sábado 3 diciembre 2022

Ucrania: una independencia que depende de la firmeza de los Estados Unidos

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Por Luis Domenianni

¿Cuán verdadero es el alcance de la amenaza rusa sobre Ucrania? ¿Cuán profundo es el compromiso occidental para defender la independencia ucraniana? ¿Es Ucrania la versión actual de la Checoslovaquia de 1938 entregada a Adolf Hitler y su régimen nazi? ¿Cuál es el destino de los separatismos prorrusos de Donetsk y de Luhansk? ¿Y de la anexión de Crimea?

Pocos observadores creen en una invasión rusa sobre Ucrania. Nadie la imagina posible, pero todos la temen. Aún con la concentración de tropas rusas en la frontera. Aún con las maniobras navales en el Mar Negro y en el Mar de Azov, separados ambos por la península de Crimea, la idea de una invasión en toda la regla no parece inminente.

Hasta el momento, Rusia se contenta con imponer una especie de vasallaje sobre el gobierno de Ucrania para privarlo así de cualquier vinculación con Occidente, en particular con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza militar ofensiva-defensiva, heredada de la Guerra Fría y plenamente vigente para los Estados Unidos y sus aliados.

Rusia ignora al gobierno ucraniano del presidente Volodymyr Zelensky y negocia directamente con los Estados Unidos, a través de los encuentros entre el secretario de Estado norteamericano Anthony Blinken y del ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguei Lavrov.

¿Qué pretende Rusia o, mejor dicho, el presidente Vladimir Putin? Pretende una garantía por escrito de parte de la OTAN que no aceptará el ingreso de Ucrania a la alianza y otra, también por escrito, de compromiso de los Estados Unidos de no instalar bases militares en los países que Putin considera “esfera de seguridad” como Ucrania, Georgia y Moldavia.

No es otra cosa que imponer una especie de mandato geopolítico por encima de la voluntad de ucranianos, georgianos o moldavos. Imposible de aceptar por parte de Occidente sin pagar el precio de una derrota.

Pero, el autoritario Putin conoce bien -y explota- las debilidades de las democracias occidentales, siempre sometidas a la presión de su opinión pública interna. Elemento que, en los autoritarismos, no guarda sino una relativa importancia.

¿Alguien en Occidente está dispuesto a morir por la independencia de Ucrania, Georgia o Moldavia? No parece ser el caso general, aunque en algunos países la cuestión adquiere ribetes de seguridad nacional. Es el caso de Estonia, Letonia, Lituania y Polonia. En alguna menor medida, de Finlandia. Y un poco menos de Suecia.

Así y todo, la invasión es un límite que no parece sencillo superar para la propia Rusia. En el mientras tanto, existen mecanismos cuyo objetivo es tantear y testear la voluntad occidental, por un lado, y la desestabilización del gobierno ucraniano, por el otro.

Mientras la concentración de tropas en la frontera responde a incrementar la guerra de nervios con Occidente, los ataques informáticos a las oficinas gubernamentales ucranianas, el aliento al separatismo pro ruso en las regiones orientales de Ucrania y el sostenimiento financiero a políticos ucranianos amigos de gobierno ruso, apuntan a la desestabilización.

Un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido -el Foreign Office- fue categórico al respecto. Afirmó que Rusia busca colocar un político afín al frente del gobierno ucraniano y citó en tal sentido al exdiputado ucraniano Yevhen Murayev. Denunció que la inteligencia rusa “conserva lazos” con otras cuatro personalidades ucranianas.

Por supuesto, Rusia niega la veracidad de la información a la que califica de “desinformación” y, como siempre, construye a partir de allí el relato que la auto coloca como víctima de los intereses “anglosajones”, en un intento de separar a Alemania y Francia de la postura norteamericana.

El compromiso occidental

Nada parece más caótico que la voluntad de hacer frente a la eventual agresión rusa sobre Ucrania. De momento, la única firmeza hasta aquí exhibida, fueron las declaraciones emitidas por la OTAN en el sentido que no acepta una imposición rusa contraria a su expansión hacia el este, repetidas por escrito por Estados Unidos varios días después.

