domingo 3 marzo 2024

Sobreinformación, rumores, fake news, los riesgos de nuevos virus

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La saturación de información a la que nos sometemos, no tan voluntariamente,  tiene efectos nocivos sobre la salud porque así como nos excita, también nos angustia y condiciona nuestra vida en sociedad. Apenas despertamos y cual adictos en abstinencia nos inyectamos con las novedades del día para poder despabilarnos. O para aturdirnos.

Corremos detrás de las últimas noticias como poseídos por una necesidad de no quedar atrasados, ni por un segundo, de hechos que al mismo momento de conocerlos ya se descartan en aras de otra carrera enloquecida hacia la próxima primicia. Que también durará nada.

Dosificar la exposición a los estímulos informativos requiere de un equilibrio emocional, capacidad de priorizar lo que nos interesa, espíritu crítico y una buena dosis de concentración, o al menos de autocontrol. Elementos difíciles de encontrar en sociedades bajo estrés permanente.

La sobreinformación no nos ayuda a interpretar la realidad, nos aturde con exceso de imágenes, análisis, datos y opiniones que no reparan en los impactos emocionales que provocan en sus audiencias, solo están disputando su atención, su tiempo, sus emociones y en última instancia su dinero.

En cualquier caso, conviene diferenciar con toda claridad el interés de quienes producen y emiten la información, como, porqué, cuando y donde lo comunican, de quienes conforman su mercado, simples sujetos pasivos del mensaje, y al fin, clientes.

Los rumores son el combustible de todo proceso informativo. Los hay ciertos y también falsos. Inocentes y malvados. Insidiosos y reveladores.  Son objeto de estudio por parte de expertos en comunicación porque tratan de conocer su trazabilidad, su propósito y eventualmente controlar su impacto.

Al rumor lo sacralizan los espías y conspiradores, porque es el arma con la que amplían su poder,  lo aprovechan los gobiernos cuando les permite anticipar el humor social, lo monetizan los lobistas y alcahuetes y lo disfruta el chusma que todos llevamos adentro.

Todo comienza con un rumor, como el coronavirus en China, que si se hubiera esparcido como noticia talvez otra sería la historia. El sueño de los autoritarios es controlar los rumores y la pasión de los republicanos se alimenta dejando que fluyan libremente. El problema se presenta cuando los rumores generan corridas bursátiles, promueven escenarios catastróficos o paralizan de terror a medio mundo.

En términos de respeto a los derechos individuales, de libre expresión o de tránsito, el desafío no tiene una respuesta sencilla y como primera medida debemos desconfiar de soluciones mágicas y de hombres providenciales.  Cuando todo tambalea, la mejor referencia sigue siendo aferrarse a la ley.

Las noticias falsas se emiten con la intención deliberada de engañar, inducir a error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una institución, entidad o persona u obtener ganancias económicas o rédito político. Así lo define Wikipedia en forma bastante precisa.

Las fake news florecieron con la tecnología y el uso de las redes y no es casual que para referirse a este flagelo se utilice el término viralización. Inoculadas través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión y redes sociales su objetivo es la desinformación. Tergiversan, inventan, distorsionan, desprestigian, atemorizan, confunden. Se convirtieron en la pandemia más temida por médicos, economistas, científicos, políticos, empresarios, deportistas y jueces.

Las fakenews intoxicaron cada rincón de la sociedad y lograron poner en duda desde la veracidad de los datos hasta la sinceridad de las personas honestas. Nos acostumbramos a convivir con este peligro y naturalizamos su existencia, de manera que perdimos la capacidad de asombro. Las peores lacras de la humanidad, traficantes de armas, tratantes de personas, terroristas y racistas, así como peligrosos charlatanes de feria, encuentran en las fakenews una vía de comunicación para sus desvaríos. Eurípides, hace 2500 años, enseñaba que … “la tragedia es la lucha del hombre contra el destino. Un drama es la lucha de las imbecilidades de los hombres entre sí. Ninguna sensatez puede evitar la tragedia y cualquier asomo de sensatez puede evitar el drama”.

CC/RP

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