lunes 26 octubre 2020

Crónicas de pandemia: Volver al Museo, una experiencia que nos deja muchas enseñanzas

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Eleonora Jaureguiberry

“Hasta entonces pensábamos al museo en términos de obras y de público; ahora hablamos de picaportes, puertas y ventanas”, contaba con naturalidad Emanuel Díaz Ruiz, director del Museo Franklin Rawson de San Juan, en un Zoom reciente con los museos de San Isidro. El Rawson es el único museo argentino que abrió al público en tiempos de pandemia; lo hizo entre el 3 de julio y el 21 de agosto, cuando la provincia volvió a fase 1. Su experiencia deja muchas enseñanzas que vale la pena rescatar.

Díaz Ruiz estaba acompañado por Natalia Segurado, directora del Museo de Historia Urbana de la ciudad de San Juan, quien contaba que el museo que dirige estaba cerca de ser inaugurado cuando la provincia decretó el aislamiento obligatorio. Para crear un vínculo con su comunidad el museo organizó una campaña virtual de donaciones de fotos para su naciente colección, y compartió plantines del jardín vertical que enmarca la entrada de su sede. Ambos funcionarios trabajan en colaboración para evaluar cursos de acción.

Vale la pena hacer el ejercicio de imaginar lo que en San Juan llamaban “la experiencia pandémica”; aunque algunas de las medidas nos suenen muy conocidas, otras sin duda alteran el modo en que estamos habituados a habitar un museo. Aquí van: Pedir turno, limpiarse los pies en la alfombra sanitizante, usar barbijo, limpiarse las manos con alcohol, tomarse la temperatura y dejar el número de DNI. Una vez adentro, guardar distancia de seguridad y circular en una sola dirección, contemplando el aforo máximo de cada sala. Las visitas grupales están suspendidas. Los visitantes no pueden permanecer en el museo más de 30-40 minutos. Las puertas están abiertas para evitar tocar los picaportes, y las ventanas también, para garantizar la circulación de aire. Los niños, en cochecito o de la mano de los adultos.

La experiencia de la gente que trabaja allí es igual de disruptiva. El personal del museo rota entre los departamentos, y muchos de ellos, todos los que pueden, hacen teletrabajo. Cada vez que alguien deja una computadora se impone un estricto protocolo de desinfección; el uso de los baños y su limpieza es una ceremonia compleja.

Este protocolo está inspirado en gran medida en el que confeccionó el RAME (Red Argentina de Museos y Espacios de Arte), fundado por el Museo de Arte Moderno, Malba, Fundación Proa y el Museo Nacional de Bellas Artes, con el objetivo primero de elaborar una guía que sirviera de base para todos los espacios de arte del país. El documento, inspirado en las experiencias de grandes museos del mundo, sugiere distintas medidas y escenarios posibles para preservar la salud de trabajadores y visitantes. Por esas cosas de la geografía pandémica, le tocó al Rawson ser el primero en ponerlo en práctica.

Según Emanuel Díaz Ruiz, la primera cosa que los sorprendió fue el interés del público por volver al museo. Habían calculado que la gente tendría miedo al contagio, pero los pedidos de turnos casi duplicaron el número de visitantes habituales. Como las clases estuvieron suspendidas todo el año, docentes de distintos niveles solicitaron visitar el museo para grabar videos que luego mandaron a sus alumnos.

Presentes en el Zoom, los staff completos del Museo del Juguete, del Museo Beccar Varela y del Museo Pueyrredón hicieron muchas preguntas. Cecilia Pitrola, directora del Museo del Juguete, se inquietaba pensando el complejo protocolo que habría que imaginar para un museo cuya principal atracción es manipular objetos. “Pensar que teníamos planeado abrir un espacio para la primera infancia”, suspiraba mientras contaba el éxito impensado que habían tenido las guías para docentes y padres que el Museo había elaborado con diversas actividades relacionadas con el juego.

Los otros dos museos, que están emplazados en espléndidos parques con barrancas que son paisajes protegidos, se entusiasmaban pensando en una reapertura al aire libre, ya que sus jardines forman parte del guión museístico y son tan atractivos como sus casas.

En la ciudad de Buenos Aires el panorama es similar: Delfina Helguera, directora del Museo Larreta, cuenta que al museo va sólo el personal de mantenimiento, limpieza y conservación. No hay fecha cierta de reapertura; el museo hace muestras virtuales, como “Imprescindibles”, un recorrido por las principales obras de la colección, y está preparando otra sobre los libros y los documentos de la biblioteca que nunca se vieron.

Teresa Riccardi, directora del Museo Sívori, habla de la reapertura en dos dimensiones: para ella se trata no sólo de restaurar las colecciones, sino restaurar la idea del museo como lugar de encuentro. Rescata el difícil camino de trabajar virtualmente con el personal del museo, y el modo en que trajo beneficios impensados en las dinámicas del equipo. Hubo mucho trabajo de investigación sobre la colección, y una nueva reflexión sobre ciertos aspectos del patrimonio del museo que no hubieran sido posibles con la carga de trabajo diaria de un museo abierto.

Lo cierto es que, a pesar de estar cerrados, los museos han confirmado su vocación de encontrarse con su público. Desde los cursos y muestras virtuales del Rawson, Malba y Proa, entre muchos otros, hasta la Búsqueda del Tesoro por Whatsapp que organizó el Museo del Juguete, cada uno ensayó un lenguaje que afirma su relevancia y sigue cultivando su audiencia.

Entre los gestores culturales circula la idea de que los museos son un servicio esencial, ya que la inspiración y el amparo que ofrecen a sus visitantes es más importante que nunca. Los museos son espacios metafóricos en donde se encuentran el pasado, el presente y el futuro; como tales, son extraordinarias cajas de herramientas simbólicas que nos ayudan a lidiar con la incertidumbre y con la pena, y a pensar la pandemia en su dimensión histórica y social.

Los museos se cuestionan por qué los bares están abiertos y ellos no. Sostienen que alimentar el alma es tan importante como alimentar el cuerpo, y que lo que ellos hacen es poco comprendido por quienes abren y cierran las compuertas. Para ellos, y para todos los que están esperando ansiosos el reencuentro, la vida se vive con los pies en la tierra, las manos en la masa, y los ojos en el cielo.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/NB/CC/rp.





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