Parece ser el punto central de la discusión. Parece, no necesariamente es. La anexión de Crimea y los gobiernos separatistas de Donetsk y Luhansk, ambos amparados por el gobierno del presidente Putin, con presencia siempre desmentida de tropas y de irregulares del grupo paramilitar ruso Wagner, indican otra cosa.

Así, y todo, hasta aquí la OTAN muestra inflexibilidad. Pero la OTAN, no cuenta con tropas propias, sino con contingentes, armamento y material militar que aportan los distintos países que la integran. Eso quiere decir que, aunque existe un comando OTAN, si un gobierno decide, llegado el caso, no combatir, sus tropas no lo harán.

De allí que más allá de la firmeza del noruego Jens Stoltenberg, su secretario general y ex primer ministro de su país, es fundamental analizar las posiciones de cada gobierno frente a la crisis.

Los más duros son aquellos que se sienten más vulnerables frente al posible avance ruso. Se trata de Estonia, Letonia, Lituania -los tres bálticos que otrora integraban por la fuerza la Unión Soviética- y Polonia.

A continuación, el vecino Finlandia y Suecia. Ambos países movilizaron sus fuerzas armadas. Incluso Suecia desplegó unidades en sus islas del Mar Báltico. Para los finlandeses, la memoria de la dominación zarista del país o el intento soviético de invasión que concluyó con la anexión -otra de tantas- de una parte del territorio de la Carelia recuperó actualidad.

Tras ellos, las denuncias del Reino Unido. Para algunos se trata de una pose ante las dificultades que atraviesa el primer ministro Boris Johnson debido a las fiestas en la residencia oficial organizadas en plena pandemia.

En todo caso, las denuncias de la ministra de Relaciones Exteriores, Liz Truss, sobre intentos para desestabilizar Ucrania a través del contacto ruso con dirigentes y oligarcas ucranianos favorables al gobierno de Putin, representan un endurecimiento en el terreno político-diplomático.

Bastante más atrás, los Estados Unidos con el dubitativo presidente Joe Biden que privilegia una vía diplomática pero que no define cual es el límite que está dispuesto a tolerar antes de llegar a una intervención armada que, de momento, descarta por completo.

En efecto, aquellas declaraciones que formuló el presidente norteamericano sobre cierta tolerancia frente a algún tipo de acción bélica rusa “limitada” desencadenó una ola de críticas internas y externas que obligó a Joe Biden a levantar la apuesta, mostrar cierta dureza y convocar a la unidad occidental.

Una unidad que acuerda, casi hipócritamente, sobre el fondo para disentir en las formas y, así, desvirtuar el fondo. Y allí opera Francia, cuyo presidente Emmanuel Macron a la vez presidente semestral de la Unión Europea, persigue un rol diferenciador que otorgue a Francia y a él mismo un lugar de primer nivel en la controversia.

La política del presidente francés es la política del ni. Ni Rusia, ni Estados Unidos, ni Ucrania, solo Francia y la Unión Europea. Mucha ambición personal con escaso resultado. Algo que aprovecha Putin para ofrecer reanudar el formato Normandía de discusión entre Alemania, Francia, Rusia y Ucrania. Sin Estados Unidos, claro.

Por último, Alemania dividida entre la firmeza de la ministra de Relaciones Exteriores, la verde Annalena Baerbock y una posición “pacifista” del nuevo canciller federal, el socialdemócrata Olaf Scholtz. Lo del canciller debe consignarse como una laxitud debida a el aprovisionamiento de gas ruso, en particular la puesta en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2.

Los avances rusos

En épocas de informática, de redes sociales, en el preludio del avance final de la inteligencia artificial, el presidente Putin juega a la geopolítica de bloques tal como ocurrió anteriormente. Nostálgico de un pasado de “grandeza”, Putin parece extrañar sobre manera aquel Pacto de Varsovia que impulsó el dictador Iosif Stalin como escudo protector para la Unión Soviética.

La geopolítica soviética consistía en tres anillos alrededor de Rusia. El primero, heredado del zarismo comprendía los pueblos y territorios no rusos incorporados al Imperio, hablamos de Tartaria, de los territorios siberianos, y del Cáucaso, entre ellos la rebelde y aplastada a sangre y fuego por Vladimir Putin, Chechenia. Todos con poblaciones musulmanas y budistas.

