jueves 9 diciembre 2021

Australia “victima del fuego” medio ambiente y política, coronavirus y geopolítica

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Por Luis Domenianni

Los devastadores incendios de bosques en Australia del pasado verano austral arrojaron un saldo de 33 personas muertas y más de 10 millones de hectáreas quemadas. Más allá del trabajo denodado de bomberos y voluntarios, fue la propia naturaleza, con lluvias torrenciales, quien puso fin a los focos principales.

A las pérdidas humanas y a la superficie dañada –equivalente al territorio continental de Portugal- hay que agregar la muerte estimada de 1.000 millones de animales y la destrucción de 3.500 viviendas.

Un conjunto de datos escalofriantes que pusieron sobre el tapete la inacabada discusión, casi militante, sobre el calentamiento global.

Es que parece haber poca racionalidad en torno a una cuestión que dividió al mundo entre buenos y malos –una entre varias- cuyas sentencias y veredictos en mucho se asemejan a autos de fe más que, con honrosísimas excepciones, a exposiciones precisas y documentadas de argumentos.

A dicho debate sin concesiones aportan los políticos, oficialistas u opositores, de no pocos países.

De un lado, claro, los fundamentalistas del calentamiento global, padre de todos los males –o casi todos- que se abaten sobre el planeta Tierra, muy predispuestos a calificar todo de contaminante y a prohibir sin más. Como si no resultasen consecuencias económicas y sociales a evitar.

Del otro, los negadores a ultranza. Aquellos que pretenden que todo sigue igual. Que la subida del promedio de las temperaturas en el mundo es o bien natural o bien coyuntural. Que el deshielo es anecdótico. Que, en todo caso, no se debe a la actividad humana.

Traducida a la política, la disyuntiva representa la aparición en algunos países europeos, de una corriente “verde” institucionalizada como partido. En frente, el conglomerado que representan conservadores, populistas y extremistas de derecha quienes, en distinto grado y con no pocos matices, no aceptan o lo hacen con desgano a las tesis medio ambientales.

En el medio, las izquierdas –de centro, populistas o extremas- condenadas al aislamiento o al seguidismo de las propuestas “progresistas” de los verdes. Y los liberales, con poco espacio cuando el fundamentalismo gana terreno.

Curioso. Hace un siglo, el “progresismo” significaba avance económico, científico, tecnológico, social. Hoy es la preservación, diría la “conservación”, del medio ambiente. Hace un siglo, los defensores de la romántica ruralidad eran los conservadores. Hoy, los conservadores no conservan.

Retornemos a Australia. Los incendios forestales en el país-continente no son esporádicos, siquiera infrecuentes. Por el contrario, se verifican casi todos los años, en particular en la boscosa porción oriental de la ex colonia británica.

Claro que no todos los fuegos de las áreas boscosas e, inclusive, cultivables alcanzan la magnitud del último acontecido.

El último verano austral fue particularmente cálido en los estados de Victoria, capital Melbourne; de Nueva Gales del Sur, capital Sydney; y de Queensland, capital Brisbane. Tan cálido que se registraron temperaturas record cercanas, e inclusive en algún momento superiores, a cincuenta grados centígrados.

Obviamente, con semejantes temperaturas y la deserción de las precipitaciones, los incendios se vieron favorecidos.

Ahora bien ¿Las muy altas temperaturas constituyen una excepción? ¿O confirman la regla del calentamiento global?

No conforman excepción. El promedio se elevó en 1 grado frente al período 1969/1991 con años pico de más 3,5 grados de promedio.

Sin embargo, mayor temperatura no representa necesariamente sequía. Y los incendios australianos se deben en mayor medida a la sequía que a la canícula, aunque la combinación de ambas resulta, obviamente, trágica.

Pues bien, el origen de la sequía debe buscarse en fenómenos naturales tales como el llamado “dipolo” del Océano Índico. El dipolo hace que las aguas occidentales de dicho océano resulten más calientes en sus costas occidentales y más frías en las orientales. Por ende, precipitaciones en África, sequía en Australia.

Al dipolo debe agregarse la denominada “oscilación antártica” que produce vientos de baja presión circundantes de la Antártida que recorren de oeste a este. En la llamada fase positiva, los vientos se contraen hacia el continente helado. Por el contrario, en su fase negativa, lo hacen hacia el Ecuador.

La “oscilación antártica” en su fase negativa afectó también, en el pasado verano del sur del planeta, a Australia.

