En 1949, la victoria comunista en la guerra civil china liderada por Mao Zedong le permitió controlar el territorio continental y crear la República Popular China (RPC), mientras su oponente Chiang Kai-shek y sus seguidores, se retiraron a la isla de Taiwán.
Este hecho repercutió en Washington, debido a que durante la Segunda Guerra Mundial se le había otorgado a Chiang Kai-shek una gran colaboración suponiendo, erróneamente, que sería capaz de controlar el país y transformarse en un gran aliado.
El hecho de no haber previsto la victoria comunista se interpretó como una catástrofe nacional, resumida en la pregunta: “Quien perdió a China” ?, situación que contrastó con sus acciones políticas en Europa que le permitieron llevar adelante el Plan Marshall, crear la OTAN y consolidar a países cuya situación política era muy difícil, como era el caso de Italia y Grecia, donde la amenaza comunista era muy importante.
En 1971, la Asamblea General de la ONU de acuerdo con la resolución 2758 (XXVI), reconoció a la RPC como al legítimo representante de China en la ONU, y expulsó a los diplomáticos de Chiang Kai-shek. Fue una consecuencia del acercamiento de Nixon a Beijing en plena Guerra Fría, que tuvo -entre otros objetivos- distanciarla de la URSS. Ambos países establecieron relaciones diplomáticas en 1979.
Por muchos años, las relaciones entre Washington y Beijing se caracterizaron por la estabilidad, la cooperación, y la participación de China en la economía mundial, (en 1998 se le otorgó la condición de Nación más favorecida, y en 2001 se facilitó su ingreso a la OMC), en un propósito compartido por las empresas y financistas estadounidenses, y se buscó que China fuera un accionista responsable del sistema internacional. Finalmente, se supuso que la apertura comercial daría lugar a un cambio político y a su democratización, lo que no ocurrió.
China se convirtió en una ‘fábrica global” y líder de los mercados en ascenso debido a sus exportaciones, a sus necesidades de materias primas y el crecimiento de sus reservas de divisas. Todo esto redundó en beneficios para grandes sectores de su población.
Esta etapa se fue modificando con la crisis financiera de 2008, la pérdida por Estados Unidos de su estatus de única superpotencia, la transformación de China en la segunda economía mundial (en tránsito a ser la primera) y las características del régimen autocrático del presidente Xi Jinping. En esta evolución, se convirtió en su gran competidor de Washington en un mundo bipolar, seguido muy atrás por Rusia.
China defiende algunos aspectos del globalismo en los organismos internacionales, excepto en los casos que afectan su orden interno o es cuestionada directamente. En cambio, el presidente Trump se apoya en el unilateralismo para concretar su objetivo de “América Primero”, pues considera que restringe sus posibilidades, que sus alianzas tienen un costo desproporcionado, y no tiene en cuenta los principios del orden internacional liberal, que su país promovió desde 1945.
El liderazgo del presidente Xi Jinping, (sólo comparable con el de Mao Zedong, fundador de la China actual), está basado en el “Socialismo con características chinas para una nueva Era”, relacionado con la prosperidad y modernidad de su pueblo.
Desde Deng Xiaoping sus máximos dirigentes actuaron mediante el consenso en la toma de decisiones, en cambio, desde que asumió Xi en 2012, desarrolló un control absoluto y centralizado del Partido Comunista Chino, de los militares y de la información, sin límites a la duración de su mandato desde 2018.
El clima político interno se caracteriza por un control estricto de la sociedad y una acción constante del Estado en la economía, para mantener la estabilidad. Sin embargo, hay sectores de la sociedad china que favorecen un régimen más laxo y flexible. Allí se alcanzó un mejor nivel de vida, millones salieran de la pobreza, y el país se transformó, pero ahora pretenden un cambio político y cultural.
Se supone que Xi podrá superar este antagonismo mediante la disciplina ideológica de su Partido y la propaganda nacionalista, pero el futuro depende de los propios chinos. Beijing lleva a cabo una campaña mundial de ayuda a otros países para superar los efectos de la pandemia y su eventual responsabilidad, que tiene también el objeto de consolidar el prestigio chino y su “poder blando”.
La competencia con China se incentivó con la presidencia de Trump, demostrándose en la guerra comercial y la imposición de tarifas coercitivas, las acusaciones estadounidenses de que viola la propiedad intelectual y coacciona a sus empresas e inversiones, en la preocupación de que el programa “Hecho en China 2025” le permita concretar su liderazgo en industrias como la robótica, la biotecnología y la inteligencia artificial, que están vinculadas con la seguridad nacional. Un caso evidente es la campaña contra Huawei.