Al segundo anillo lo conformaban los territorios anexados a la Unión Soviética por distintas vías. En esa categoría ingresan las repúblicas del Asia Central como Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán.

También, las del Cáucaso no englobadas en la categoría anterior como Armenia, Azerbaiyán y Georgia (Stalin era georgiano). O las ocupadas al término de la Segunda Guerra Mundial, como las bálticas Estonia, Letonia y Lituania. Por último, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania, cuyas historias se vinculan con Polonia y Rumania, casi más que con Rusia.

Por último, el tercer anillo conformado por, ahora sí, el Pacto de Varsovia, con estados donde el comunismo tomó el gobierno con el visto bueno o la vista gorda de los occidentales tras la reunión de reparto del mundo en el balneario de Yalta, en Crimea, en febrero de 1945, antes de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

El Pacto de Varsovia fue la respuesta a la OTAN. Quedó conformado en 1955 e integrado como miembros plenos por Albania, Alemania Oriental, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania y la Unión Soviética y como observadores por China, Corea del Norte y Mongolia.

El derrumbe y la desaparición de la Unión Soviética, disuelta en la Navidad de 1991, desarticuló por completo la geopolítica de bloques, en particular en Europa y dejó a Rusia limitada a su primer anillo donde, incluso, se produjeron rebeliones que abarcaron, en distinta medida, las siete repúblicas caucásicas integradas en la Federación Rusa.

El presidente Putin pretende, muchos años después, reconstruir un sistema defensivo mediante la ocupación o el vasallaje de territorios. La anexión unilateral de Crimea y los gobiernos separatistas de Donetsk y de Luhansk, en Ucrania, son ejemplo claro al respecto. Como Osetia del Sur y Abjasia en Georgia o Transnistria en Moldavia.

En los tres casos, aunque en distinta medida, el autócrata ruso vulnera la soberanía y ocupa territorios con escasa reacción de Occidente. En cuanto a Bielorrusia, la represión sin límite de las protestas populares contra el fraude electoral del autoritario presidente Alexander Lukachenko ofreció a Putin una oportunidad única de “someter” a Lukachenko a su protección.

Hasta ahora, nadie “paró” a Vladimir Putin. El hombre todopoderoso de Rusia avanza sus peones mientras los occidentales ponen toda su creatividad para alcanzar un empate. O sea, unas tablas, para continuar con el lenguaje ajedrecístico, en el mejor de los casos.

La hora de la verdad

Tras el rechazo por escrito de los Estados Unidos a la exigencia rusia de frenar la expansión de la OTAN hacia el este, llegó el momento en el que Vladimir Putin debe mostrar sus cartas. ¿Dar marcha atrás? ¿Profundizar una ofensiva diplomática? ¿Invadir? ¿Limitar una invasión a los territorios en manos separatistas? Solo una cosa queda en claro: el que decide todo es Putin.

Quienes considera que optará por una iniciativa militar -total o limitada territorialmente- hacen hincapié en la creciente capacidad militar que Ucrania desarrollará de acá en más. Se apoyan en los envíos -aunque limitados- de armas norteamericanas que llevan a cabo los países bálticos o la compra ucraniana de misiles turcos.

Dicha “capacidad militar” creciente de Ucrania “recomienda” una respuesta inmediata, mucho menos costosa -afirman- que una acción militar futura.

Por el contrario, quienes se ubican en la posición contraria señalan que la movilización militar rusa hacia las fronteras ucranianas -con la propia Rusia y con Bielorrusia- consiste solo en un apoyo a la actividad diplomática.

A favor de esta posición argumentan que la invasión total resultaría extremadamente costosa para Rusia y, por ende, para su régimen político. Estiman que, a la fecha, el Ejército ucraniano demuestra una modernización y una capacidad muy superior a la que exhibía en 2014, en ocasión de las hostilidades de aquel entonces.

