domingo 7 marzo 2021

El Pérez Art Museum, Miami, entre la polémica y la belleza

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Por Eleonora Jaureguiberry

De visita en el Pérez Art Museum, es inevitable sentirse envuelto en la belleza sutil del edificio diseñado por los arquitectos Herzog & de Meuron, que se inspiraron en un conjunto de casas de madera construidas sobre pilotes (stilts) en el agua de la Bahía Biscayne. La arquitectura se complementa con un espectacular diseño paisajístico obra del francés Patrick Blanc.

El edificio, inaugurado en 2013, fue comisionado al estudio suizo en 2009 por el entonces director del museo, Terence Railey. Está emplazado frente al mar y comparte espacio con el popular Miami Science Museum. La obra costó 220 millones de dólares de los cuales 100 fueron aportados por la ciudad. El resto es el producto de una campaña de recaudación de fondos de altísimo perfil e incuestionable éxito.

Indagando en su historia, es también inevitable sentirse envuelto en la polémica desatada por el nombre que lleva desde su reinauguración. El museo sumó el del desarrollador inmobiliario y coleccionista Jorge Pérez a cambio de una donación de 35 millones de dólares, la mitad en arte, y la otra a realizarse en un período de 10 años. Este acuerdo provocó la renuncia de varios miembros del directorio, activos patrocinadores devenidos indignados detractores de un arreglo que, ellos opinan, no es justo para los ciudadanos que lo financiaron con sus impuestos ni para los donantes que aportaron en conjunto una cifra muy superior.

Recorriendo sus salas la polémica se entiende mejor: la colección de Pérez, si bien tiene algunas piezas interesantes y otras decididamente bellas, no tiene ni el valor ni la consistencia de otras (como la muy notable colección de Martin Margulies, su principal antagonista en esta disputa), más merecedoras de un espacio de semejante calibre.

En la planta baja hay, sin embargo, una sala que logra combinar calidad, relevancia y emoción. En ella hay cuatro retratos contemporáneos, realizados por cuatro artistas de origen afro, que indagan en la compleja experiencia personal y social de construcción de la identidad.

“Sedimento”, una obra de 2012 del artista neoyorkino Jeff Sonhouse (1968), es la imagen de un personaje anónimo que viste un traje a rayas y un chal africano con estampado de leopardo. Lo rodea una naturaleza exuberante en tres colores. Todo en el retrato nos hace pensar en la hibridación cultural, y en la construcción de puentes entre tradiciones que suman y que complejizan y que, en todo caso, nos convierten en quienes somos.

“Sans-Souci (Este umbral entre un cuerpo desmaterializado y uno historiado)”, obra de 2015 de Firelei Báez (República Dominicana, 1981), evoca a los retratos neoclásicos estereotípicos de la mujer negra en el siglo XIX. El exquisito tocado, que en aquella época usaban las afro descendientes libres de manera obligatoria para evitar atraer a los hombres blancos, es presentado aquí como un elemento de orgullo y resistencia. La mirada serena y el fondo neutro operan de contraste con el turbante que rebosa detalle e historia; de él emerge, sutil, humanidad pura.

“Rey por una hora” (2011), obra de la inglesa Lynette Yiadom-Boakye (1977), es un retrato inquietante. De fondo neutro y oscuro y de postura que Manet supo convertir en su marca, el personaje retratado es enigmático. Pareciera surgir de entre las sombras, el blanco resaltando en sus ojos y dientes, reclamando para sí un espacio en el canon de los retratos clásicos que ya no lo son, que ya no pueden serlo. Somos hijos de nuestro tiempo, parece decirnos con toda su fuerza. Y de nuestra hibridación cultural.

“Considere a la lucha de clases como el eslabón principal de la cadena” (2007), obra de Kehinde Wiley (EE.UU., 1977), es un retrato de un joven negro con el brazo levantado que imita a un cartel histórico de propaganda comunista china. La figura está rodeada de flores de loto y mariposas del tipo que aparecen en la cerámica de ese país. Wiley trabajó en Beijing y en otras partes del mundo; la mezcla de temas y continentes y el título de la obra sin duda aluden a que la manipulación de las imágenes y la estigmatización trascienden el tiempo y el lugar y son inherentes a la condición humana.

¿En qué pensamos cuando pensamos en el-ser-humano? Sin dudas, en seres capaces de aprender, de construir, de prevalecer. Del mismo modo en que, como dice la historiadora Mary Beard, “los clásicos tienen que ver con todos nosotros y con ninguno”, la construcción de la diferencia racial en los siglos XVI al XIX que dio sustento ideológico a la esclavitud es un argumento que ya no existe, pero sus efectos operan en el presente. Nadie mejor que los artistas para conjurarlos y resignificarlos con verdad y belleza.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/NB/cc.rp.

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