lunes 19 abril 2021

Alemania: una presidencia de la Unión Europea obligada por la emergencia

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Por Luis Domenianni

El primer día del nuevo año del 2021, la canciller federal Angela Merkel (66 años) dejará el cargo rotativo semestral de presidente del Consejo de la Unión Europea (UE) en manos del primer ministro de Portugal, Antonio Costa (59 años).

La de la canciller Merkel fue una presidencia de la emergencia. Nada quedó de aquella intención original de adentrarse en la lucha contra el cambio climático o la búsqueda de un pacto migratorio que ordenase las tensiones en el seno de los 27 países integrantes de la UE que dicha cuestión suscita.

Y es que el coronavirus se llevó la atención, sino con exclusividad, sí con una preeminencia tal que eclipsó otras cuestiones no obstante también presentes.

Por un lado, la crisis sanitaria. Por el otro, la económica. Una suma de factores que obligó a la paciente canciller, especialista en lograr consensos, a prestar toda su atención.

No le fue mal, pero tampoco del todo bien. Zafó por poco. Es que en el terreno sanitario, la Unión Europea (UE) presenció impotente como cada país reguló y regula su propia situación. La única coordinación alcanzada fue la fecha –más nominal que real- de inicio de la vacunación, el pasado 27 de diciembre de 2020.

El en terreno económico, la búsqueda de un consenso resultó particularmente ardua. Si se logró –aún queda pendiente la ratificación parlamentaria-, fue gracias a ese espíritu negociador en busca de consensos que exhibe la jefa de gobierno alemana.

La presidencia alemana representó, en primer término, un cambio estratégico para la propia Alemania. Si el objetivo continúa siendo avanzar en una Europa unida –ahora sin los británicos- el instrumento central para avanzar en dicha dirección es otro.

Es más, es el opuesto. Cuando ocurrió la crisis financiera griega, la canciller Merkel cumplió el rol de la dureza. Condiciones draconianas fueron impuestas al país helénico, cuando en 2015 cayó en cesación de pagos. Nadie habló de solidaridad. Por el contrario, los griegos debían pagar los platos rotos de una política irresponsable y fraudulenta.


La dureza, la exigencia de austeridad, la buena letra presupuestaria, fiscal y monetaria era la bandera de los “austeros” o “nórdicos” como Finlandia, los Países Bajos, Suecia y Austria, que no es nórdico sino centroeuropeo. La abanderada de los “austeros” fue Alemania. La Alemania de Angela Merkel.

Por el contrario, los “dilapidadores” eran los “sureños”. Al frente, los griegos, claro. Inmediatamente después, italianos, españoles, portugueses e irlandeses, que no son sureños, pero sí fueron dilapidadores.

Eso fue antes. Ahora, con la pandemia todo cambió. O mejor dicho quién cambió fue Alemania. Es más, fue la canciller Merkel, quién enarboló la bandera de la solidaridad y abandonó el club de los austeros.

Cierto es que cada país atendió su necesidad de financiar una economía semi paralizada a través de la inyección de fondos, en mayor medida, provenientes de un endeudamiento en los mercados de capitales.

Pero, acaudillada por la canciller alemana, en asociación con el presidente francés Emmanuel Macron, la UE abandonó toda ortodoxia para endeudarse de manera común en el rescate desigual de sus socios.

Claro, para acordar fue necesario conceder. A los rostros huraños de los “austeros” –ahora encabezados por el primer ministro neerlandés Mark Rutte- y con el fin de suavizarlos, fue necesario otorgar un derecho de monitoreo sobre el empleo de dichos fondos por los “dilapidadores”.

Al pequeño Chipre, envuelto junto con Grecia, en una disputa en el Mediterráneo oriental con el -¿otrora?- aspirante a integrar la UE, Turquía, fue necesario garantizar un apoyo político, completado con un rearme de las fuerzas armadas griegas y un compromiso francés de movilización militar.

Si lo de los “austeros” y lo del Mediterráneo Oriental representaron concesiones, de alguna manera previsibles, lo de Hungría y Polonia dejó en evidencia la fragilidad “ideológica” y, por ende, política del conglomerado europeo.

Es que las trabas húngaro-polacas, con una tibia adhesión eslovena, estaban dirigidas al corazón de la entidad multinacional.

Si el origen de la vinculación entre europeos, comenzada con el Tratado de Roma, de 1957 fue desterrar la guerra del continente –en particular, el conflicto siempre latente entre alemanes y franceses-, uno de los mecanismos requeridos a tal fin fue y es la adhesión al estado de derecho.

Pues bien, húngaros y polacos desafían dicha concepción. Y la desafían no sin cierto éxito. Así, bloquearon los fondos europeos para la recuperación económica al supeditarlos a la supresión de la cláusula que los vinculaba con la vigencia, precisamente, del estado de derecho.
Fue necesario negociar. Finalmente, la cláusula quedó pero tan suavizada, que bien se puede hablar de una concesión al populismo autoritario.

