martes 7 febrero 2023

Burkina Faso: golpe y re-golpe con influencias rusas en el país de los hombres libres

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Por  Luis Domenianni

Si los golpes de Estado han retornado a la escena internacional, si bien acotados al África y al Asia, en algunos países se tornan en infortunada costumbre. Jamás un golpe de Estado contra la legalidad constitucional suele ser beneficioso, pero cuando suman dos sucesivos superan con creces lo imaginable, más aún si ello ocurre en un lapso menor a doce meses.

En Mali, aconteció en agosto del 2020 y repitió en abril del 2021. O sea, militares golpistas que echaron a un gobierno constitucional fueron a su vez desalojados por otros militares golpistas en poco más de ocho meses.

Si Mali constituía un raro caso de sucesión golpista, la asonada cuartelera parece convertirse en pésima costumbre a juzgar por el golpe que desalojó al golpe, en idéntica conducta en el vecino de Mali, la República de Burkina Faso.

Los apelativos “Burkina Faso” significan hombres libres en lengua mossi para “Burkina” y patria “Faso” en idioma diula. Es decir, el “país de los hombres libres”. Claro, siempre y cuando, a los militares les parezca.

En Burkina Faso, los dos golpes militares ocurrieron durante el 2022, el primero en enero y el segundo en octubre. Casi como una copia del tristemente “señero” Mali poco más de ocho meses transcurrieron entre uno y otro cuartelazo.

¿A qué se debe la inestabilidad en estas ex colonias del África Occidental francesa? Antes que nada, conviene indicar que un tercer mosquetero golpista campea también en la vecina Guinea, aunque aquí modestamente el golpe de estado no se repitió.

La inestabilidad se debe a muchos factores tales como fronteras artificiales heredadas de la colonización que engloban etnias diferentes que hablan, a su vez, idiomas distintos; a un subdesarrollo económico; a una corrupción endémica y a una falta de tradición democrática.

Todos estos factores son aprovechados por grupos terroristas que en nombre de la yihad -guerra santa- islámica aterrorizan poblaciones, roban su ganado, contrabandean droga y secuestran personas para pedir rescate.

No se trata de bandas marginales de bandidaje. Se trata de grupos armados que reciben asistencia y armamento de las dos mayores centrales terroristas islámicas multinacionales: Al Qaeda y Estado Islámico.

Así, por ejemplo, la ciudad de Djibo, capital de la provincia de Soum, se encuentra completamente cercada. Los terroristas-yihadistas pretenden su rendición por hambre. A tal punto que no vacilan en atacar e incendiar los camiones que intentan proveer de alimentos a los habitantes de la ciudad.

Frente a ellos, el Ejército aparece como cuasi impotente e incapaz de operatividad. Buena parte del territorio escapa al control gubernamental. Frente a la ineficiencia militar, los grupos terroristas sofistican su capacidad. La aparición de artillería es una prueba de ello.

Como en casi toda la región del Sahel, en particular Mali, Burkina Faso y Níger, el origen de la presencia de estos grupos terroristas debe buscarse en la guerra civil de Libia que terminó con la dictadura de Muamar el Gadafi en el 2011.

El enorme arsenal de armamento que había reunido el dictador libio fue pillado por las distintas milicias beligerantes que combatieron en dicha guerra civil. De allí, el origen de tanto arsenal. Muchos de aquellos combatientes fueron mercenarios “sahelianos” contratados por Gadafi para su propia defensa.

Precisamente, son aquellos sahelianos quienes dieron origen a las bandas que operan hoy en la región y que disfrazan su bandidaje de “lucha por el islam” para la “creación de un califato universal”.

Golpe uno

El 25 de enero del 2022, las impotentes -para combatir el terrorismo yihadista- Fuerzas Armadas de Burkina Faso dieron un golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional del presidente Marc Roch Christian Kaboré.

Desde comienzos del año, los rumores sobre un posible golpe de Estado prevalecieron entre los actores políticos y económicos del país. En rigor, el descontento de parte de la sociedad quedó en evidencia tras las manifestaciones de noviembre de 2021 que reclamaban una actitud distinta frente a las bandas terroristas.

En buena medida orquestadas, aunque respaldadas en la desastrosa realidad, la presencia en las calles arrancó con el cerco humano tendido contra un convoy militar francés que proveniente de la vecina Costa de Marfil intentaba alcanzar el también vecino Níger.

Aquella puesta en escena derivó en el reclamo de renuncia al presidente Kaboré, sindicado como responsable de la incapacidad militar para hacer frente al terrorismo. En un primer momento, no fue el presidente Kaboré quién renunció sino su primer ministro Christophe Joseph-Marie Dabiré.

