sábado 25 junio 2022

Cuaderno de opiniones. “Un engendro contrario a la lógica”

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Por Dr. Vicente Massot

Los Fernández —Cristina y Alberto, claro— conforman la versión política de los Pimpinela. Sólo que estos últimos eran cantantes que deleitaban a su público con peleas de ficción. Aquéllos, en cambio, son dos irresponsables que tienen en sus manos el timón del gobierno nacional. Los hermanos simulaban sus diferencias y, en definitiva, todo no pasaba de ser una actuación. Los integrantes de la fórmula ganadora en las elecciones de noviembre del año 2019 obran como enemigos —de momento, irreconciliables— y generan un grado de incertidumbre que frena cualquier posibilidad de salir del pantano en el que se hallan metidos. Los Pimpinela jugaban a odiarse. Los Fernández se detestan sin disimulos. A esta altura de la disputa sería ingenuo pensar que no se dan cuenta de lo que hacen.

El presidente desearía llegar a un acuerdo, pero no al precio de una rendición incondicional, que es la exigencia de la Señora. Esta, lo que quiere es transformar al Ejecutivo en un poder colegiado y prescindir, cuanto antes, de los ministros Martín Guzmán y Matías Kulfas. Mientras ella no pierde oportunidad de poner cuantos palos en la rueda puede al que se sienta en el sillón de Rivadavia, éste resiste con cierto estoicismo sus desplantes, maltratos e insultos, haciéndose el desentendido. Mira para otro lado y en ello imita a otro servil proverbial: Daniel Scioli.

El dato excluyente de la política criolla es, pues, el antedicho. Con las siguientes particularidades: resulta inédito y carece de solución. Nunca, que se recuerde, sucedió algo tan siquiera semejante en el país de los argentinos. Por un lado, que el presidente le deba el cargo a la vicepresidente —una anomalía inaudita— y, por el otro, que entre ellos haya estallado una guerra —de alta o de baja intensidad, según las circunstancias— que se prolonga en el tiempo sin solución de continuidad. Alejandro Gómez fue eyectado del gobierno desarrollista antes de que se acomodase en su despacho. Héctor Cámpora pagó caro la osadía de abrirle las puertas del poder a la Tendencia revolucionaria, sin solicitar el permiso de Juan Domingo Perón. Su interinato apenas duró cuatro meses. Eduardo Duhalde ventiló sus diferencias con Carlos Menem de manera abierta una vez que fue electo como gobernador de la provincia de Buenos Aires. Pero, como vicepresidente, no generó ningún cortocircuito con el riojano.

 Ahora la situación es absolutamente diferente. Nada tiene en común con los desencuentros que conocimos. Sobre todo porque —más allá de la asimetría en la relación de fuerzas, favorable a la viuda de Kirchner— el conflicto parece destinado a cristalizarse sin que haya un ganador neto. La pulseada se encuentra empatada y nada hace prever que vaya a decantar en favor de uno de los contendientes.

Alberto Fernández cuenta con una ventaja que no sería conveniente desestimar: el poder formal —legal— es suyo, y por certeros que resulten los argumentos enarbolados por la jefe del Frente de Todos respecto de la legitimidad de origen y la de ejercicio —distinción que se remonta a la escolástica medieval— no alcanzan para lograr que el titular del Ejecutivo se rinda con armas y bagajes.

Con mayor intención de voto y musculatura que el presidente, la Señora carece, sin embargo, del espacio para ensayar una maniobra destinada a ponerlo de rodillas al hombre que ella escogió para encabezar la fórmula ganadora en los comicios substanciados dos años atrás. La frase desafiante de Andrés Larroque, enderezada a expensas de la Casa Rosada —“el gobierno es nuestro”, dijo— arrastra un inconveniente no menor: es falsa. Si reflejase la realidad no necesitaría el Cuervo vocearla a los cuatro vientos. Sencillamente le pondrían un plazo al jefe del Estado para aceptar sus condiciones y, en caso de que no cumpliese, procederían a llevárselo por delante.

