sábado 8 agosto 2020

Rusia: 46 enmiendas y un ganador, Vladimir Putin un nuevo Zar

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El mundo asiste, desde hace unos años, a un auge de los llamados gobiernos fuertes en una gama que va desde el totalitarismo chino hasta el actual populismo norteamericano con variantes, en el medio, que reparten, en distintas proporciones, ambas características.

La Rusia del presidente Vladimir Putin (67 años) no escapa a tal estado de cosas. No se la puede calificar de totalitaria porque las elecciones se llevan a cabo y porque la oposición existe. En todo caso, existe como puede.

Tampoco entra de lleno en la categoría de populismo por cuanto la economía rusa no está en condiciones de soportar una distribución forzada desde el Estado sin correr graves riesgos de desestabilización productiva.

No obstante, guarda semblanzas de ambos. No es totalitaria pero sí es autoritaria. No es populista, pero no parece muy dispuesta a tolerar un mercado que asigne recursos sin intervención del Estado.

Alguien puede pensar “entonces, es un híbrido”. Probablemente la calificación no resultaría inapropiada. Solo que, si es un híbrido, al frente de su gobierno aparece un líder de talla, sin hibridez de ningún tipo, el presidente Putin.

Discutible y discutido, mucho más fronteras para afuera que para adentro, el presidente ruso exhibe una continuidad que va más allá de una concepción republicana, de una división de poderes y de una vigencia plena del estado de derecho.
Es, casi, un monarca.

“Mi constitución”
Claro que las monarquías son, por lo general, vitalicias. En tanto que las repúblicas, no. Existen sí ejemplos de presidentes que reformaron constituciones para proclamarse de por vida. Pero fueron casos que ocurrieron –y ocurren- en países del otrora llamado Tercer Mundo.

En Rusia, lo de para toda la vida no va. Pero funciona aquello, solo un poco menos grosero, de reformar la Constitución a medida de quién la reforma.

El presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, llegó al poder en 1999. Es un abogado, graduado con honores en la Universidad Estatal de Leningrado, su ciudad natal, actual San Petersburgo.

Renglón seguido ingresó al Comité de Seguridad del Estado, mucho más conocido como KGB, organismo que cumplía tareas de inteligencia exterior y de seguridad interna, a la vez. Prestó servicio fuera del país, en la muy bella ciudad de Dresden, ex República Democrática Alemana, aquel satélite soviético hoy desaparecido, con su territorio integrado en la República Federal Alemana.

Con la caída del Muro de Berlin, en 1989, el hoy presidente ruso retornó a San Petersburgo. Fue asesor del rector de su alma-mater y luego trabajó con el muy popular alcalde de la ciudad Anatoly Sobchak.

De allí pasó a Moscú, donde el ex presidente Boris Yeltsin lo designó subdirector del Servicio Federal de Seguridad, el organismo que reemplazó a la KGB. En 1999, alcanzó la vicepresidencia del país y el último día de ese mismo año, con la renuncia del ex presidente Yeltsin, llegó a la primera magistratura, de manera provisoria hasta las elecciones de marzo de 2000.

Debido a su gran popularidad, tras relanzar y vencer en la denominada Segunda Guerra de Chechenia, el nuevo líder no tuvo inconvenientes en consagrarse con un triunfo electoral con el 53 por ciento de los votos.

Desde entonces, a la fecha, 20 años, el presidente Putin maneja la totalidad de los hilos del poder ruso.

Producto de un crecimiento económico exponencial y de una reducción significativa de la pobreza, logró una resonante reelección en 2004, esta vez con el 71,3 por ciento de los votos.

Cuatro años después, respetó la cláusula constitucional que prohibía una re reelección y designo sucesor al entonces primer ministro, Dmitri Medvédev (54 años). Para sí, enroque de por medio, reservó el cargo de primer ministro.

Retorno triunfal en 2012, ahora con el 63,6 por ciento de apoyo y con acusaciones de fraude. Con reelección, por cierto, en 2018 –ampliación en dos años más del período presidencial mediante- que ganó con el 76,7 por ciento.

Y hasta aquí llegó la historia. Mejor dicho, hasta aquí debería haber llegado, porque como indica el manual del buen autoritario, si la Constitución no te ampara, cambiás la Constitución y listo.

Buen alumno, el presidente Putin lo hizo. No cambió la cláusula de los dos mandatos sucesivos, solo que, claro, con la nueva Constitución la cuenta arranca de cero. La trampita universal, que le dicen.


