domingo 7 marzo 2021

EE.UU. Con Biden en la Casa Blanca comienza un período con grandes expectativas

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Por Atilio Molteni-Embajador

Al asumir la presidencia el 20 de enero Joe Biden, en una ceremonia de características inusuales debido a la pandemia y un despliegue militar sin precedentes por la preocupación de atentados del terrorismo vernáculo, tendrá que enfrentar una serie de crisis internas que incluyen el Covid-19, la economía, el conflicto racial y las consecuencias del asalto al Capitolio el último 6 de enero.

Para resolverlas, tiene previsto adoptar rápidamente una serie de directivas ejecutivas sin depender del tratamiento de sus iniciativas de leyes en el Congreso, donde también el Senado deberá dedicarse a considerar el juicio político a Donald Trump, retrasando la agenda política gubernamental.

Las directivas ejecutivas, se basan en el artículo II de la Constitución, que le otorga al presidente un poder discrecional para poner en vigencia las normas legales existentes y hacer funcionar al Poder Ejecutivo, estando sujetas a revisión judicial. Se remontan a los comienzos del Estado, y han sido utilizadas por todos los presidentes. Por ejemplo, Barack Obama adoptó 276 directivas y Donald Trump 210, hasta principios de este mes.

Las analistas comentan que, en el caso de Biden, estas directivas estarán orientadas a obviar algunas de las políticas más discutidas de su antecesor, como volver a participar en el Acuerdo de París de diciembre de 2015 sobre Cambio Climático, anular el retiro estadounidense de la OMS, levantar la prohibición del ingreso de personas provenientes de países predominantemente musulmanes, impulsar las acciones para volver a reunir a los menores con sus familias -después de haber sido separados al cruzar la frontera desde el sur-, modificar las normas migratorias, cancelar el oleoducto Keystone XL, para transportar petróleo desde Canadá al Gofo de México (con grandes consecuencias ambientales) y adoptar una estrategia nacional común con la pandemia o vinculada a medidas de alivio social.

Un tema prioritario para la nueva Administración se originó en el ataque al Capitolio, pues a la campaña de desinformación que utilizó Trump referida al resultado de los comicios, se unió la expresión de violencia de los supremacistas blancos puesta en evidencia por muchos de sus protagonistas. Lo ocurrido podría tener relación a que durante la campaña electoral Biden anunció que haría frente a todo tipo de acciones sistemáticas contra las minorías, incluyendo las políticas y las económicas, a la elección de su compañera de fórmula Kamala Harris y, además, a que obtuvo un apoyo mayoritario de los afros estadounidenses en las elecciones del 3 de noviembre.

Frente a este objetivo que busca lograr la justicia racial, los que se consideran representantes de la identidad blanca (aunque tengan los orígenes más variados) buscan conservar su estatus actual y su poder político, y no reconocen los avances legislativos que se consagraron gradualmente en Estados Unidos desde la Guerra Civil, que en su momento dio origen a un proceso llamado “Reconstrucción”, que tuvo alcances limitados. Por ello, defienden la continuidad de una serie de prácticas discriminatorias en el sistema electoral, en la justicia y en el accionar de la policía, que ahora van a ser revisadas por los demócratas. A cincuenta años del asesinato de Martin Luther King, el racismo y la igualdad para todos sigue siendo un sueño distante.

El gran interrogante de la política interna es si puede existir un Trumpismo sin Trump. Varios analistas especulan que va a ser el caso, pues observan que se trata de un movimiento nacionalista y populista, que tiene antecedentes previos a su victoria en las elecciones de 2016, y que cobró fuerza con su política exterior basada en “América Primero”, en la revisión de la política comercial, en el desplazamiento de los grupos de interés que han primado tradicionalmente en Washington, en conservar el mandato de quienes han perdido en la globalización, y en ignorar un orden global cuando está en desacuerdo con los intereses estadounidenses.

En lo inmediato, ya comenzó un debate entre los líderes republicanos tradicionales, que favorecen las rebajas de impuestos, los valores de la familia, y otros objetivos políticos que estuvieron vigentes durante las presidencias de Reagan y de los Bush (padre e hijo), y que ahora tratan de que Trump deje de tener influencia en las próximas elecciones, responsabilizándolo -entre otras consecuencias muy negativas- por la pérdida de la mayoría en el Senado por la derrota en Georgia, mientras los seguidores del expresidente quieren saldar cuentas con los representantes y Gobernadores que no se muestran solidarios con su ideología. El problema para la estabilidad política y social es que un 49% de los votantes de derecha, piensan que a Trump le robaron la elección y que el poder no corresponde a Biden, que representa a un país liberal, urbano y de ciudadanos multirraciales.

