jueves 26 noviembre 2020

El arte de Tana Pujals, “Monos, el arte y la pasión del retrato”

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“Un mono, después de emborracharse de brandy, nunca más lo tocaría, y esto es mucho más sabio de lo que harían la mayoría de los hombres.” – Charles Darwin

Siempre admiré a Charles Darwin y su teoría de la evolución por selección natural. Muchos creen que descendemos directamente del chimpancé. La verdad es que no hemos evolucionado del mono. Lo que ocurrió, en cambio, es que tuvimos un antepasado en común con los monos actuales. Nuestro tronco en el árbol genealógico de la vida se separó entre 5 y 7 millones de años. Seguimos compartiendo cerca de 99% de nuestros genes con el chimpancé pero la diferencia del 1% es muy importante puesto que tenemos entre 20.000 y 25.000 genes operativos según José Maria Bermúdez de Castro, científico español.

Con esta pequeña introducción científica los llevo a un problema freudiano que tengo y como empecé a entusiasmarme con el retrato de los primates. Muchos fueron los pedidos para que yo retratara niños y adultos con sus mascotas. Darle la expresión a la mirada de las mascotas era casi instantáneo, sin esfuerzo y con naturalidad. Lo contrario me sucedía con la mirada humana: distante y vacía. Fue entonces que se me ocurrió retratar los monos, tan parecidos a nosotros en sus miradas. Compulsivamente retraté como doce caras, cada una con una expresión diferente: curiosa, amorosa, asustada, furiosa, alegre, etc. Yo misma me sorprendí de lo elocuente que me habían salido. Pasé imediatamente, en la misma hoja a la mirada del humano ¡Desastre total! No aparecía ninguna expresión. Seguía aquella mirada distante.

Con esta experiencia decidí no retratar a los humanos y concentrarme en los animales. Desde ese momento mi pasión por los monos continuó creciendo. Cuánto más los observaba y estudiaba, más semejantes me parecían a nosotros. Esto lo pude comprobar personalmente en mi viaje a South Luangwa Valley, Zambia. Mientras descansábamos después del almuerzo en un de los “campos” me puse a observar a una familia de babuinos amarillos.

La madre estaba amamentando a su bebé en la sombra de un árbol mientras su otro hijo adolescente no paraba de molestarla con una ramita como demonstrando ciertos celos por el nuevo integrante de la familia. En cierto momento, la madre ya harta, deja a su bebé en el piso, agarra de la oreja a su hijo, le da unos tirones y luego un cachetazo seguido de varios gritos y lo arrastra hasta un tronco caído. Lo deja ahí de castigo, como hacían en mi época nuestros padres cuando nos mandaban al rincón.
Tranquilamente regresa a su tarea de amamentar a su bebé. Al poco rato lo coloca sobre su hombro y le da unas palmaditas suaves y repetidas en la espalda para hacerle el provechito. Una vez terminado, lo acomoda con mucho cariño en la otra teta. Estas acciones me dejaron sorprendida ya que eran igualitas a las nuestras.

Juegan, se pelean, se aman como cualquier familia humana lo haría. Su comunicación tiene un amplio repertorio de vocalizaciones, gestos, expresiones corporales y faciales que, yo como observadora, puedo entender aunque no sea uno de ellos.
Me quedé ahí sentada a la sombra, mirándolos. A lo lejos veía el Río Luangwa seco, unos elefantes cruzando este cauce sin agua con paso lento y tranquilo. Por el extremo calor de las 14 hs. la naturaleza parecía suspendida en el aire, con excepción de mi familia de babuinos. Ahora había llegado la hora de asearse unos a otros. Esta acción era hecha con mucha concentración y seriedad, así como la búsqueda de piojos. Los más jóvenes preferían seguir jugando, corriendo, saltando y gritando.
Tan absorta estaba que no saqué fotos, pero esa tarde quedó grabada en mi mente y disparó mi pasión por retratarlos.

Somos tan parecidos que podríamos aprender mucho de ellos si nos bajáramos de nuestro pedestal de homo sapiens y nos dignáramos a escucharlos.
Tana Pujals.
Artista con pasión por retratar animales.
CC/BN/CC/rp.

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