sábado 19 septiembre 2020

Cambia el mapa en Oriente Medio. Israel: la “suerte” con auto ayuda de Netanyahu

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Por Luis Domenianni
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu (70 años), alias “Bibi”, es uno de esos políticos que suelen despertar escasa admiración. Poca en su propio país, aun entre quienes lo votan. Casi nada fuera de él, aún por parte de quienes son sus aliados.

No obstante, su carrera política jalona éxitos numerosos, por un lado, frente a pocos fracasos, por el otro. Fracasos de los que suele emerger, curiosamente, bien parado.

Muchos analistas atribuyen al primer ministro Netanyahu un aura de suerte que lo acompaña como a pocos de sus colegas. Sin embargo, otros, los menos, ven junto a dicha suerte a un político hábil, pertinaz, convencido, testarudo y convincente. En suma, un político de raza.

Seguramente, para quienes ubican su pensamiento político en el progresismo, tal cual hoy se lo identifica, el primer ministro no sea otra cosa que un “derechoso, mitad populista, algo racista, machista y hasta corrupto”.

Por el contrario, para quienes se suelen ubicar en la vereda de enfrente es un “nacionalista, bastante patriota, que persigue el sueño de construir el Gran Israel –el Israel bíblico que incluye Cisjordania, la actual Judea y Samaria-, en su momento, soldado con coraje y, en la actualidad, ganador de cuanta elección tenga por delante”.

Actualmente, comenzó su quinto mandato al frente del gobierno israelí –el cuarto consecutivo-, algo que muy pocos jefes de gobierno pueden incluir en su curriculum. En particular aquellos que rigen los destinos de gobiernos considerados democráticos.

Su primera administración aconteció entre 1996 y 1999. El resto de mandatos continuados arrancó en 2009 y se prolongará hasta finales del año 2021 cuando, por acuerdo previo, deberá ceder el cargo a su rival en las elecciones y actual viceprimer ministro, el general retirado Benny Gantz (61 años).

Los antecedentes del primer ministro Netanyahu lo muestran como un militar activo con participación en fuerzas especiales en operaciones desde la Guerra de los Seis Días en 1967 hasta la del Yom Kipur en 1973. Tras dejar el Ejército, y graduado como economista en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts, trabajó como consultor en el Boston Consoulting Group.

A su retorno a Israel, fundó el Instituto Antiterrorista Yonatan Netanyahu. Instituto que lleva el nombre de su hermano, muerto –único- al comando de la operación Entebee que liberó a los pasajeros de un vuelo comercial secuestrado por terroristas palestinos en el aeropuerto del mismo nombre en Uganda, cuyo dictador, Idi Amin, actuó como cómplice “pasivo” de los secuestradores.

Luego, arrancó su carrera política en el Likud, partido de derecha, fundado por Menájen Beguin en 1973. Fue embajador de Israel en Naciones Unidas, ministro en distintos Ministerios y primer ministro.

La suerte internacional
El 13 de agosto pasado, de manera conjunta en Jerusalén y en Abu Dhabi, Israel y los Emiratos Árabes Unidos informaron sobre el reconocimiento mutuo entre ambos y la apertura de embajadas.

Sin dudas un enorme espaldarazo para el primer ministro quien logra así, para su país, el tercer reconocimiento en el mundo árabe, tras los lejanos de Egipto en 1979 y de Jordania en 1994.

Por supuesto, detrás de semejante terremoto político, transcurrieron años de negociaciones. Primero, con la apertura de tímidas relaciones comerciales entre Israel, de un lado y Omán y Bareín, del otro. Luego con un acercamiento político con Arabia Saudita. Finalmente, con el intercambio de informaciones sensibles en materia de inteligencia entre Israel y los propios Emiratos.


Pero, fue sin duda, la oposición abierta e indisimulada del primer ministro Netanyahu al pacto nuclear que firmó con el Irán shiíta y teocrático, la administración norteamericana del ex presidente Barack Obama, el gesto que acercó posiciones.

Todas las monarquías petroleras del Golfo Pérsico objetaron en privado dicho acuerdo, pero solo el primer ministro israelí hizo pública dicha objeción.

Y entonces, operó como broche final aquello del “enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

Sin dudas, el Irán de los ayatolas es el enemigo número uno de Arabia Saudita, de Bareín, de Kuwait y de los propios Emiratos. Con los shiítas Hutíes, pertrechados por Irán, los árabes del Golfo se enfrentan abiertamente en Yemen.

