viernes 26 abril 2024

«Para un país entero», el desafío será dejar de derramar lágrimas y pasar a la acción

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Geografías equivocadas (o las desculturas argentinas)
Por Jorge de Mendonça

Soy un neófito en materia de tácticas de guerra y ocupación militar, pero puede que ese puntito en el mapamundi, Buenos Aires, sea tan poderoso, que ni a los ingleses ni a nadie se le ocurrió invadir por cualquier otro lado.

En mis mañanas parado-apretado en “el 86”, la imagen urbana de la Ricchieri en el cruce de la General Paz me dejaba siempre en claro que no vivía ni en una metrópoli opulenta ni trabajaba en una ciudad maravillosa, sino en una infamia multilateral que ya no es ni producto del centralismo ni de seis décadas de expulsión sistemática desde el interior hacia allí, sino de los desprecios internos de ella misma, la de los 100 barrios y de las débiles posiciones de los liderazgos “interiores”.

Infinidad de veces presencié exposiciones magistrales de cuestiones urbanas, fueran históricas o de planeamiento, en las que los mapas sólo contenían una isla rodeada de desierto más allá de la frontera de la General Paz y del Riachuelo.

Mientras Londres está por inaugurar Crossrail, un túnel de punta a punta de la metrópoli del Támesis, la ¿opulenta? abandonó o tiene en riesgo de abandono cinco de los seis cruces ferroviarios del Riachuelo – Matanza y no hay un sólo proyecto (real, ni mucho menos serio) como para conectar los aeropuertos principales.

Las urbanidades desesperadas, eufemísticamente llamadas “villa miseria” hace casi un siglo y, con no menos eufemismo, “barrio” hace un cuarto de centuria, no son ni especial consecuencia de la expulsión ni de la economía, sino expresión primera de una metrópoli que así nació, trazando fronteras de pocas cuadras en las que “del otro lado sólo están y estarán los que no están en lo principal de la isla”.

La línea del subte H, trunca a 500 metros de la estación ferroviaria Dr. A Sáenz, es coherente con la eliminación de la Estación Buenos Aires y su promesa de llegar a Constitución. Los que entre cafés hemos escuchado a la cuna innata de las técnicas decisiones al respecto, hace 25 años que soportamos el fraserío que justifica “pero para qué quieren llegar al Centro con el Belgrano Sur, si ahí tienen el subte H”.

Pruebas a la vista: las primeras megaobras de viaductos presentadas politiqueramente hace un lustro, eran las del viaducto Sáenz – Constitución, pero los únicos que se realizaron fueron los del Mitre y el San Martín. ¿Alguna prueba más del pensamiento de 30 cuadras?

Ramiro de Mendonça Galarza, en su texto “El mundo citadino y el desierto campestre”, da como una vuelta de tuerca al poema “Antes era todo campo” de Ignacio Vázquez, y expresa ese comprender como desierto a todo lo que no es lo que uno cree que tiene o conoce. Quizá, a todo lo que no es esas treinta cuadras porteñas.

Es impensable fortalecer “el interior” del país desde una metrópoli que se cree opulenta cuando sólo ha construido miseria, más por su decisión sectaria que por la propia economía o migración.

Ya antes “el interior” ha tenido toneladas de justificaciones que podrían haber resultado en una Argentina sin Buenos Aires, mientras la Primera Junta sigue rechazándole a Güemes las 7.000 tropas y pertrechos, porque no hace falta echar al realista del Alto Perú, pues Buenos Aires ya tiene el oro para la revolución.

El 9/11/2001, el diario “Ámbito Financiero” tituló “Se aprobó la Ley Balestrini” a una norma de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El entonces intendente de La Matanza había estado presente en la sesión de la sanción, pero sólo ahí y en alguna llamada telefónica que sirvió para que no dejaran de escuchar a dos vecinos matanceros, especialistas en transporte, que buscaban cambiar el paradigma de la movilidad metropolitana. Tibiamente, el alcalde de la “segunda ciudad argentina”, no se había atrevido a una pelea frontal por la mayor integración del Sudoeste.

Manuel “Manolo” Quindimil, entonces intendente de Lanús, reconocido dirigente y mariscal, se ofendió con un “a mí nadie me usa” cuando éste autor le dijo que un directivo porteño se había aprovechado de él pidiéndole que firme un acuerdo para radicar en su municipio un taller de subtes que sólo le interesaba a la Ciudad Autónoma.

Aquellos históricos alcaldes nunca comprendieron que todo su poder político debía ser utilizado para levantar el teléfono y decirle al Alcalde Aníbal Ibarra, que sus urbanidades son de la misma metrópoli y que el proyecto de subtes de la Ciudad debería contemplar la interacción con todo el territorio.

Lo importante no es hacer que las treinta cuadras de Buenos Aires dejen de actuar con opulencia y desatención hacia el resto de la metrópoli y del país todo, sino que cada pensador, técnico, político, empresario de cualquier parte del país o de las propias miserias metropolitanas, comience a actuar con altura. Con estrategia en lugar de con meras circunstanciales tácticas.

Cada cabecera de departamento o municipio, cada capital de provincia, no actúa diferente a las treinta cuadras porteñas para con Pompeya o Villa Bosch.

En las elecciones de 1993, dos intendentes a 100 km del Congreso sufrían un fuerte contraste: el que ganó las elecciones de concejales de ese año, sólo había barrido la vereda de la ciudad cabecera y puesto flores en las plazas, mientras el campo era intransitable. El que perdió en su municipio, sólo se había dedicado a que casi ningún camino rural quedara anegado, aunque también barrió la vereda.

No es que “sólo era campo” en las mentes citadinas cabeceras, sino que para esa cultura sigue siendo desierto, el cual sólo es válido de ver en alguna vacación o en el decorado de alguna página web.

Cada pueblo que casi está abandonado, no es síntoma, sino también causa: no se conoce demanda alguna por delito (¿de lesa humanidad?) contra el Estado que no llegó con caminos, retiró correos, retiró ferrocarriles, no llegó con teléfonos y, por si faltara poco, se siguió asegurando los impuestos.

Es aborrecible culpar a la víctima, pero cada vez que desde las periferias se acepta como válido el que se está en el desierto, se sigue empoderando a la urbanidad de treinta manzanas que jardinea algunas plazas al tiempo que usa a un alcalde conurbano para beneficiar a la isla.

Quizá los estrategas británicos ya tenían en claro que un estornudo en la Plaza de la Recova sería suficiente como para que un patricio de Salta o Mendoza comenzara a buscar su pañuelo.

El desafío será dejar de derramar lágrimas y pasar a la acción, donde lo importante es comenzar a hablar del País entero, por dentro, lo mismo que en la propia metrópoli porteña, de sus urbanidades interiores en lugar de seguir llorando por las, apenas, treinta manzanas levemente opulentas.
Jorge de Mendonça @JdeM – Bahía Blanca, Octubre 6 de 2020
Pg Planeamiento y Política de Transporte
P/BN/CC/rp.

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