martes 21 septiembre 2021

El arte de Tana Pujals. “El gato y el mar”

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Desde chica siempre tuve un perro en casa: de pequeña, un caniche gris, Pepsi; en la tierna adolescencia, un bóxer americano, Dali y en mis 2 últimos años de colegio, una pointer, Cássia.

Al finalizar mis estudios regresé a Río y viviendo en casa de mi abuela la compañía de un ser de 4 patas no fue posible: ella no aceptaba ninguna mascota.

No resultó fácil convencerla pero después de ver un anuncio en el diario Jornal do Brasil, apareció Kali, un gatito siamés de 2 meses y medio. Su pelaje era casi blanco, con excepción de orejas, patas y hocico, de color marrón tierra. Dos inmensos y redondísimos ojos de un celeste casi turquesa investigaban todo lo que lo rodeaba. Se desplazaba, a pesar de sus patitas cortas, con seguridad y aplomo.

Ese mismo día tuve que salir a comprar toda la parafernalia imaginable para garantizar su confort. El recipiente donde colocar la arena de playa (en 1974 no existían las piedritas); una cucha mullida; plato de agua y alimento; cepillo; rascador para sus uñas (aunque siempre prefirió los sillones de la casa); collar antipulga; collar, correa y alimento balanceado. Quedé en la ruina !!. A esta larga lista hubo que sumarle la visita al veterinario y las vacunas.

A pesar de todo esto mi felicidad era total. Volvía a tener una mascota.
Me habían dicho que los siameses son lo más parecido al perro; que aman la compañía de las personas por ser muy sociales. Esa fue una de las razones de mi elección. Yo buscaba una mascota que no demandara tanto como un perro pero que pudiera acompañarme donde fuera.

Desde el inicio Kali (Llegó con este nombre y me gustó) demostró una fuerte personalidad. Aunque obediente, no aceptaba ciertas consignas. La cucha nunca la utilizó: desde el primer día se acurrucó en la cama, bien pegado a mi. Me daba cuenta que había entrado en el sueño profundo cuando dejaba de ronronear. Nada de quedarse en el cuarto si llegaban invitados a casa: no quiso nunca perderse la oportunidad de pasearse entre mis amigos y siempre elegía a uno a quien pedir mimos.

Desde chiquito lo acostumbré a la correa. No para pasearlo por la calle pero si para llevarlo conmigo en mis mini viajes. Esos lugares no podían tener perros: los odiaba con todas sus fuerzas. Se erizaba y su lomo se inflaba para aparentar mayor tamaño. Emitía unos bufidos con la boca abierta y sus ojos se oscurecían.

Uno de los lugares donde primero lo llevé fue a Búzios. Apenas piso la arena fue muy divertido verlo saltar y jugar con todo caracol que encontrara. Lo tenía sujeto con una soga bien larga, lo que le daba libertad para moverse alrededor de mi toalla.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando enfilé hacia el mar y descubrí que me seguía. No dudó ni un instante: entró en el agua como los hacen sus primos, los tigres y los yaguaretés. Allí tenemos un mar calmo y sin olas, que le permitía acostarse bien al borde del agua, de manera que el movimiento del mar le acariciara su cuerpo. Fue un compañero maravilloso. Cuando tenía que viajar por trabajo se instalaba a los pies de mi abuela y no se separaba de ella.

Al casarme, mi marido resultó ser muy alérgico a la saliva del gato: casi se le cierra la tráquea!; llevarlo conmigo al Uruguay no fue posible y tuve que regalarlo ya que mi abuela no quería ocuparse.

Nunca retraté a mi gato siamés. En aquellos tiempos trabajaba y no tenía momentos libres para ocuparme de mi arte. Si le sacaba fotos. Mientras escribo estas líneas me vinieron ganas de retratarlo, de plasmar su mirada cómplice cuando se paraba en el asiento delantero del auto con sus patas aterciopeladas apoyadas en la ventana. Kali fue el único gato que tuve en mi vida, y es inolvidable.
Tana Pujals.
Artista con pasión por retratar animales.
CC/BN/CC/rp.

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