miércoles 5 agosto 2020

Turquía: a la hora del Imperio Otomano»Volver al pasado»

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¿Resulta factible el retroceso del tiempo? Por cierto, no, al menos a simple vista. La literatura y sus artes derivados, tras la revolución industrial, plantearon la invención de una máquina del tiempo cuyos tripulantes regresaban a épocas pretéritas sin abandonar creencias, costumbres y modos de pensar de su propia época.

La apelación es aplicable a la reformulación de “neos” imperios heredados del pasado, adaptados a la modernidad pero conservadores de su esencia autoritaria, intolerante y expansiva.

La China “Celestial” del presidente Xi Jinping (67 años), la Rusia “Zarista” o “Soviética” del presidente Vladimir Putin (67 años) y la Turquía “Otomana” del presidente Recep Tayyip Erdogan (66 años) son los exponentes de esta nueva corriente imperial que intenta recrear, mano dura mediante, las glorias pretéritas.

El presidente Recep Tayyip Erdogan nació en Estambul, Turquía, en el barrio obrero de Kasimpasa. Hijo de un oficial de la Guardia Costera pasó una infancia que, sin ser dura, lo obligó a generar un ingreso para atender las ambiciones de un adolescente. Así fue vendedor callejero de diversos productos mientras continuaba sus estudios.

Volcado al comercio, el joven Erdogan completó estudios de administración de empresas en la que hoy se denomina Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Mármara. Una graduación que algunos ponen en duda.

Lanzado a la política comenzó su carrera en organizaciones partidarias islámicas. En 1998, coronó con éxito su ascenso al vencer en las elecciones para alcalde de Estambul, la ciudad más importante, aunque no la capital, de la República de Turquía.

Acusado de violar los principios laicos de la República tras recitar en un acto un poema que, entre otras cosas, proclama que “las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”, la Corte Suprema lo condenó a diez meses de prisión.

Como consecuencia, el ahora presidente abandonó el islamismo militante y lo trocó por el mucho más moderado “islam político”, al fundar una nueva agrupación que tomó el nombre de Partido de la Justicia y el Desarrollo, conocida por sus siglas como AKP.

Su antecedente carcelario demoró, tras ganar las elecciones del 2002, su acceso al poder hasta el 2003 cuando tomó posesión del cargo de primer ministro en reemplazo del por entonces su correligionario Abdullah Gul (69 años).

Desde aquel momento, gobierna Turquía de manera ininterrumpida. En 2017 llamó y ganó un referéndum constitucional para abandonar la forma parlamentaria y reemplazarla por el presidencialismo. Fue un triunfo muy apretado y regionalizado para el sí que alcanzó solo el 51,41 por ciento. Las regiones del interior en Anatolia votaron por el sí, la Turquía europea y la costa mediterránea cosmopolita votaron por el no.

Como era de esperar, solo unos meses después, y con el consiguiente adelanto, las elecciones presidenciales consagraron presidente a Recep Tayyip Erdogan en primera vuelta con el 52,59 por ciento.

Reverdecer otomano
El imperio otomano fue un estado multiétnico y multiconfesional gobernado por la dinastía osmanlí.

A sus inicios, solo controlaba una pequeña región de la Anatolia en el Asia Menor, allá por 1299. Un siglo y medio más tarde, el sultán Mehmed II conquistó Bizancio, la antigua Constantinopla, la actual Estambul, y puso fin a poco más de mil años del Imperio Romano de Oriente.

En su momento de máximo esplendor, el Imperio Otomano se extendió por África (actuales Argelia, Túnez, Libia, Egipto y Sudán); Asia (actuales Yemen, partes de Arabia Saudita, Jordania, Palestina, Israel, Siria, Líbano, Irak, Kuwait, Azerbaiyán, Armenia, Georgia y la propia Turquía asiática); y Europa (actuales Bulgaria, Rumania, Grecia, Macedonia, Bosnia, Serbia, Croacia, Montenegro, Kosovo, Eslovenia, partes de Rusia, Hungría y la Turquía europea).

Llegó a contar con 29 provincias y cuatro estados vasallos, Crimea, Valaquia, Transilvania y Moldavia.

