sábado 19 septiembre 2020

División sectaria e intervención externa, resultado «La crisis del Líbano»

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La terrible explosión que tuvo lugar en el puerto de Beirut en la tarde del 4 de agosto es un acontecimiento gravísimo, de características impresionantes, que causó decenas de muertos y miles de heridos y daños incalculables en toda la ciudad.

Circulan diversas teorías sobre el origen de la explosión, que incluyen al Gobierno israelí. Pero en su caso, a mi juicio debe tenerse en cuenta que desde los años 90, sus acciones militares o de represalias en el Líbano, se han dirigido contra el Hezbolá y no contra el país vecino como tal, lo que se demostró durante los sucesos militares de 2006 y en los incidentes posteriores.

Por el momento, hay comentarios preliminares que indican que podría ser el resultado de un accidente en un taller, próximo a un depósito donde se encontraban almacenadas 2750 toneladas de nitrato de amonio. Es un componente utilizado como fertilizante y para fabricar explosivos, que entró en combustión y provocó una onda expansiva hacia el puerto y la ciudad, con las consecuencias dramáticas que se han conocido en todo el mundo. Existen varios precedentes en distintos países de accidentes de este tipo, que también causaron daños enormes.

El Primer Ministro Hassan Diab informó que estos elementos provenían de un barco de propietarios rusos, incautado seis años antes por razones administrativas vinculadas con su documentación, cuando se dirigía desde Georgia a Mozambique, y su carga depositada en ese lugar. Ahora se va a investigar y determinar quiénes fueron los responsables.

Los distintos Gobiernos que se han sucedido en el poder en el Líbano han sido prooccidentales o prosirios, o resultado de un acuerdo entre ambos, pero la conclusión preliminar a la cual podemos llegar es que muy probablemente lo sucedido es una demostración más de la mala administración del país y negligencia de los diferentes líderes políticos, por razones vinculadas con la división sectaria del país y la intervención externa, (que incluyeron el control por el Hezbolá de diferentes instalaciones, utilizadas para recibir elementos militares y otros efectos).

Además, el Líbano enfrenta las consecuencias de la pandemia y una crisis social y económica de grandes proporciones, que han dejado atrás al país que un día fue el más atractivo del Levante.

Argentina, lamentablemente, conoce al Hezbolá, por los ataques terroristas que han tenido lugar contra la Embajada de Israel, dos años después contra la Amia, y por su presencia en la Triple Frontera. Por ello es conveniente analizar esquemáticamente las características políticas del Líbano y de este movimiento, pues nos ayuda a comprender mejor este drama que conmueve al Oriente Medio.

El Líbano pertenecía al Imperio Otomano que se desintegró a consecuencia de la Primera Guerra Mundial. En 1920, la entonces Sociedad de las Naciones le otorgó un mandato para su Gobierno a Francia, que creó una entidad política más amplia al unificar los enclaves maronitas católicos del Monte Líbano, con los territorios musulmanes sunitas y chiitas, que antes habían sido administrados en forma independiente desde Damasco (Siria), que también fue incluida en dicho mandato.

En 1943 el Líbano se independizó de Francia. Sus líderes acordaron un Pacto Nacional (no escrito) por el que los tres principales grupos religiosos deberían ejercer una representación en el Gobierno, conforme al porcentaje de la población del censo de 1932 (nunca fue repetido), que entonces favorecían a los maronitas cristianos, a quienes correspondió la presidencia del país.

Se estableció que el Primer Ministro fuera un sunita y el presidente del Parlamento un chiita. De esta manera se organizó una democracia parlamentaria muy condicionada, que funciona todavía sobre las mismas bases, con la premisa de evitar que ningún grupo prevalezca y que las decisiones se tomen, en principio, por consenso. Además, existen otras confesiones religiosas.

El equilibrio se modificó por un cambio demográfico en favor de los sunitas –por la emigración de los cristianos y el influjo de refugiados palestinos de esa confesión– y de los chiitas, marginados en zonas rurales pobres del sur del país y del valle de Beeka, que se trasladaron a la periferia de Beirut. Ellos crearon el ‘Movimiento de los Desheredados”, de carácter secular. Este se conoce como Amal y fue su brazo armado, en la guerra civil que comenzó en 1975 (hasta 1990), y también se convirtió en un partido político.

Adicionalmente, la Revolución Islámica de Irán de 1979, tuvo gran influencia en los chiitas libaneses y muchos adoptaron un discurso radical, antiimperialista y religioso.

El proceso tampoco fue ajeno a la intervención militar de Israel de 1982. La creación en 1985 del Hezbolá (o Partido de Dios), se debió a estos dos acontecimientos y surgió de un desprendimiento de Amal. Se vinculó estrechamente con la Guardia Revolucionaria Iraní, la que apoyó financiera y militarmente sus actividades, entre ellas la resistencia a las tropas israelíes, que se retiraron del Líbano en el 2000. Tal colaboración subsiste y se incrementó como consecuencia de la expansión iraní en el Medio Oriente y de la guerra civil en Siria. De esta manera Teherán creó lo que se califica de una “medialuna chiita” que se extiende desde su territorio hasta el Líbano.

