miércoles 5 agosto 2020

Cuadernos de viajes. «Oia, el pueblo donde el sol calla»

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Santorini es famosa por sus cúpulas turquesas, sus casas blancas y el atardecer en Oia.

Estoy en el puerto de Santorini, partimos de la isla de Rhodas en el ferry lento, tardamos unas siete horas aproximadamente en llegar hasta desembarcar, al fin, a las tres de la mañana.
Hay tanto viento que tengo que esperar un tiempo hasta que las ráfagas permitan al capitán bajar la explanada.

Cuando suena la sirena del ferry soy la única persona que baja, el resto del pasaje sigue viaje hasta la isla de Creta, la próxima parada. Nos quedamos el viento, la noche y yo a oscuras, en un muelle angosto al pie de un acantilado que me parece infinito y el mar a mis espaldas.

No se distinguía nada más. Cuando mis ojos se acostumbraron a mirar a través de la bruma, a lo lejos, diviso una Van esperándome con un chofer que intentaba que la hoja con mi nombre no se la llevara el vendaval.

A diferencia de otras islas del mar Egeo, esta está construida sobre acantilados. No es famosa porque sí: es un mirador privilegiado del espectáculo que brinda el Egeo azul en contraste con sus casas de techos turquesas, los patios y las terrazas con Santas Ritas fucsias, geranios colorados y calles de escaleras blancas que buscan el mar. Se la recorre subiendo y bajando en burro, en moto o en bus.

El pueblo de Oia está ubicado en el extremo norte de la isla, mirando al poniente. Se llega rápido y por dos euros. Desde la terminal en el centro de Fira, la capital, los buses salen cada media hora. A partir de las cinco de la tarde es una caravana interminable de turistas: todos queremos ver la famosa puesta de sol.

Por momentos el camino es de cornisa y va zigzagueando entre caseríos blancos pintados con cal, típicos de la isla.

La primera impresión al bajar es la de haber llegado a un lugar pintado a pincel y por un artista minucioso. Es difícil pensar que por casualidad la naturaleza y el hombre se hayan puesto de acuerdo en esta armonía serena y simple.

La calle principal tiene una parte ancha, es como una explanada que balconea al Egeo jalonada de barcitos con pérgolas y glicinas que perfuman el aire.

Luego de unos metros se angosta en un pasillo empedrado bordeado por locales pequeños que exhiben joyas de diseño, cerámicas y antigüedades. Hay una tienda que vende collares hechos con infinitas vueltas de lanas e hilos, en distintos tonos, mezclados con piedras, y telas. Artesanos que utilizan el bronce y el cobre en joyas de diseño poco tradicionales. Empleadas rubias vestidas de blanco venden ropa exclusiva y un concepto minimalista en la puesta y en las prendas.

El Egeo se aparece al final de una callecita solo para peatones escalonada que baja hacia el vacío azul y marino.

Hay blanco y turquesa por donde miremos: en las cúpulas de pequeñas capillas ortodoxas y en bajadas que no van a ningún lado o al mar. Me llama la atención la belleza del frente de una casa con una puerta gastada por el aire marino y la pared recortada contra el cielo: imagino la casa escalones abajo, invisible a los ojos intrusos de los turistas. Toda Oia se desliza desde sus terrazas por el borde del acantilado con su cascada de escaleras y enredaderas hasta el agua.

Este lugar podría generarme adicción. Eso pienso mientras tomo un café en uno de los barcitos, demorando el tiempo. Cuando mi reloj marca las cinco de la tarde es hora de ponerme en movimiento, una caravana de gente pasa delante de mi mesa, pago y los sigo. No sé adónde vamos pero supongo que todos van a hacer lo mismo: adorar al sol, una costumbre ancestral.

Caminamos todos juntos, vamos atravesando corredores, es el extremo de la isla: subimos unos escalones y llegamos al borde de un acantilado. Hacia abajo las calles van serpenteando hasta el agua, bordeadas de casas, terrazas y patios. En la punta de Santorini, donde la naturaleza nos brindara su espectáculo, nos vamos ubicando. En poco tiempo el lugar se llena de turistas de todo los lugares del mundo. La gente se instala en los patios y recodos de las calles, la vista es privilegiada: el declive de la calle de ese extremo de Oia, al ir en bajada, permite que todos se ubiquen y puedan ver sin que nadie obstaculice la vista .

Mientras el tiempo pasa todos hablamos con todos en una babel del siglo 21. Algunos, más previsores, tienen copas y botellas de champagne. Todos los idiomas al mismo tiempo en un mismo lugar. Converso un rato con unas muchachas suecas que están estudiando en Grecia, a mi lado una pareja de ingleses convida cerveza a dos turistas alemanes. A pocos metros una pareja argentina conversa con unos colombianos. Todos esperando que el sol comience a deslizarse para irse a clarear el otro lado del mundo.

Abajo cinco veleros se ubican para tener también desde el agua una vista abierta.
Un murmullo general se enciende y todo indica que el sol comienza a descender: rayos de color naranja tiñen las casas, las calles, los patios y a nosotros. Hay gente en los techos, en las terrazas y en cualquier lugar donde hayan podido acomodarse. No nos conocemos pero compartimos la emoción de lo que está por suceder.

Fellini estaría encantado con estas escenas: ingleses, alemanes, japoneses, españoles, latinos, americanos: todos anaranjados, todos charlando o esperando en silencio.

Y entonces comienza a atardecer: la esfera dorada va cayendo primero suavemente hasta desplomarse en el horizonte. Todos aplaudimos, nos saludamos y nos abrazamos. Los que aún tienen bebidas, brindan y convidan.

Cuando el sol se ha ido, perdemos el tinte naranja en el rostro y vuelven los colores originales. Por un rato, nadie se mueve y se hace un largo silencio, absoluto silencio.

Anochece. Desandamos el camino, casi todos con una mirada vacía de expresión, como si nuestras retinas necesitaran quedarse un poco en pausa para grabar lo que acabamos de vivir mientras buscamos el bus que nos llevará de regreso al hotel.

Ahora entiendo porqué es tan famosa esta puesta del sol: no es solo un atardecer: es lo que pasa antes, mientras y después. La gente, los idiomas, la espera, las charlas con los que no volveremos a ver, la emoción compartida, el abrazo de todos con todos y el silencio posterior. Sin barreras, sin color de piel ni fronteras, la raza humana se asoma por un momento a la sensación maravillosa de ser todos uno. Cuando calla el sol en Oia, por un rato pareciera callarse el mundo.
Gachi Vilalta
IG/CC/gf/rp.


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