En síntesis, los incendios forestales se debieron a dos fenómenos naturales: dipolo del Océano Índico y oscilación antártica. Fenómenos naturales que son atribuidos por muchos especialistas… al calentamiento global.

¿Y el gobierno?

La Constitución australiana –promulgada a comienzos del siglo anterior por la reina Victoria del Reino Unido- establece la forma de gobierno monárquica, representativa y federal. El actual monarca es la reina británica Isabel II.

Hasta allí llegan los lazos legales con el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. El Estatuto de Westminster de 1942 y la Ley de Australia de 1986, establecieron la separación definitiva de ambos estados.

En la práctica, la reina está representada por un gobernador general de funciones poco más que protocolares, en tanto el poder es ejercido por el primer ministro surgido de una mayoría parlamentaria.

Actualmente, desde el 2018, el primer ministro es Scott Morrison (52 años), líder del Partido Liberal, una formación de tendencia conservadora, pese a su nombre. Licenciado en geografía económica trabajó en áreas vinculadas al turismo, tanto en su país como en la vecina Nueva Zelandia.

Fue representante (diputado) y ministro, antes de llegar a su actual cargo cuando las disputas entre distintos aspirantes de su partido lo catapultaron al cargo de primer ministro. En el 2019, revalidó título en las elecciones nacionales, al frente de una coalición de los liberales con el partido Nacional, formación ruralista de fuerte implantación en el interior del país.

Al momento de ubicar al primer ministro australiano ninguna duda cabe de su alineamiento entre los líderes escépticos en temas ambientales y climáticos.

Lo materializa, por ejemplo, en el sostén a rajatabla de la gran minería que, si bien, no es determinante como componente del Producto Bruto Interno, lo es a la hora de analizar la composición de las exportaciones australianas.

Para desagrado de medio ambientalistas y ecologistas, el primer ministro Morrison es un bravo defensor de la explotación del carbón mineral como combustible para las centrales termoeléctricas. Una opción decidida a la luz de la carencia de petróleo, de insuficiencia de recursos hídricos y centrales nucleares pero que, además, resulta exportable.

Lo de la no utilización de energía de origen nuclear es, cuando menos, toda una curiosidad. Australia posee una de las reservas más importantes del mundo en materia de uranio y no posee ninguna central nuclear.

Se trata de una contracara que pone en aprietos a los medio ambientalistas. Es que abandonar el carbón parece recomendable frente al calentamiento global. El problema es que, para reemplazarlo de manera relativamente rápida cuenta el uranio. Y, como cualquiera sabe, medio ambiente y empleo de energía nuclear no se llevan precisamente bien, aún si esta última no libera a la atmósfera gases de efecto invernadero.

De todo esto, el primer ministro Morrison no sale bien parado. Es que los incendios forestales lo colocaron entre la espada y la pared de las argumentaciones en su contra.

La espada queda representada por su negativa pública a asumir el calentamiento global, argumento que exhiben los medio ambientalistas. La espada es la gestión deficitaria en materia de prevención de incendios, que sostienen quienes desconfían de las tesis ecologistas.

Para un lado o para el otro el responsable es el primer ministro Morrison.

El coronavirus
En medio de los incendios, y como si esto fuese poco, apareció el coronavirus. El 20 de enero pasado, Australia detectó su primer caso, un ciudadano que regresó al país luego de una estadía en Wuhan, China.

De allí en más los contagios que, inclusive, obligaron a suspender uno de los dos eventos deportivos con audiencia mundial que Australia despliega cada año: el Gran Premio de Fórmula 1 que se desarrolla en el circuito callejero de Melbourne.

Algo que ni siquiera el aire enrarecido producto de los incendios forestales logró frente al otro gran evento: el Open de Australia de tenis, que también se lleva a cabo en Melbourne.

El virus tardó mucho tiempo en expandirse, al principio. La duplicación de fallecidos de 100 a 200 en total tardó 73 días en producirse. Pero de 200 a 400 la demora fue solo de 16 días y de 400 a 800 de 27 días.

En la actualidad, prevalece una cierta calma que se verifica en los partes de fallecidos diarios. Al cierre de este análisis, los muertos suman 888, 19 días después que llegaron a 800.

¿Qué opinan los australianos sobre la gestión del gobierno frente a la pandemia? Divididos.

Para muchos, la blandura del gobierno a la hora de obligar a los confinamientos preventivos es causante del agravamiento de la pandemia entre junio y julio pasado. Es más fue el gobierno estadual de Victoria quien denunció el incumplimiento de confinamiento preventivo por parte de quienes aguardaban los resultados de los hisopados.

