lunes 6 febrero 2023

Irán: en tiempos de pandemia “la cuestión nuclear otra vez en primer plano»

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Mirado con buena voluntad, fue la pandemia del coronavirus el agente que calmó los ánimos belicosos de la teocracia iraní. Pero, a medida que la lupa se acerca sobre la realidad del país persa, la pandemia pasa a segundo plano y la mezcla de ineficiencia e ineficacia con fanatismo religioso ocupa el primer lugar de un régimen teocrático que parece estar agotado pero que aguanta sin recambio en el horizonte.

Para imaginar Irán hace falta, desde Occidente, remontarse a aquellas épocas donde estado y religión se entremezclaban para dar paso a la consecuente intolerancia y a las doctrinas sobre el carácter sacro de los gobiernos, por entonces bajo formas monárquicas, en cuanto a la fuente de donde emanaba su poder terrenal.

Irán no es una monarquía aunque se le parece en demasía. Sí, su constitución proclama una república, pero le agrega la palabra islámica que define su carácter religioso.

Y como tal, requiere de una cabeza, de un conductor que revista ese carácter religioso pero que además concentre el poder por encima del propio gobierno que, dicho sea de paso, surge de elecciones absolutamente condicionadas.

De allí que la figura central, la que define la orientación del país, no sea el presidente de la República, el más o menos moderado religioso Hasán Rohaní (71 años), sino el Líder Supremo –tal el título- de Irán, el ayatolá Alí Jamenei (80 años) quién de moderado no tiene nada.

La cuestión se complica un poco más a poco de avanzar en ese territorio religioso. Es que la adhesión oficial al islamismo es una adhesión a la rama o versión chiíta de la religión fundada por el profeta Mahoma en el siglo VII de la era cristiana.

Todo el Islam considera que “no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta” pero, a partir de allí, tres corrientes principales lo dividen. Similares en las creencias, presentan, entre ellas, diferencias teológicas, legales e históricas de importancia.

Mayoría entre la población de 50 países con 1.200 millones de seguidores en el mundo, los musulmanes se dividen entre suníes que predominan en 46 de esos 50 países; shííes, mayoritarios en Irán, Irak y el Líbano; e ibadíes, con ejercicio sólo en Omán.

Esas divisiones dan origen a no pocas discordias en el mundo musulmán actual. Por sólo citar un ejemplo, el enfrentamiento entre el Irán shiíta y la Arabia Saudita sunita.

Traducidos a la política terrenal, la rama shií es la que presenta rasgos más autoritarios; los suníes, algo menos, aunque su versión wahabita que dominó Arabia Saudita era particularmente intolerante en materia social; y los más democráticos, son los reducidos ibadíes.

En Irán, existe una minoría sunita que abarca al 9 por ciento de la población frente al 89 por ciento que profesa el shiísmo, religión oficial del Estado. Se trata, en todo caso, de porcentajes no del todo creíbles en función de la intolerancia del régimen.

Ya no en términos religiosos, sino étnicos, el 69 por ciento de la población es persa y habla el persa, lengua de origen indoiranio. Junto a esa mayoría persa conviven, no del todo amigablemente, un 24 por ciento de azeríes –de lengua turca-, un 9 por ciento de kurdos –de lengua indoirania- y pequeños porcentajes de árabes, turkmenos, baluches, armenios, judíos y asirios.

El mosaico étnico se diluye a la hora de definir el poder. Los persas shiítas se llevan todo.

Tiempos políticos pasados
La teocracia iraní arrancó en 1979, tras el derrocamiento del autoritario sha Mohammad Reza Pahlavi, de la mano del ayatolá Ruhollah Jomeini. Desde entonces no existe otra cosa, en el seno de la sociedad iraní, que la irrupción de la religión sobre la vida cotidiana de las personas.

Dentro de esa regla general, conviven matices que van desde una moderación hasta un fanatismo que se perciben de distinta forma según cual resulte el sector predominante.

El Líder Supremo Alí Jamenei es el jefe de los “revolucionarios” conservadores religiosos intransigentes. El presidente de la República Islámica, Hasán Rohaní, encarna –o encarnaba-, la esperanza de quienes buscan un cambio, ya sea por medio de la moderación, ya sea por medio de una ruptura que ponga fin a la teocracia.

