Por Atilio Molteni-Embajador
Washington. El 6 de enero próximo el presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden, deberá ser confirmado por el Congreso. Entretanto, comenzó la tarea de organizar su Gabinete Ministerial y de designar a los funcionarios que lo secundarán en la Casa Blanca, muchos de los cuales deben recibir el acuerdo del Senado. Posiblemente, es una de las razones que lo inclina a elegir figuras del centro de su Partido y a burócratas de trayectoria conocida en Washington, en lugar de aquellos que integran el ala progresista.
Por el momento, los republicanos ya cuentan a su favor con 50 senadores frente a 48 demócratas en ese Cuerpo, mayoría que sólo podrían alterarse en el caso de que sus dos candidatos ganaran en una segunda vuelta electoral el 5 de enero, en Georgia. Dada esta situación, es lógico que Biden proponga a quienes, por sus antecedentes, puedan llegar a obtener votos del Partido opositor, sumados a los de los senadores demócratas para lograr su confirmación.
Además, estos candidatos responden a la ideología de Biden, conforme a los principios tradicionales de los demócratas, actualizados ahora ante las crisis que enfrenta el país debido a la pandemia, la economía y las diferencias raciales, a los que se suma la urgencia de los temas ambientales, donde existe una gran disparidad con la posición de los republicanos. Su propósito es reconstruir la economía, por medio de la reducción de las emisiones contaminantes y promocionar las energías limpias.
Los funcionarios que sugiere en el campo de las relaciones exteriores – por su experiencia profesional en la presidencia de Obama- serían los más adecuados para enfrentar la problemática internacional, aunque sea marcadamente distinta de la que tuvo vigencia hace cuatro años, pues la competencia con China está hoy en primer lugar, debido al desarrollo alcanzado por Beijing y a las características de su sistema político, que generan situaciones complejas en aspectos económicos, tecnológicos, diplomáticos y estratégicos.
Estados Unidos trata de impedir, sin llegar al extremo de crisis militares o conflictos armados, que se forme una zona de influencia china en el Asia-Pacífico, debido a que se trata de una región vital para sus propios intereses. Algunos analistas opinan que en esa zona China ya tiene mayor influencia económica, mientras Estados Unidos prevalece en lo militar y diplomático.
El accionar de China se extiende también a otras regiones, como lo demuestra la iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), lanzada en 2013 para financiar proyectos de infraestructura -ya cuenta con 138 países asociados-, a lo que se agregan inversiones y el volumen de su comercio internacional como sucede en Latinoamérica y en otros países en desarrollo, donde trata de imponer tecnologías estratégicas chinas (5G e inteligencia artificial) y transformarse en su socio prioritario.
En la práctica, se puede suponer que Beijing, respondiendo a la hegemonía del Partido Comunista Chino y al “Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era de Xi” -aprobado por su 19º Congreso-, enfrentará toda acción internacional plausible de cambiar el régimen autocrático del país, resguardándose en los conceptos de seguridad y sistema de Gobierno, que están basados exclusivamente en el crecimiento económico y la estabilidad interna. a costa de restringir las libertades individuales.
Es factible que Biden planee organizar una estrategia bipartidaria de largo plazo para competir con China, ya que ha declarado que no levantará de inmediato las tarifas impuestas por Trump y revisará la totalidad de los acuerdos existentes. Además, anunció que objetará las prácticas chinas tales como: lesionar la propiedad intelectual, vender productos por debajo de su costo, abolir los subsidios ilegales y obligar a las empresas estadounidenses a transferir secretos tecnológicos.
Por otro lado, Chima quiere demostrar su poder a través de proyecciones geopolíticas, sabiendo que Washington lo supera militarmente, situación que no se mantendrá debido a las inversiones en defensa que está haciendo Beijing, además de los desarrollos tecnológicos que amplían la capacidad de sus fuerzas armadas, lo que permitiría a sus estrategas ser más asertivos en la región y en el mundo.
En lo referente a la seguridad, a diferencia de lo que ocurre en Europa con la OTAN, en Asia-Pacífico predomina un sistema de alianzas bilaterales, que para Estados Unidos supone un compromiso de cooperación militar y defensivo de sus aliados regionales (Australia, Japón, Corea del Sur, Filipinas, y Singapur, con un alcance más limitado frente a Taiwán).
