sábado 19 septiembre 2020

Argentina se encuentra en un estado de crisis energética estructural profunda

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La Energía es un insumo básico de la actividad económica y social. Sin un suministro energético confiable y competitivo no habrá en la nación una buena convivencia, no habrá competencia y tampoco habrá trabajo de calidad.

La Cuarentena del COVID nos enseñó mucho. La actividad económica cayó y con ella la demanda de gas, de gasoil, de nafta, de energía eléctrica. Las empresas energéticas tambalean y se encaminan a la quiebra: exigen subsidios. Los consumidores se ajustan el cinturón, crece la morosidad y el fantasma de los despidos aterroriza a los trabajadores. El Estado aumenta los subsidios porque sabe que la quiebra de las empresas provocaría el caos social. Además la realidad se llevó puesta la última de las utopías argentas: Vaca Muerta.

Más allá de la agudización atribuible a la cuarentena, los problemas energéticos argentinos son estructurales y han permanecido en los últimos cuatro lustros sin ser resueltos. Empresas eléctricas al borde de la cesación de pagos que no pagan la energía que distribuyen. Consumidores indefensos condenados a pagar precios no fijados en mercados abiertos y transparentes. Empresas productoras de Energía (Petróleo, Gas, Carbón, energía nuclear, etc.) que ya asumieron que no hay futuro posible sin pedirle subsidios al Estado.

Argentina se encuentra ante una encrucijada porque seguir así es perpetuar el desorden actual. Pero existe la posibilidad concreta de intentar una maniobra de transformación que no solo evite el mal mayor sino que nos lleve a un futuro energético sustentable en sentido amplio, para que deje de ser lo que hoy representa: un obstáculo para el Desarrollo.

Este desafío mayúsculo solo lo puede resolver la Política, que si se decidiera, tendría que empezar por cambiar su “modus operandi”, porque es sabido que los Partidos Políticos de la Democracia se han desentendido desde hace más de un cuarto de siglo de la Energía desvistiéndola de su rol estratégico.

Se requiere implementar una “Reforma Integral”: legal; organizativa; de propiedad; económica; impositiva y estratégica. El desafío es grande y excede al gobierno de turno, que debería ser quien convoque a un espectro amplio de actores del sector para acordar y conducir esa Reforma, ponerla en práctica y asegurar su continuidad.

La Reforma parte de la base que la Energía en Argentina se encuentra en un estado de crisis estructural profunda, cuyo alcance permiten afirmar que la economía energética está destruida; que las leyes de fondo son obsoletas y no se cumplen; que la organización institucional prevista en la normativa vigente es violada en forma sistemática; que las tarifas y los precios se fijan en forma caprichosa y al margen de la ley. Y con ese contexto, el Sector Energético se encamina inexorablemente a su propia quiebra. Solo un acuerdo amplio y sensato lo puede salvar de ese indeseable final.

El concepto rector de la Reforma es la Transición: una transición programada; no una transición improvisada que – en general- termina de la peor manera; una Transición múltiple y mediata, que nos permita transitar desde el actual “estado inviable” hacia un futuro “energético sustentable”.

Se trata de una Transición compleja y completa integrada por cinco componentes: 1) Transición hacia una matriz sustentable; 2) Transición en la Productividad; 3) Transición de Precios y Tarifas; 4) Transición de las decisiones irracionales hacia la racionalidad; y finalmente, 5) la Transición moral que nos lleve a un Estado eficaz y eficiente en la toma de decisiones.

Transición Energética: Argentina tiene que ser miembro activo en el esfuerzo mundial colectivo para mitigar y controlar el cambio climático. Esto implica una Transición de una matriz de consumo primordialmente carbonosa, fuerte productora de gases de efecto invernadero, a una matriz neutra en emisiones en 2050. Será una transición no exenta de dificultades políticas y económicas.

Transición en la Productividad: La producción de Energía en Argentina (hidrocarburos; electricidad; energía nuclear) se realiza con altos costos y muy baja productividad. Argentina no puede competir con su producción energética en el mundo porque sus competidores la aventajan en ambos ítems. Necesitamos dar un salto de productividad desde un sistema ineficiente a un sistema de alta eficiencia.

Transición de los precios y tarifas. Nuestra gente (la industria, el agro, los exportadores; los transportistas, los consumidores) necesitan precios bajos de la energía, para ser más competitivos los unos, y para mejorar sus economías familiares los otros, y para poder competir. Desafío tecnológico mayúsculo que no se alcanzará de un día para otro.

Transición hacia la racionalidad energética. Argentina decide generalmente rápido y mal en Energía. La historia energética está plagada de decisiones irracionales. Los malos ejemplos abundan en las últimas décadas: desde compra de centrales nucleares sin estudios, pasando por gasoductos licitados a las apuradas o centrales de carbón sin carbón. Los resultados siempre son muy perjudiciales para el fisco y por ende para el consumidor.

Dejamos para el final la Transición moral indispensable que nos transforme en un país serio y creíble: La Transición desde un país al margen de la ley, como es hoy el nuestro, deberá orientarse hacia un Estado eficiente y con una alta moral pública. Quizás este sea el logro más importante y a la vez más difícil de alcanzar en los próximos 30 años.

El IAE Mosconi acaba de publicar una propuesta con 60 medidas de política energética para alcanzar estos objetivos trascendentes y la somete a debate.
Ing. Jorge Lapeña
Presidente del IAE Gral. Mosconi
EN/BN/CC/rp.

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