martes 11 agosto 2020

Lo que la cuarentena oculta: «El sector cultural, fuera de radar»

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La cuarentena extendida resultó ser un salvavidas de plomo para los artistas y los trabajadores del mundo de la cultura. Muchos de ellos se autodenominan sin ironía “nuevos pobres”. El drama es que son pocos los dirigentes que comprenden la profundidad y el alcance de esta afirmación.

La pandemia que atravesamos no se parece a ninguna otra; las medidas de ayuda a diferentes sectores económicos fueron desarrollándose sobre la marcha, sobre todo en base a información preexistente. La importancia relativa de cada sector y la vulnerabilidad específica de muchos ya estaba en las carpetas de los planificadores. El sector de la cultura, en cambio, no fue captado como tal por ningún radar.

No existe medición integral que nos indique con algún grado de precisión el peso del arte, la cultura y las industrias culturales y creativas en el PBI. Por lo tanto, el sector es invisible. Esto puede atribuirse a dos factores: el primero es el de una alta informalidad, tanto en sus manifestaciones más básicas como en el mismo mercado del arte. El segundo es la falta de indicadores que midan al campo de la cultura como tal, no sólo desde su impacto económico y su peso en el empleo, sino desde lo que produce: bienes simbólicos, sentido, identidad. Estos bienes son intangibles, pero producen efectos medibles y valiosos.

El campo de la cultura y las industrias culturales es vasto. Comprende al sector público y al privado; arranca en el profesor de guitarra a domicilio y crece a expresiones sofisticadas como la ópera, el cine o los grandes festivales musicales. Incluye flujos de creación, producción, distribución y disfrute. La diversidad de actores involucrados es impactante: autores, editores, artistas, actores y bailarines, curadores, programadores, productores, fotógrafos, escenógrafos, galeristas, talleristas, ingenieros de sonido, realizadores, músicos, periodistas especializados, críticos, profesores, arquitectos, diseñadores gráficos, educadores y escuelas de formación; emplea de manera directa a técnicos, artesanos y modistas, y personal de limpieza y mantenimiento, de seguridad, de publicidad y de administración. Si sumamos a la cuenta a quienes producen insumos asociados como instrumentos, pinturas, textiles, imprentas y tecnología, la lista no tiene fin.

Estos actores producen y venden servicios, casi siempre como profesionales independientes. Para el Estado sus actividades no entran en la categoría de culturales. La construcción de indicadores de productos específicos de la cultura, esto es, los que corresponden a una finalidad estética y comunicativa por medio de los cuales se expresan ideas o emociones a través de recursos sonoros, visuales, plásticos o de la lengua, significa sobre todo reagrupar mucho de lo que ya existe; también deben pensarse políticas específicas de registro para resolver la alta tasa de informalidad del sector, que responde a la falta de normativa que se adapte a su particular configuración.

Del mismo modo enriquecería la comprensión del campo la construcción de indicadores cualitativos que midan el modo en que el contenido simbólico de la música, la literatura y el resto de las artes logra representar la identidad y la diversidad cultural de una sociedad en un momento determinado.

Mientras tanto, el parate obligado y la incertidumbre sobre el modo y los tiempos de reapertura significa una merma agónica en los ingresos del sector. Las políticas de subsidios que les competen no son orgánicas e involucran sobre todo a los artistas visuales. Las becas de emergencia gestionadas a través del Fondo Nacional de las Artes, el embrionario proyecto de subsidio para organizaciones culturales de la provincia de Buenos Aires, y los gestos de mecenas privados como Alec Oxenford, son casi todas las iniciativas que podemos nombrar. En algún caso resta definir los criterios con los que se van a seleccionar a los candidatos a recibir la ayuda.

¿Cómo se explica la enorme indefensión de un sector tan visible? Históricamente, las dictaduras han perseguido a la cultura y a sus manifestaciones, y los políticos la han ignorado o se han servido de ella y de su poder de producir adhesiones y emociones. Casi ninguno la ha comprendido o la ha hecho valer por las buenas razones: la de construir lazos sociales, capacidad crítica, sentido, identidad y belleza.

Sin duda alguna los políticos no se caracterizan por su sensibilidad para las artes; sabemos que nadie cuida lo que no conoce, y que es probable que el origen del problema se encuentre en que el sistema educativo no está contribuyendo a desarrollar esa sensibilidad.

Pero es justo decir que los actores culturales tampoco encuentran el modo de explicar a esos políticos, en un lenguaje simple que ellos puedan apropiarse y reproducir, el valor que tiene la gestión cultural y el provecho que podrían sacar de ella para producir bienestar y, de paso, ¿por qué no? impulsar sus carreras por los buenos motivos.

Quizás lleve un tiempo construir los mecanismos de sensibilización para que quienes deciden comprendan cabalmente el valor de lo que la cultura produce. Mientras tanto, podemos avanzar hablando en un idioma que entienden: el del impacto en la economía y en el empleo.

Es el momento de construir los indicadores que nos permitan medir con precisión y verdad el tamaño y la complejidad del sector cultural. Cuando estos interlocutores se sobrepongan a la sorpresa que le causarán los números, se sentarán en la mesa a pensar políticas de largo plazo para el sector.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/BN/CC/rp


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