A juicio de Biden, – a diferencia de la opinión de Trump- es necesario alcanzar un acuerdo político consensuado para tratar con China, que debería organizarse con la colaboración de sus aliados europeos y asiáticos. Por lo pronto, incrementará su diálogo de seguridad con Japón, India y Australia, para evitar los posibles conflictos en distintas áreas del Asia-Pacífico, donde la rivalidad es creciente, en especial en el Mar Oriental y en el Mar del Sur de la China y Taiwán, sumados al problema irresuelto de Corea del Norte.
En el primero de estos mares, se trata de una disputa sobre unas islas llamadas por Japón Diaoyu y por China Senkaku. El segundo, es una extensión marítima (más de dos millones de kilómetros cuadrados) con islas, atolones y bajos arenosos, en algunos de los cuales China construyó bases civiles y militares. Los reclamos chinos coinciden, según las áreas, con los de Vietnam y con las pretensiones de dominio de Brunéi, Malasia, Filipinas y Taiwán. Dichas instalaciones controlan los pasajes marítimos por donde circulan diariamente mercaderías valuadas en miles de millones de dólares.
Para contrarrestar el despliegue chino, Estados Unidos defiende una estrategia de seguridad marítima basada en la libertad de navegación y sobrevuelo en las áreas permitidas por el Derecho Internacional y se apoya, básicamente, en llegar a acuerdos mediante conversaciones multilaterales en el marco de la ASEAN, las que hasta ahora no han avanzado.
Beijing no acepta la independencia de Taiwán y no escatimará recursos para impedirla, lo que puede incluir distintos tipo de acciones contra cualquier Gobierno de la isla que trate de concretar tal objetivo. Hasta ahora optó por demandar el reconocimiento internacional de la unidad de China, con el objeto de llegar a la reunificación pacífica y, a largo plazo, de Taiwán. Sin embargo, en el año en curso incrementó su actividad militar cerca de la Isla, enviando aviones y buques más allá de la línea media del Estrecho de Taiwán, aumentando la preocupación lógica de que pueda estar preparando una operación militar de envergadura, que culminaría en una peligrosa crisis internacional.
Con relación a Corea del Norte, hay que evocar la oportuna advertencia que formulara Barack Obama en el primer encuentro que sostuviera con Trump, cuando ya era presidente electo, donde destacó que la RDPC sería el problema internacional más grave de su gestión, siendo uno de los enfrentamientos que persisten del período posterior a la Guerra Fría.
Trump llegó al poder habiendo alegado su disposición a negociar con Kim Jong Un. No obstante, sólo después de un período inicial de enorme tensión entre las partes, el que incluyó declaraciones muy severas del presidente acerca de la posibilidad de ejecutar acciones militares y su voluntad de ampliar las sanciones existentes para alcanzar un nivel “máximo de presión”, ambos optaron por tomar el camino de la diplomacia, con el antecedente de que, desde 1994, ya habían fracasado tres mandatarios estadounidenses que trataron el tema.
Trump expresó que había logrado entablar una fluida relación con Kim en las tres reuniones de distinto carácter que sostuvieron, donde el presidente estadounidense trato de alcanzar un acuerdo mediante el cual el líder norcoreano se comprometería a entregar la totalidad de sus armas nucleares, el material nuclear y las facilidades existentes en su territorio, a cambio del levantamiento, tanto de las sanciones estadounidenses como las impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU. El objetivo de Kim era no comprometerse demasiado, a cambio de su levantamiento, mientras continuó con la producción de cabezas nucleares, y el desarrollo de sus misiles. Estas negociaciones resultaron un fracaso, entre otros tantos en la política exterior de Trump.
El 10 de octubre en Pyongyang, al celebrarse el 75 aniversario de la creación del Partido de los Trabajadores, durante el desfile militar se incluyó un nuevo misil intercontinental que sería una nueva arma estratégica, (a base de combustible líquido) capaz de alcanzar el territorio continental de Estados Unidos, demostrando la urgencia de resolver el tema norcoreano.
En ese sentido, la política estadounidense de ejercer presión económica y política sobre Kim depende mucho de Beijing, pues es su principal socio comercial y representa la alternativa obligada de sus escasos contactos con el mundo. Ese factor indicaría que debería ser uno de los objetivos prioritarios de la Administración Biden, en el momento en que llegue a existir la posibilidad de lograr ciertos entendimientos con China, considerada como referente para retomar las negociaciones nucleares con el líder norcoreano.
Atilio Molteni-Embajador
IN/BN/CC/rp.

