lunes 19 abril 2021

EE.UU. Los conflicto de Oriente Medio, “La diplomacia de Biden con Israel y con Irán”

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Por Atilio Molteni-Embajador

Los funcionarios que van a ocupar las carteras de la nueva Administración estadounidense en cuestiones internacionales, en el caso de obtener el acuerdo del Senado, se destacan por haber desempeñado posiciones relevantes en la presidencia de Barack Obama, durante la cual Joe Biden era su vicepresidente.

Este antecedente tiene especial relevancia en el caso de Israel, pues ese período se caracterizó por diferencias importantes del entonces presidente con el primer ministro Benjamín Netanyahu en lo referente al proceso de paz con los palestinos y con relación al acuerdo sobre el programa nuclear de Irán (PAIC), suscripto en julio de 2015. Ese escenario cambió totalmente durante la presidencia de Donald Trump, pero también lo ha hecho la situación regional.

Trump desde la Casa Blanca, tuvo en cuenta primordialmente los puntos de vista israelíes, entre los cuales se contaron el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado, el traslado de la embajada estadounidense a esa ciudad, el reconocimiento de su soberanía sobre las Alturas del Golán sirias, la propuesta del ‘Acuerdo del Siglo” -tendiente a consolidar el objetivo de un Gran “Israel”- y el apoyo concreto a la normalización de sus relaciones y acuerdos de paz con tres Estados árabes (se va agregar Marruecos con el cual la reasunción de sus vínculos está por completarse), donde no se tuvo en cuenta la solución del caso palestino que desde 1967 se consideró un paso prioritario.

El 19 de enero, en el proceso de discusión en el Senado del acuerdo de Antony Blinken, propuesto como Secretario de Estado, éste adelantó algunos indicios de la futura posición de Washington sobre estos temas, pues afirmó que el estatus reconocido a Jerusalén no se va a alterar, pero en lo referente al Acuerdo de Paz afirmó que la única manera de asegurar el futuro de Israel como un Estado democrático y judío, es otorgar a los palestinos la titularidad de un Estado a la cual tienen derecho, conforme a la fórmula aceptada por la comunidad internacional de “Dos Estados” conviviendo en paz y seguridad, aunque reconoció que no era realista pensar que podría tener lugar en el futuro inmediato.

Estados Unidos siempre han tenido un papel relevante en esta cuestión, debido a que tanto los israelíes como los palestinos le reconocen este papel: los primeros por su carácter de aliado estratégico y garante de su seguridad y, los segundos, porque entienden que Washington es la única potencia capaz de convencer, e impulsar a los israelíes a hacer las concesiones necesarias para un acuerdo que implica difíciles concesiones recíprocas, contando con el compromiso de la ONU.

Pero la ventana de oportunidad para un Acuerdo de Paz se ha venido cerrando, debido a la falta de avances en la discusión de los temas centrales de la controversia, desde la creación de la Administración Palestina por los Acuerdos de Oslo y por los cambios continuos en esos territorios, a través de los asentamientos en la Margen occidental del río Jordán, donde ahora habitan unos 500.000 ciudadanos israelíes. Un dato relevante es que, a diferencia de Obama que buscó limitar su ampliación, durante la presidencia de Trump se construyeron allí cerca de 27.000 unidades habitacionales. La alternativa para los palestinos sería abandonar la lucha por su propio Estado y aceptar uno de carácter binacional, en el cual defenderían la consolidación de sus derechos civiles.

Por su parte, Netanyahu tiene problemas adicionales, que se relacionan con los tres juicios penales iniciados en su contra, en los cuales se ha iniciado el período de prueba, y que el 23 de marzo van a tener lugar en Israel elecciones generales, donde su objetivo es alcanzar a conformar una coalición de 61 bancas en la Knesset (Parlamento). Cabe mencionar que su Partido Likud cuenta con alrededor de 30 bancas, a las que se podrían sumarse las de otros Partidos de derecha.

Como en otros países y, en especial, en el de su amigo Trump, se interpusieron las consecuencias políticas del Covid-19. Una primera cuarentena en Israel fue exitosa, pero dado el aumento de casos se debió imponer una segunda, y ahora una tercera que duraría hasta mediados de febrero. El Primer Ministro obtuvo por su gestión personal en noviembre de 2020 las vacunas necesarias, en uno de los programas más amplios de vacunación en el mundo teniendo en cuenta el tamaño de su población, que fue implementado por un sistema de salud muy bien organizado.

Pero luego los contagios comenzaron a aumentar por las nuevas variantes del virus y un control tardío de las personas provenientes del exterior, con el agregado de que sus aliados tradicionales, que son los integrantes de los Partidos ultra ortodoxos, no han respetado las normativas de distanciamiento y de reunión y han sido los más afectados por el virus (13% de la población con 40% de los casos). Si Netanyahu sale exitoso de esta prueba y controla a la pandemia, tendrá un mayor apoyo de los votantes, pero si sucede lo contrario va a estar directamente perjudicado, en un momento en que se están consolidando otras figuras políticas.

Uno de los objetivos de Biden en Medio Oriente, consiste en una solución transaccional por la cual Estados Unidos vuelva a participar en el Plan de Acción integral Conjunto (PAIC), acordado en 2015 con Irán por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más la Unión Europea, como única alternativa realista para detener y condicionar su plan nuclear. En cambio, Trump denunció este Plan en mayo de 2018 y reiteró una serie de sanciones a Teherán, de conformidad con la estrategia de “máxima presión”, lesionando gravemente su economía e incrementando la tensión regional, demostrada por el asesinato del general iraní Qasem Soleimani.

Esta nueva política estadounidense que desarrollaría Biden está condicionada a que Irán vuelva al estricto cumplimiento de sus obligaciones respecto al PAIC, pues Teherán comenzó nuevamente el enriquecimiento de uranio a un nivel del 20% (se aproxima al necesario para desarrollar un arma nuclear), alegando que tenía el derecho de hacerlo según lo establecido en dicho Acuerdo, en el caso que otra de las partes no cumpliera con lo convenido.
Irán afirmó que, antes de la nueva negociación, debían levantarse todas las sanciones. Existe también una distinta posición entre Estados Unidos e Irán sobre la secuencia de las acciones a desarrollar, a las que se agregan el interés de Washington para incluir la actividad misilística y sus acciones regionales, que no formaron parte del Acuerdo original.

Blinken se comprometió en el Senado a que, en la búsqueda de un Acuerdo más extenso y compresivo, Washington consultará desde el inicio de las negociaciones a sus aliados de la región, incluyendo a Israel y otros Estados del Golfo, que hasta la fecha han sido muy contrarios a entendimientos con Irán, pues al margen de su capacidad nuclear, estiman que sus acciones regionales son altamente desestabilizadoras y que la prioridad geopolítica consiste en contenerlo.

En este proceso diplomático se supone que el Primer Ministro israelí es quien está en mejores condiciones para presentar el caso de estos países ante Washington y los demás miembros del PAIC, por considerar a Irán como una amenaza existencial, por la cantidad de información que posee su Gobierno sobre los componentes militares del plan nuclear iraní y por los vínculos que mantiene con las distintas fuerzas políticas y de defensa estadounidense.
Atilio Molteni-Embajador
INT/BN/cc.rp.


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