Por su parte, a poco de resultar electo, Biden, dijo que Estados Unidos estaba listo para liderar al mundo, dejando atrás la política de “América Primero”, de la Administración Trump y, en cambio, restableciendo sus alianzas, participando en organismos y tratados internacionales y haciendo uso de la diplomacia para terminar con sus guerras permanentes, en una acción global inspirada en los principios de la convivencia entre los Estados. El problema central es que su “hoja de ruta” y su capacidad de acción va a estar limitada, hasta que logre superar o condicionar las crisis internas.

Luego, dio a conocer los nombres de quiénes serían los miembros de su Gabinete que estarán a cargo de la política exterior y de la seguridad, todos ellos veteranos de la Administración Obama, muy conocidos y respetados por su trayectoria profesional y espejo de la diversidad cultural y multiétnica del país.

La integración de este equipo lleva a preguntarse cuál será la orientación de la política exterior de Estados Unidos, debido a que el mundo actual es muy diferente del que existía en 1972 cuando Biden comenzó su labor en el Senado y, posteriormente, en la Comisión de Relaciones Exteriores, y luego, como vicepresidente de Obama (2009-2016). Estas experiencias lo enriquecen para lidiar con los desafíos actuales. El gran interrogante es si Biden restaurará el orden internacional liberal, o si elegirá nuevos caminos pragmáticos que tomen en cuenta los cambios ocurridos.

Pero, este orden internacional liberal estable basado en una combinación entre la soberanía de los Estados y la defensa de valores universales entró en crisis con el fin de la Guerra Fría cuando desapareció la URSS, enemigo ideológico que unificaba la posición internacional de varios países.

Más adelante, al finalizar el breve lapso en el que Estados Unidos se convirtió en la única superpotencia, el presidente Trump dejó de lado su liderazgo y, a través de acciones erráticas, buscó afianzarse apoyado en el nacionalismo, el populismo y la identidad nacional, no obstante coincidir con un período de gran competencia con China y Rusia, países que se basan en un modelo autoritario y un capitalismo de Estado. Con Beijing comenzó una confrontación en temas comerciales y con Moscú continuó la política de contención, para consolidar a los países que formaron parte de la URSS. En Medio Oriente afianzó las relaciones con Israel y con algunos países árabes sunitas, todos ellos adversarios de Teherán.

Sin embargo, el orden internacional liberal es criticado por problemas que derivan de errores cometidos en el impulso de la democracia en países que no reconocían sus valores, en las consecuencias negativas de la intervención humanitaria y otras acciones en Medio Oriente, y en la imposibilidad de reconstruir Estados fracasados, además de la expansión de la OTAN y la falta de contención del poder militar que caracterizó a Estados Unidos.

Tanto el Secretario de Estado propuesto, Antony Blinken, como el Consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, -se los califica como liberales intervencionistas- se han expresado a favor de este orden, pero adaptándolo a las nuevas realidades y desafíos, donde la promoción de los derechos humanos y las críticas a los Gobiernos dictatoriales o corruptos serán un componente básico, contrastando con la indiferencia demostrada por el expresidente Trump. Ellos sostienen que es necesario lograr nuevos consensos, como alternativa al caos internacional cuando se logre afianzar la reputación y competencia de Estados Unidos.

Por ello, los analistas indican que Washington se adaptará a las nuevas realidades y modificará su retórica, buscando fortalecer su estructura diplomática y la cooperación con sus aliados, concluir con los enfrentamientos con el Talibán en Afganistán, las guerras civiles en Libia, Siria y Yemen, hacer frente a un terrorismo islamista agresivo, reemplazar el Acuerdo Nuclear con Irán de 2015 -que Trump abandonó en 2018-, y la diagramación de nuevas políticas, especialmente con Europa, el Medio Oriente y la región del Asia-Pacífico. En Latinoamérica el énfasis estaría puesto en Cuba, Venezuela y en el Triángulo Norte de América Central.

Sin embargo, es un proceso que va a llevar tiempo, por lo cual los países europeos que aprecian el cambio tectónico de las relaciones internacionales resultado de la elección de Biden, tienen dudas de cómo puede ser llevado adelante, mientras deben actuar para dar respuesta a sus agendas urgentes y propias que incluyen el cambio climático, el desarrollo industrial, la innovación, las nuevas tecnologías, una defensa independiente, su autonomía estratégica y la manera de actuar frente a China (como lo demostraron en su reciente acuerdo de inversiones con Beijing).

Una conclusión preliminar permite observar que, por el momento, Estados Unidos no va a modificar las políticas que mantiene con China y Rusia, y mucho dependerá de las actitudes conciliatorias o de confrontación de estos países. Por otro lado, en el futuro inmediato Washington no será el único poder en el cual la comunidad internacional busque apoyo financiero, recursos e influencia, pero es muy posible que Biden trate de liderar el establecimiento de las normas de conducta de los Estados, pues su prioridad sería mantener el orden global existente -sin cambios sustanciales-, mediante estructuras, negociaciones y convenios más flexibles que faciliten la participación y la cooperación entre los Estados.
Atilio Molteni-Embajador
INT/BN/cc.rp.

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