Si bien los otomanos fueron particularmente duros con cualquier intento de subversión, no impusieron la religión islámica a los territorios conquistados, ni forzaron una “otomanización” que borrase las nacionalidades preexistentes.

La expansión otomana culminó a las puertas de Viena, Austria, en dos oportunidades, en 1532 y en 1683. Recuerdo actual del segundo intento fallido, es la masa conocida como media luna o croissant, inventada por los panaderos vieneses no sin mofa frente a la derrota otomana y su media luna estampada en su estandarte.

La derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial acabó con los restos de aquel ya decadente Imperio Otomano y dio la oportunidad, en 1922, al general Mustafá Kemal de proclamar la República laica y moderna tal como se la conoce hasta ahora. O, mejor dicho, se la conocía hasta ahora.

Es que tras su juventud islamista y su cambio al moderado islam político, el presidente Erdogan modificó su objetivo, pero no se trató de un retorno al laicismo kemalista, ni mucho menos.

Se trató y se trata de revertir prioridades. Primero, la concreción de áreas de influencia turca fuera de las fronteras del país actual. De allí, aquello de “el reverdecer” del Imperio Otomano. En particular, en área y regiones donde el islam es la religión predominante.

Precisamente, todo un símbolo de ese reverdecer otomano es la muy reciente retrocesión de la Basílica de Santa Sofía, hasta ahora museo por ley de 1934, a la condición de mezquita para la oración, rol que cumplía justamente durante las épocas otomanas. Protestas de la cristiandad ortodoxa y hasta del propio Papa de Roma, cayeron en saco roto.

No es lo único. El palacio presidencial hecho construir por el propio presidente Erdogan, en estilo neo selyúcida, recupera la memoria de los sultanes desde la perspectiva del fasto.

Se trata de un edificio principal y dos adyacentes de 300 mil –sí, 300 mil- metros cuadrados cubiertos.

Dispone de 1.150 –mil ciento cincuenta- habitaciones, casas de huéspedes adicionales, un jardín botánico una sala de operaciones con canales satelitales y comunicaciones militares, un bunker capaz de soportar ataques biológicos, químicos y nucleares, un parque, y un centro de congresos.

Claro que este palacio queda en Ankara, la capital turca. Entonces, el presidente Erdogan -¿futuro sultán?- hizo re construir las edificaciones de la Isla Yassiada, frente a Estambul, isla que re bautizó como Democracia y Libertades en conmemoración –negativa- del primer golpe de Estado, hace 60 años, en la Turquía moderna.

Del bosque anterior de la isla no quedó nada. En su reemplazo, un hotel de 125 habitaciones, con salas de conferencia, restaurantes, cafés, bungalows, un museo, instalaciones portuarias y una mezquita. El todo para recibir, centralmente, a los invitados del presidente.

Tierra adentro
El sueño imperial otomano del presidente Erdogan encuentra no pocos opositores. Aunque ser opositor en Turquía implica asumir riesgos de talla.

Probablemente cansados de la omnipresencia del presidente, nostálgicos de un pasado “kemalista” laico y modernizante, amantes de las libertades públicas, los opositores unieron fuerzas y con fuerte presencia militar lanzaron un intento de golpe de Estado que fracasó en 2016.

La represión, no solo no se hizo esperar, sino que continúa hasta la actualidad y sirve de excusa para acallar, amenazar y encarcelar opositores, aunque nada los involucre con el intento golpista.

Abogados y sus respectivos colegios, periodistas, dirigentes desfilan por cárceles y juzgados, todos acusados de conspirar contra la democracia.

Lotes de más de 100 personas son arrestadas en cada operación que el gobierno lanza. No se salvan diputados que son despojados, sin más, de sus mandatos. No se salvan alcaldes que son destituidos por decisión del poder central. El todo en un clima de amenazas públicas.

El caso Kavala pone de manifiesto la histeria posterior al intento de golpe de 2016. Osman Kavala es un hombre de negocios y filántropo, por excelencia, de manifestaciones culturales en su país. Bajo su mecenazgo fue posible debatir el genocidio de los armenios de 1915, la cuestión kurda y los derechos de los colectivos de distintas orientaciones sexuales.

Fue acusado por el régimen de conspiración por hechos del 2013. El pasado 18 de febrero fue declarado inocente y liberado. Bueno, no exactamente. Porque ese mismo día se lo volvió a acusar por el golpe del 2016.

