Diarios de cuarentena, Insomnio, vigilia y barbarie

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Por Agustina Pereira


Terreno de ocho por nueve. Un paredón con chapa oxidada y una puerta de rejas altas. Dos ventanas muy grandes en la planta alta, cruzadas, una para el amanecer y la otra para el anochecer. La luz enciende poco a poco el día.

Desde adentro se pueden ver varias casas y techos vecinos, ventanas de los edificios del fondo y los balcones vivos frente al ventanal matutino. A veces se escucha una guitarra, un piano o un bandoneón, también unas voces que cantan.

Las ventanas están siempre abiertas, hay un balcón, pequeño, entra una sola persona y el piso es transparente. En ese balcón se puede leer sin mirar, contiene la atención en el cubículo. Su hijito juega en el balcón a ser astronauta. José se pone lentes de sol para viajar, su volante es una tablet, se acomoda en un almohadón, se pone una riñonera y así pasa toda la tarde. Me pide el celular y se comunica con “la base”, Hernán, que está en el estudio en la plata baja. El otoño en conserva, provoca en la pandemia una sensación de hogar, además del sol, las tortas de limón, el viaje al espacio.

Algunas noches se escuchan gatos por los techos, o gallos en un galpón. Se escucha el viento que chifla indomable, y cuando entra arrulla, se compacta y se pone un poncho.

“Hernán mañana podemos armar un viaje nocturno a Saturno” no sé si se lo digo o lo pienso, insomnio o vigilia, para descansar la piel de la cara, recorro mis arrugas, mis pliegues, en los abrazos dentro de mi casa, en el miedo a no poder pensar en si mañana el universo tendrá azar.

A veces los ojos no tienen puntería, y se clavan en el cielorraso perfecto, en un nubarrón de recuerdos ausentes. Urgente se desarma, se deshilacha, se desteje. Salta del techo, el nubarrón se apodera de mí, me enreda el pelo en la oreja y escucho vacío. No puedo decirle a Hernán que se fije si José está tapadito. Me aplasta el pecho, me exprime y veo mis recuerdos en un tobogán, y un pozo que se los traga. Me agito, creo que toso, toser no se puede, cierro la boca y me quedo con el polvo de la plaza donde ya no recuerdo que me pasó.

Abro los ojos. Me ubico estoy en mi casa, donde vivimos hace años, antes que José. Antes que el virus. Cuando teníamos el pelo largo, el auto dos puertas, las paredes sin cuadros, y la biblioteca llena de libros con capítulos por vivir. Este capítulo no está ni en Fahrenheit 451. O me vendieron un libro incompleto?

En nuestra casa no hay timbre, si viniese el virus no sabría cómo avisar. Quizás el virus sospecharía que no hay nadie y se vaya. A veces también pasa con el correo. Eso es un problema. Por suerte Hernán siempre está atento, a todo, al cartero, al reloj, al nene, al alcohol. Me calmo, subo al tobogán, espero a José abajo, agachada, con una sonrisa en la espera. No sé si soy yo o él. Creo que los nubarrones saben cuándo llegar y cuándo no volver. Saben quedarse en la cocina y sentarse a comer, mis budines de limón, las berenjenas en escabeche, o los malfatti. Son varios, muchos o solo uno.

Siento que a veces parece que se mueve, la casa deja crecer el horizonte en las paredes blancas, como los acordes de la guitarra, que aparecen pidiendo permiso para salir en bicicleta por la rambla, y achinar el viento.

Sueño a que en el patio se juega a que se juega entre las plantas, al desmayado en un colchón de hojas, a viajar por el sistema solar, o truco. A andar en patines por un lago congelado, escuchando crujir del frío que sostiene inmóvil suspenso de lo que es.

Sueño hasta que llega el día. Por la ventana del amanecer. Serán las ocho o las nueve.
Agustina Pereira
Politóloga, experta en formulación y gestión de proyectos con organismos internacionales
IG/BN/CC/rp.





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