sábado 19 septiembre 2020

Fotografía y mercado, contra viento y pandemia

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Por Eleonora Jaureguiberry
La feria de fotografía BAphoto está en boca de todos. Vale doble, porque la fotografía no sólo es resistida como arte por muchos aficionados: ni siquiera es reconocida como tal dentro de la ley de exportación de obras de arte.

La pandemia no acobardó a su director ejecutivo Diego Costa Peuser ni a su director artístico Francisco Medail, quienes imaginaron un formato digital que resultó claro por la buena lectura de las imágenes, y por la abierta exhibición de los precios. Que los hay de todos los gustos, de 150 a 50.000 dólares. Precio máximo muy bajo si imaginamos lo que puede llegar a pagarse una foto de Cindy Sherman en el mercado internacional, pero alto para el empobrecido mercado local.

Costa Peuser y Medail seguramente pensaron en ese todavía disputado status de arte cuando generaron un programa paralelo de clases magistrales y entrevistas. Coleccionistas, expertos, artistas y funcionarios desfilaron o desfilarán por nuestras pantallas para conversar sobre el modo en que se construyen los precios, para echar un poco de luz en la disputa sobre la cantidad de copias y los tipos de impresiones, para discutir los modos de conservar y de exhibir, y para hablar de la pasión y de la razón involucradas en el armado de una colección. Menos nítidas parecen ser las voces de los galeristas, los otros protagonistas de la feria.

La feria tiene secciones interesantes que pretenden reflejar la diversidad de propósitos involucrados en el proceso de sacar fotos, y el modo en que la fotografía que vale trasciende ese propósito original. Así, a la oferta de las galerías argentinas y extranjeras se suma la sección Play Room en dos versiones.

La primera es la de la galería Hilario, llamada “Cuadros dentro de cuadros”, y exhibe fotos del siglo XIX y de principios del XX, imágenes curiosas de espacios hoy desaparecidos en copias originales en diversos soportes.

La segunda es de la galería Hache, se llama “Donde el jamón no era jamón” y es parte del archivo del estudio fotográfico Luisita, conformado sobre todo por retratos de las estrellas de la Revista de la calle Corrientes de los años 70.

En ambos casos las obras son valiosas porque trascienden su intención original: a su calidad técnica se suma la capacidad de describir una época, de contar una historia, de producir emociones. Lo que hace el arte.

La oferta se completa con una sección vintage, otra emergente, y un Cine Club en donde puede verse un documental sobre la historia de la Luisita en cuestión que es simplemente imperdible. Y el ciclo de entrevistas, entre las que cabe destacar la que le hizo el fotógrafo Gabriel Valansi a José Luis Lorenzo, coleccionista cordobés que es un gran agitador de la escena en su provincia, y que recientemente ha sido invitado a formar parte del Board de ArteBA.

Valansi llevó a Lorenzo a contar sus inicios como coleccionista (“al principio compraba porque me gustaba. Después aprendí a estudiar el contexto y a resistir la pulsión inicial”), a hablar de dinero (“vivo de mi trabajo, y tengo una colección en base a lo posible. Muchas veces compro en cuotas, y cambio el auto muy poco seguido”), a describir sus estrategias (“V: ¿Comprás una obra o comprás un artista? L: Compro una obra en un contexto de producción de un artista. Muchas veces busco su obra más icónica”), y sus pasiones (“me despierto y me duermo pensando en arte, mis amigos pasan a ser coleccionistas y hablamos de obras y colecciones. Es parte de mi cuerpo”).

¿Por qué vale una fotografía? ¿Cómo se construye un mercado? Sin dudas la fotografía es un arte que, como todos los otros, es el producto del encuentro de nuestra inmemorial voluntad de representación con un dispositivo técnico específico, y la subsecuente exploración de las posibilidades y de los límites de ese lenguaje. Y vale, sobre todo, cuando el autor es el primero en avanzar en alguno de estos sentidos, creando una pieza original o fundante.

Pero la construcción del valor de esa obra no termina allí: depende de muchos otros actores que comprenden, conservan, difunden, estudian y disfrutan de esas piezas que, en conjunto, son una herramienta potente de identidad cultural y un archivo de la memoria colectiva.

Para que la fotografía valga es imprescindible, en primer lugar, poner el tema en agenda, comenzando por la construcción de un gran archivo visual. Colecciones como la del Archivo General de la Nación o la de muchos museos y archivos se construyen a partir de donaciones de familias, coleccionistas e instituciones.

En ese sentido y como humilde ejemplo, el Museo Beccar Varela de San Isidro lleva hace años una campaña, rebautizada en la pandemia “Cajas y Cajitas”, para que los vecinos rescaten de esas cajas guardadas en el sótano las fotos familiares que también dan cuenta de la vida de la ciudad. Los archivos de los museos deben además digitalizarse y compartirse online, para generar una verdadera alfabetización visual que permita a diferentes públicos educar la mirada en el detalle y la emoción.

En segundo lugar es importante comprender cómo se construye la pirámide de valor, en la cual todos los actores tienen un papel que cumplir. Las instancias de formación, los premios y bienales, los espacios de exhibición y legitimación públicos y privados, las galerías y su paso por ferias nacionales e internacionales, las adquisiciones de museos y coleccionistas, las publicaciones, los expertos, los críticos, los entusiastas. Y también las leyes que permiten o impiden la circulación internacional de obras de arte, y que promocionan el coleccionismo público o lo reducen al consumo privado. Cada una de estas instancias debe ser regulada con cuidado para que el mercado crezca con salud.

BAphoto sigue hasta el 15 de septiembre. Hay de todo para ver; van algunos ejemplos: Alfredo Jaar en la galería paulista Luisa Strina, la oferta de la galería Rolf, íntegramente dedicada a la fotografía, las obras de Grete Stern en Jorge Mara-La Ruche, y la obra de la siempre eficaz Flavia Da Rin en Benzacar, que es una suerte de homenaje a la gran Grete.

En uno de sus foros virtuales surgió la pregunta del millón: ¿De quién es una obra de arte? ¿Del artista que la produce? ¿Del coleccionista o el museo que la compra? ¿De quienes la miran?. Sin dudas es un poco de todos ya que el arte es para compartir, como compartimos, padecemos y disfrutamos una lengua, un territorio y un destino.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/NB/CC/rp.

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