sábado 3 diciembre 2022

Cuaderno de opiniones. “ Se ha naturalizado la costumbre de vivir improvisando”

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«Quilombolas»

Por Eduardo A. Moro

La palabra quilombolas produce resonancias diversas. Deriva de “cañybó” tupi-guarani, y alude a la huida perpetua de dolorosas e injustas experiencias coloniales sufridas por pobladores afro.

Históricamente remite a movimientos emancipatorios de la esclavitud, y a las muchas comunidades, formadas en Sudamérica – a partir del siglo XVII- por descendientes de origen afro (quimbundu, lengua angoleña), en busca de refugio libertario, especialmente en  Brasil.

Dio lugar a venerables reivindicaciones territoriales y culturales- reflejadas en luchas y expresiones normativas- conseguidas a través de los años. Continúan existiendo escenarios sociales lacerantes, donde los desterrados procuran –aún hoy- restaurar sus verdades ancestrales, organizativas y religiosas. Su modo antiguo de vivir en común recreando prácticas y símbolos.

Es quizás una de las llamadas palabras vagabundas – que cambian de sentido estricto de un sitio a otro  -según el contexto de los interlocutores-, como ocurre por ejemplo con su reducción onomatopéyica en el lunfardo tanguero y varonil que hace posible evocar el añejo quilombo prostibulario. A veces matizado con encuentros amistosos de camaradería, regados con copas,  naipes y cigarros, que al margen de ser antros de la peor explotación, tenían cierta organización.

Prescindiendo de  esenciales distinciones entre estas diversas profundidades, se habla vulgarmente de quilombo como un lío, un bochinche tremendo, caracterizado por la desorganización de sus componentes, la desarmonía de sus movimientos, las contradicciones de sus impulsos ocasionales, que impiden los efectos direccionados en  un sentido coherente. Todo es provisorio, salvo el barullo constante.

Así llegamos a describir, también de manera vagabunda, al estado de situación actual de nuestras políticas, nuestras instituciones, nuestros gobiernos dislocados, nuestros actores sociales disociados, la pesada sensación  de fatalidad que empaña  la vida  de los argentinos.

Se ha naturalizado la costumbre de vivir improvisando,  sin principios rectores, sin prioridades compartidas, actuando de la ceca a la meca- de aquí a para allá- de manera alocada, al borde de la anarquía: ausencia de gobierno efectivo del conjunto, antesala de estallidos sociales de acción directa. Tan generalizada es la situación, que se torna difícil exhibir ejemplos en nuestro folclore dirigencial. Todo está a la vista de todos.

Hay problemas en el mundo, siempre los hubo. Nada es perfecto. A tal punto, que en países muy ”avanzados” la mitad de los electores, a título de protesta o sofisticada indiferencia, prefiere no votar. Declina voluntariamente sus derechos organizacionales.  Con su abstención, acepta tácitamente que su presente y su futuro  sean como dios quiera. Enroscados en un orgullo negativo y egoísta.

Vale preguntarnos: ¿ Qué hacer en el mientras tanto ?Ejercer nuestro deber como ciudadanos y poner en acto inmediato lo que esté a nuestro alcance cotidianamente. Prepararnos para hacer oír nuestra voz, y adoptar una actitud madura en las consultas electorales. No resignarnos a la queja, lavándonos las manos, incluso cuando llegue la ocasión culminante.

El inolvidable Fernando Ulloa (1924-2008), gran maestro de la ternura,  escribió alguna vez sobre el saber. Sobre las diferencias entre el saber curioso y el saber cruel o canalla,  entre  el poder y   la felicidad, exprimiendo coincidencias entre Nietzsche y Aristóteles.Habló  del atributo de ser que posee cada uno de nosotros, y que nos permite siempre intervenir como contrapoder suficiente para operar en “el mientras tanto”.

Recuerda que la expresión entrecomillada,  fue tomada del comentario de un sociólogo  amigo, investigador de la pobreza actual, a raíz del accionar de una mujer humilde, que luego de terminar sus changas diarias para mantener a sus hijos, se ocupaba de colaborar  para obtener la colocación de una canilla que acercara agua potable a su barrio. Pretendía evitar largos recorridos cargando baldes, o mejorar la calle de tierra, para que no se empantanara el colectivo los días de lluvia.

El  amigo sociólogo contó que un día le preguntó:-Señora, ¿por qué hace usted todo este esfuerzo a favor de la comunidad?  La respuesta fue: -Es para el mientras tanto. –Mientras tanto qué, preguntó el sociólogo. –Mientras tanto, alguien del gobierno se acuerde de nosotros. Por eso me ocupo de que nos ocupemos todos. Si no,  nos cansaríamos de esperar sin que pasara nada.

Ulloa piensa: Es posible que aquella mujer careciera, o tal vez no, de un accionar político, pero no carecía de voluntad para asumir, y hacer trascender el contrapoder de su voluntad aplicada al bien en su pequeña inmediatez.

En medio del descalabro, es muy importante no perder la confianza en el valor de la actitud de cada uno, para enfrentar la desigualdad, que es el fruto maldito del poder cruel, y sólo aprovecha a sus poseedores, mientras sepulta a los demás.

P/ag.eduardoamoro.nuevospapeles/gr.rp

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