lunes 26 octubre 2020

¿Por qué los hombres beben vino y las mujeres agua?

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Por Agustina Pereira

En 1928, Virginia Woolf irrumpió con su “habitación propia” en un mundo donde los hábitats de las mujeres eran provistos mayoritariamente por los hombres. Una exquisita metáfora sobre las luchas, exposiciones bordadas, marchas y contramarchas de las mujeres por hacerse un lugar en el mundo no doméstico.

La ficción que enuncia Virginia a partir de su habitación propia, y las visitas a los espacios de saberes masculinos de Oxbridge, la mezcla de Oxford con Cambridge, mientras seguramente en lugar de disfrutar un tea at five, disfrutaba de un brunch, ponen de relieve la estrechez del disfrute del mundo literario por parte de la sociedad en su conjunto.

Sabemos que no siempre la palabra escrita hace el camino, sino que la complejidad y rigidez contextual es bastante más enredada que las palabras. Las palabras dan lugar a un universo de sensaciones que permiten sobrellevar las no ficciones de nuestro alrededor.

Podría sintetizarse que a partir de su ficción sobre el espacio propio, una habitación, un cuarto pequeño, discreto; y una mínima pensión, la mujer escritora tendría las mismas habilidades que un hombre escritor. Podríamos animarnos a pensar que a partir de su ficción más novelas de autoras mujeres se han podido leer y deleitar, así como caminar por más bucólicos jardines, acceder a todo tipo de claustros o librerías y así infinitos lugares. Mujeres hacen más lugar a mujeres.

En los noventa entre tantas otras paradojas de la humanidad, apareció una nueva palabra: los no-lugares. Marc Augé propone habitar los espacios de contemporaneidad desde el anonimato. Estos híbridos no-lugares también podrían ser el no-cuarto propio de Virginia, porque estos no-lugares despersonalizan al sujeto en un anonimato. Estos no lugares son espacios de tránsito, de flujo, de no apropiación.

Virginia y Marc enuncian espacios físicos con distintos pesos del sujeto, o capacidad con o sin voluntad sobre la ocupación de esos espacios: la apropiación y la despersonalización. Mujer y hombre, quizás sea casual, quizás no lo sea.

Veamos a la Argentina de hoy. Bastante lejos de las bibliotecas inglesas y aeropuertos europeos, muchísimos años después, se ha consolidado un colectivo “mujeres” que además de haber logrado la paridad, logra exponer las brechas de acceso a servicios públicos en la agenda pública de manera significativa. Un colectivo de verde potente, muy potente, con varias conquistas y otras luchas en camino. Ha propiciado que hoy la agenda pública contenga un Ministerio, un presupuesto con perspectiva de género, muchísimas mujeres en puestos de decisión, en cargos electivos. El verde como símbolo de búsqueda de equidad y espacio de resistencia, que además incluye diferencias conceptuales dentro del colectivo.

Y digo búsqueda porque los pendientes aún son varios y difíciles. Aunque alcanzables. Las mujeres hemos alcanzado la habitación propia. La igualdad es la búsqueda. Aún quedan por cubrir más estantes de las bibliotecas mentales y de ficción. Buscando aún reflexiones a las preguntas de principios de siglo XX: ¿por qué los hombres beben vino y las mujeres agua?, ¿por qué un sexo es tan próspero y el otro tan pobre?, ¿cuáles son las condiciones necesarias para la creación de obras de arte?, ¿por qué los hombres escriben sobre las mujeres pero las mujeres no escriben … sobre los hombres?, ¿por qué son pobres las mujeres? Parecen preguntan vigentes en cierto modo y en varios si-lugares del planeta. También podrían diluirse en el marco de un mar de conquistas, es cierto.

Me pregunto, hoy en pandemia, sentada en una plaza, como tantas mujeres más, y con barbijo puesto más anónima que nunca: ¿Por qué las mujeres debemos mostrar más mérito que los hombres y aun así no es suficiente?
Agustina Pereira
Politóloga, experta en formulación y gestión de proyectos con organismos internacionales
IG/BN/CC/rp.

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