El clérigo Rohaní sucedió, en la presidencia, al extremista laico –no integrante de la jerarquía eclesiástica- Mahmud Ahmadinejah, alguien por quién aún queda por dilucidar si no es el mismo personaje que, con treinta años menos, aparece en una fotografía mientras lleva del brazo, como custodio, a un rehén con la cabeza cubierta en la embajada de Estados Unidos, tomada por “estudiantes” en 1979.

La presidencia de Ahmadinejah, de franco enfrentamiento con los Estados Unidos, fue un desastre en términos económicos para Irán. El embargo y las sanciones resultaron fatídicos para la microeconomía de cada hogar iraní. Las movilizaciones ciudadanas de protesta se generalizaron en todo el país. La represión, violenta por demás, no se hizo esperar. Pero, las manifestaciones no aflojaron.

La ilusión de una fuerza militar nuclear propia se llevó los pocos recursos del Estado iranio que se convirtió en uno de los países con más alta inflación del mundo, dada su necesidad de financiarse sin crédito externo, a pura emisión monetaria.

Fue necesario dar marcha atrás. Descomprimir las protestas con una candidatura presidencial moderada, aceptable para una sociedad en ebullición. Esta vez, el Consejo de Guardianes de la Revolución, un órgano de 12 miembros designados a dedo que aprueba o no a los candidatos, no tuvo otro remedio que aceptar una candidatura moderada.

Así resultó electo, previamente autorizado, Hasán Rohaní a la presidencia.

Conocedor de su precario equilibrio, Rohaní se lanzó de lleno a remediar la economía. Claro que, para ello, resultaba necesario un levantamiento de las sanciones internacionales.
Por tanto, el punto a negociar fue el plan nuclear iraní cuyo eje central fue –y es- la fabricación de centrifugadoras que conviertan el uranio natural en uranio enriquecido, necesario para la fabricación de una bomba atómica.

La escasa, por no decir nula, credibilidad internacional de un régimen como el iraní, hizo que Rohaní solo obtuviese una lejana promesa de morigeración de las sanciones contra el abandono inmediato y verificable del plan nuclear.

Debió conformarse, y pese al fastidio conservador “revolucionario”, no quedó aislado. Millones de iraníes salieron a las calles a manifestar su apoyo y su alegría por la firma del acuerdo. Junto a Irán estamparon su firma Estados Unidos, China, Rusia, el Reino Unido, Francia y Alemania.

Tiempos políticos presentes
Desde entonces, un cambio significativo condujo a un endurecimiento de las posiciones que terminó en el abandono del acuerdo por parte del gobierno iraní.

Fue la llegada al poder del nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. No tanto por su eventual militancia anti teocracia iraní, sino por su ninguna predisposición a aceptar las pretensiones hegemónicas de la República Islámica en la región.

Quizás si solo dependiese de él, el presidente Trump (74 años) quizás se mostraría partidario de abandonar militarmente la región medio oriental. Con el auge del petróleo de esquisto en los propios Estados Unidos, la dependencia de los yacimientos de aquellas latitudes ya no es tal.

Pero, el estadounidense recibe mensajes en sentido contrario de dos socios de importancia, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, alias Bibi (70 años); y el saudita Mohamed bin Salman, alias MBS, (34 años), príncipe heredero y hombre fuerte del reino.

Para ambos, Irán es el enemigo principal y para ambos destruir la eventual fuerza nuclear iraní es primordial. Única variante, Israel resultaría el vehículo militar ad hoc, mientras que Arabia Saudita aseguraría una neutralidad musulmana.

El presidente Trump no fue tan lejos, al menos de momento. En cambio, tomó dos resoluciones: ejecutar al mayor general de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y jefe de la Fuerza Quds (operaciones especiales), Qasem Soleimani, y la ampliación de las sanciones contra miembros de la República Islámica.

Sin dejar de tener en cuenta el carácter imprevisible del presidente norteamericano, no existe mucho margen de error al afirmar que los conservadores “revolucionarios” aprovecharon la circunstancia para recuperar el terreno perdido con la firma del acuerdo nuclear.