Pero eso es lo que —precisamente— no están en condiciones de hacer. Por mucha que resulte la fuerza de los Kirchner y de La Cámpora, ella sólo les alcanza para convertir a la administración albertista en un infierno. La tarea de zapa que realizan a cara descubierta, sin disimulos ni contemplaciones, se desarrolla en todos los ámbitos imaginables.

Ello  explica el por qué la bancada oficialista en la cámara alta presenta un proyecto de ley previsional sin ponerlo antes en conocimiento del equipo económico; por qué Máximo Kirchner solicita que se adelanten sueldos públicos que debieran abonarse el año próximo y por qué su madre avala paritarias que cierran con aumentos por encima de 60 %, torpedeando así los esfuerzos del ministro Guzmán. Curiosamente, una de las principales exigencias de Cristina Fernández se ha hecho realidad, sólo que no como ella lo hubiera deseado.

Hoy, en la Argentina, el mando es un atributo colegiado. La Señora sueña con una suerte de mesa redonda permanente en la cual interactuasen, como pares —es decir, en calidad de iguales— ella, el presidente de la República, su hijo y Sergio Massa. Si bien es algo que el devaluado Alberto Fernández no podría aceptar en términos legales, fácticamente transparenta la realidad de las cosas. El poder circula entre ellos como un trompo que nunca se queda quieto.

Está, a veces, en Balcarce 50; y otras, en la presidencia del Senado, o en los dos lugares al mismo tiempo, o en ninguno. Inconcebible en teoría, aunque cierto en la práctica. ¿Puede durar semejante engendro que —huelga decirlo— contradice el más elemental sentido común? Es la pregunta que se hacen, indistintamente, en nuestro país y en el ex– tranjero, funcionarios, banqueros, periodistas, políticos, gobernantes, financistas y analistas de las más diversas tendencias y de importancia desigual.

El común denominador de todo ese conjunto es el asombro que suscita la situación argentina en las filas de la burocracia del FMI como en las autoridades brasileñas, en la City porteña, en el grueso del empresariado, en los cuarteles del arco opositor al kirchnerismo, como también en la gran mayoría de las capillas peronistas. A nadie se le escapa que el contexto resulta potencialmente explosivo.

 Con la particularidad de que ninguno de los actores y espectadores de tamaño drama está en condiciones de revertir la situación en la que nos encontramos. Los escenarios que se abren se reducen básicamente a: 1) que haya una rendición pactada de Alberto Fernández, sin que renuncie formalmente al cargo que ocupa, y se haga cargo del manejo de la administración el camporismo; 2) que los contendientes dentro del seno del oficialismo no se den respiro y continúen la disputa que los enfrenta hasta el año que viene, con un final incierto respecto a la unidad o rompimiento del Frente de Todos de cara a las elecciones,  ó 3) que, de resultas del enfrentamiento del presidente y de la vice, la economía termine por estallar, generándose en paralelo una crisis de carácter institucional que nadie sabe dónde terminaría.

Corresponde analizar, siquiera sea a vuelo de pájaro, los escenarios planteados más arriba. Los tres son posibles pero no resultan igualmente probables. El primero parece de difícil concreción. Alberto Fernández es consciente de que el camporismo no tiene espacio para desalojarlo de la Casa Rosada así como así. Y si bien el presidente reúne las mismas características que Héctor Cámpora y Daniel Scioli, respecto de su afán de satisfacer los deseos del poderoso de turno, de todas formas no tiene interés en renunciar y salir de Balcarce 50 por la puerta del servicio. El segundo es una realidad cuya vigencia dependerá del tercero. Porque la posibilidad de que el empate siga su curso dependerá más del INDEC —o de la sensibilidad visceral de los bolsillos de los argentinos— que de la voluntad del presidente y de la vice. La inflación es un factor independiente, a cuya deriva está asociada la suerte del gobierno.

P/ag.gentilezaMassot/Monteverde & Asoc/rp.

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