De manera más larvada, lo hacen en Siria donde apoyan lo poco que queda de la rebelión contra el dictador alauita –rama del shiísmo- Bashar al-Assad, apoyado por Irán y el Hezbollah –shiíta- libanés.

Pero, además, las monarquías petroleras del Golfo no minimizan, para nada, dos peligros que Irán representa. Por un lado, la actividad terrorista que desplegaron, en su momento –y cuya capacidad conservan- los Pasdarán, los Guardianes de la Revolución Islámica iraníes y sus socios del Hezbollah libanés.

Por el otro, la capacidad nuclear y balística adquirida por los iraníes puestas bajo comando Pasdarán, no de las fuerzas armadas tradicionales.

Frente a este peligro, considerado como letal, la alianza con el Israel también con armamento nuclear –nunca públicamente reconocido- aparece como la opción a desarrollar.

Es más, parece un secreto a voces, la “eventual” y reciente intervención israelí que provocó un incendio en el centro nuclear iraní de Natanz. Percance que retrasó considerablemente la fabricación de centrífugas necesarias para el enriquecimiento de uranio, principal insumo para la producción de bombas nucleares.

Y no es todo. Aunque no es considerado como un enemigo –al menos, de momento-, los comportamientos belicosos del presidente turco, Recep Erdogan (66 años) en el Mediterráneo Oriental, generan un peligro adicional para una región que nunca alcanza la paz.

Partidario y miembro del llamado “islamismo político”, las vinculaciones de Erdogan con el mundo árabe pasaban por el Egipto de los depuestos Hermanos Musulmanes, y ahora transitan por el Qatar del príncipe heredero Mohamed Bin Zayed (MBZ) y por los palestinos de Hamas que gobiernan la Franja de Gaza.

La firma a principios del presente año de un acuerdo para construir un gasoducto submarino en el Mediterráneo Oriental que se interne en el mar en Israel y llegue a Chipre y Grecia –ambos en conflicto con Turquía- así lo prueba.

Además, la relación de Qatar con sus vecinos del Golfo es tormentosa. Otro motivo más para el acercamiento a Israel de las monarquías petroleras.

Síntesis: frente a Irán y, en menor medida, al eje Turquía-Qatar, Israel aparece como el mal menor. Ganancia para el primer ministro Netanyahu.

La suerte nacional
El 28 de enero de 2020, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, presentó el denominado “Plan de Paz para el Cercano Oriente”, una propuesta muy favorable a los designios israelíes. En particular, a los de la extrema derecha israelí.

Un simple vistazo sobre el mapa propuesto permitía alcanzar tres conclusiones.

La primera: bajo dichas condiciones la formación de un Estado Palestino en Cisjordania quedaba limitado a un Estado interior rodeado completamente por las nuevas fronteras israelíes propuestas.

La segunda: el reconocimiento de la extraterritorialidad de las colonias judías determinaba a dicho futuro Estado Palestino un estado de discontinuidad territorial nunca visto, a semejante escala, en la historia de la humanidad.

La tercera: solo la Banda de Gaza mantenía su superficie actual. En rigor la incrementaba con dos mini territorios “tapones” y una franja en la frontera con Egipto y ganaba una promesa –solo una promesa- de continuidad territorial con la construcción de un túnel por debajo de jurisdicción israelí que la uniría con Cisjordania.

El todo, parecía destinado al rechazo sin miramientos por parte de los palestinos, en particular, y de los árabes en general.

No fue así. Sí, los árabes rechazaron el Plan de Paz en la conferencia de la cada vez menos influyente Liga Árabe que, pese a la gravedad de la cuestión, tardó unos días en reunirse. Es más, a la presentación del Plan de Paz, asistieron los embajadores en Washington de los Emiratos Árabes Unidos y de Omán.

En rigor, el Plan de Paz mostraba un crecimiento del territorio palestino frente al reconocido por los acuerdos de Oslo de 1993, que originó la existencia de la Autoridad Nacional Palestina, pero una disminución frente a la totalidad de la Cisjordania previa a la Guerra de los Seis Días de 1967 que conforman las ambiciones actuales de dicha Autoridad.

Todo apuntaba pues a un nuevo paso en dirección del “fait accompli” –hecho consumado- dadas las características personales del presidente Trump y del primer ministro Netanyahu.

Tampoco fue así. Existía una fecha tope: el 1 de julio. Ese día, pensaban muchos analistas internacionales, Israel anexionaría los territorios que ocupa y que el Plan de Paz le asignaba. Nada de eso ocurrió. Unos días antes, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, declaró que la anexión no sería inmediata, ni unilateral.