Desde entonces, protestas de Amnesty International, de la Comisión Europea para los Derechos Humanos no surtieron efecto. Es más los tres jueces que lo declararon inocente fueron, a su vez acusados. Clara muestra de supeditación de la justicia al gobierno.

La explicación de tanta tensión debe buscarse en la notoria pérdida de popularidad del propio presidente. El apoyo al AKP, el oficialismo partidario, no supera el 30 por ciento. Sumado a la intención de voto por el aliado Partido de Acción Nacionalista (MHP) sube al 45 por ciento. Aún demasiado, pero con clara tendencia a la baja.

Cierto es que esa baja no es demasiado atribuible a la intolerancia, ni al autoritarismo “erdoganista”. La mayor parte de la sociedad turca, generalmente, se muestra partidaria de un poder fuerte, inclusive sin demasiado apego a la ley y sin mucha preocupación por la división de poderes.

Los problemas deben buscarse, más bien, por el lado de una economía con inflación anual de dos dígitos –alrededor de un 12 por ciento-, no obstante la recesión amplificada por el coronavirus.

Los números del 2019 no fueron de los mejores: el crecimiento solo alcanzó un 0,9 por ciento; la desocupación, elevada, del 13,6 por ciento junto a la inflación mencionada. El muy tibio incremento de la producción ocurrió tras años de recesión y la pandemia le puso fin.

Y si de elecciones hablamos, la derrota del oficialismo en la cuna del presidente, Estambul, a manos del joven republicano –socialdemócrata- Ekrem Imamoglu (50 años), completó un cuadro de preocupación para un presidente Erdogan que aspira a continuar en el poder.

No cabe otra forma de explicación que la histeria para cometer semejante sucesión de errores. Es que Imamoglu venció el 31 de marzo del 2018, en Estambul, por 23 mil votos de diferencia, reducidos a 13.000 tras varios recuentos posteriores en virtud de impugnaciones.

Asumió, como corresponde, la alcaidía, pero el AKP del presidente Erdogan se las arregló para cuestionar la elección que fue anulada por el servil Consejo Supremo Electoral, con argumentos insostenibles frente a un Poder Judicial independiente.

Así llegó una nueva elección. Y quedó demostrado el distanciamiento de la realidad que rodea al AKP y al presidente con añoranzas del sultanato otomano. Es que volvió a ganar Imamoglu pero ahora por… 770.000 votos de diferencia.

No aceptar perder por 23.000 para perder por 770.000 es propio de autistas políticos.

Las minorías
El otro tema “interior” que motiva reacciones del presidente Erdogan es la cuestión kurda.

Los kurdos componen un pueblo indoiranio que habita el Kurdistán, la región montañosa que se extiende a caballo en regiones de cinco países: Turquía, Irán, Irak, Siria y una pequeña zona de Armenia.

La mayoría practica el islam sunita con una minoría tradicionalista que adhiere al yazidismo preislámico. Hablan lengua propia y en total suman unos 40 millones de individuos, de los cuales más de 15 millones habitan en la República de Turquía.

Durante la Primera Guerra Mundial, los kurdos apoyaron a los aliados contra el perdedor Imperio Otomano. En reconocimiento, el Tratado de Sèvres que sancionaba la partición del citado Imperio, reconoció la independencia del Kurdistán, pero, no fue ratificado. Fue reemplazado por el Tratado de Lausanne que ignoró por completo las aspiraciones kurdas.

Desde entonces, las reivindicaciones kurdas afloran por doquier. En Turquía, Abdullah Ocalan (73 años), quien actualmente cumple pena prisión perpetua en completo aislamiento desde 1999, fundó el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) en 1978.

El PKK cuenta con un brazo armado, las Fuerzas de Defensa Popular (HPG) que, desde el 2015, abandonó oficialmente la lucha armada y la ideología marxista, aunque algunos de sus miembros pasaron a integrar las milicias kurdas, denominada “peshmergas”, del Kurdistán iraquí y otros conservan bases en territorio de ese país.

