jueves 9 diciembre 2021

China. Un dilema para el mundo entre la desconfianza, las inversiones y el mercado

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Por Luis Domenianni

El penúltimo día del 2020, la República Popular China y la Comisión Europea anunciaron un acuerdo político sobre inversiones. Es algo, pero está muy lejos de alcanzar un todo. La razón: la desconfianza creciente que el régimen comunista chino genera en el mundo.

Violación de los derechos humanos; avasallamiento de las minorías –uigures, tibetanos; dictadura; destrucción del estado de derecho en Hongkong; reivindicaciones y acciones militares sobre el Mar de China; agresividad contra Taiwán; conforman elementos que generalizan una desconfianza creciente en el seno de la opinión pública mundial.

Se trata de argumentos cada día más difíciles de dejar de lado. Más aún si se agrega la nebulosa que se extiende sobre los orígenes de la pandemia del COVID-19, a cuya dilucidación el gobierno chino antepone dilaciones y distracciones para evitar un dictamen que puede llegar a serle muy desfavorable.

No obstante, el comunismo chino en el gobierno cuenta con un aliado de enorme peso a la hora de equilibrar semejante balance negativo. Ese aliado es su peso demográfico que hace del país un mercado por demás atractivo para todos quienes posean algo para vender al gigante asiático.

Desde esa lectura, la Comisión Europea busca adhesión al acuerdo con China. En particular, porque, con sus más y sus menos, el compromiso apunta a “equilibrar” las inversiones bilaterales, muy numerosas las chinas en Europa, casi con cuentagotas las europeas en China.

A la fecha, en la Europa de los 27 países que integran la Unión Europea (UE) las inversiones chinas no sufren casi ninguna restricción. Todo lo contrario, para las inversiones europeas en China. El nacionalismo económico del gigante asiático multiplica las barreras para el ingreso decapitales y establece prácticas discriminatorias para las empresas instaladas en su territorio.

El acuerdo sino-europeo de 69 páginas de extensión abarca rubros como el automotor, el equipamiento en transporte y salud, y el sector químico dentro de la manufactura; y el renglón financiero, el numérico y los transportes aéreo y marítimo, por el lado de los servicios.

Sobre estas cuestiones, el acuerdo prevé las buenas intenciones chinas… tales como levantar –según el caso y a considerar por el propio gobierno chino- la obligación para los europeos de integrar “joint ventures” –asociaciones con empresas chinas- o de transferir tecnología.

Otra buena intención, por ejemplo, consiste en que las empresas públicas chinas traten a las empresas europeas de manera no discriminatoria (sic).

En síntesis, “concesiones” sobre las que hay que forzar la vista en demasía para considerarlas como tales.

La síntesis fue formulada por la euro diputada centrista francesa Marie-Pierre Vedrenne: “el texto, tal como es posible leerlo actualmente, es muy difícil de definir. A tal punto que me siento incapaz de decir si facilita, o no, el acceso de inversores europeos a China”.

La Comisión Europea de la UE deberá, de aquí en más, desarrollar pedagogía para convencer a los gobiernos sobre las ventajas de acordar con su similar chino. En el Parlamento europeo la izquierda, los verdes y los liberales, plantean oposiciones. Entre los gobiernos, Austria, Francia, Hungría, Italia y los Países Bajos expresan sus reservas.

Las negociaciones entre la UE y China duraron siete años. Al menos un año más –principios del 2022- tardarán los 27 en acordar su aprobación o su rechazo al acuerdo alcanzado.

El predominio mundial
Si Europa, como potencia de segundo orden puede darse el lujo de presentar actitudes contradictorias frente a China, la determinación y la firmeza deberían encuadrar las decisiones de los Estados Unidos respecto del gigante asiático.

Y es que, para Estados Unidos va en juego el predominio mundial, cuestión sobre la que una mayoría de observadores considera a la primera potencia del mundo en retroceso y a China capaz de todo para alcanzar la supremacía.

La política norteamericana sobre China será posiblemente uno de las pocas muestras de continuidad entre la administración finalizada del presidente Donald Trump y la recién comenzada del presidente Joseph “Joe” Biden.

Es que lo contrario representaría una “abdicación” del liderazgo norteamericano. De todas formas, con el ex mandatario era posible imaginar un Estados Unidos volcado a su interior. Con el actual y reciente, imposible.