La respuesta del primer ministro Netanyahu fue… ninguna. El establecimiento de relaciones diplomáticas con los Emiratos Árabes y los comienzos de negociaciones con Barein, Omán y Sudán se encargaron de disipar las dudas.

La contradicción a resolver fue o reconocimiento o anexión, y el primer ministro optó por lo primero. La anexión… ya vendrá… o no. También para el primer ministro el enemigo principal es Irán, no los palestinos, mucho menos los árabes en general.

Es más y a tener en cuenta: la delegación que viajó de Israel a Emiratos Árabes, presidida por el yerno del presidente Trump, Jared Kushner, lo hizo en un avión de la compañía israelí El Al y sobrevoló, con la autorización correspondiente, el espacio aéreo… saudita.

¿Y los palestinos? Mal en Cisjordania y no tan mal en Gaza. En Cisjordania, la vieja guardia de la Autoridad Nacional quedó desubicada y aferrada a una idea territorial que ya no recibe apoyo del resto del mundo árabe.

En Gaza, la dirección del Hamas –cercana a Turquía- neutralizó luego de unos cuantos días a sus elementos más ultras y anunció un acuerdo con Israel para finalizar la escalada guerrera entre ambos contendientes.

Cierta perspicacia, sin dudas, del Hamas, pero, además, un reconocimiento realista de la dependencia del vecino sionista. Por un lado, por el avance del coronavirus y la necesidad de abrir los pasos para la llegada de insumos. Por el otro, y en igual sentido, la necesidad de importar carbón para el funcionamiento de la única central termoeléctrica, paralizada buena parte del día. Dos justificativos claros.

Síntesis: los palestinos no conforman una prioridad para el mundo árabe e Israel saca partido de ello. Ganancia para el primer ministro Netanyahu.
La suerte política
En enero 2020, todo parecía perdido. Al otro día del primer día del año 2020, el primer ministro Netanyahu se vio obligado “in extremis” a solicitar a la Knesset –el Parlamento- una inmunidad legal que le permitiese competir en las elecciones de marzo 2020.

Es que un día después daba comienzo el proceso por corrupción, fraude y abuso de confianza, abierto en su contra, en tres asuntos bastante complicados.

Alcanzada la inmunidad, se trataba de lleno de meterse en la campaña electoral. En un momento dado, la izquierda se unió toda en su contra. En otro momento, los árabes israelíes unificaron sus listas para pesar a la hora de formar gobierno.

Pero el primer ministro, guste o no, no es de los que se ponen nerviosos ante un proceso electoral que se avecina difícil.

Juntó el Plan de Paz favorable del presidente Trump. Juntó la presencia de 40 jefes de Estado y de Gobierno –la mayor en la historia de Israel- en ocasión del 75 aniversario del holocausto. Y el 3 de marzo ganó, por quinta vez, las elecciones legislativas de su país.

Previamente, el 17 de marzo fue el día previsto para el comienzo del proceso judicial en su contra, suspendido en enero. Pero, claro, juzgar a un ganador no es sencillo, ni siquiera en países con una democracia consolidada como Israel. Y el coronavirus operó el resto. Pandemia mediante, el proceso fue postergado a mayo.

Mientras tanto, el presidente israelí Reuven Rivlin solicitó al rival del primer ministro, el general Benny Gantz, la formación de gobierno. Mientras el “viejo zorro” Netanyahu se mostraba partidario de un gobierno de unión nacional para enfrentar el coronavirus.

Y el “viejo zorro” tuvo razón. Gantz no pudo formar gobierno porque se negó a incluir a la unificada representación parlamentaria de los árabes israelíes. Y el Parlamento votó favorablemente –el 20 de abril- una división del poder entre los dos rivales principales.

Así, el primer ministro Netanyahu continuará en el poder por dieciocho meses con el general Gantz como vice primer ministro –cargo expresamente creado- y luego enroque. Claro que 18 meses es mucho tiempo…

¿Y el proceso judicial? Comenzó en julio y seguirá…su curso.

Conclusión: el primer ministro Benjamin Netanyahu es un hombre de suerte. Claro que la suerte, por lo general, llega cuando se la ayuda. Es el caso.
Nota Israel:
Territorio: 22.145 km2, puesto 151 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 9.227.000 habitantes, puesto 97.
Densidad: 418 habitantes por km2, puesto 32.
Producto Bruto Interno: 354554 millones de dólares, puesto 51 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 37.663 dólares anuales, puesto 33.
Índice de Desarrollo Humano: 0,906, puesto 22. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
IN/BN/rp.





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