Así, las matanzas a cargo de grupos terroristas ruandeses y ugandeses en la República Democrática del Congo, la guerra civil en Etiopía, en Sudán del Sur y en la Republica Centroafricana, los ataques yihadistas en Somalia, las operaciones criminales de Boko Haram en Nigeria o el conflicto en el ex Sahara español, apenas si reciben atención alguna.

No obstante, cierta, aunque limitada visión, le es prestada al conflicto que azota a cuatro países del denominado Sahel, la franja meridional que bordea el desierto del Sahara. Y es que allí operan -y se combaten- las versiones regionales del terrorismo islámico universal. A saber: Al Qaeda y Estado Islámico.

No es una guerra de alta intensidad. Tampoco lo es de baja. Los ataques yihadistas se suceden y las muertes no son pocas. También aquí miles de personas fueron obligatoriamente desplazadas para escapar de los combates que, además, incluyen un componente étnico nada desdeñable.

La franja subsahariana que corresponde la denominación Sahel -borde en lengua árabe- es una extensión que varía entre algunos cientos hasta mil kilómetros de ancho por un largo que va desde el Océano Atlántico hasta el Mar Rojo que totaliza 5.400 kilómetros de extensión.

La superficie de una decena de países es atravesada parcialmente por el Sahel. De oeste a este: sur de Mauritania, norte de Senegal, centro de Mali, norte de Burkina Faso, sur de Níger, norte de Nigeria, centro de Chad y de Sudán, la mayor parte de Eritrea y el norte de Etiopía.

No obstante, cuando se habla de la beligerancia en el Sahel, se entiende por tal los ataques y los combates que son librados en Burkina Faso, Mali, Níger y Chad. Los tres primeros formaron parte del África Occidental Francesa, el cuarto -Chad- del África Ecuatorial Francesa. Más allá de las divisiones administrativas, todos fueron objeto del colonialismo francés.

De allí que la influencia gala resulte de particular importancia. Al punto que el idioma francés es el oficial, aunque acompañado de lenguas locales o del árabe en todos ellos.

La guerra

Todo comenzó con la guerra civil en Libia que puso fin a la dictadura de Muamar el Gadafi, pero dividió el país en clanes que se combatieron entre sí -y aún se combaten- para apropiarse de las riquezas petroleras del país.

La guerra civil liberó armas y combatientes. En lo que respecta a combatientes quedaron como mano de obra desocupada tras la muerte del dictador. Mercenarios, la gran mayoría de ellos provenían de los países del Sahel, particularmente Mali y Níger a donde retornaron tras los enfrentamientos.

Pero no retornaron como vencidos sino como combatientes armados tras el saqueo de los cuantiosos y bien dotados arsenales del autócrata libio. En Mali y en Níger -no confundir con Nigeria-, algunos de ellos integraron la rebelión independentista tuareg del norte de Mali. Otros engrosaron las filas del terrorismo islámico. Los demás se dedicaron al bandidaje.

Hoy los cuatro países del Sahel donde se libran combates presentan un panorama diferente: golpes militares en Mali y Burkina Faso. Régimen autoritario fuerte en Chad que, dicho sea de paso, cuenta con el mejor Ejército de la región. Y democracia excepcional en Níger.

El todo sazonado por la presencia de tropas francesas de la Operación Barkhane en la región. Punto determinante para la lucha antiterrorista fue la decisión de Barkhane de abandonar territorio de Mali ante la hostilidad manifiesta de los militares en el poder y la inmediata apertura a la presencia en el país de mercenarios rusos del Grupo Wagner.

A la fecha, Barkhane y su similar europea Takuba cambian Mali por Níger. Para el gobierno nigerino del presidente Mohamed Bazoum, la presencia francesa es una garantía en la lucha contra el yihadismo que en Níger muestra tres vertientes: por un lado, Al Qaeda; por otro, Estado Islámico; en tercer lugar, los terroristas de Boko Haram de la vecina Nigeria.

 Una situación comprometida que lo es aún más, si contabilizamos a Boko Haram como dos grupos enemigos que se disputan la primacía entre sí. En contrapartida, no existe una rebelión tuareg, ni un reclamo de independencia como en la vecina Mali. La hubo, sí, en 1994 pero se debió a razones socioeconómicas, más que políticas.