Para ello, la estructura paralela al Estado, el Consejo de los Guardianes de la Revolución, puso manos a la obra. Se trata del mismo cuerpo colegiado de doce miembros, que decide sobre las candidaturas.

Seis de esos doce que son considerados expertos en jurisprudencia islámica –como tales, denominados alfaquíes-, son designados por el Líder Supremo, y los otros seis, juristas en derecho positivo, por el Poder Judicial. Su potestad, además de las candidaturas, consiste en aprobar o desaprobar todas las leyes votadas por el Parlamento, en función de la Constitución y el derecho islámico. La teocracia por encima de la República.

En la práctica, limitan cualquier veleidad reformista de los moderados, sobre todo porque cuentan con el poder de aceptar la nominación de candidaturas para las elecciones presidencial y parlamentaria.

Y eso hicieron los doce consejeros. Frente a la renovación del Parlamento del 2020 solo aprobaron –en su inmensa mayoría- candidaturas conservadoras “revolucionarias” que, por supuesto, resultaron electas en febrero pasado. La respuesta popular fue la abstención record: 58 por ciento de las personas habilitadas no se presentaron a votar.

Junto a la tarea “política” del Consejo de los Guardianes de la Revolución está la tarea militar de los Cuerpos de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI).

Se trata de una estructura militar paralela a las Fuerzas Armadas de Irán (conocidas como Artesh), en alguna medida similar al rol que cumplían las SS hitlerianas durante el régimen nazi en Alemania. El CGRI, cuyos integrantes son llamados “Pasdarán”, cuenta con tropas terrestres, navales y de aviación, y con el monopolio de las fuerzas estratégicas de misiles y cohetes de Irán.

Encuadran militarmente un total de 125 mil efectivos, más una milicia de 50 mil integrantes, el Basij y un servicio informativo mediático propio, Sepah News.

De los “Pasdarán”, forma parte una unidad de elite especializada en guerra no convencional e inteligencia militar, la Fuerza Quds (Fuerza Jerusalén).

La Fuerza Quds no se limita a las fronteras del país persa. Entre sus tareas, apoya, asesora, financia y entrena al Hezbollah libanés, al Hamás y al grupo JIhad Islámico en Palestina; a los hutíes en Yemen; a los milicianos chiíes en Irak, Siria y Afganistán, al Ejército sirio del alauita –variante del shiísmo- dictador sirio Bashar al-Assad.

Cuando combate de manera directa fuera de Irán, lo hace a través de la milicia Basij para dar lugar a la ficción de “combatientes voluntarios”. Está detrás de los ataques a la embajada norteamericana en Bagdad, a través de la milicia subsidiaria iraquí, Kataeb Hezbolá, sin vinculación con su homónimo libanés.

Pero, la agresividad iraní de sus conservadores “revolucionarios” sufrió un duro golpe cuando un dron norteamericano ejecutó, a principios del 2020, al jefe de la Fuerza Kuds, mayor general Qasem Soleimani, en el aeropuerto de Bagdad, Irak, un veterano de la guerra Irak-Irán (1980/88) y actual comandante de las operaciones en Siria e Irak, con enemigos tan diversos como Estado Islámico y los Estados Unidos.

Venganzas
La reacción iraní fue muy dura… de palabra. Bueno, de palabra tan solo, no… también derribaron un avión comercial de pasajeros ucraniano… En fin, los conservadores “revolucionarios” proclamaron la “venganza eterna”; al asesinado Soleimani lo ascendieron post-mortem; y algunos cohetes cayeron cerca de la embajada norteamericana en Bagdad, Irak, y dentro de la base multinacional en Ain al-Asad a 180 kilómetros de Bagdad, sin hacer víctimas.

No mucho más, salvo las propias torpezas, trágicas por cierto, del propio régimen.

Como, por ejemplo, el derribo con misiles TOR-M1 (origen ruso) de un avión comercial ucraniano de transporte de pasajeros al confundirlo (…) con una aeronave militar a pocos kilómetros de su despegue en Bagdad, en enero pasado, escasos días después de la ejecución del general Soleimani.

