sábado 3 diciembre 2022

Cuaderno de opiniones: “De la guitarra al guitarrero”

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Por Rogelio Alaniz (*)

No me preocupa que Alberto Fernández intente exhibir sus habilidades con la guitarra o el capnto. No está prohibido y además no perjudica a nadie, salvo a los oídos exigentes en materia de música. Sí me preocupa su hábito a «guitarrear», al empleo abusivo de la verborragia compulsiva plagada de lugares comunes y errores conceptuales.

Alguien podría observar que las aficiones de Fernández por tocar la guitarra no le importan a nadie, o a muy pocos, porque en términos de poder es evidente que ha quedado fuera de juego, y no por las intrigas o maledicencias de la oposición, sino por las maniobras de lo que en estos tiempos se califica de «fuego amigo».

Puede que Fernández se merezca o haya hecho los méritos necesarios para que le pase lo que le pasa, pero convengamos que no deja de ser preocupante que el presidente de los argentinos haya quedado reducido a un cero. No invento la pólvora si digo que el poder político real de la Argentina lo detentan Cristina Fernández y Sergio Massa. Por lo menos por ahora parece ser así, porque tampoco es un secreto las diferencias internas y los rencores acumulados entre «el Sergio» y «la Cristina».

Un observador externo podría postular que lo sucedido suele ser lo habitual en los espacios del poder, lo cual es verdad; una verdad que en este caso debería completarse diciendo que esto sucede en un país con el cincuenta por ciento de pobreza, escandalosos niveles de indigencia y una estructura productiva estancada, sin que hacia el futuro se observen señales de que esa catástrofe social pueda empezar a superarse.

Pertenecen al género del guitarreo en sus versiones más mistongas las palabras del presidente en el recinto de las Naciones Unidas, un recinto algo despoblado porque pareciera que en el mundo no hay demasiado interés en escuchar a un presidente argentino.

En la ocasión, Fernández habló una vez más del intento de magnicidio, al que calificó como el ataque más serio contra la democracia, una afirmación que merecería relativizarse, ya que a la hora de medir los costos en sangre o en movilización de recursos de poder, los «carapintadas» y el asalto al cuartel de La Tablada representaron ataques a la democracia mucho más agresivos y con costos humanos muchos más altos que este incalificable episodio perpetrado por un integrante de la ya célebre banda «Los copitos».

No conforme con ello, el presidente advirtió sobre el peligro que acecha contra la democracia por parte de lo que calificó como un «republicanismo fascista». Fernández no será muy afinado para templar la guitarra, pero lo que le falta en afinación y buen gusto le sobra en audacia.

A nadie se le escapa que los riesgos que denuncia el presidente no provienen de «copitos» que ni siquiera deben saber qué significa «república» y «fascismo», sino de una oposición que, como ya lo sugirieran en su momento él y el coro peronista, alentó a través de los denominados «discursos del odio» este intento de magnicidio. Con todo respeto y con los escrúpulos del caso, advierto que históricamente quienes deberían dar cuenta de sus relaciones culturales con el fascismo son los peronistas.

Materia de debate histórico es si el peronismo resulta ser la versión criolla del fascismo, aunque pareciera ser evidente que los nazis y los fascistas encontraron en la Argentina peronista un vergel donde disfrutar de la buena vida y, sobre todo, de la más vergonzosa impunidad.

También parece ser evidente que no todos los peronistas son fascistas, pero los fascistas que hay en la Argentina por lo general suelen estar cómodos en el peronismo con su retórica del movimiento nacional, el encanto del líder, la efervescencia de las masas, los recelos a la democracia liberal.

Soy de los que creen que en política se debe ser cuidadoso con el significado de las palabras: términos como «fascismo», «republicanismo», «liberalismo», «populismo», «genocidio»… no pueden agitarse sin ton ni son, y menos desde la boca de un presidente o de un político responsable. No se trata de una formalidad verbal, se trata de otorgarles a las palabras el significado que corresponde, porque cuando en política esto no ocurre estamos más que en un caso de ignorancia ante un caso de manipulación política.

En estos días los abogados defensores de Cristina dan sus argumentos respecto del dictamen del fiscal Luciani, pero sobre todo explican por qué Cristina es inocente de los delitos que le imputan. Es lo que corresponde en un estado de derecho. La presunción de inocencia y el derecho a la defensa respetados escrupulosamente, una afirmación que de todos modos los kirchneristas no comparten porque estiman que Cristina ya ha sido condenada de antemano por esa entente infame de periodistas, jueces y políticos vendidos al imperio o enemigos jurados de la noble causa nacional y popular.

Me parece excelente que se ejerza el derecho de defensa, pero dicho esto admito que al trabajo de los abogados defensores no lo envidio, y muy en particular en este caso en el que hay que demostrar, por ejemplo, por qué Austral Construcciones se constituyó cuando los Kirchner asumieron al poder y por qué la empresa cerró cuando los Kirchner dejaron el poder, períodos en el cual se beneficiaron con más de cincuenta licitaciones.

No hace falta ser un sabueso refinado para saber que a los delincuentes se los suele detectar por el cambio de vida que se produce después que asaltaron un banco, perpetraron un secuestro o saquearon los recursos nacionales. Películas, novelas, crónicas policiales nos recuerdan el caso típico del delincuente al que descubren por el nivel de vida que ostenta o el insólito crecimiento de su cuenta corriente, o la adquisición de más de 400.000 hectáreas de campo.

Alguna vez, ese otro caudillo peronista que fue Menem intentó explicar los semanales escándalos de corrupción que se perpetraban durante su presidencia invocando «las casualidades permanentes», es decir, las apariencias parecían condenarlo, pero a decir verdad se trataba de lamentables casualidades alentadas por esos verdaderos demonios del populismo que son los periodistas, los jueces y los políticos.

Se me ocurre que no otra causa «mágica» se puede invocar para justificar los millones de los Kirchner y sus colaboradores, y en particular el alud de confesiones de sus colaboradores inmediatos incluidos secretarios, contadores y «amigos». Veremos lo que decide la justicia.

Cristina por lo pronto se curó de salud asegurando que la historia la absolvió, una audacia verbal a la que ni Fidel ni Menem se atrevieron a perpetrar. Si ella se da el lujo de recurrir a un tribunal tan singular y, sobre todo, tan extraviado en el futuro, como es la historia, yo podría permitirme acudir a un tribunal más medible aunque sin alcance jurídico, como es la opinión pública, el principio fundante de legitimidad de las democracias modernas.

Insisto: la opinión pública no reemplaza a los jueces, pero, valga la redundancia, su opinión es más consistente que el postergado tribunal de la historia. Y así como en el caso de Al Capone siempre existió la certeza de que se trataba del jefe de la mafia en Chicago, más allá de que los tribunales solo pudieron probar de que Scarface apenas alcanzaba a ser un inofensivo evasor de impuestos, en el caso de Menem o en el caso de Cristina existe un alto consenso acerca de que fueron presidencias en las que, cada uno en su escala y en audacia, se asimilaron a los modos, las formas y los contenidos de las genuinas y aguerridas cleptocracias.

(*)Periodista e historiador

P/ag.rogelioalaníz.vfn/gr.rp.

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