No obstante, los incidentes están a la orden del día. El reciente paso de una columna de Barkhane que partida de Abijan, Costa de Marfil, atravesó la región occidental de Níger para alcanzar Gao en Mali, fue objeto de una manifestación violenta de repudio en Tera, Níger. La respuesta no se hizo esperar y tres manifestantes cayeron muertos.

Ante los hechos, el nuevo presidente Mohamed Barzoum actuó con prudencia. Reclamó una investigación a los franceses para que determinen su responsabilidad, cesó su ministro del Interior y separó al general que comandaba de la Gendarmería nigerina que debió garantizar el paso, en paz, del convoy militar francés.

Fue un hecho aislado, pero no espontáneo. Es parecido, en demasía, a las movilizaciones opositoras que, en el vecino Mali, desembocaron en un doble golpe de Estado y en la aparición de los mercenarios rusos. En todo caso, la investigación que ordenó el presidente pretende establecer responsabilidades dentro del propio aparato del Estado de Níger.

Es que más allá del incidente, no es aventurado llegar a la conclusión que existe un expansionismo ruso en el continente africano. Un expansionismo que alienta los golpismos y la inestabilidad. Que es político, más allá que económico. Y que, por ende, parece dispuesto a cualquier iniciativa que liquide los débiles intentos democratizadores en el África.

La democracia

El 31 de marzo de 2021, dos días antes de la jura del presidente electo Mohamed Barzoum, las autoridades salientes afirmaron que desarmaron una tentativa de golpe de Estado.

¿Qué pasó? Esa noche del 30 al 31 de marzo, los habitantes de las viviendas cercanas al palacio presidencial de Niamey -capital del Níger- despertaron sobresaltados ante el ruido de nutridos disparos de armas automáticas y detonaciones de armas pesadas, durante media hora, continuados por el ulular de las sirenas de ambulancias.

Al otro día, gran silencio. Nadie, en Plateau -el barrio del palacio presidencial- vio nada. Solo el despliegue, no aparatoso, de algunos militares. Debieron transcurrir doce horas para conocer un comunicado de la presidencia con loas a los “defensores”, con amenazas sobre los golpistas, pero con ningún dato concreto sobre el tiroteo, sobre los arrestados o los fugados.

La historia independiente de Níger muestra una continuidad de golpes de Estado militar. Al punto que los uniformados detentaron el poder durante más tiempo que los civiles elegidos constitucionalmente.

Pero, en 2011, el país encontró una senda institucional con la elección de Mahamadu Issoufou reelecto cinco años después. Issoufou fue sucedido en 2021 por su pupilo Mohamed Barzoum quien obtuvo el 39,3 por ciento de las preferencias electorales en primera vuelta y alcanzó el 55,7 por ciento en segunda instancia.

Lo trascendente de dicho cambio de gobierno fue que se trató del primer relevo presidencial en la historia del país sin golpe de Estado. Pasaron seis décadas desde la independencia, para que la República del Níger verificase un traspaso del poder dentro de las normas constitucionales.

El presidente Barzoum es un hombre con experiencia en la administración del Estado. Cuatro veces diputado, fue secretario de Estado de Relaciones Exteriores a cargo de la cooperación internacional; ministro de Relaciones Exteriores; ministro de Estado de la Presidencia y ministro del Interior.

Amigo de Francia, la ex potencia colonial, Barzoum es miembro de una etnia ultra minoritaria -los Oulad Souleymane- cuyos miembros son, mayoritariamente, ciudadanos de la vecina Libia. No contó, ni cuenta, por ende, con un feudo electoral propio como ocurre repetidamente en el África postcolonial.

En todo caso, se trata de un signo de madurez de la democracia en Níger, aunque no fueron pocos los miembros de la oposición que “alertaron” sobre la posibilidad de elegir un presidente “libio” y “blanco” dado el color de piel relativamente claro del ahora presidente.

Posiblemente, la tentativa de golpe de Estado llevada a cabo a 48 horas del traspaso del poder mucho tenga que ver con estas “acusaciones” opositoras. Una oposición que clamó contra un fraude electoral que los observadores internacionales desmienten.