Pandemia, economía y unidad nacional son los temas predominantes para el presidente Biden. Pero, la política exterior no dormirá el sueño de los justos en algún cajón de escritorio. Y China ocupará –casi con certeza- el lugar predominante. Hace a la seguridad nacional de los Estados Unidos.

El presidente Xi Jinping (67 años) no se anduvo con vueltas. Solo dos días después de la asunción del nuevo mandatario norteamericano, sancionó a funcionarios de la administración Trump.

No lo hizo por la invasión del Congreso, ni nada que se le parezca. Fue una “mojadura de oreja” para el presidente Biden que reaccionó rápido con una condena por parte de su flamante Consejo de Seguridad Nacional a la decisión china. En el lenguaje de los símbolos, un “vamos a pelear”.

Claro que la batalla no se juega allí. Se juega en Taiwán. La isla que, tras la Segunda Guerra Mundial, China recuperó en detrimento de la ocupación japonesa y que en 1949 ocupó el derrotado, en el continente, Ejército Nacionalista del mariscal Chang Kaishek tras el triunfo y la toma de Pekín por parte del Ejército Popular Chino del comunista Mao Zedong.

Pruebas al canto: el sábado 23 de enero -3 días después del recambio norteamericano- al menos seis bombarderos estratégicos chinos Xian H-6K, actualización del otrora famoso avión soviético Tupolev TU-16 sobrevolaron la “zona de identificación y defensa” taiwanesa, al sur de la isla.

Un día después, hicieron lo propio doce aviones de combate chinos –dos Sukhoi-30, cuatro J-16 y seis J-10- y tres aviones de patrulla marítima Y-8. En el 2020, las incursiones chinas sobre Taiwán totalizaron 380 y superaron todos los valores anteriores desde 1996.

Para algunos fue la respuesta del presidente Xi a la presencia, por invitación, de la embajadora de hecho –no existe reconocimiento oficial- de Taiwán en Washington a la asunción del presidente Biden.

Pero no es todo. El viernes 22 de enero, la Asamblea Popular china votó por unanimidad una ley que autoriza a los guardacostas a abrir fuego contra navíos extranjeros y a destruir instalaciones foráneas sobre las islas en disputa en el Mar de la China.

Y, claro, doble respuesta norteamericana. Política: comunicado de protesta del Departamento de Estado y alineamiento con Taiwán con frases tales como “nuestro compromiso con Taiwán es sólido como una roca”. Militar: con la presencia del portaviones USS-Roosevelt en el Mar de la China, “para asegurar la libertad de navegación”.

La agresividad china y sus pretensiones de liderazgo mundial llevan aparejado un peligro de guerra, de momento, latente. Y el primer terreno de batalla, si ocurre, será Taiwán.

“Mare nostrum” y montañas propias
De menor envergadura, pero no por ello capaz de dejar de ser tenido en cuenta, son los conflictos de China con sus vecinos.

Por un lado, la geografía del Mar de la China Meridional. Por el otro, la cordillera del Himalaya. Ambos conflictos reconocen una naturaleza distinta.
El del Mar de China Meridional es producto de la agresividad china que considera a la región marítima como su “mare nostrum”. La disputa se centra alrededor de la soberanía sobre pequeñas islas, islotes y rocas deshabitadas.

En total, China mantiene 61 conflictos abiertos con sus vecinos ribereños, que pueden resumirse en dos principales. El de la soberanía sobre las Islas Paracelso y el de la soberanía sobre las islas Spratley.

En las Paracelso, ubicadas al norte del Mar de la China Meridional, los reclamos provienen, además de la propia China, de Taiwán y de Vietnam. El conflicto quedó agudizado en 2014 cuando China colocó, sin consulta ni aviso previo, en las aguas que bañan las Paracelso, una plataforma petrolera de la empresa estatal CNOCC.

La situación actual es de ocupación china “de facto” de las islas con 20 puestos de avanzada militar, algunos en islotes “construidos” artificialmente, tres de los cuales poseen capacidad para el atraque de navíos de guerra y comerciales.

Más complicada es la situación de las Islas Spratley, ubicadas a unos 300 kilómetros al oeste de la isla filipina de Palawan.

Allí, la cuestión de la soberanía merece un reclamo de la totalidad por parte de China, de Taiwán y de Vietnam; y un reclamo parcial –en territorio- de Filipinas y de Malasia. Los cinco países mantienen ocupaciones militares en distintas islas e islotes del archipiélago.

A los cinco, se debe sumar al sultanato de Brunei que no formula reclamaciones pero ocupa militarmente algún arrecife.