En síntesis, puede ser candidato en 2024, al término de su actual mandato. Y si reelige, puede volver a serlo en el 2030. O sea que, si todo va bien, tenemos presidente Putin hasta el 2036.

De todas formas no fue sencillo. Nadie imaginaba una derrota en el referéndum constitucional. Pero, tampoco nadie, garantizaba un resultado plebiscitario.

Inconvenientes: en primer lugar, la pandemia. El coronavirus desalentaba la concurrencia a las oficinas electorales. Previstos para abril y postergados hasta junio, los comicios se desarrollaron a lo largo de una semana, urnas móviles, hogar por hogar, incluidas.

El todo para evitar los contagios… Aunque nadie ignora que, con semejante liberalidad, el resultado es, cuando menos, sospechoso.

Si bien nadie discute la confirmación electoral de la reforma, el 77 por ciento de votos a favor y el 65 por ciento de participación siembran dudas por doquier. En particular, el segundo dato. Es que un triunfo con solo alrededor de la mitad del electorado, dejaba mucho que desear. De allí que no son pocas las cuasi certezas sobre la “inflación” participativa. En todo caso, nadie, de manera independiente, fiscalizó la elección.

Cierto es que el cambio constitucional incluye otras materias que la mera reelección. Un total de 46 enmiendas fueron propuestas a la ciudadanía. Dentro de ellas, figuraba la cuestión de los mandatos. Disimulada. Muy disimulada. En la campaña y en el debate. De manera inteligente, la discusión no pasaba por allí.

Entre las 46 enmiendas figuraban cuestiones simbólicas pero, a la vez, sensibles como introducir la mención de Dios, la definición del matrimonio como una institución heterosexual, la defensa de la “verdad histórica” sobre la Gran Guerra Patriótica (Segunda Guerra Mundial), la protección de la lengua rusa, de las fronteras rusas y hasta… la defensa de los derechos de los animales. En síntesis, para todos los gustos.

“Mi visión”
Durante el año 2009, el presidente Putin, a la sazón primer ministro, dedicó tiempo a uno de sus afanes: la repatriación de los restos del filósofo y jurista Iván Ilyín, muerto en 1954, durante su exilio, cerca de Zurich, Suiza.

Ilyín, de origen aristocrático, nacido en 1883, fue un profesor de derecho, con tesis doctoral sobre el filósofo alemán Georg Hegel (1770-1831), defensor de la llamada razón histórica, colectiva y providencial.

Recién en 1922, Ilyín fue expulsado de la Unión Soviética a bordo de la llamada “nave de los filósofos” mediante la cual fueron embarcados, por orden de Lenin, 160 intelectuales rusos que partieron al exilio.

¿Qué pensaba Ilyín? Pensaba que la revolución soviética fue un producto de “la dañada autoestima” de los rusos. Para él, la diferencia de clases resultaba justificada en razón de la obligación de las clases superiores educadas de servir de guía espiritual de las clases bajas no educadas o analfabetas.

Su propuesta se fundamentada en la llamada “conciencia del derecho” del individuo. Estaba basada en la moralidad y la religiosidad. Preconizaba la monarquía, entendida como unión del pueblo y al servicio del bien del país.

Adhirió al fascismo al que apoyó aún después de la derrota alemana, aunque se desvinculó del Untermensch, el concepto de la superioridad racial aria que consideraba inferiores a judíos, gitanos y eslavos como los polacos, los serbios y finalmente los rusos. Para él, nada era posible de construir a partid del odio, ya sea racial, clasista o político-partidista.

Ilyín despertó admiración en personajes destacados de la talla de Aleksandr Solzhenitzyn (1918-2008), Premio Nobel de Literatura 1970; o de Nikita Mijalkov (1945), el gran director de cine premiado en los festivales de Cannes, Francia, y de Venecia, Italia; o de… el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin.

El historiador norteamericano Timothy Snider vinculas las ideas de Ilyín con las políticas del presidente Putin en dos escritos: “El camino hacia la no libertad”, traducido al español, y el ensayo “Iván Ilyín, el filósofo de Putin del fascismo ruso”.

Por supuesto, el presidente Putin cuenta con una visión actualizada frente a las referencias citadas basadas en escritos de Ilyín, redactados entre 1925 y su muerte en 1954. De allí su adaptación a ciertas reglas republicanas y democráticas. Se trata sólo de eso, de una adaptación, no de una creencia.

