Museos y pandemia: a veces, la periferia es el centro

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“Voy a ser muy poco espiritual: mi obsesión es el dinero”, contestó sin dudar Miguel Falomir, director del Museo del Prado, a una pregunta sobre sus aspiraciones para el futuro. El contexto: un Zoom organizado por el Malba y moderado por su directora Gabriela Rangel. Falomir ya había explicado que la autonomía financiera del museo que dirige, hasta ahora considerada una ventaja, se había convertido en un gran problema en el escenario casi inimaginable que planteó la pandemia.

La independencia económica del Prado se debe a que genera recursos propios con los cuales financia el 75 por ciento de sus gastos. Esos ingresos provienen sobre todo de la venta de entradas, y esas entradas se venden sobre todo a turistas extranjeros. Los turistas suman la mitad de los 3.400.000 visitantes anuales pero conforman el 70 por ciento del ingreso, ya que existen diferentes programas de gratuidad para los ciudadanos españoles. La desaparición del turismo internacional sumió al museo en una crisis de la cual no saldrá sin ayuda oficial.

Luego de una larga negociación con el Ministerio de Cultura español, la reapertura ya está en marcha. En España, igual que aquí, nunca se consumió más cultura que en el encierro. Sin embargo, los espacios culturales iban a ser los últimos en volver a recibir gente. Hubo que convencerlos de lo contrario e implementar una serie de medidas que garantizaran la seguridad de los trabajadores y del público. La principal, una limitación del aforo a cifras ridículamente pequeñas en comparación, pero de alto valor simbólico.

La cosa se puso muy interesante cuando Falomir empezó a contar el proceso de reapertura no sólo desde lo práctico sino desde el replanteo de la función misma del museo y de sus posibilidades. Se sabe, los museos son guardianes de colecciones, pero sobre todo son ideas.

Obligado a reducir el recorrido a un cuarto de su superficie debido a la falta de personal de seguridad, inmediatamente surgieron preguntas: ¿Qué exhibir? ¿Por qué? Respondiéndolas nació el montaje del reencuentro, que sigue la lógica de una muestra temporal y propicia diálogos entre obras de cronologías diversas.

Como siempre ocurre entre gente que piensa, ese proceso de montaje derivó en un laboratorio de ideas para el diseño de un nuevo guion para la colección permanente, basado sobre todo en la renovación de repertorios temáticos.

Ese “museo de pintores más que de pintura que, dado su origen como colección real, careció siempre de ánimo enciclopédico” en palabras de Falomir, comienza a soñarse protagonista en una conversación que lo trasciende pero a la que, se da cuenta ahora, puede aportar mucho: ya están en marcha proyectos sobre el rol de la mujer en la historia del arte; sobre el papel de España en la época virreinal; sobre el papel que le cabe al museo en el fortalecimiento de la autoestima de millones de latinoamericanos viviendo en España, y sobre la materia de la que está hecha la mirada orientalista.

Estas y muchas conversaciones entre la colección y los temas de relevancia social para su entorno pueden llevarse a cabo echando mano de la colección del museo; un detalle fundamental, ya que la pandemia aceleró la decadencia de las muestras blockbusters debido a la dificultades surgidas en el traslado internacional de obras y a los altos costos de producción.

La estrella de este nuevo proceso es el Departamento de Educación. Contrariamente al MoMA o a la Tate de Londres, que achicaron sus gastos sobre todo reduciendo drásticamente sus áreas de educación y de relaciones con la comunidad, el Prado decidió fortalecer el contenido de sus visitas y la capacitación de sus mediadores. Y duplicó la apuesta: armó equipo de tres, con educadores, desarrolladores de contenidos digitales e investigadores puestos a intercambiar y a producir. Como corresponde a un buen líder, Falomir no tuvo empacho en decir que las áreas de educación y de comunicación no habían estado a la altura hasta ahora, básicamente porque un museo tan rico en patrimonio no necesita de grandes esfuerzos adicionales para atraer visitantes.

Resulta entonces que la otra nueva obsesión de Miguel Falomir es el contenido. En esto se parece a los modestos museos de provincias y a muchos museos latinoamericanos que, a falta de grandes colecciones e impedidos de soñar con blockbusters, se hacen atractivos para sus comunidades a fuerza de hacerse relevantes. Sin Velázquez ni Cezannes ni Jackson Pollocks a la vista, los museos de periferia hace ya un tiempo utilizan sus acervos como medios para contar historias, o para contar la historia atravesada por otras historias. Son espacios muy diversos que se fortalecen en la idea de contribuir al bienestar emocional de sus comunidades, en ayudarlas a procesar la relación con el pasado, y en desarrollar en ellas una mirada sensible y crítica.

Si los museos sobre todo son ideas, a veces la periferia es el centro.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/NB/CC/rp.

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