También tiene grandes consecuencias geopolíticas. Estados Unidos controla el sistema financiero mundial y cuenta con las fuerzas armadas más poderosas, pero ya el presidente Obama reconoció que llegaba el momento de Asia, coincidiendo con un papel regional más agresivo de Beijing, en el Himalaya, en los Mares del Sur y del Este de la China, Taiwán y Hong Kong, con el desarrollo de proyectos como la iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), con consecuencias en muchos países, y por la ampliación de sus vínculos económicos y militares con Rusia.
La reacción de Washington consistió en adoptar nuevas estrategias de seguridad y defensa, y el refuerzo de sus alianzas tradicionales con Estados de la región como Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia y nuevos vínculos con otros países como Vietnam, Myanmar e India. China intenta construir una esfera de influencia exclusiva en el Asia-Pacífico, mientras Estados Unidos defiende sus intereses en la región, que en el pasado se manifestó en las Guerras de Corea y Vietnam.
Sin embargo, ambos están tomando acciones económicas y políticas que potencian en el otro la percepción de una amenaza, en un dilema de seguridad clásico. Aún no tienden a la confrontación directa, pero la eventualidad podría ocurrir y, por ejemplo, una acción china sobre Taiwán sería crucial.
Existen varias evaluaciones teóricas. Por ejemplo, Graham Allison, se pregunta si estas dos potencias no han caído en la llamada Trampa de Tucídides quien, al comentar las Guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta, (en el Siglo V, a.C.), sostuvo que la guerra es el resultado probable cuando una nueva potencia desafía a otra ya establecida.
Otros analistas especulan que existe un nuevo tipo de Guerra Fría, y evalúan que China está muy bien posicionada, debido a que dispone de una combinación de economía de mercado con un gobierno fuerte y autocrático basado en la meritocracia, en el país más poblado del mundo.
Pero la situación es distinta en muchos aspectos, por ejemplo, con la URSS era una lucha existencial donde no existía la relación que ahora caracteriza a un mundo globalizado, por la cual Estados Unidos y China tienen el vínculo comercial más grande del mundo, (en enero concluyeron la fase uno del arreglo bilateral sobre comercio, que busca soluciones a la guerra comercial).
A su vez, la capacidad militar no es equivalente como ocurría en ese período, debido a que Estados Unidos dispone de las fuerzas armadas más poderosas, mientras que a China le falta mucho para alcanzar su importancia y el despliegue geográfico de su poder.
Sin embargo, el antagonismo entre Estados Unidos y China alcanzó una nueva dimensión por los efectos inconmensurables de la crisis generada por la pandemia, que muchos equiparan con los de una guerra. El presidente Trump responsabilizó a China por su falta de transparencia y ocultamiento del Covid-19, facilitando la difusión del virus. La respuesta china fue que el cuestionamiento se debe al pobre desempeño estadounidense para enfrentar esta crisis global.
Otros analistas estiman que Trump adoptó una línea dura con Beijing teniendo en cuenta las elecciones presidenciales de noviembre, lo que es muy posible, debido que las encuestas indican que existe un sentimiento muy arraigado en la población estadounidense contrario a China. Pero hay que destacar que los candidatos demócratas, se expresan también con críticas duras a Beijing.
Washington se está refiriendo con respecto a China de una manera que no conocía desde los tiempos de Mao Zedong. Además, está adoptando sanciones que responden a las acciones chinas con relación a la población musulmana de Xinjiang, donde cientos de miles fueron enviados a campos de rehabilitación, por la adopción de una ley de seguridad para Hong Kong, que viola el estatus jurídico de sus habitantes convenido en una serie de acuerdos y los somete a un control policial que lesiona sus libertades individuales y, ahora, amplió su cuestionamiento a sus desarrollos en el Mar de la China que violan los derechos de otros Estados y la libertad de navegación.
Además, según el New York Times del 15-7-2020 está considerando poner en práctica una prohibición de ingreso a los Estados Unidos de los millones de miembros del Partido Comunista Chino, lo que daría lugar a represalias de Beijing, y sería un golpe directo a su relación y a la globalización.
Muchos países ven esta situación con gran preocupación por los lazos políticos y económicos que mantienen con ambos, donde tomar partido por una opinión u otra tendrá efectos directos en sus vínculos bilaterales. Es un problema que debe ser prioritario en los análisis de las políticas externas del Gobierno Argentino.
Atilio Molteni
Embajador (r)
IN/CC/rp.