Para otros, en cambio, se trató del error de pretender, desde el gobierno, manejar la vida individual de las personas. Algo que motivó, como en otras partes del mundo, marchas y movilizaciones contra la “dictadura sanitaria”.

No obstante, el saldo es bueno para el primer ministro Morrison. De aquellos insultos que recibió ante sus “vacaciones secretas” en Hawai en plenos incendios forestales, a las negativas de bomberos y afectados de estrechar su mano, al reconocimiento popular por los bajos malos resultados de la pandemia, mientras Europa ardía de contagios, determinó un renacer de quién era considerado como acabado.

Ahora se trata de evitar la aparición de la llamada segunda ola y de enderezar una economía que cayó por primera vez en treinta años en recesión.

La economía australiana se achicó durante el primer trimestre del año en un 0,3 por ciento y en un 7 por ciento durante el segundo trimestre, la caída más significativa desde que se llevan registros a partir de 1959. Así y todo, es menor a la de otros países desarrollados.

La geopolítica
Muy ligada a la cuestión del coronavirus, al menos en apariencia, es la controversia que opone al gobierno australiano con su similar chino. Ocurre que Australia se sumó a Estados Unidos, el Reino Unidos y Canadá para exigir a China investigaciones y pruebas sobre el origen del coronavirus, por cierto hasta aquí sumamente difuso.

La exigencia desató la ira del gobierno dictatorial chino. De manera inmediata, un ciudadano australiano hallado culpable de narcotráfico en China fue condenado a la pena capital.

A la vez, el gobierno chino lanzó una campaña para desalentar la inscripción de jóvenes chinos en las universidades australianas. Dichas inscripciones constituyen una fuente sustanciosa de ingresos para estas últimas.

Las represalias continuaron con la reducción de un 35 por ciento de las compras chinas de carne australiana y con el arancelamiento de un 80 por ciento sobre las importaciones de cebada australiana.

En rigor, lo vinculado con el coronavirus fue solo un escalón más del contencioso sino-australiano, cuya razón de ser debe buscarse en el expansionismo chino orientado hacia sus adyacencias marítimas.

Siempre buenas, las relaciones quedaron tensas cuando aparecieron pruebas acerca de que ese expansionismo no solo avanzaba en dirección de las naciones isleñas del Pacífico, sino que incluía el financiamiento de candidatos y sectores de partidos políticos australianos.

Fue entonces que comenzaron los ciberataques sobre empresas y organismos de Australia cuya respuesta consistió en la exclusión de Huawei para el suministro de tecnología 5G al país continente, bastante antes que hiciese lo propio el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Las exportaciones australianas giran en torno a los 250 mil millones de dólares anuales. Poco más de un tercio de ese total es direccionado hacia China. En contrapartida, de los 230 mil millones de dólares que el país importa, una cuarta parte proviene de China.

Semejante intercambio comercial resulta una herramienta clave para imponer restricciones de un lado y del otro como consecuencia de los desacuerdos políticos. También para evitar que la sangre llegue al río

Junto a lo comercial debe ser considerado lo estratégico. Si China era un cliente-proveedor, Estados Unidos representaba la alianza estratégica para la defensa del territorio y la garantía para el área de influencia, desde Indonesia hasta Nueva Zelandia.

El repliegue norteamericano en todo el mundo trastoca esos equilibrios. Hoy, Australia debe –y lo hace- rever su política de defensa. De hecho, acaba de firmar dos acuerdos militares bilaterales con India, país en permanente conflicto con China.

Además, lanza ayudas financieras a los pequeños países insulares del Pacífico, paradójicamente para contrarrestar los efectos del cambio climático, en la esperanza de restar influencia a las iniciativas chinas, denominadas Nuevas Rutas de la Seda.

Y hoy, también, Australia sabe que debe diversificar su comercio exterior, demasiado sino dependiente tanto en las exportaciones como en las importaciones del cliente/vendedor chino.

Nota: Australia
Territorio: 7.741.220 km2, puesto 6 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 25.935.000 habitantes, puesto 53.
Densidad: 3 habitantes por km2, puesto 236.
Producto Bruto Interno: 1 billón 369.392 millones de dólares, puesto 21 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 52.190 dólares anuales, puesto 16.
Índice de Desarrollo Humano: 0,938, puesto 6. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
IN/BN/rp.

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