El cambio de “fusible” no alcanzó. El ataque yihadista contra un puesto de gendarmería en Inata -extremo norte del país- fue la gota de agua que rebalsó el vaso. Se trató de un desastre en el que perdieron la vida 53 uniformados, varios de ellos tratando de huir, en tanto que los 47 supervivientes fueron encontrados errando por la sabana.

Los detalles: terribles. Los gendarmes no recibían provisiones desde dos semanas antes del ataque. Se alimentaban cazando y pescando en la zona circundante. Los relevos que debían llegar de Djibo no salían de la ciudad rodeada por combatientes yihadistas.

Como siempre ocurre en estos casos, la culpa fue del “otro”. Así, el presidente Kaboré proclamó que una investigación daba comienzo para delimitar responsabilidades en los mandos militares. Pero las cartas estaban echadas y la detención de algunos militares y civiles acusados por conspiración, precipitó las cosas.

El golpe de Estado del 25 de enero de 2022 terminó con el gobierno constitucional. Horas después, el presidente Kaboré, detenido, presentó su renuncia a través de una carta manuscrita por él mismo. Cierre de fronteras, disolución del gobierno y el Parlamento, suspensión de la Constitución fueron las primeras medidas “clásicas” de los golpistas.

El nuevo hombre fuerte del país, al frente de una Junta Militar, fue el teniente coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba quién apareció ante las cámaras de televisión rodeado de militares en traje de fajina. En las calles de la capital Uagadugu se sucedían manifestaciones de algarabía por parte de civiles partidarios del golpe.

Si el primer incidente previo al golpe fue el bloqueo de un convoy militar francés, las movilizaciones a favor del golpe permitieron observar algunas banderas rusas entre los manifestantes. Una situación, a priori, similar a la del vecino Mali donde la Junta Militar expulsa al Ejército francés y lo reemplaza por los mercenarios rusos del Grupo Wagner.

Precisamente el “padrino” de los paramilitares rusos, el cercano amigo del presidente Vladimir Putin, Evgueni Prigojine, “se felicitó” por el golpe militar en Burkina Faso. Para ello, recurrió a la cantilena del imperialismo y consideró a los golpes militares africanos como “nueva era de descolonización”.

Golpe dos

Si a principios del año 2022, el teniente coronel Damiba fue el hombre fuerte del país “de los hombres libres” sometido a una dictadura militar, a fines del mismo año, dejó de serlo.

Por lo general, un teniente coronel es un militar que se encuentra en la mitad de su carrera. Ya superó los rangos inferiores de teniente, capitán y mayor pero aún no alcanzó los superiores de coronel y general.

Por ende, un teniente coronel suele ser casi ignoto. ¿Fue el caso de Damiba? De 41 años, siempre vestido con ropa de fajina y boina roja y con una buena hoja de servicios, Damiba fue comandante de las fuerzas antiterroristas en la región de Uahiguya, próxima a la capital Uagadugu.

Fue promovido en diciembre del 2021 a jefe de la Tercera Región Militar del país, la más importante. Llegó, tomó el mando y su primera tarea fue derrocar al gobierno constitucional. Con todo, Damiba no es más que un emergente del descontento militar, no obstante, el incremento del presupuesto de defensa.

El derrocamiento contó con fuerte apoyo popular. Tanto la sociedad como las misiones diplomáticas extranjeras consideraban al presidente constitucional Kaboré como un simpático “bon vivant” con escasa aptitud para el mando y con demasiada desconfianza frente a las Fuerzas Armadas.

A partir del golpe, comenzó la etapa de definiciones políticas. Por ejemplo, el carácter transicional del gobierno militar, la duración de la transición, la elaboración de un estatuto jurídico por encima de la Constitución, la negociación con la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), las consideraciones geopolíticas del régimen.

La duración del mandato “golpista” fue fijado en tres años por una “conferencia nacional” dominada por los militares. Al ahora presidente Damiba se lo excluyó como futuro candidato a cargos electivos. El jefe de gobierno -primer ministro- deberá ser un civil. Junto al presidente funcionará un Consejo de Transición y una Asamblea Legislativa también de transición.

Frente al yihadismo, contrariamente a lo esperado, el presidente de facto Damiba no ensayó una solución militar sino, por el contrario, intentó amparar un diálogo indirecto. Es decir, las conversaciones entre yihadistas y jefes locales, religiosos y tradicionales. Objetivo: la reinserción de los combatientes en la sociedad.

El resultado fue el contrario del esperado. El terrorismo islámico multiplicó ataques con varias decenas de muertos civiles en cada uno de ellos. Cercó a varias ciudades. Impidió la entrada o salida de los habitantes y de los pasantes. Y minó los caminos de entrada a las ciudades.