Agregan que la resistencia del pueblo ucraniano hará pagar muy caro, en vidas y en material, la invasión por parte de Rusia. En consecuencia, de haber una acción militar será limitada. Un golpe a las defensas ucranianas para reducir su capacidad o un ataque contra un objetivo predeterminado o un avance de los separatistas, aparecen posibles y hasta probables.

Precisamente, al aún hipotético avance de los separatistas del Donbass -las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y de Luhansk- debe sumarse la reciente denuncia del gobierno del Reino Unido sobre la preparación del terreno para la desestabilización interna de Ucrania con elementos prorrusos de la política ucraniana.

Junto al mencionado exdiputado Yevhen Murayev, los británicos señalan al ex primer ministro Mikola Azarov, al ex viceprimer ministro Serhy Abuzov, el ex jefe de gabinete Andriy Kluyev, los tres ex miembros del gabinete del presidente pro ruso -destituido en 2014 y acusado por alta traición- Viktor Yanukóvich, ahora refugiado en… Rusia.

El abanico de posibles respuestas rusas a la terminante negativa norteamericana de frenar la expansión de la OTAN incluye además la continuidad de los ciber ataques que las oficinas estatales ucranianas padecen con cierta regularidad.

También opciones diplomáticas, siempre apoyadas en la fuerza, como un reconocimiento formal ruso a las hasta ahora autoproclamadas República de Donetsk y República de Luhansk que puede ser complementado con un eventual despliegue en dichos territorios de armas ofensivas y una concentración militar rusa en Bielorrusia.

O un avance ruso en territorio latinoamericano con una apertura de bases en Cuba, Venezuela o Nicaragua, algo que el ministro de Relaciones Exteriores Serguei Lavrov rehusó de excluir cuando fue preguntado al respecto.

La historia vuelve a repetirse. Para el relato ruso se trata de evitar en un “nuevo 22 de junio de 1941”, la fecha de la invasión nazi a la Unión Soviética. Para los occidentales, caer en el capitulante Acuerdo de Múnich de 1938 que desmembró Checoslovaquia a favor de Hitler y no soslayó la Segunda Guerra Mundial.

INT/ag.luisdomenianni.vfn/rp.

Ucrania: una independencia que depende de la firmeza de los Estados Unidos

Por Luis Domenianni

¿Cuán verdadero es el alcance de la amenaza rusa sobre Ucrania? ¿Cuán profundo es el compromiso occidental para defender la independencia ucraniana? ¿Es Ucrania la versión actual de la Checoslovaquia de 1938 entregada a Adolf Hitler y su régimen nazi? ¿Cuál es el destino de los separatismos prorrusos de Donetsk y de Luhansk? ¿Y de la anexión de Crimea?

Pocos observadores creen en una invasión rusa sobre Ucrania. Nadie la imagina posible, pero todos la temen. Aún con la concentración de tropas rusas en la frontera. Aún con las maniobras navales en el Mar Negro y en el Mar de Azov, separados ambos por la península de Crimea, la idea de una invasión en toda la regla no parece inminente.

Hasta el momento, Rusia se contenta con imponer una especie de vasallaje sobre el gobierno de Ucrania para privarlo así de cualquier vinculación con Occidente, en particular con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza militar ofensiva-defensiva, heredada de la Guerra Fría y plenamente vigente para los Estados Unidos y sus aliados.

Rusia ignora al gobierno ucraniano del presidente Volodymyr Zelensky y negocia directamente con los Estados Unidos, a través de los encuentros entre el secretario de Estado norteamericano Anthony Blinken y del ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguei Lavrov.

¿Qué pretende Rusia o, mejor dicho, el presidente Vladimir Putin? Pretende una garantía por escrito de parte de la OTAN que no aceptará el ingreso de Ucrania a la alianza y otra, también por escrito, de compromiso de los Estados Unidos de no instalar bases militares en los países que Putin considera “esfera de seguridad” como Ucrania, Georgia y Moldavia.

No es otra cosa que imponer una especie de mandato geopolítico por encima de la voluntad de ucranianos, georgianos o moldavos. Imposible de aceptar por parte de Occidente sin pagar el precio de una derrota.