En síntesis, el presidente ruso es nacionalista, autoritario y conservador.

La Santa Madre Rusia
Llámese el Imperio Zarista, el Transiberiano, las incursiones cosacas en Siberia, Stalin comisario de las nacionalidades, la liberación del nazismo por parte del Ejército Rojo, Rusia siempre mostró vocación por la expansión territorial.

Probablemente, la única excepción resulte Alaska, vendida en 1867 a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares –de aquel entonces-, en razón de las estrecheces financieras del zar Alejandro II luego de la derrota de sus Ejércitos en la Guerra de Crimea, ante la alianza franco-británica-otomana-sarda.

La regla, por tanto, fue la expansión. Hacia el este hasta alcanzar el Pacífico, incluida la Alaska vendida, y hacia el oeste con la ocupación y transformación en satélites de los países de Europa Oriental y algunos de Europa Central y la mayor parte de los Balcanes.

Pero la expansión terminó con la caída de Muro de Berlín y el final del período soviético.

De la vieja Unión Soviética, emergieron independientes, las tres repúblicas bálticas –Estonia, Letonia y Lituania-; Bielorrusia; Ucrania; Moldavia; las tres repúblicas del Cáucaso -Armenia, Azerbaiyán y Georgia; y las cinco repúblicas de Asia Central –Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán-.

Del Pacto de Varsovia, o el Mundo Comunista, o el Segundo Mundo, como se lo prefiera llamar, salieron Polonia, la República Democrática Alemana, las desintegradas Checoslovaquia y Yugoslavia, Bulgaria y Rumania en Europa; Mongolia en Asia.

Las guerras de Chechenia y las resistencias, con algunos actos de guerra incluidos, en las regiones del Cáucaso musulmán, muestran una situación no estabilizada cuya consecuencia inmediata repercute sobre el gasto militar.

Gasto militar creciente que deriva, asimismo, del nacionalismo del presidente Putin. Para el mandatario, la idea de una Rusia limitada a sus fronteras resulta una idea inconcebible.

Por tanto, y en primer lugar, se trata de asegurar el territorio propio. La Federación Rusa se compone de 21 repúblicas autónomas, 9 krais (territorios), 46 oblasts (regiones), 4 distritos autónomos y 1 región autónoma.

En esa organización territorial conviven 160 grupos étnicos que hablan 97 idiomas. La mitad de la población de la Federación practica la religión cristiana ortodoxa, casi un 40 por ciento se declara ateo o sin religión, un 7 por ciento es musulmán y un 5 por ciento practica otros cultos.

Semejante mosaico no puede sino generar sueños independentistas. Tal es el caso de Chechenia, en el Cáucaso. Hoy gobernada por el “putinista” Ramzán Kadyrov (43 años), hijo de un presidente asesinado por los separatistas, Chechenia aparenta una pacificación que no es tal.

Secuestros, pago de rescates, atentados, aún muy disminuidos, no pasaron al olvido. Sobre todo por la “caza” de opositores que el presidente Kadyrov lleva a cabo con el obvio apoyo del presidente Putin y con escasa preocupación por los derechos humanos.

Es que el autoritario checheno cuenta con un ejército propio, los kadyrovtsy, de 3.000 hombres. Ejército que guerrea con los separatistas –guerra sucia, por cierto- y, como tal, exime del combate a los soldados de las fuerzas regulares rusas que ya no “repatrían” sarcófagos con cadáveres que levantaban indignación popular.

El presidente Kadyrov cuenta con un aparato exterior –imposible sin la anuencia del presidente Putin- dedicado a liquidar opositores chechenos donde sea. En lo que va del año, un opositor fue encontrado muerto en Lille, Francia. Otro fue víctima de un atentado en Polonia. Otro fue asesinado en Austria. Y además se produjeron tiroteos entre facciones rivales chechenas en Dijon, Francia. Demasiada tarea para ser llevada a cabo en solitario por un mero presidente de una república autónoma.

Sin dudas, una de las ambiciones del presidente Putin y de su nacionalismo, es la reconstrucción territorial de la Unión Soviética y del Imperio Zarista.

No lo ignoran para nada los gobiernos bálticos. No le es ajeno al gobierno moldavo que observa la secesión pro rusa de su región de Transnistria. Ni que hablar del separatismo pro ruso en las regiones orientales de Ucrania. O la anexión directa de Crimea. O la secesión pro rusa de Abjasia y de Osetia del Sur, respecto de Georgia.