Para setiembre del 2022, el 40 por ciento del territorio nacional no permanecía, en los hechos, bajo la autoridad del gobierno. Allí, mandan los grupos yihadistas. La reacción del gobierno militar fue… cambiar al ministro de Defensa, reemplazado por el propio presidente Damiba.

Como era evidente, el cambio nada cambió. En realidad, sí hubo un cambio. Oficiales más jóvenes echaron a Damiba, el último día del mes de setiembre de 2022. Con el consabido cierre de fronteras, disolución del gobierno y la suspensión -ya suspendida- de la vigencia de la Constitución.

El nuevo hombre fuerte del país pasó a ser Ibrahim Traoré, un capitán del Ejército de 34 años, hasta el “regolpe” jefe de la unidad de fuerzas especiales “Cobra” en la región de Kaya, norte del país. Teniente coronel cambiado por capitán. De seguir así, en cualquier momento un cadete.

En la calle, en Uagadugu, centenares de personas que apoyan el “re golpe”, exigen la salida de Damiba, rechazan la presencia militar francesa y reclaman la cooperación bélica con… Rusia. No llevan pancartas, solo banderas de Burkina Faso y de… Rusia.

Nostalgias de Sankara

En principio, el capitán Traoré propone un gobierno militar que deberá extenderse hasta julio del 2024, tras ser consagrado presidente de Burkina Faso por el Consejo Constitucional que otorga legalidad constitucional a… la ilegalidad de un golpe de Estado… con la Constitución suspendida.

Los primeros pasos del nuevo hombre fuerte traducen impaciencia y apuro, como suele ocurrir con no pocos hombres y mujeres tan jóvenes como él.

Así, su designación como presidente ocurrió en tiempo record. Fueron 350 miembros de las “fuerzas vivas” reunidos en conferencia quienes en solo tres horas recibieron ejemplares de una nueva “Carta de Transición”, los leyeron, los discutieron y los aprobaron sin cambiar una coma.

Pero, las razones del apuro no deben buscarse solo en la juventud. Ocurre que el capitán Traoré no cuenta con el acompañamiento de la totalidad de los oficiales militares. Muchos, sobre todo entre los de mayor jerarquía, consideran que Damiba, un teniente coronel, era mucho más representativo que Traoré, un capitán.

Para saldar, aunque sea momentáneamente, la dicotomía, el capitán presidente recurre a la historia. Y la historia de Burkina Faso habla de un mártir, el también capitán y también golpista Thomas Sankara, que presidió el país entre 1983 y 1987 y terminó asesinado por orden de su sucesor y ex camarada “revolucionario” el también capitán Blaise Campaoré.

Admirador de Fidel Castro, de quién copió los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), verdaderos órganos paraestatales de espionaje y delación, Sankara fue calificado por sus partidarios -que no son pocos en Burkina Faso y en el África- como el “Che Guevara” africano.

En rigor, y pese a alguno méritos de su gobierno, la historia del ex presidente de facto Sankara, se parece en mucho a una leyenda, con fuertes ribetes de relato. Por ejemplo, no tomó el poder desde una guerrilla combatiente como los Castro y Guevara, sino desde un clásico golpe de Estado militar. Algo de poca importancia para los pseudo antiimperialistas de turno.

Nunca resultó electo, ni nunca convocó a elecciones. Prefirió las organizaciones de masas, siempre manipulables desde el poder. Tales como los jóvenes revolucionarios o los niños pioneros. Como siempre ocurre, en estos casos, el enemigo fue el imperialismo, el Fondo Monetario, las clases medias y las jefaturas tribales y religiosas.

Fue el presidente de facto Sankara quién cambió el nombre del país antiguamente conocido como República de Alto Volta -por el nombre del río que la atraviesa- por el de Burkina Faso, “la patria de hombres libres”.

El capitán presidente de facto Traoré cita constantemente a su símil Sankara en sus discursos y declaraciones. Hasta el momento, aunque solo de palabra, asegura que continuará la obra revolucionaria de Sankara. Prolijamente, el capitán Traoré visitó el memorial en honor al capitán Sankara en Uagadugú. Todo como para alimentar un nuevo relato.

Pero la suerte de Traoré poco tendrá que ver con la de Sankara. No será juzgado por sus actos “revolucionarios” sino por su eficacia para combatir el yihadismo terrorista que asola el país.

Lo cierto es que, desde su golpe de Estado, la seguridad no cesa de deteriorarse. Las palabras del presidente interino del Consejo Constitucional que aceptó nombrar presidente al golpista al tomarle juramento, con el tiempo, resultarán admonitorias. Dijo “no es suficiente tomar el poder. Usted tiene una obligación de mostrar resultados”.

INT/ag.luisdomenianni.vfn/rp.

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