Hezbolá representa la culminación de los esfuerzos chiitas para condicionar a los cristianos y sunitas. En un principio buscó transformar al Líbano en un Estado islámico, al estilo iraní. Luego adoptó una táctica pragmática al participar en el Acuerdo de Taif de 1989 propiciado por Arabia Saudita, que terminó con la guerra civil, modificó el sistema confesional y alteró la composición del Parlamento. Desde 1992, su jefe político es Hassan Nasrallah. Se lo considera como un líder carismático y relevante en el mundo árabe e Irán, en virtud de su proclamada “resistencia” a Israel.

Hezbolá no abandonó su capacidad militar, no obstante existir el compromiso general de desmantelar todas las milicias. Por ello, con la retirada de las fuerzas sirias en 2005 después de 29 años de ocupación, a consecuencia de las protestas por el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri (hecho vinculado con funcionarios sirios y el mismo Hezbolá), se erigió como el grupo armado más poderoso, incluso con mayor fuerza que el Ejército libanés.

En el Hezbolá coexisten ciertas características: movimiento chiita, Partido político y grupo militar (y terrorista). El movimiento tiene un credo revolucionario islámico, que aprovechó el carácter multiconfesional, las divisiones provocadas por la guerra civil y la intervención extranjera.

En 2006, Hezbolá atacó a una patrulla militar israelí, acción seguida de 34 días de intensos combates que pusieron a prueba la capacidad de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF). Desde el cese del fuego, con la intervención de la ONU, la frontera con Israel ha sido relativamente estable.

Luego, Hezbolá aumentó la capacidad y número de misiles (con la cooperación de Teherán) e intervino militarmente en auxilio de Bashar Al-Assad en Siria, por pedido de Irán.

Además, en la zona sur del Líbano está desplegada UNIFIL, fuerza de la ONU creada en el 2000 para supervisar el retiro de las fuerzas israelíes, pero cuyo mandato fue ampliado en 2006 por la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, con el fin de supervisar el cese del fuego y evitar futuras hostilidades, presencia que se mantiene hasta el presente por sucesivas prolongaciones de su funcionamiento.

El 6 de mayo de 2018 Líbano realizó su primera elección legislativa en nueve años, demoradas debido a las discusiones acerca del sistema de representación para las 128 bancas del Congreso. Estados Unidos, Israel y Arabia Saudita vieron con alarma que Hezbolá y sus partidos afines aumentaron sus bancas, mientras quedaron debilitados los partidos sunitas y cristianos, lejos de su relevancia en los sucesos del 2005, cuando ese país tuvo su propia grieta, cuando se organizaron dos coaliciones: la primera resultó pro-siria, y la segunda contraria a Damasco.

Días después, se llegó a un acuerdo muy condicionado por el cual el presidente de la República, Michel Aoun (cristiano) designó a Saad Hariri (sunita), quien ejerció el puesto de Primer Ministro por tercera vez, hasta octubre de 2019, contando siempre con cierto apoyo de los sauditas. Pero la forma de Gobierno confesional ha sido destructiva para la conducción y para el logro del bienestar da la población, lo que se refleja en una economía muy debilitada y en una inflación creciente (en la que gravita una deuda del 170% del PIB, una de las más altas del mundo y con las negociaciones con el FMI estancadas) y el costo de la presencia de un millón y medio de refugiados sirios.

En octubre de 2019, debido al deterioro de los servicios públicos y la parálisis de la economía, comenzaron una serie de disturbios populares muy intensos y sin distinción de grupos sociales o religiosos, que el Primer Ministro Hariri no pudo superar y presentó su renuncia. El 21 de enero de 2020 fue reemplazado por Hassan Diab, que es un político independiente que contó con el apoyo en el Parlamento de 69 legisladores pertenecientes al Hezbolá, a Amal y a algunos representantes cristianos.

Pero los problemas para el Líbano no terminaron, pues el 7 de marzo el Gobierno decidió no cumplir con sus deudas y comenzó una crisis bancaria de proporciones, debido a que en los últimos años la estructura del país se basó en un déficit fiscal y de cuentas corrientes muy importante, financiado por préstamos con intereses muy altos, contraídos por el Banco Central para defender el valor de la moneda.

En ese momento se presentó el Covid-19 que llevó a la cuarentena del país, con los efectos recesivos consiguientes. A este cuadro tan preocupante se unió el 4 de agosto la explosión en el Puerto de Beirut. El Líbano necesita ahora una urgente cooperación internacional.
Atilio Molteni
Embajador ®
IN/BN/CC/rp.


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