Cada tanto, tropas turcas, cruzan la frontera con Irak en operaciones de castigo a los kurdos. La última en junio del 2020. Los ataques, aéreos y terrestres, se llevan a cabo sin autorización iraquí. Las protestas, tibias por cierto, no son tenidas en cuenta.

A la fecha, el PKK adhiere al “confederalismo democrático” con una visión ecologista, propia del ideólogo norteamericano Murray Bookchin. El cambio ideológico impulsó a los kurdos turcos a disputar alcaidías y diputaciones en las provincias turcas donde son mayoría o constituyen una parte importante de la población.

Así, el Partido Democrático de los Pueblos (kurdo) logró alcaidías y diputaciones, en 2019 y hasta presentó un candidato presidencial que arañó el 10 por ciento del total de votos emitidos.

Demasiado para el presidente Erdogan. Por ende, todos o casi todos los alcaldes y diputados, con distintas acusaciones de por medio, están presos. Inclusive el ex candidato presidencial Selahattin Demirtas (47 años).

Aventura exterior (uno)
El presidente Erdogan hizo de la cuestión kurda un asunto de seguridad nacional. Así con el estallido de la guerra civil en la vecina Siria, la política del presidente consistió en convencer a las potencias occidentales de establecer una zona de seguridad –zona tapón- en territorio sirio.

Dos fueron los objetivos perseguidos en aquella demanda. Primero, instalar en dicha zona a los refugiados de la guerra civil que suman actualmente unos 3,7 millones de civiles, predominantemente mujeres y niños.

Segundo, y más importante, alejar de la frontera turco-siria a las unidades militarizadas de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), las milicias kurdas que operan en su zona natural. Es decir donde los kurdos sirios son mayoría.

Es que para el presidente turco, las FDS son un apéndice del PKK, así al menos lo proclama y, por ende, son su enemigo. De allí entonces el involucramiento turco en la guerra civil siria.

La demanda del presidente Erdogan no convenció a nadie. Francia y Gran Bretaña, luego de una alaraca inicial, se desentendieron del conflicto sirio.

Similar actitud tomó Estados Unidos aunque después debió involucrarse tras la aparición de Estado Islámico (ISIS) con victorias militares que le permitieron adueñarse de buena parte del oeste sirio, con el consentimiento silencioso de Turquía por donde ingresaban armas y pertrechos.

Pero, la derrota de ISIS a manos de las milicias del FDS con apoyo norteamericano y los acuerdos de sus comandantes kurdos con el dictador sirio Bashar al-Assad, llevaron al presidente Erdogan a buscar alianza con los islamistas cercanos a Al Qaeda que gobiernan parte de la única provincia siria que les queda: Idlib.

Dicha alianza –Turquía y rebeldes sirios- condujo a combates directos con el ejército sirio. Con derribo de aviones militares y bajas entre los combatientes. Los errores de cálculo del presidente Erdogan lo llevaron de la intención de combatir las milicias kurdas al enfrentamiento con el Ejército sirio con el que colabora la Fuerza Aérea rusa.

Al momento, los kurdos que temieron por su existencia tras lo que consideraron la traición del presidente Trump cuando abandonó, a finales del año pasado, las operaciones en Siria, siguen dominando gran parte del norte y del este sirio.

En Idlib, de momento, la situación parece estabilizada. Una estabilidad que tiene origen en las amenazas, más o menos veladas, del presidente ruso Vladimir Putin, aliado del dictador al-Assad, cuando advirtió a su colega turco para que deje de apoyar a “terroristas sirios”.

Desde su base en el puerto de Lataquia, la única en Medio Oriente, los aviones rusos
bombardeaban las posiciones de los rebeldes sirios, los amigos del presidente Erdogan.

Y hasta allí llega el involucramiento turco. Después de la salida norteamericana, la zona tapón de 32 kilómetros de profundidad desde la frontera no existe y los más de 3,7 millones de refugiados de la guerra civil siria en Turquía no pudieron ser relocalizados en dicha zona.

Turquía recibe ayuda de la Unión Europea y de agencias especializadas para mantener a los refugiados en territorio turco. No obstante, el presidente Erdogan los usa como extorsión frente a los europeos.

Furioso por la muerte de más de treinta soldados turcos en Idlib y enojado por la falta de apoyo occidental en su combate contra el dictador al-Assad, el presidente Erdogan dio luz verde a los refugiados para dirigirse a territorio de la Unión Europea.

