viernes 9 diciembre 2022

Las cosas están muy mal aquí. ¿República sin republicanos?

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Por Eduardo A Moro

El profesor don Luis Muñoz fue uno de los exiliados españoles -expelido por la dictadura franquista- que, hacia fines de los años 1960, se radicó en la ciudad de Santa Fe. Enseñó Derecho Comercial  y fue Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Litoral, hasta que lo desalojó el golpe de estado de 1966. Segundo exilio, esta vez de aulas argentinas.

En una de sus Crónicas santafecinas, Rogelio Alaniz  pintó de cuerpo entero al encantador y brillante dialoguista. Y a su talante.  Podía estar en un bar o en un pasillo de la Facultad -siempre con un corrillo de estudiantes- a quienes inducía a pensar. Claro que tras el tono coloquial de los encuentros, relucía su magisterio integral. Incluso en sus modales, su voz, su vestuario clásico y formal. Y su agudeza, experimentada y astuta. Un “zorro plateado”, como alguna vez se autocalificó en confidencia, aludiendo a sus cabellos canosos.

Se cuenta que uno de los estudiantes que conversaban con él, le preguntó su opinión acerca del por qué había caído la república española, dando paso a tantos años de dictadura franquista. Luis Muñoz lo miró y le respondió con simpleza genial: porque terminamos siendo  una república sin republicanos.

La reseña anterior da pie a esta nota, que pretende invitar a pensar y hacer pensar –al estilo de Montaigne-, si nuestro país podrá realizar y consolidar a la república,  siendo que nombres destacados –de momento- por sus “carismáticas” relevancias estadísticas, como los de Cristina Kirchner y Javier Milei, desde distintos ángulos, derraman cataratas verbales de anti republicanismo.

La señora, porque considera vetusta toda la organización del Estado actual (incluida la Constitución, el sistema representativo, el Poder Judicial, la división de poderes y sus controles). Ella insiste en afirmar que todo se debe reemplazar, porque -argumenta- son anteriores al descubrimiento de la electricidad.

De postre, propone borrar  a las Naciones Unidas. En la  apertura de la  reunión de parlamentarios (EuroLat), penosamente puso de manifiesto su delirio de estadista de pacotilla, aconsejando al universo, con mohínes  mayéuticos, mezclados con burlas internas.

El otro personaje, afirma impune y directamente, que el Estado íntegro debe desaparecer, que la “lacra” política  también, que no debe haber impuestos, que en la Unión Europea no hay controles  de la política monetaria, entre otros disparates, como si la UE no fuera en sí misma una gigantesca obra de planeamiento, organización, articulación y compromisos de vida libre para sus pueblos, asegurando la paz entre ellos.

Desde luego que ninguno de los dos reconoce la complejidad de los problemas y resultados de la situación, los factores de bloqueo de la encerrona corporativa, el descalabro federal,  la pobreza emergente, el tome y daca de la corrupción. Ni la ya viciosa maquinaria de la burocracia dirigencial de  movimientos sociales en protesta. Acaban de bajar de una nube bella y blanca.

Mucho menos intentan ni se aproximan a explicar  en concreto cuáles serían sus soluciones de fantasía para salir de la decadencia, ni cómo gozarán del tiempo suficiente para realizar  su alocada orfebrería de gobierno.

En realidad, ambas expresiones son exaltaciones de dirigentes mesiánicos, desde un lado y desde el otro imaginario redentor. Desearían ver el campo raso librado al solo arbitrio  de sus  visiones personales de poder,  inventado por sus voluntades febriles: contra el mercado una, contra el Estado otro.

Postulan que no exista mediación alguna,  que nada  perturbe la serenidad astral de sus autocracias olímpicas. Para el caso, ambos cumplen –a su modo- con el complejo de Edipo, y quieren matar lo poco o mucho que aún nos queda de república.

Inquieta su luminosidad estadística. El fenómeno nos sitúa ante lo  acuciante de estos interrogantes: ¿La ciudadanía, tan castigada de frustraciones, querrá o no resguardar la república?  ¿ Permanecerá quieta frente a los fracasos de los resultados que hemos obtenido tras largas décadas  de brutal decadencia? ¿La protesta, llegará a que entregue  su destino a uno de estos  Zarathustras? 

Hay que asumir -por cierto- que la sociedad está cansada, lacerada,  que la situación  es grave,  y pueden producirse estallidos de agravios recónditos, que ahora se ven y sienten a flor de piel. Es preciso admitir la realidad, pero también lo es no resignarse a ella y procurar cambiarla para bien.

La memoria  enseña que ante la crisis, el disgusto masivo hacia las instituciones -y su abandono-, tiene antecedentes. Las reacciones contra el divisionismo excesivo y  la anarquía estéril de la República de Weimar (1919-1933), más la guerra y consecuencias de la derrota para Alemania, hicieron que los alemanes justificaran el Partido Único, conducido por una y omnímoda voluntad, que resumía e interpretaba el alma del pueblo (Volk). Y con ello creyó asegurada su presunta felicidad eterna.

Digamos de paso que sin dejar de colocar el peso de la mayor responsabilidad sobre las dirigencias corruptas e ineficientes, algo hay en la sociedad que tropieza una y mil veces repitiendo sus propios  errores, renovándoles su confianza. Nino define la anomia boba como “acciones  colectivas  autofrustrantes para los propios agentes que las ejecutan” (Un país al margen de la ley, Ed. Ariel).

Seguramente ciclópea son la tarea y los deberes de quienes  queremos la república, aún con errores. Porque no existe hoy –para quienes creemos en ella-, otra manera de organización institucional que atienda la esencia de la dignidad humana en libertad.

El orden pacífico y democrático de límites y controles recíprocos,  conformado por los tres poderes,  que aún tienen los países libres y plurales de la tierra. Debemos seguir intentando su mejora, pero jamás atarnos al carro de autoritarismos personales.

Resulta necesario recordar que cuando ese sentido se perdió, entramos en la larga noche de la dictadura militar. Aquel infierno padecido por nuestro país. Que aún hoy llora la Argentina. Aferrados a la esperanza del Nunca más que propició Raúl Alfonsín.

Las cosas están muy mal aquí. También, en el mundo. Pero  pese a todo,cuando llegue el momento nos enfrentaremos nuevamente al deber de conciencia de elegir representantes y su significado.

De adoptar entonces  una actitud personal que en ese momento es  individualmente intransferible.

Son los días que la democracia pone el futuro de todos en el voto de cada uno.La ocasión de expresar qué tipo de sociedad elegimos para vivir, y a quiénes encomendamosla misión de gobernarnos.

Si preferimos la república, debemos actuar y votar en su favorsabedores  de que no habrá república sin republicanos.

P/ag.gentileza nuevospapeles/gr.rp.

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