Ambos conjuntos –Paracelso y Spratley- representan riquezas ictícolas y posibles explotaciones petroleras y gasíferas.

Pero, no es allí donde reside el meollo de la cuestión. Es que, de alcanzar el reconocimiento internacional la posición china, el Mar de la China Meridional quedará, por completo bajo soberanía china y, por ende, finaliza la libertad de circulación marítima en la zona.

Un solo ejemplo alcanza para demostrar la gravedad del conflicto: bajo la completa soberanía china del Mar de China Meridional, el inmenso comercio de la ciudad-estado de Singapur quedaría condicionado por las decisiones chinas sobre las aguas. En total, hablamos de la mitad del tonelaje total de mercancías que circula por el mundo.

Además del conflicto con sus vecinos, las pretensiones chinas chocan con la política norteamericana para la región. Algo que no va a modificarse con el cambio de gobierno en Washington. Esa política, es la libertad de circulación en los mares.

En el Himalaya, la cuestión parece estar más acotada a un clásico conflicto limítrofe, aunque no tanto…

El origen de la disputa entre China e India debe remontarse a los acuerdos fronterizos heredados de los tratados entre el Reino Unido y el Tíbet independiente de principios del siglo XX, no aceptados por la China comunista que ocupó desde 1951 militarmente el Tíbet.

La controversia dio origen a la guerra sino-india de 1962. Fue un triunfo chino que ocupó las áreas que reclamaba y declaró entonces, unilateralmente, el alto el fuego.

Tras muchos años de quietud, el 2020 vio una sucesión de escaramuzas a lo largo de la frontera que motivaron la muerte de tres soldados indios y cinco chinos.

Aunque el conflicto no parece destinado a pasar a mayores, conviene recordar que tanto China como India son potencias militares nucleares.

Dicho está, China e India son potencias militares nucleares. Pero, también lo es Pakistán, el tercero de los cuatro asiáticos que dominan el átomo con fines bélicos. El cuarto es otro vecino de China: Corea del Norte.

Si Corea del Norte puede ser catalogada como próxima a China, Pakistán es directamente su gran aliado. Un aliado que, para chinos y pakistaníes, responde al viejo adagio de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Baches en la Ruta de la Seda
Con la iniciativa de la Ruta de la Seda, consistente en inversiones y préstamos chinos para infraestructura de transporte y de comercio del gigante asiático a través de “corredores” que alcancen al África y a Europa, el acercamiento superó lo militar y adquirió un mayor contenido geopolítico.

En abril de 2015, el presidente Xi se desplazó a Islamabad –la capital paquistaní- para lanzar oficialmente los trabajos del “corredor” de la Ruta de la Seda que atraviesa Pakistán. Tras firmar 51 acuerdos vinculados, el entonces primer ministro pakistaní Nawaz Sharif declaró que “nuestra amistad es más alta que las montañas y más profunda que los océanos”.

Pero el cariño tiene límites. Cinco años después las relaciones entre ambos amigos se enfrían. La excusa, un desacuerdo sobre la construcción de una línea férrea que comunica tres grandes ciudades pakistaníes: Peshawar, Lahore y Karachi.

La razón, aún a tasa conveniente, debe buscarse en que los préstamos chinos pueden llegar a no ser reembolsados en tiempo y forma en función de la crisis de pago de deuda que planea sobre los estados por donde pasan los corredores, crisis agravadas por la pandemia del COVID-19.

Si puentes y autopistas son caros y contribuyen a la polución, ante la incertidumbre para recuperar lo invertido, China reorienta su estrategia hacia lo “numérico”, mucho más barato y de resultados casi inmediatos, acorde con su intención de primacía en el campo de las nuevas tecnologías y los servicios.

Lejos de concluida, la Ruta de la Seda presenta baches de importancia que hacen a la decisión de su continuidad o no. Baches que se complementan con los agujeros negros que muestran las primeras investigaciones sobre el origen de la pandemia en Wuhan. A la hora de la confianza, el régimen del Partido Comunista chino y su presidente Xi dejan mucho que desear.

Nota: China
Territorio: 9.596.960 km2, puesto 3 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 1.406.828.000 habitantes, puesto 1.
Densidad: 147 habitantes por km2, puesto 86.
Producto Bruto Interno: 27 billones 331.166 millones de dólares, puesto 1 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 18.066 dólares anuales, puesto 74.
Índice de Desarrollo Humano: 0,761, puesto 85. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
INT/BN/rp.



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