Cierto es que, en su momento, el régimen stalinista delineó fronteras internas con escasa preocupación por la etnia nacional de sus habitantes. Es más, a los chechenos los expulsó de Chechenia el propio Iosif Stalin en 1944, como represalia por su “colaboración con el ocupante nazi y separatismo”. Recién en 1957, con Kruschov en el gobierno, se les permitió retornar.

Como sea, la ingeniería social del comunismo en su momento no justifica los intentos separatistas ilegales. Menos aún su aliento y financiamiento desde Moscú.

Más afuera
Mientras el presidente Putin continúe en el poder, nadie se siente seguro en Polonia, ni en la República Checa, ni siquiera en Finlandia.

Una inseguridad que se acrecienta en la medida que el nacionalismo del ocupante del Kremlin redibuja la historia, en particular, la de la Gran Guerra Patriótica, como conocen los rusos a la Segunda Guerra Mundial, para los occidentales.

Nadie ignora los sacrificios y el heroísmo demostrado por el pueblo soviético –rusos y demás nacionalidades-, pero de allí a estimar que la victoria fue obra solo del Ejército Rojo, a determinar que el pacto nazi-comunista entre Ribbentrop y Molotov fue culpa de polacos y occidentales, a ignorar la colaboración en armamento y en recursos de los Estados Unidos o a acusar de genocidio a Finlandia por las llamadas “guerra de Invierno” (1939-40) y la “de Continuación” (1941-44), parece haber un largo trecho.

El revisionismo histórico que preconiza el presidente Putin es, en el fondo, un justificativo en política interna para el intervencionismo creciente ruso en distintas latitudes.

Su intervención en la guerra civil Siria, junto al dictador Bashar al-Assad o en su homónima Libia, junto al auto titulado mariscal Kalifa Haftar, pone de manifiesto la pretensión rusa –o mejor dicho, del presidente Putin- de retornar a los primeros planos de la actualidad mundial.

No pareciese tan extraño que, ante este afán de jugar muchas partidas simultaneas, surjan cuestiones de difícil explicación. Tanto en Siria como en Libia, Rusia milita en un bando y Turquía, en el contrario. Lo llevan a cabo, según el caso, con aviación, tropas, mercenarios y armamento. Ergo, se matan entre sí aunque no sea de manera directa. No obstantes ambos presidentes autoritarios, Vladimir Putin y Recep Erdogan, no dejan de abrazarse en Estambul cuando inauguran un oleoducto.

Fue el 13 de mayo de 2020, cuando Angela Merkel, la canciller federal alemana, sintió colmada su paciencia y acusó, públicamente, a Rusia por el ciber espionaje sobre organismos oficiales y empresas alemanas.

Recientemente también, el 27 de junio, y más allá de la intención del gobierno norteamericano de reducir la gravedad del incidente y de la desmentida del gobierno ruso, la información sobre el pago ruso a los Talibán afganos para que maten soldados norteamericanos reviste una gravedad singular.

Para algunos observadores, este nuevo presidente Putin, que abandona la prudencia y embate a diestra y siniestra, es consecuencia del deterioro de su popularidad que no desmiente el abultado “score” de la reforma constitucional.

Según ellos, el voto por la nueva Constitución no debe interpretarse como un apoyo al gobierno, sino como un voto contra la inestabilidad y contra la incertidumbre que genera en el imaginario colectivo la idea de una Rusia sin el presidente Putin, como ocurrió con los ex presidentes Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin.

Tal vez, por dicha caída de la popularidad, es que el propio presidente pidió la renuncia a sus ministros y produjo un recambio que llevó, al poco conocido especialista en impuestos, Mijail Mishustin (54 años), luego contagiado por coronavirus, al cargo de primer ministro.

Muy respetado en lo suyo, el nuevo primer ministro, fanático del hockey sobre hielo, logró la nominación en la Duma –el Parlamento ruso- por unanimidad, incluidos los votos de los opositores.
Al parecer, un intento de recuperar prestigio.

Nota Rusia:
Territorio: 17.098.242 km2, puesto 1 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 146.712.000 habitantes, puesto 9.
Densidad: 9 habitantes por km2, puesto 223.
Producto Bruto Interno: 4 billones 357.759 millones de dólares, puesto 6 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 28.897 dólares anuales, puesto 49.
Índice de Desarrollo Humano: 0.824, puesto 49. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Luis Domenianni
IN/BN/rp.

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