miércoles 5 agosto 2020

Buenos Aires. “El manual bonaerense que aún no está escrito”

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La provincia de Buenos Aires es el distrito que concentra la mayor riqueza agrícola e industrial del país. Sin embargo, con frecuencia escuchamos hablar de Buenos Aires como una provincia “ingobernable”, “inviable”, y de un gobierno provincial cuyo rastro se desdibuja por su falta de eficacia y por la confusión general sobre sus competencias originarias.

Sus habitantes reciben el gentilicio de bonaerense. Por alguna razón la palabra nunca prendió entre su gente, cosa que no le ocurre a un correntino o a un cordobés. ¿Qué operaciones simbólicas están ausentes en esa falta de identidad común? ¿Qué diagnósticos y estrategias para tejerla han tenido las distintas administraciones? ¿Hay alguna relación entre esta falta de identidad y la falta de gobernabilidad de la provincia? Veamos.

A la llegada de los españoles, la provincia estaba habitada por indios y no tenía árboles. Siglos después el río Salado era el fin del mundo civilizado; más allá, el desierto como metáfora, que se vigilaba desde el fortín siempre alerta a la llegada del malón. La pampa húmeda comenzó a transformarse con el desarrollo del ganado cimarrón, producto de la reproducción del ganado introducido por los españoles, y de su caza para vender el cuero. A fines del XVIII las vaquerías se prohibieron y fueron reemplazadas por el saladero y la estancia colonial. El gaucho, también él cimarrón, intentó adaptarse al alambre y a la mansedumbre, mientras que los gobiernos sucesivos fomentaban el cultivo formando colonias agrícolas de inmigrantes. Poco después el país entraba de lleno en el mercado mundial de la lana.

La pampa infinita empezaba a poblarse, a sembrarse y a llenarse de voces. Llegaron entonces la escuela y el tren, y con ellos, la lengua común, los símbolos patrios, la idea de territorio. La tierra empezó a dividirse y gente de todos los orígenes comenzó a poblar la provincia, que devino una sucesión de chacras modestas y grandes establecimientos rurales, de comercios y talleres, de ciudades y pueblos repartidos en el mapa bajo un denominador común: un paisaje de llanura interminable, de apariencia monótona pero único, y luego, propio.

Esta cultura de trabajo agrícola dejó y sigue dejando todo tipo de rastros identitarios. Sin embargo, el patrimonio rural no se resguardó ni se estudió ni se valorizó. El imaginario nacional se pobló de sables y batallas, y por lo tanto, de disputas. La historia de la colonización de la pampa pervivió sobre todo en la voz de los poetas.

Conocemos el resto. El desarrollo de los cordones del conurbano alrededor de la ciudad capital, el enfrentamiento entre lo urbano y lo rural y entre modelos de desarrollo económico que también eran disputas sobre la identidad. La pampa, que es un paisaje tanto como una manera de habitarlo, no alcanzó. El entramado complejo de complicidades, de significados, de sobreentendidos, de formas de ser y de hacer que aún hoy atraviesan el territorio y son tan reconocibles, no tuvo su relato en los discursos oficiales. Las consecuencias se sienten hasta el día de hoy.

¿Cómo se gobierna una provincia que no se siente tal? Sin dudas la falta de gobernabilidad de Buenos Aires no se agota en el déficit de construcción de una identidad común; pero la falta se siente cuando llega el momento de tirar para el mismo lado. Las sucesivas administraciones no han buceado en el problema; las gestiones de Cultura mutaron de status en los gabinetes, sin lograr articular políticas públicas de largo aliento que trascendieran el espectáculo y la repetición de fórmulas inventadas para otros espacios.

En ninguna se trabajó de manera sistemática y consciente en pos de interpretar un patrimonio diverso y construir un lazo entre las manifestaciones que lo constituyen: los establecimientos rurales y el paisaje transformado por la mano del hombre, la arquitectura del centenario y los teatros italianos desperdigados en los pueblos, el mar y el delta, el patrimonio ferroviario, las vanguardias artísticas (los acervos de los grandes maestros Pettoruti y Tomasello duermen el sueño de los justos en La Plata), los artistas contemporáneos (entre los que se cuentan extraordinarios cronistas del territorio como Guillermo Srodek-Hart), y el patrimonio inmaterial, de la guitarra y el asado hasta la cumbia. No hay rescate de la memoria social de la vida en los pueblos, del orgullo de sus ciudades, de la lucha por la supervivencia en sus barrios marginales, de los nuevos inmigrantes en el nuevo siglo.

¿De qué estopa está hecha la identidad de los bonaerenses? De generaciones de inmigrantes y emprendedores que se enfrentaron a la inmensidad de la pampa y la hicieron suya. De millones de personas que sólo se sienten en casa en la llanura eterna. De incontables asociaciones comunitarias nacidas a la luz de los valores del progreso y del esfuerzo. De la lenta construcción de instituciones y bienes públicos, como la educación y los caminos que, más que producto de lo humano, son su esencia. De una relación con los elementos y con la naturaleza. De una relación con la tecnología. Y de darle la bienvenida a nuevas generaciones y a nuevas configuraciones sociales a una comunidad de sentido.

En un territorio tan vasto y tan diverso, los diferentes actores que lo pueblan tienen que poder reconocerse y valorarse entre sí. En definitiva, se trata de generar las condiciones para que nutrirse de la historia facilite la cohesión y la alegría indispensables para que el futuro común sea posible.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
PR/CC/rp.

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