Pero, el autoritario Putin conoce bien -y explota- las debilidades de las democracias occidentales, siempre sometidas a la presión de su opinión pública interna. Elemento que, en los autoritarismos, no guarda sino una relativa importancia.

¿Alguien en Occidente está dispuesto a morir por la independencia de Ucrania, Georgia o Moldavia? No parece ser el caso general, aunque en algunos países la cuestión adquiere ribetes de seguridad nacional. Es el caso de Estonia, Letonia, Lituania y Polonia. En alguna menor medida, de Finlandia. Y un poco menos de Suecia.

Así y todo, la invasión es un límite que no parece sencillo superar para la propia Rusia. En el mientras tanto, existen mecanismos cuyo objetivo es tantear y testear la voluntad occidental, por un lado, y la desestabilización del gobierno ucraniano, por el otro.

Mientras la concentración de tropas en la frontera responde a incrementar la guerra de nervios con Occidente, los ataques informáticos a las oficinas gubernamentales ucranianas, el aliento al separatismo pro ruso en las regiones orientales de Ucrania y el sostenimiento financiero a políticos ucranianos amigos de gobierno ruso, apuntan a la desestabilización.

Un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido -el Foreign Office- fue categórico al respecto. Afirmó que Rusia busca colocar un político afín al frente del gobierno ucraniano y citó en tal sentido al exdiputado ucraniano Yevhen Murayev. Denunció que la inteligencia rusa “conserva lazos” con otras cuatro personalidades ucranianas.

Por supuesto, Rusia niega la veracidad de la información a la que califica de “desinformación” y, como siempre, construye a partir de allí el relato que la auto coloca como víctima de los intereses “anglosajones”, en un intento de separar a Alemania y Francia de la postura norteamericana.

El compromiso occidental

Nada parece más caótico que la voluntad de hacer frente a la eventual agresión rusa sobre Ucrania. De momento, la única firmeza hasta aquí exhibida, fueron las declaraciones emitidas por la OTAN en el sentido que no acepta una imposición rusa contraria a su expansión hacia el este, repetidas por escrito por Estados Unidos varios días después.

Parece ser el punto central de la discusión. Parece, no necesariamente es. La anexión de Crimea y los gobiernos separatistas de Donetsk y Luhansk, ambos amparados por el gobierno del presidente Putin, con presencia siempre desmentida de tropas y de irregulares del grupo paramilitar ruso Wagner, indican otra cosa.

Así, y todo, hasta aquí la OTAN muestra inflexibilidad. Pero la OTAN, no cuenta con tropas propias, sino con contingentes, armamento y material militar que aportan los distintos países que la integran. Eso quiere decir que, aunque existe un comando OTAN, si un gobierno decide, llegado el caso, no combatir, sus tropas no lo harán.

De allí que más allá de la firmeza del noruego Jens Stoltenberg, su secretario general y ex primer ministro de su país, es fundamental analizar las posiciones de cada gobierno frente a la crisis.

Los más duros son aquellos que se sienten más vulnerables frente al posible avance ruso. Se trata de Estonia, Letonia, Lituania -los tres bálticos que otrora integraban por la fuerza la Unión Soviética- y Polonia.

A continuación, el vecino Finlandia y Suecia. Ambos países movilizaron sus fuerzas armadas. Incluso Suecia desplegó unidades en sus islas del Mar Báltico. Para los finlandeses, la memoria de la dominación zarista del país o el intento soviético de invasión que concluyó con la anexión -otra de tantas- de una parte del territorio de la Carelia recuperó actualidad.

Tras ellos, las denuncias del Reino Unido. Para algunos se trata de una pose ante las dificultades que atraviesa el primer ministro Boris Johnson debido a las fiestas en la residencia oficial organizadas en plena pandemia.

En todo caso, las denuncias de la ministra de Relaciones Exteriores, Liz Truss, sobre intentos para desestabilizar Ucrania a través del contacto ruso con dirigentes y oligarcas ucranianos favorables al gobierno de Putin, representan un endurecimiento en el terreno político-diplomático.

Bastante más atrás, los Estados Unidos con el dubitativo presidente Joe Biden que privilegia una vía diplomática pero que no define cual es el límite que está dispuesto a tolerar antes de llegar a una intervención armada que, de momento, descarta por completo.