En síntesis, Alemania finaliza su presidencia con un cambio estratégico que la obliga a hacer concesiones. ¿Qué la canciller Merkel lo sabe hacer? Sin dudas. ¿Qué lo logra? También.

Una pandemia… politizada
No fue la primera ola sino la segunda del COVID-19, la que golpeó a Alemania de manera sensible. A la fecha, el país teutón es uno de los más afectados entre los afectados europeos.

No obstante, el “buen comportamiento” de las cifras de contagio y de fallecidos de la primera ola moderan el resultado final. Así, Alemania ocupa, a la fecha de este análisis, el lugar 54 entre los países con mayor cantidad de muertes debido a la pandemia, con un promedio de 389 fallecidos por millón de habitantes.

Totales muy lejanos de cuanto exhibe su vecino Bélgica –lugar 2, luego del micro estado de San Marino- con 1.695 fallecidos por millón de habitantes.

El resto de los limítrofes con Alemania, también muestran índices de letalidad por COVID-19 superiores. Así, la República Checa llega a 1.096 fallecidos por millón de habitantes; Francia, 956; Suiza, 879; Luxemburgo, 804; Polonia, 722; Austria, 684; Países Bajos, 656. Solo Dinamarca con 211 fallecidos por millón de habitantes, evidencia un resultado mejor.

Fácil y justificado resulta, entonces, comprender la popularidad y el apoyo, en medio de la pandemia, que recibe la canciller federal Merkel, en particular, y su gobierno, en general.

Sin embargo, no todas son rosas. Pese al favor de la población que el gobierno goza según todas las encuestas, no dejan de producirse, con continuidad en alguna medida alarmante, movilizaciones anti restricciones y anti vacuna por todo el país.

Restricciones y vacuna son objeto de críticas por parte de quienes sostienen la preponderancia de la libertad individual por sobre cualquier otra justificación que pretenda limitarla en razón de una situación excepcional.

Dicho razonamiento resulta paradójico. Por un lado, parece desatinado acusar al gobierno de la canciller Merkel de autoritario y enemigo de la citada libertad individual.

Por el otro, entre los defensores del concepto libertario aparecen distintas organizaciones de extrema derecha vinculadas, con sus más y sus menos, a la reivindicación del nazismo. En otras palabras, totalitarios que se movilizan en aras de la libertad… Y movilización con neo nazis, sinónimo inevitable de violencia.

Si la pandemia generó una desigual división–gran mayoría que apoya al gobierno- en el plano social, en el plano económico los resultados del COVID-19 evidencian un efecto serrucho que se corresponde con la intensidad de contagios y la consiguiente respuesta restrictiva gubernamental.

El resultado es una contracción de la economía del 10 por ciento al cabo del segundo trimestre del 2020, durante la primera ola. Una recuperación del 8 por ciento para el segundo trimestre, intermedio entre primera y segunda ola. Y una esperable caída, durante el último trimestre del año con las restricciones impuestas para hacer frente a la segunda ola.

El todo motivó otra trascendente modificación de los históricos comportamientos gubernamentales alemanes: la votación en el Parlamento de la excepción para autorizar un endeudamiento público superior al establecido por la Constitución.

Fue en 2011, cuando Alemania incorporó a su Constitución la regla que impide a los gobiernos endeudar públicamente al país más allá del 0,35 por ciento del Producto Bruto Interno anual. Solo, en circunstancias excepcionales y con autorización parlamentaria previa, la regla puede ser rota. Es el caso.

Para cerrar el tema coronavirus, es de hacer notar que fue un laboratorio alemán BioNTEch quien desarrolló la vacuna que produce la norteamericana Pfizer y que ya se inocula en varios países del mundo.

Inmigración, racismo y xenofobia
La cotización a valor de mercado de BioNTech pasó, según el índice NASDAQ que mide a 3.800 compañías de alta tecnología en todo el mundo, de un valor de 4.500 millones de dólares a principios del 2020 a uno de 21.000 millones de igual moneda al término de igual año.

Más allá de discursos de elevado tono, de gestos políticos para la foto y de declaraciones que en mucho se asemejan a sloganes, la realidad de BioNTEch es una cachetada estruendosa y consistente para racistas y xenófobos que pululan por el mundo y que reivindican –a conciencia o por ignorancia- imaginarias superioridades étnicas.

Ocurre que sus propietarios y directores es una pareja conformada por Ugur Sahin (55 años) nacido en Alejandreta, Turquía, y Özlem Türeci (53 años), nacida en Laudrup, land (estado) de Baja Sajonia, hija de un médico turco radicado en Alemania.

Por supuesto que el éxito científico y económico de la pareja Sahin-Türeci no puede, ni debe, generalizarse. No es el caso, ni mucho menos. Sí, en cambio agrega un elemento de peso en la discusión teórico-práctica sobre la inmigración.

Precisamente, la inmigración debía ser una de las materias centrales de la presidencia alemana de la Unión Europea correspondiente al segundo semestre del año. El COVID impidió cualquier desarrollo, al respecto.

