lunes 26 octubre 2020

Crónicas de pandemia de Eleonora Jaureguiberry: el poder de las manos verdes

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“El jardín te da sólo satisfacciones”, le gusta decir a un paisajista que solía cuidar el Rosedal de Palermo. A juzgar por el tendal de nuevos expertos en compostaje, huerta, sanidad vegetal y -literal- otras yerbas, lo que la gente está buscando en estos meses de incertidumbre y pena es, como dice la canción, un poco de satisfacción.

Las pruebas al canto: el furor por la jardinería puede verse en las colas diarias con distanciamiento social frente a viveros y sumillerías, y en el incremento de la demanda en el comercio electrónico. Tierra fértil, herramientas, semillas y lombrices californianas son las estrellas de las transacciones del rubro “Jardines y exteriores”, creciendo un 300% en relación al mismo período del año anterior. Los cursos en vivo por Instagram y Zoom y las conversaciones espontáneas en las redes agitan una nueva pasión nacional. El tradicional vivero Rosauer, productor de rosas en Bariloche, vio desbordada su capacidad de producción y envío por pedidos que le llegaron de todos los rincones del país. En algunos barrios se generalizaron las huertas y las composteras comunitarias, con vecinos que se turnan para regar.

Casi tres siglos después, la pregunta de Voltaire suena más contemporánea que nunca: ¿de qué manera se puede luchar contra el mal con resultados que, aunque no sean absolutos, tengan efectos valiosos para nuestra existencia? La respuesta está puesta en boca de su personaje Cándido: cultivando el propio jardín. El jardín como espacio material, como el lugar de las labores de labranza; pero también como espacio metafórico, como el espacio de libertad de acción personal.

¿Qué se pone en juego cuando cultivamos nuestro propio jardín? Cuando plantamos una semilla plantamos una posibilidad de futuro. No por casualidad los soldados ingleses plantaban verduras y flores en las trincheras de la Guerra del 14. Lo mismo parece ocurrir en esta pandemia: cultivar es un modo de ofrecer una narrativa alternativa a la del virus dañino, en la cual el mundo natural es gentil y propicio para la vida.

La agricultura, como la ganadería, se remonta al Neolítico. Comienza así un camino sin vuelta atrás para la especie humana: el de la domesticación de la naturaleza mediante el trabajo y el desarrollo de tecnologías y de estrategias de intervención. Su manifestación más sofisticada es el jardín ornamental, porque su propósito no es asegurar la subsistencia, sino el goce de los sentidos y la indagación sobre la belleza.

El acto de trabajar en el jardín es a la vez sensual y cerebral, y su método, meditativo y repetitivo, genera un efecto restaurativo que nos remite a la posibilidad de un encuentro, de un acople, entre nuestro mundo interior y el mundo físico. Los jardineros fieles son legión; todos ellos tienen cosas para decir sobre lo que la actividad les ha enseñado: a esperar, a sobreponerse a la frustración, a no encandilarse con una variedad de planta que luego no se adapta a un particular tipo de suelo o de cantidad de luz. Sus disquisiciones sobre pestes de jardín y la reproducción de especies están teñidas de un lenguaje que roza lo lírico y evoca, con palabras simples y sentidas, recuerdos fragantes e historias de familia.

El jardín es además un proceso, un organismo en sí mismo que cambia de manera permanente. El ciclo de las estaciones, con lo que se marchita y muere, y lo que brota y renace, tiene el poder de consolar y de inspirar. Muchos psiquiatras que atienden pacientes que están atravesando un duelo les recomiendan participar en huertas comunitarias o en clubes de jardinería. Meter mano en la tierra es la materia de programas para personas con diferentes tipos de discapacidad física o mental.

Para los aficionados y los profesionales, diseñar un jardín es una instancia creativa que abre la puerta de la auto expresión; cuidarlo brinda la posibilidad de nutrir con constancia, y combatir la soledad que a veces aqueja a aquellos frustrados por historias familiares en donde las emociones circulan con dificultad. Párrafo aparte merece la socialización que es producto de la fiebre jardinera: las escuelas y clubes de jardinería, las publicaciones, los chats, el intercambio entusiasmado de saberes y material vegetal que puede llevar toda una vida.

El jardín es un legado que muchas veces sobrevive a su autor, y se alimenta de otros que lo continúan, lo rediseñan, lo disfrutan. También es frágil, porque las plagas y la desidia pueden destruir en poco tiempo el laborioso trabajo de años. Esto lo hermana con nuestra propia fragilidad, y lo hace aún más querido.

El fantasma del colapso del mundo, una idea que ya se barajaba con el creciente deterioro del medioambiente, nos remite a esa fragilidad y nos cuestiona nuestra complicidad; de allí que las humildes composteras de balcón devienen gestos de militancia y de experimentación sobre los modos de regenerar la naturaleza.

No debiera sorprendernos entonces que la palabra cultivar se utilice tanto para la tierra como para la mente y el espíritu humanos. El jardín del que habla Voltaire alude a las prácticas privadas que se convierten en virtudes cívicas: el proceso de trabajo constante y dedicado, la relación de la razón con la belleza, el goce físico y mental que nadie puede arrebatarnos, el gobierno del propio espacio, el cuidado de sí, de otros y del planeta.

Borges comienza su poema Los Justos con “Un hombre que cultiva su propio jardín, como quería Voltaire”, y concluye que esas personas que nombra y que se ignoran entre sí “están salvando al mundo”. Quizás algo de esto sea cierto; lo que es indudable es que se están salvando a sí mismas.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/NB/CC/rp.

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