En efecto, aquellas declaraciones que formuló el presidente norteamericano sobre cierta tolerancia frente a algún tipo de acción bélica rusa “limitada” desencadenó una ola de críticas internas y externas que obligó a Joe Biden a levantar la apuesta, mostrar cierta dureza y convocar a la unidad occidental.

Una unidad que acuerda, casi hipócritamente, sobre el fondo para disentir en las formas y, así, desvirtuar el fondo. Y allí opera Francia, cuyo presidente Emmanuel Macron a la vez presidente semestral de la Unión Europea, persigue un rol diferenciador que otorgue a Francia y a él mismo un lugar de primer nivel en la controversia.

La política del presidente francés es la política del ni. Ni Rusia, ni Estados Unidos, ni Ucrania, solo Francia y la Unión Europea. Mucha ambición personal con escaso resultado. Algo que aprovecha Putin para ofrecer reanudar el formato Normandía de discusión entre Alemania, Francia, Rusia y Ucrania. Sin Estados Unidos, claro.

Por último, Alemania dividida entre la firmeza de la ministra de Relaciones Exteriores, la verde Annalena Baerbock y una posición “pacifista” del nuevo canciller federal, el socialdemócrata Olaf Scholtz. Lo del canciller debe consignarse como una laxitud debida a el aprovisionamiento de gas ruso, en particular la puesta en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2.

Los avances rusos

En épocas de informática, de redes sociales, en el preludio del avance final de la inteligencia artificial, el presidente Putin juega a la geopolítica de bloques tal como ocurrió anteriormente. Nostálgico de un pasado de “grandeza”, Putin parece extrañar sobre manera aquel Pacto de Varsovia que impulsó el dictador Iosif Stalin como escudo protector para la Unión Soviética.

La geopolítica soviética consistía en tres anillos alrededor de Rusia. El primero, heredado del zarismo comprendía los pueblos y territorios no rusos incorporados al Imperio, hablamos de Tartaria, de los territorios siberianos, y del Cáucaso, entre ellos la rebelde y aplastada a sangre y fuego por Vladimir Putin, Chechenia. Todos con poblaciones musulmanas y budistas.

Al segundo anillo lo conformaban los territorios anexados a la Unión Soviética por distintas vías. En esa categoría ingresan las repúblicas del Asia Central como Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán.

También, las del Cáucaso no englobadas en la categoría anterior como Armenia, Azerbaiyán y Georgia (Stalin era georgiano). O las ocupadas al término de la Segunda Guerra Mundial, como las bálticas Estonia, Letonia y Lituania. Por último, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania, cuyas historias se vinculan con Polonia y Rumania, casi más que con Rusia.

Por último, el tercer anillo conformado por, ahora sí, el Pacto de Varsovia, con estados donde el comunismo tomó el gobierno con el visto bueno o la vista gorda de los occidentales tras la reunión de reparto del mundo en el balneario de Yalta, en Crimea, en febrero de 1945, antes de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

El Pacto de Varsovia fue la respuesta a la OTAN. Quedó conformado en 1955 e integrado como miembros plenos por Albania, Alemania Oriental, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania y la Unión Soviética y como observadores por China, Corea del Norte y Mongolia.

El derrumbe y la desaparición de la Unión Soviética, disuelta en la Navidad de 1991, desarticuló por completo la geopolítica de bloques, en particular en Europa y dejó a Rusia limitada a su primer anillo donde, incluso, se produjeron rebeliones que abarcaron, en distinta medida, las siete repúblicas caucásicas integradas en la Federación Rusa.

El presidente Putin pretende, muchos años después, reconstruir un sistema defensivo mediante la ocupación o el vasallaje de territorios. La anexión unilateral de Crimea y los gobiernos separatistas de Donetsk y de Luhansk, en Ucrania, son ejemplo claro al respecto. Como Osetia del Sur y Abjasia en Georgia o Transnistria en Moldavia.