Para Barzoum, el combate contra el yihadismo es la cuestión central de su gobierno, aunque reconoce que todo será muy difícil mientras el gobierno del vecino Mali no ejerza la plenitud de su soberanía sobre las regiones donde operan los terroristas islámicos.

Las definiciones del nuevo presidente, poseedor de un título en filosofía política y moral de la Universidad de Dakar, Senegal, causaron malestar en Mali. Tras al doble golpe de Estado en ese país, los militares en el poder ven la mano de Francia.

El narcotráfico

El año 2022 comenzó, en Níger, con una información trascendente que va más allá de las fronteras del propio país: el decomiso de 214 kilogramos de cocaína en el norte del país, en el oasis de Fachi, en pleno desierto del Ténéré a más de 1.600 kilómetros de Niamey y de 450 kilómetros de Agadez, la gran ciudad del norte, declarada patrimonio de la humanidad.

Al momento del decomiso, la droga era transportada en un vehículo de la Municipalidad de Fachi, a cuyo bordo viajaban el alcalde de esa localidad y su chofer, quienes se dirigían hacia Dirkou para alcanzar la frontera libia. Droga, alcalde y chofer fueron presentados a la prensa en Niamey.

Importante, representa a valor de mercado de 18 millones de euros, el presente decomiso de cocaína es el mayor en la historia del Níger y confirma una vez más, la ruta transahariana de la droga sudamericana en su camino a Europa.

La región de la frontera libio-nigerina se convirtió en una región frecuentada por narcotraficantes, vendedores de armas, pasadores de inmigración ilegal y grupos yihadistas. Precisamente, en Dirkou, hacia donde se dirigía el cargamento incautado, una base militar norteamericana vigila, mediante drones, los movimientos en la zona.

Las drogas en general y la cocaína sudamericana en particular en el África del Golfo de Guinea, en el Sahel, el Sahara y las costas africanas del Mediterráneo -tal el itinerario a atravesar para alcanzar Europa- modificaron por completo el esquema original de zonas de paso que los narcotraficantes, particularmente colombianos y bolivianos, asignaron al territorio.

Es que, con la cuasi saturación del mercado norteamericano y europeo, los narcotraficantes buscan una diversificación que aún a riesgo de perder rentabilidad, favorece el crecimiento del “negocio”. Así el África, desde el Golfo de Guinea hacia el norte, se transformó paulatinamente en los últimos diez años en una región de consumo.

Para ello, los carteles sudamericanos utilizan, como siempre, la corrupción gubernamental que abarca desde las altas jerarquías estatales hasta el simple aduanero cuyo salario en los países africanos no supera los 150 dólares mensuales.

La detención por la DEA norteamericana -Drug Enforcement Administration- del jefe de la marina de Guinea-Bissau, el almirante Bubo Na Tchuto, es prueba de ello.

De su lado, la irrupción de las bandas de delincuencia organizada nigerianas, particularmente eficaces, concentra no solo la cocaína proveniente de Sudamérica, sino también la heroína que llega desde el Líbano y Afganistán, y la producción de anfetaminas sintéticas en la región.

El cuadro se completa con el financiamiento del yihadismo islámico en Burkina Faso, Mali y Níger que cumple el rol de transportista hacia Marruecos, Argelia y particularmente hacia el caos libio.

A la fecha, y ante el citado panorama, la vigencia de la democracia en el Níger puede ser considerada como una rareza específica de un país que no encaja en la media generalizada de la región a la que pertenece.

País con diversidad étnica, Níger no presenta tendencias separatistas. La mayoría de la población pertenece al pueblo hausa (55 por ciento); seguido por los harmas con el 22 por ciento y los tuaregs con el 11 por ciento.

Con reservas de petróleo y de carbón, Níger exporta uranio proveniente de las minas de Arlit y cuenta con la segunda reserva de uranio del mundo -el yacimiento de Imouraren- cuya explotación a pleno lo dejará como el segundo mayor productor mundial por detrás del Canadá.

INT/ag.luisdomenianni.vfn/rp.

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