La ola de sirios, afganos, iraníes, iraquíes y pakistaníes avanzó masivamente hasta las fronteras griega y búlgara donde fue contenida por las fuerzas de seguridad. De su lado, los guardias de frontera turcos brillaban por su ausencia.

Pero, salió mal. El presidente Erdogan debió dar marcha atrás. Como consecuencia, la tradicional confrontación turca con Grecia quedó agravada y nucleó a la Unión Europea (UE) alrededor de los helenos.

Cabe destacar que desde hace 21 años Turquía es candidata a integrar la UE, objetivo que cada vez queda más lejos y al que el presidente Erdogan presta cada día menos atención.

Otro tanto ocurre con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza militar occidental, de la que Turquía y Grecia forman parte. Sin salirse, para el gobierno turco actual no parece prioritaria.

Aventura exterior (dos)
El año en curso comenzó con una visita, a toda pompa, del presidente Putin al presidente Erdogan en Estambul. Allí, rostros sonrientes mediante, ambos jefes de Estado bajaron la palanca que puso en funcionamiento el gasoducto Turkish Stream que alimenta la propia Turquía y el sur europeo, por el momento solo Bulgaria, con gas ruso.

El nuevo gasoducto evita la inyección en su similar que, desde Rusia, atravesaba la nada amigable –para el presidente Putin- Ucrania.

Pero, los rostros se tornaron adustos cuando de comentar la realidad se trató. Obviamente, la enojosa cuestión siria, donde cada uno apoya bandos distintos, no da para la sonrisa. Pero tampoco la guerra civil libia donde turcos y rusos también se enfrentan.

Los turcos apoyan al gobierno reconocido por Naciones Unidas, denominado Gobierno de Unión Nacional (GAN), presidido por Fayez al-Zarraj, con sede en Trípoli, la capital. Los rusos, a su rival, con base en Bengasi, el auto titulado mariscal Jalifa Hafter, a quién además sostienen Egipto y los Emiratos Árabes.

En lo que va del año, apoyado por mercenarios rusos, Hafter tomó la iniciativa y llegó hasta las puertas de Trípoli. Fue entonces cuando Turquía se involucró militarmente, desembarcó tropas propias, milicianos sirios, armamento y pertrechos y condujo a una ofensiva hacia el este que obligó al retroceso de los destacamentos de Hafter y sus mercenarios rusos.

Nadie imagina una Turquía desinteresada combatiendo en Libia por una causa justa. Por un lado, el petróleo de ese país norafricano es de por sí un suficiente atractivo.

Por el otro, los yacimientos gasíferos confirmados en Chipre, donde Turquía cuenta con un
gobierno satélite que domina un tercio de la isla y que hace la vista gorda sobre las perforaciones turcas, constituyen motivos suficientes para las aventuras del presidente Erdogan en el Mediterráneo Oriental.

Y si con la cuestión de los refugiados sirios, el presidente Erdogan chocó con la Unión Europea que salió en defensa de Grecia, con el asunto libio el choque es con Francia que patrulla el Mediterráneo y no ve con buenos ojos las incursiones, ni las perforaciones turcas. A tal punto, que unidades navales de ambos países llegaron al borde del enfrentamiento.


A la fecha, el comandante en Jefe, Recep Erdogan, tiene a sus fuerzas armadas combatiendo simultáneamente en Siria y Libia, con incursiones en el Kurdistán iraquí.
Parece demasiado pero en sus círculo de allegados la estrategia se reduce a un lacónico “son regiones del viejo Imperio Otomano”.

Nota Turquía:
Territorio: 783.562 km2, puesto 37 sobre 247 países y territorios dependientes.
Población: 83.752.000 habitantes, puesto 18.
Densidad: 109 habitantes por km2, puesto 103.
Producto Bruto Interno: 2 billones 274.072 millones de dólares, puesto 13 (a paridad de poder adquisitivo, PPA). Fuente Fondo Monetario Internacional.
Producto Bruto Interno per cápita (PPA): 28.346 dólares anuales, puesto 50.
Índice de Desarrollo Humano: 0.806, puesto 59. Fuente Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Luis Domenianni
IN/BN/rp.

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