Negado, al principio, el derribo con misiles, fue reconocido tres días más tarde por el comando aéreo de los Pasdarán, tras la muy fuerte presión pública del primer ministro de Canadá, Justin Trudeau (48 años).
El vuelo 752 de Ukraine International Airlines contaba con un total de 176 personas a bordo, de los cuales 82 eran iraníes, 63 canadienses y 11 ucranianos. El resto de diferentes nacionalidades: 10 suecos, 4 afganos, 3 británicos y 3 alemanes. Todos muertos por el derribo.

O, también, segundo ejemplo, los 19 marinos muertos y los 15 heridos, todos iraníes, cuando un misil disparado desde la fragata iraní “Jamaran”, cuyo personal iraní se ejercitaba en lanzamientos en el Golfo de Omán, alcanzó al buque… iraní de apoyo logístico “Konarak” en lugar de un blanco predispuesto al efecto.

Se trata de fatídicos “accidentes” que si bien demuestran determinadas incapacidades operativas no deben llamar a engaño sobre la capacidad militar global del régimen teocrático, como lo prueba el lanzamiento con éxito de un satélite militar -denominado Nur -luz en persa-, el 22 de abril pasado que orbitó alrededor de la tierra a 425 kilómetros de distancia.

Sin dudas un avance en el manejo de la balística, fundamental para construir una fuerza nuclear militar operativa.

Al respecto, y tras las nuevas sanciones dispuestas por Estados Unidos y el asesinato del general Soleimani, Irán se declaró, a principios del 2020, desobligado por el acuerdo internacional y recomenzó la fabricación de centrifugadoras para enriquecer uranio.

La Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) produjo al respecto dos
declaraciones.

Por la primera, el 03 de marzo, la AIEA confirmaba que el stock de uranio enriquecido de Irán alcanzaba 1.510 kilogramos, frente a un máximo de 300 kilos aceptado por el acuerdo internacional.

El repudio de dicho acuerdo por el régimen iraní se produjo el 05 de enero del 2020. Por tanto, en solo dos meses Irán quintuplicó sus tenencias de uranio enriquecido. O violaba el acuerdo y enriquecía durante su vigencia…


La segunda, tres meses después, el 05 de junio de 2020, afirma que la tenencia multiplica, ahora, por ocho, el stock autorizado. Además, que la pureza del uranio enriquecido iraní es de 4,5 por ciento, superior al 3,67 por ciento acordado.

Por último, el organismo internacional denuncia que el gobierno de la República Islámica no permite inspeccionar dos sitios nucleares en el país.

Uno de esos sitios es Natanz (el otro es Fordo), pequeña ciudad de 12 mil habitantes, productores de peras, cercana de la gran ciudad de Isfahan. A 30 kilómetros de Natanz, se alza la planta homónima dedicada al enriquecimiento de uranio.

Pero el 02 de julio, una explosión y un posterior incendio afectaron parte de esa planta en horas de la madrugada. No está determinado si se trató de un accidente o de un sabotaje. Lo cierto es que autoridades nucleares iraníes reconocen que la explosión producirá un retraso en el enriquecimiento de uranio.

Un grupo, hasta ahora desconocido, llamado “Leopardos de la Patria” se atribuyó la autoría de la explosión. Sin embargo, las miradas se dirigen hacia Israel sobre todo después que un “oficial de un servicio de inteligencia medio oriental” afirmó al New York Times que el Estado hebreo era responsable del ataque.

Israel nunca confirma, ni desmiente estas versiones. Irán asegura que conoce el origen del incidente pero que se niega a divulgarlo por “razones de seguridad”. Es que confirmar que fue Israel, lo obliga a la represalia. Y la represalia es la excusa perfecta para que la Fuerza Aérea israelí destruya Natanz.

Nota Irán:
Territorio: 1.648.195 km2, puesto 18 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 83.914.000 habitantes, puesto 17.
Densidad: 52 habitantes por km2, puesto 160.
Producto Bruto Interno: 1 billón 540.872 millones de dólares, puesto18 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 21.242 dólares anuales, puesto 62.
Índice de Desarrollo Humano: 0.797, puesto 65. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Luis Domenianni
IN/rp.

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