Sin embargo, una nueva crisis entre el autoritario gobierno turco del presidente Recep Tayyip Erdogan y el republicano gobierno griego del primer ministro Kyriakos Mitsotakis puso nuevamente el tema sobre el tapete, respecto del ingreso o no de miles de refugiados de la guerra civil siria y de otros países asiáticos a la Unión Europea (UE).

El gobierno alemán, cargado con la responsabilidad de presidir la UE, debió abrir sus puertas a un cierto número –no menor- de refugiados, secundado por su socio francés.

Es casi una contradicción. Por un lado, la concientización sobre los crímenes del pasado nazi contra las minorías, judíos, gitanos y eslavos. Por el otro, el viraje hacia la extrema derecha de porciones crecientes de la sociedad ante la inmigración.

Existen, por supuesto, matices. No es lo mismo votar por Alternativa para Alemania (AfD), el importante partido anti inmigración que cometer crímenes contra los muchos turcos y los no muchos judíos que viven en Alemania.

Racismo y xenofobia, pese a los más que notables avances, son temas aun no superados por la sociedad alemana.

Alemanes por el mundo
La presidencia alemana de la Unión Europea –segundo semestre del 2020- finaliza con un acercamiento a China.

Se trata de un intento -por el momento es solo un anuncio de acuerdo- de dicha presidencia de finalizar con algo más que las decisiones económicas sobre las consecuencias de la pandemia.

Un preacuerdo que no está exento de polémica. Por un lado, representa la posibilidad de la apertura del mercado chino a las inversiones europeas en una búsqueda de reciprocidad que deje atrás la desigual relación favorable a las inversiones del país asiático en Europa.

Por el otro, significa acordar con una dictadura que no respeta los derechos humanos y que lleva a cabo una política unilateral y forzada de asimilación étnica de las minorías, en particular los uigur –musulmanes- en el oeste del país y los tibetanos –budistas- en el sur.

Europa, en general, y Alemania, en particular, se debaten siempre entre sus concepciones liberales sobre el Estado de Derecho, los derechos humanos y las libertades públicas frente al realismo pragmático impuesto por el mercado o, mejor dicho, por los beneficios del mercado.

Alemania y China se muestran apuradas por llegar a buen puerto, Francia prefiere esperar a las nuevas autoridades de la Casa Blanca en Washington. La penúltima palabra será de Portugal que estrena presidencia. La final, el siempre difícil acuerdo de los 27.

La despedida de la canciller federal Merkel de la presidencia de la UE también se caracterizó por el acuerdo de último momento sobre las relaciones comerciales con el Reino Unido de la Gran Bretaña tras el “Brexit” definitivo del 1 de enero de 2021.

Nadie puede decir quién ganó en las duras discusiones de todo un año que antecedieron al acuerdo. Cierto es que Europa se mantuvo firme y que el Reino Unido aflojó a último momento en el contencioso sobre la pesca en el Mar del Norte. Pero también es cierto que mantener la dureza por parte de los británicos hubiese resultado netamente perjudicial para sus intereses.

Y queda Rusia. Relación donde Alemania mostró firmeza en ocasión del atentado contra el opositor ruso Alexei Navalny envenenado, durante un vuelo entre dos localidades siberianas, a través de un agente químico –Novichok- desarrollado con fines militares en épocas de la Unión Soviética.

El gobierno alemán “obligó” a Rusia a entregar el paciente quién logró recuperarse en un hospital de Berlín. Luego hizo público el envenenamiento pese a los cuestionamientos rusos. No concedió ninguna importancia a las declaraciones de los presidentes de Bielorrusia, Alexandr Lukachenko, y de Estados Unidos, Donald Trump, que cuestionaron la realidad de dicho envenenamiento.

Finalmente, y para que no queden dudas, el hospital de Berlín publicó los detalles clínicos confirmatorios de la utilización del Novichok para perpetrar el atentado.

Solo un bemol entre tanta firmeza alemana: el anuncio el 11 de diciembre de la reanudación de los trabajos de construcción –tras un año de interrupción- del gasoducto Nord-Stream 2 con terminales en Rusia y Alemania.

Un proyecto al que se oponen Estonia, Letonia, Lituania y Polonia por la eventual dependencia del gas ruso; Ucrania, por el “salteo” de la utilización del gasoducto que pasa por su territorio y, sobre todo, Estados Unidos, gran productor de gas natural, a la búsqueda de nuevos clientes.

Pues bien, tal vez para compensar a Rusia y tal vez para devolver alguna “gentileza” a los cuestionamientos del presidente Trump al gobierno Merkel, el 11 de diciembre del 2020 Alemania dispuso la continuidad de la obra Nord Stream 2.
Nota Alemania:
Territorio: 357.518 km2, puesto 63 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 83.289.000 habitantes, puesto 19.
Densidad: 233 habitantes por km2, puesto 63.
Producto Bruto Interno: 4 billones 467.238 millones de dólares, puesto 5 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 52.801 dólares anuales, puesto 15.
Índice de Desarrollo Humano: 0.939, puesto 4. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domeninni
IN/BN/rp.



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