En los tres casos, aunque en distinta medida, el autócrata ruso vulnera la soberanía y ocupa territorios con escasa reacción de Occidente. En cuanto a Bielorrusia, la represión sin límite de las protestas populares contra el fraude electoral del autoritario presidente Alexander Lukachenko ofreció a Putin una oportunidad única de “someter” a Lukachenko a su protección.

Hasta ahora, nadie “paró” a Vladimir Putin. El hombre todopoderoso de Rusia avanza sus peones mientras los occidentales ponen toda su creatividad para alcanzar un empate. O sea, unas tablas, para continuar con el lenguaje ajedrecístico, en el mejor de los casos.

La hora de la verdad

Tras el rechazo por escrito de los Estados Unidos a la exigencia rusia de frenar la expansión de la OTAN hacia el este, llegó el momento en el que Vladimir Putin debe mostrar sus cartas. ¿Dar marcha atrás? ¿Profundizar una ofensiva diplomática? ¿Invadir? ¿Limitar una invasión a los territorios en manos separatistas? Solo una cosa queda en claro: el que decide todo es Putin.

Quienes considera que optará por una iniciativa militar -total o limitada territorialmente- hacen hincapié en la creciente capacidad militar que Ucrania desarrollará de acá en más. Se apoyan en los envíos -aunque limitados- de armas norteamericanas que llevan a cabo los países bálticos o la compra ucraniana de misiles turcos.

Dicha “capacidad militar” creciente de Ucrania “recomienda” una respuesta inmediata, mucho menos costosa -afirman- que una acción militar futura.

Por el contrario, quienes se ubican en la posición contraria señalan que la movilización militar rusa hacia las fronteras ucranianas -con la propia Rusia y con Bielorrusia- consiste solo en un apoyo a la actividad diplomática.

A favor de esta posición argumentan que la invasión total resultaría extremadamente costosa para Rusia y, por ende, para su régimen político. Estiman que, a la fecha, el Ejército ucraniano demuestra una modernización y una capacidad muy superior a la que exhibía en 2014, en ocasión de las hostilidades de aquel entonces.

Agregan que la resistencia del pueblo ucraniano hará pagar muy caro, en vidas y en material, la invasión por parte de Rusia. En consecuencia, de haber una acción militar será limitada. Un golpe a las defensas ucranianas para reducir su capacidad o un ataque contra un objetivo predeterminado o un avance de los separatistas, aparecen posibles y hasta probables.

Precisamente, al aún hipotético avance de los separatistas del Donbass -las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y de Luhansk- debe sumarse la reciente denuncia del gobierno del Reino Unido sobre la preparación del terreno para la desestabilización interna de Ucrania con elementos prorrusos de la política ucraniana.

Junto al mencionado exdiputado Yevhen Murayev, los británicos señalan al ex primer ministro Mikola Azarov, al ex viceprimer ministro Serhy Abuzov, el ex jefe de gabinete Andriy Kluyev, los tres ex miembros del gabinete del presidente pro ruso -destituido en 2014 y acusado por alta traición- Viktor Yanukóvich, ahora refugiado en… Rusia.

El abanico de posibles respuestas rusas a la terminante negativa norteamericana de frenar la expansión de la OTAN incluye además la continuidad de los ciber ataques que las oficinas estatales ucranianas padecen con cierta regularidad.

También opciones diplomáticas, siempre apoyadas en la fuerza, como un reconocimiento formal ruso a las hasta ahora autoproclamadas República de Donetsk y República de Luhansk que puede ser complementado con un eventual despliegue en dichos territorios de armas ofensivas y una concentración militar rusa en Bielorrusia.

O un avance ruso en territorio latinoamericano con una apertura de bases en Cuba, Venezuela o Nicaragua, algo que el ministro de Relaciones Exteriores Serguei Lavrov rehusó de excluir cuando fue preguntado al respecto.

La historia vuelve a repetirse. Para el relato ruso se trata de evitar en un “nuevo 22 de junio de 1941”, la fecha de la invasión nazi a la Unión Soviética. Para los occidentales, caer en el capitulante Acuerdo de Múnich de 1938 que desmembró Checoslovaquia a favor de Hitler y no soslayó la Segunda Guerra Mundial.

INT/ag.luisdomenianni.vfn/rp.

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